MENTE ZEN, MENTE DE PRINCIPIANTE III

Cuando se desea lograr una calma perfecta durante la meditación, nos dice Shunryu Suzuki en su obra Mente Zen, mente de principiante, uno no debe dejarse perturbar por las diversas imágenes que le pasan por la imaginación. HAY QUE DEJARLAS VENIR Y DEJARLAS PASAR, así estarán bao “control”. El verdadero propósito de la meditación es ver las cosas tal como son y dejar que todo siga su curso. La práctica de la meditación (Zazen) pretende abrir nuestra pequeña mente y para abrirla debemos mantener la mente al ritmo de la respiración y el cuerpo en la postura correcta del Zazen. La meditación no consiste en tratar de detener el pensamiento, hay que dejar que el pensamiento se detenga por sí mismo: si algo nos viene a la mente se deja que entre y se deja que salga, no permanecerá mucho tiempo. Cuando queremos detener el pensamiento durante la meditación nos preocupamos y no hay que preocuparse por nada, lo que viene a la mente, que parece que vinieran de fuera, en realidad son olas de la mente misma y si uno no se preocupa por ellas se van calmando gradualmente. Si se deja a la mente tal cual está se calmará. Cuando la mente se relaciona con algo exterior esa mente es una mente pequeña y limitada, cuando la mente no se relaciona con ninguna otra cosa, entonces no hay comprensión dualista de ninguna especie en su actividad. Aunque surjan olas la esencia de la mente es pura: el agua y las olas son una misma cosa: la gran mente y la pequeña mente son una misma cosa, cuando la mente no espera nada del exterior está siempre satisfecha. Todo lo que se experimenta es una expresión de la gran mente.

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JULIANA DE NORWICH: “En Dios todo queda transfigurado”

Julian of Norwich

Se sabe que vivió de 1342 a 1430 aproximadamente. Como ella misma nos cuenta, en mayo de 1373, probablemente el 13 de ese mes, de improviso se vio afectada por una enfermedad gravísima, después de recibir la bendición de su sacerdote Juliana no sólo recuperó prontamente la salud, sino que recibió las dieciséis revelaciones que sucesivamente puso por escrito y comentó en su libro, las Revelaciones del Amor divino. Inspirada por el amor divino, Juliana hizo una opción radical. Como una antigua anacoreta, eligió vivir en una celda, situada en las proximidades de la iglesia dedicada a san Julián, dentro de la ciudad de Norwich, en sus tiempos un importante centro urbano, cerca de Londres. Quizás asumió el nombre de Juliana precisamente por el nombre del santo al que estaba dedicada la iglesia cerca de la cual vivió durante muchos años, hasta su muerte. Podría sorprendernos e incluso dejarnos perplejos esta decisión de vivir «recluida», como se decía en sus tiempos. Pero no era la única que hizo esa opción: en aquellos siglos un número considerable de mujeres eligió este tipo de vida, adoptando reglas elaboradas expresamente para ellas, como la compuesta por san Elredo de Rieval. Las anacoretas o «reclusas», dentro de su celda, se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. De ese modo, maduraban una sensibilidad humana y religiosa finísima, por la que la gente las veneraba. Hombres y mujeres de todas las edades y de toda condición, cuando necesitaban consejos y consuelo, las buscaban devotamente. Por tanto, no se trataba de una elección individualista; precisamente con esta cercanía al Señor maduraba en ella también la capacidad de ser consejera para muchos, de ayudar a quienes vivían entre dificultades en esta vida. Las mujeres y los hombres que se retiran para vivir en compañía de Dios, precisamente gracias a esta opción suya, adquieren un gran sentido de compasión por las penas y las debilidades de los demás. Amigas y amigos de Dios, disponen de una sabiduría que el mundo, del cual se alejan, no posee y, con amabilidad, la comparten con quienes llaman a su puerta. Pienso, por tanto, con admiración y reconocimiento, en los monasterios de clausura femeninos y masculinos que, hoy más que nunca, son oasis de paz y de esperanza, tesoro precioso para toda la Iglesia, especialmente a la hora de recordar el primado de Dios y la importancia de una oración constante e intensa para el camino de fe.

El tema del amor divino se repite a menudo en las visiones de Juliana de Norwich que, con cierta audacia, no duda en compararlo también con el amor materno. Juliana de Norwich comprendió el mensaje central para la vida espiritual: Dios es amor y sólo cuando nos abrimos, completamente y con confianza total, a este amor y dejamos que sea la única guía de nuestra vida, todo queda transfigurado, encontramos la verdadera paz y la verdadera alegría y somos capaces de difundirlas a nuestro alrededor.

Sístesis de una audiencia papal en diciembre de 2010

ZEN Y FE CRISTIANA

La mística es el punto de unión, por excelencia, entre ambas tradiciones espirituales

En su libro, Vivir en la nueva consciencia, el sacerdote católico y jesuita Enomiya-Lasalle, discípulo del maestro Zen japonés Harada, quien unió las dos corrientes clásicas de “Soto” y “Rinzai”, insiste de modo especial en la actitud interior, sin la cual la apertura a los niveles más profundos de consciencia no es posible.

Zazen significa “meditación sentada”, e importan tres aspectos básicos: la postura corporal, que es la «postura del loto», la respiración, la cual debe ser profunda y abdominal, y la actitud interior que es según el maestro Dôgen (1200-1252), dedicarse a «pensar el no-pensar»; otra expresión para describir dicha actitud es “sin conceptos, sin pensamientos”.

Durante el Zazen, nos dice Enomiya-Lassalle, se trata de una actitud interior en la que se omite toda actividad dirigida por el ‘yo’. Para poner en práctica esta actitud interior se proponen, a modo de ayuda, tres formas de comportamiento: 1) concentrarse en la respiración; 2) estar con un Koan; y 3) simplemente sentarse sin apoyo. La respiración es de total importancia, pues significa la vida misma. El Koan tiene la finalidad de romper con la lógica del pensamiento y llevar al discípulo hacia estados más profundos de consciencia o a vaciar la mente de toda concatenación racional con el fin de llevarlo a la “iluminación”. El simplemente sentarse “shikintaza”: pensar el no-pensar, cuando surgen pensamientos, no se siguen, ni tampoco se rechazan.

En el Zen el maestro es esencial y de suma importancia, pues el Zen no puede transmitirse a través de enseñanzas teóricas, sino por un camino iniciático.

El fin del Zazen es tomar consciencia de la naturaleza “búdica”: el ser humano, sea budista, cristiano o musulmán, “participa” del ser indiviso, único y absoluto, que subyace a todo lo que existe.

SAN JUAN DE LA CRUZ: “¡OH ALMAS CREADAS PARA ESTAS GRANDEZAS Y PARA ELLAS LLAMADAS! ¿QUÉ HACEN, EN QUÉ SE ENTRETIENEN?”

Juan de la Cruz nació en 1542 en el pequeño pueblo de Fontiveros, cerca de Ávila, en Castilla la Vieja. Murió la noche del 13 y al 14 de diciembre de 1591, mientras los hermanos rezaban el Oficio matutino. Fue beatificado por Clemente X en 1675 y canonizado por Benedicto XIII en 1726. Juan está considerado como uno de los poetas líricos más importantes de la literatura española. Sus mayores obras son cuatro: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva. En Cántico espiritual, san Juan presenta el camino de purificación del alma, es decir, la progresiva posesión gozosa de Dios, hasta que el alma llega a sentir que ama a Dios con el mismo amor con el cual es amada por él. Llama de amor viva prosigue en esta perspectiva, describiendo más detalladamente el estado de unión transformador con Dios. La comparación que utiliza Juan siempre es la del fuego: igual que el fuego, que cuanto más arde y consume la madera, más incandescente se hace hasta convertirse en llama, así el Espíritu Santo, que durante la noche oscura purifica y «limpia» el alma, con el tiempo la ilumina y la calienta como si fuera una llama.

Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cima de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación se propone como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza por la de la vida de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad. Noche oscura describe el aspecto «pasivo», o sea la intervención de Dios en el proceso de «purificación» del alma. De hecho, el esfuerzo humano por sí solo es incapaz de llegar a las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: sólo las puede frenar, pero no extirparlas completamente. Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con él. San Juan define «pasiva» esa purificación, precisamente porque aunque es aceptada por el alma, la realiza la acción misteriosa del Espíritu Santo que, como llama de fuego, consume toda impureza.

MENTE ZEN, MENTE DE PRINCIPIANTE II

Sobre la respiración durante la práctica de la meditación el maestro Susuki nos indica la importancia de la misma, pues la mente se adapta siempre al ritmo de la respiración: al inhalar el aire penetra en el mundo interior, y al exhalar el aire sale al mundo exterior, pero nos advierte que sólo hay un mundo entero, en el cual nuestra garganta es como una puerta de vaivén: no hay un yo que respira, lo que solemos llamar el yo, dice Susuki siguiendo su tradición, no es más que una especie de puerta de vaivén que se mueve cuando inhalamos y cuando exhalamos: cuando la mente está bastante pura y calmada para seguir este movimiento no hay nada, ni “yo”, ni mundo, ni mente, ni cuerpo, sino simplemente una puerta de vaivén. Cuando practicamos el Zazen todo lo que existe es el movimiento de la respiración, siempre que estamos conscientes de este movimiento y no distraídos.

Mudra cósmico o mudra del vacío

El Zazen nos hace “comprender” la verdadera experiencia de la vida: la cual no es dualista, como siempre la pensamos los occidentales, tú y yo, esto y aquello, bueno y malo, tú y yo no son más que puertas de vaivén. Esto de bien y mal sólo existe en la mente, dice Susuki, en vez de decir mal, debemos decir “no hacer”! si uno piensa “esto está mal se creará cierta confusión: cuando llegamos a ser verdaderamente nosotros mismos, nos convertimos en esa puerta de vaivén, nos mantenemos independientes de todo, y al mismo tiempo, dependientes de todo.