Sócrates: «la vida humana como aporía de sí misma»

Academy of Athens (modern)

Escrito por Leandro Posadas.

A los seres humanos hay que llorarlos cuando nacen, no cuando mueren.

Montesquieu, Cartas Persas 40.

     El actor estadounidense Johnny Depp en su última entrevista afirmaba, divertida y cínicamente, que antes de su ruina personal y económica gastaba más de 30.000 dólares al mes en vino. El filósofo y novelista francés Albert Camus en El Mito de Sísifo decía «Vivir es dar vida al absurdo. Darle vida y, ante todo, saberlo mirar»[1]. Para Albert Camus el emblema del absurdo de la vida es Sísifo, quien fue condenado por los dioses a levantar en el infierno, una y otra vez, un gran peñasco sobre la ladera de un monte. Cuando ya la cima es cercana, el peñasco se le escapa de las manos cada vez que llega a la cima, y cae nuevamente en el valle. Y así sucede para siempre[2].

     Para el controvertido filósofo alemán Friedrich Nietzsche los seres humanos necesitamos la mentira para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir[3]. El filósofo e historiador italiano Giovanni Reale sostiene que la necesidad de emoción y de eros del ser humano de ayer, de hoy y de siempre no es más que la máscara del nihilismo, o el olvido progresivo de la búsqueda de sentido de la vida humana. Para G. Reale las exigencias, demandas, modelos, y concepciones de la civilización actual son como cantos de sirenas engañadoras.[4] En mi opinión, la necesidad de emoción, de ilusión, y de eros, que muchos de nosotros experimentamos segundo a segundo en este mundo de la técnica, podría ser el resultado de una desafortunada comprensión histórica del porqué somos humanos y del para qué somos humanos.

     El carácter de la existencia es desconocido y por ello es el fin recóndito, profundísimo y supremo de la filosofía, de la ciencia, de la religiosidad, y de las tendencias artísticas[5].

     En la Apología de Sócrates, Platón reconstruye el discurso que Sócrates pronunció ante sus jueces durante el proceso en el que fue condenado. En dicho Diálogo Platón narra cómo uno de los amigos de Sócrates, Querefón, preguntó al Oráculo de Delfos si había alguien más sabio (sophos), que Sócrates, y el Oráculo le respondió que nadie era más sabio que Sócrates[6]. Sócrates es el más sabio porque no cree saber lo que no sabe. El sabio no sabe nada y es consciente de su no saber. Pierre Hadot, especialista en filosofía antigua y en la figura de Sócrates, dirá: «Sócrates no es sophos (sabio), sino philosophos, alguien que desea la sabiduría porque carece de ella»[7].

     Hace algún tiempo me preguntaba acerca de mi pasión por la filosofía, y me daba cuenta que dicho amor nace de la necesidad. La necesidad de callar toda forma de ideología, de dogmatismo, de opinión absoluta acerca de esto que es ser ser humano. Las religiones tienen una opinión sobre el ser humano: «hijos de «Dios», «pecadores», «santos»; la política a lo largo de la historia ha concebido al ser humano desde cientos de formas: absolutismo, marxismo, capitalismo, populismo; la ciencia nos ha ubicado en la familia de los mamíferos; y el evolucionismo intenta comprender nuestra naturaleza como una adaptación más de supervivencia en este planeta. Cada uno de ellos cree tener la verdad absoluta sobre esto que es ser ser humano. Mientras que la filosofía es una forma de silencio, una forma de sabio silencio que calla, sitúa y pone en perspectiva cada grito, cada predicación que el homo sapiens, a lo largo de su historia ha tratado de retener y propagar como absoluta, necesaria, y única acerca de sí mismo.

     El discurso de un sabio es la incertidumbre, es decir la posibilidad de comprender esta naturaleza que somos, esta experiencia que somos desde la poliedricidad, y desde la mirada caleidoscópica que no se apega, ni se engancha a ninguna visión, a ninguna especulación, a ninguna opinión o posible verdad acerca de lo humano.

     Pierre Hadot considera que el saber para Sócrates no era un conjunto de proposiciones, mandatos, o fórmulas que se pueden escribir, transmitir y vender ya hechas. El saber no es un objeto fabricado, un contenido terminado, transmisible directamente por medio de la escritura o de cualquier discurso[8]. Sócrates sólo sabe una cosa sobre el ser humano: que no sabe nada. Su método filosófico, la mayéutica socrática, consistió no en transmitir un saber respondiendo preguntas, sino interrogando a sus interlocutores para llevarlos a tomar consciencia que su «saber» es realmente un no saber nada sobre sí mismos. Por consiguiente la verdad no puede recibirse acuñada, sino que debe ser engendrada por el mismo individuo[9]. Y Sócrates, como el mismo dice de sí mismo, más que un filósofo es un partero de espíritus (Teeteto 149ª)[10], pues su labor es ayudar a sus interlocutores a dar a luz «su» verdad. De modo que es en el «alma» (ψυχἠ – psyqué) misma del ser humano, según el método socrático, donde se encuentra el «saber», y es el propio humano el que debe descubrirlo, o dicho por Pierre Hadot es el mismo ser humano el que debe engendrarse a sí mismo[11], es decir, engendrar el sentido de su vida.

     Para los griegos lo que nosotros concebimos por «alma» era entendida por ellos como la sede de la inteligencia y de la voluntad: psyqué[12]. Homero habla de psyqué sólo haciendo referencia al ser humano en el momento en que está perdiendo la conciencia, ya sea por desfallecimiento o por la muerte. Ese hálito de vida era para ellos la psyqué. Es a partir del siglo VI a.C por medio del Orfismo que se imprimió un cambio radical en el pensamiento griego y occidental sobre la concepción del ser humano[13]. Los órficos pensaban que en el ser humano existía un «principio divino» (δαἱμων), y con tal concepción surge la contraposición entre la psyqué [alma] y la salma [cuerpo]. El alma ha sido arrojada en un cuerpo como en una prisión por una culpa originaria[14]. Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego, en la versión llamada de los LXX, ésta interpretó el alma como separada del cuerpo, lo cual sirvió de base para la doctrina cristiana del «más allá». En realidad, en la Biblia hebrea el alma (נפש – nephesh), es todo lo contrario a una sustancia inmaterial y sutil, pues designa concretamente una parte física del ser humano: la garganta, el cuello[15]. La nephesh es por lo tanto, en la antropología hebrea bíblica, el lugar privilegiado de las sensaciones, como el hambre, la sed, los deseos, como también de las impresiones psíquicas, y de las emociones. Es el conjunto del ser humano en cuanto ser de deseos.

     Shizuteru Ueda, filósofo de la Universidad de Kioto, considera el lenguaje como la red y la jaula del mundo[16], que por su mismo poder puede volverse peligroso. Es por ello que la filosofía como «docta ignorancia» nos aconseja a ser precavidos sobre las formas que usamos y que hemos usado para «definirnos», «concebirnos» e intentar «aprehendernos». Todo lenguaje, incluso el lenguaje científico, es una aproximación, un posible acercamiento a esto que somos como seres conscientes de ser sentientes. Y su propósito es el de servir de referencia, de medio, nunca de fin último o concepto definitivo sobre la existencia humana. Por ello Sócrates en el Teeteto, uno de los célebres Diálogos de Platón, dirá de sí mismo: «soy totalmente desconcertante» (atopos), y no creo más que aporía[17], pues su tarea como filósofo es la de ser partero de espíritus, no la de transmitir conocimientos, formulas, y directrices acerca de la vida humana, pues su «saber» es un «no-saber», de allí que sea un saber aporético, es decir un saber que por el mismo hecho de ser incomunicable crea contradicción: «En los Memorables de Jenofonte, Hipias le dice a Sócrates: «en lugar de estar siempre preguntando sobre la justicia, más valdría que nos dijeras de una vez lo que es». A lo cual Sócrates responde: «a falta de palabras, doy a entender lo que la justicia es mediante mis actos»[18]. Con dicha afirmación Sócrates quiere mostrar los límites del lenguaje: no se podrá comprender jamás lo que es la justicia si no se vive justamente[19]. La justicia no puede definirse, tan sólo vivirse[20].

     La mayoría de las instituciones humanas han creído y siguen creyendo que sus formas de «enseñar» cómo vivir, cómo ser ser humano son las más adecuadas, e incluso muchas de ellas se conciben a sí mismas como absolutas y únicas. El «no-saber» de Sócrates busca que cada individuo ocasione para sí mismo el sentido de su vida. Su máxima: «sólo sé que no sé nada» es un modo de vida que irónicamente hace ver al ser humano por sí mismo -no desde teorías abstractas, o metafísicas abstrusas-, que la mentira, la ilusión, la comprensión errónea de la realidad, la búsqueda adictiva de sensaciones no son el único medio para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir.

     Johnny Depp, un ser humano en cuanto ser de deseos (nephesh), derrochó, como él mismo relata, 650 millones de dólares en una vida «disipada», para al final darse cuenta que había «caído lo más bajo que se podía» en lo que él concebía que era importante para darle sentido a «su porqué» y a «su para qué». Él mismo engendró esa «verdad», y ahora, como dijo Nietzsche, él mismo debe «aprender a saberla mirar» para darle sentido y continuar con esto que llamamos «vivir». Siempre tendremos «sócrates» en nuestras vidas (el mismo fracaso, y las mismas equivocaciones), que nos permitirán comprender -no sin sufrimiento y valentía-, que la existencia humana en sí misma es una aventura aporética que cada uno debe engendrar.

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[1] Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 161.

[2] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 163.

[3] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[4] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 167.

[5] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[6] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 37.

[7] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

[8] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 39.

[9] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 40.

[10] Platón, Teeteto, o de la Ciencia, (ed. José Antonio Miguez), Aguilar, Buenos Aires 1973, p. 46.

[11] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 88.

[12] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 171.

[13] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[14] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[15] Présvot, Jean-Pierre, Diccionario de los salmos, Editorial Verbo Divino, Navarra 1991, p. 10.

[16] Ueda, Shizuteru, Zen y filosofía, Herder, Barcelona 2004, p. 112.

[17] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 42.

[18] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[19] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[20] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

La imagen es diseñada por Daniel Ríos Mujica para Fenomenología de la Espiritualidad, y la fotografía es la moderna Academia de Atenas, fuente: El mundo del viajero.

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