SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016: EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR»

taller-esfera

EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR». LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA OBSERVACIÓN ECUÁNIME DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

DIRIGIDO POR: Leandro Posadas, monje benedictino.

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE.

FECHA: SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y TRES MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON AL TALLER ANTERIOR DEL 17 DE SEPTIEMBRE: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

PROGRAMA:

programa-taller-octubre

EL LENGUAJE HUMANO COMO «RESIDUO DE UN DIOS DESCONOCIDO»: JACQUES DERRIDA Y LA TEOLOGÍA NEGATIVA

Jacques Derrida
Jacques Derrida

Tomado de mi artículo “El Nombre verídico y no disimulado de Dios”, en Anselmo de Canterbury, Pavel Florenskij, Jaques Derrida y Gershom Scholem, publicado en Nova et Vetera, Año XXXIV – Núm. 70, 2010, Zamora, España.

En el ensayo ‘Sauf le nom’ de J. Derrida, publicado en el año 1993, dos interlocutores se entretienen en un día de verano sobre la ficción que gira alrededor del nombre, o más precisamente en torno al nombre del nombre de Dios y al resultado al que da origen dicho nombre en la teología negativa. La reflexión de la teología negativa (apophasis) considera, a través de una «audacia» del lenguaje, la cuestión de hablar, del poder hablar o del no poder hablar de Dios, cuestión que tiene como fondo el deseo de Dios.

Para J. Derrida el discurso apofático puede responder al más insaciable deseo que el hombre tiene de Dios, pues uno de los rasgos esenciales de toda teología negativa es intentar traspasar los límites, designando límites. Lo contradictorio de este traspasar límites es que la teología negativa dice demasiado poco, o casi nada, y de aquí viene su inextinguible debilidad, que no debe ser entendida como pura negación, sino como afirmación mucho mayor y más amplia de lo que se niega. La imagen que nos presenta Enzo Bellini nos ayuda a percibir esta contradicción de la teología negativa: «Quien trabaja con un bloque de piedra para esculpir una estatua elimina todo aquello que le impide resaltar la belleza de la imagen que está encerrada en el bloque de piedra» . O como la define F. Rosenzweig en La estrella de la redención:

“El no saber, como final y resultado de nuestro saber, ha sido el pensamiento básico de la «teología negativa», que disolvía y despachaba cuantas afirmaciones sobre las «propiedades» de Dios se encontraba, hasta que sólo quedaba como esencia de Dios el No de todas esas propiedades: Dios determinable, pues, tan sólo en su completa indeterminabilidad”.

A pesar de esta contradicción, que Derrida llama, a través de una bella y difícil metáfora, «desierto», la teología negativa crece y se cultiva como una memoria, una institución, una historia y una disciplina. Derrida habla además de la pretensión de la teología negativa que consiste, y siempre ha consistido, en abandonar toda consistencia por medio de un lenguaje que no cesa de poner a prueba los límites mismos del lenguaje, en especial del lenguaje proporcional, teórico o constatativo; abandono que conduce a una experiencia más reflexiva y más exigente. «Más allá del teorema y de la descripción constatativa, el discurso de la teología negativa «consiste» en exceder la esencia del lenguaje, testimoniando el resto o residuo». Resto que Derrida describe como el sobreviviente del lenguaje apofático, que sobrevivió a una autodestrucción onto-lógico-semántica interna. Ciertamente el resto de un Dios desconocido, del cual no queda nada, «salvo su nombre». La palabra «Dios» es el nombre de esta tragedia sin fondo, de esta desertificación sin fin del lenguaje. Nombre que no nombra nada que exista, ni esto ni aquello».

Derrida en su lectura al ‘Peregrino Querubínico’ de Angelus Silesius resalta la importancia del contexto en el que el nombre de Dios viene pronunciado, es decir en la oración, en la que se pide a Dios de darse él mismo, en vez de dar cualquier otra cosa. En la oración se interpreta la divinidad de Dios como don o como deseo de darse. La oración viene a ser para Derrida el lugar o el cuerpo mismo de la interpretación de Dios como don o deseo de darse.

La vía negativa en sus filiaciones hebreas, griegas, cristianas o islámicas conjuga la referencia a Dios, el nombre de Dios, con la experiencia del lugar. También el desierto es una figura del lugar. Pero la figuración en general concierne a esta espacialidad, a esta localidad de la palabra .

Y si Angelus Silesius escribe “Der Ort dass Wort”, es decir, de la palabra divina, entonces este lugar, que no tiene nada de objetivo o de terrestre, que no depende de alguna geografía o geofísica, ese lugar se encuentra en nosotros mismos: “Der Orth ist selbst in dir. Nicht du bist in dem Orth, der Orth der ist in dir: Wirfstu jhn auss, so steht die Ewigkeit schon hier”. Este lugar que se encuentra en nosotros mismos es el acto de nominar a Dios, es el acto de pronunciar al impronunciable, y de este modo el hablante es al mismo tiempo generado en el generar su palabra. El acto de pronunciar queda en y sobre el lenguaje. Permanece en la boca y sobre la boca, sobre la punta de la lengua, o sobre la punta de los labios traspasados a través de las palabras que llevan hacia Dios.

Los labios son llevados en un movimiento de transferencia, referencia, di-ferencia hacia Dios. Nombran a Dios, hablan de él, lo hablan, le hablan, lo dejan hablar en ellos, se dejan llevar por él, se hacen referencia hasta en aquello que el nombre supone nominar más allá de sí mismo, el nominable más allá del nombre, el nominable imnominable. Como si se tratara al mismo tiempo de salvar el nombre y salvar todo del nombre, salvo el nombre, como si se tratara de perder el nombre para salvar aquello que lleva el nombre y aquello hacia lo cual lleva a través del nombre.

Pronunciar el nombre, para Derrida es a la vez respetarlo como lo que es, es decir como nombre, sin embargo el acto de pronunciar es también el acto de herirlo y hacer que desaparezca para que el impronunciable sea llamado y recordado. Regresa de nuevo aquí la cuestión sobre los límites de la teología negativa, de los que hemos hablado antes, pues el lenguaje frente al nombre encuentra un límite, y es en este límite que el lenguaje se resigna, pues se da cuenta de su insuficiencia e incompetencia a la hora de afirmar cuanto cree saber. Este lenguaje de renuncia y abnegación para Derrida no es negativo, no solamente porque no enuncia desde el modo de la predicación descriptiva, sino porque denuncia mientras renuncia, y a través de esta renuncia prescribe de desbordar la insuficiencia del lenguaje e ir donde no se puede ir, es decir, hacia el nombre por medio del nombre, hacia aquello que queda, «salvo el nombre», cuya decisión pasa por la locura de lo indecible y de lo imposible: Geh him, wo du nicht kanst: sih, wo du sihest nicht: “Hör wo nichts schallt und klingt, so bistu wo Gott spricht”.