MATILDE DE HACKEBORN: LA ORACIÓN Y LA CONTEMPLACIÓN COMO «HUMUS» VITAL DE LA EXISTENCIA

De una audiencia del Papa emérito Benedicto XVI (29-09-2010)

Matilde de Hackeborn
Matilde de Hackeborn

El anterior Papa, Benedicto XVI, hoy conocido como el «papa emérito» en sus audiencias de los miércoles acostumbraba a presentar a algunas de las grandes figuras de la espiritualidad y pensamiento cristiano. El día 29 de septiembre de 2010, presentó a Matilde de Hackeborn, una monja de tradición benedictina del siglo XIII, del famoso monasterio de Helfta. Gertrudis, otra gran mística de la época y co-hermana de Matilde, escribió su vida y la tituló: «Liber specialis gratiae» (Libro de la gracia especial).

Matilde pertenecía a la familia del barón de Hackeborn, una de las más nobles, ricas y potentes de Turingia, emparentada con el emperador Federico II. El barón ya había dado al monasterio de Helfta una hija, Gertrudis de Hackeborn (1231-1232/1291-1292), dotada de una notable personalidad, abadesa durante cuarenta años, capaz de dar una impronta peculiar a la espiritualidad del monasterio, llevándolo a un florecimiento extraordinario como centro de mística y cultura, escuela de formación científica y teológica. Gertrudis les dio a las monjas una elevada instrucción intelectual, que les permitía cultivar una espiritualidad fundada en la Sagrada Escritura, la liturgia, la tradición patrística, la Regla y la espiritualidad monástica, con particular predilección por san Bernardo de Claraval y Guillermo de Saint-Thierry. Fue una verdadera maestra, ejemplar en todo, en el radicalismo evangélico y en el celo apostólico. Matilde, desde la infancia, acogió y gustó el clima espiritual y cultural creado por su hermana, dando luego su impronta personal.

Matilde nació en 1241 o 1242, en el castillo de Helfta; era la tercera hija del barón. A los siete años, con la madre, visitó a su hermana Gertrudis en el monasterio de Rodersdorf. Se sintió tan fascinada por ese ambiente, que deseó ardientemente formar parte de él. Ingresó como educanda, y en 1258 se convirtió en monja en el convento que, mientras tanto, se había mudado a Helfta, en la finca de los Hackenborn. Se distinguió por la humildad, el fervor, la amabilidad, la limpidez y la inocencia de su vida, la familiaridad y una profunda vida interior. Estaba dotada de elevadas cualidades naturales y espirituales, como «la ciencia, la inteligencia, el conocimiento de las letras humanas y la voz de una maravillosa suavidad. Siendo muy joven todavía, se convirtió en directora de la escuela del monasterio, directora del coro y maestra de novicias, servicios que desempeñó con talento e infatigable celo, no sólo en beneficio de las monjas sino también de todo aquel que deseaba recurrir a su sabiduría y bondad.

Monasterio actual de Helfta
Monasterio actual de Helfta

Iluminada por el don divino de la contemplación mística, Matilde compuso numerosas plegarias. Fue maestra de doctrina fiel y de gran humildad, consejera, consoladora y guía en el discernimiento: «Ella enseñaba —se lee— la doctrina con tanta abundancia como jamás se había visto en el monasterio, y ¡ay!, tenemos gran temor de que no se verá nunca más algo semejante. Era el refugio y la consoladora de todos, y tenía, por don singular, la gracia de revelar libremente los secretos del corazón de cada uno. Muchas personas, no sólo en el monasterio sino también extraños, religiosos y laicos, llegados desde lejos, testimoniaban que esta santa virgen los había liberado de sus penas y que jamás habían experimentado tanto consuelo como cuando estaban junto a ella.

En 1261 llegó al convento una niña de cinco años, de nombre Gertrudis; se la encomendaron a Matilde, apenas veinteañera, que la educó y la guió en la vida espiritual hasta hacer de ella no sólo una discípula excelente sino también su confidente. En 1271 ó 1272 también ingresó en el monasterio Matilde de Magdeburgo. Así, el lugar acogía a cuatro grandes mujeres —dos Gertrudis y dos Matilde—, gloria del monaquismo germánico. Durante su larga vida pasada en el monasterio, Matilde soportó continuos e intensos sufrimientos. De este modo, participó en la pasión del Señor hasta el final de su vida. La oración y la contemplación fueron el humus vital de su existencia: las revelaciones, sus enseñanzas, su servicio al prójimo y su camino en la fe y en el amor tienen aquí sus raíces y su contexto.

Sus visiones, sus enseñanzas y las vicisitudes de su existencia se describen con expresiones que evocan el lenguaje litúrgico y bíblico. Así se capta su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, que era su pan diario. A ella recurría constantemente, ya sea valorando los textos bíblicos leídos en la liturgia, ya sea tomando símbolos, términos, paisajes, imágenes y personajes. Tenía predilección por el Evangelio: «Las palabras del Evangelio eran para ella un alimento maravilloso y suscitaban en su corazón sentimientos de tanta dulzura, que muchas veces por el entusiasmo no podía terminar su lectura… El modo como leía esas palabras era tan ferviente, que suscitaba devoción en todos. De igual modo, cuando cantaba en el coro estaba totalmente absorta en Dios, embargada por tal ardor que a veces manifestaba sus sentimientos mediante gestos… Otra veces, como en éxtasis, no oía a quienes la llamaban o la movían, y de mal grado retomaba el sentido de las cosas exteriores».

Matilde murió a los 58 años, después de ocho años de graves enfermedades.

TEODORO EL ESTUDITA: PENSAR LA FE DESDE EL MISMO MISTERIO

Teodoro StuditaEn la presente entrada deseo presentar, a través del emérito Papa Benedicto XVI, una figura espiritual muy importante en el mundo medieval bizantino. Un santo venerado por la Iglesia Ortodoxa que nos legó una obra espiritual profunda y digna de estudio. Para los cristianos orientales u occidentales es de suma importancia volver a las sabias fuentes antiguas y medievales de los Padres del Desierto y los Padres de la Iglesia, sólo así nos comprenderemos herederos de una aguda e inteligente tradición espiritual.

En la actualidad la mayoría de las autoridades cristianas no brillan por santidad de vida y testimonio de contemplación, en su mayoría son sujetos institucionales que custodian dogmas rígidos que no dinamizan nuestra vida espiritual. La invitación del anterior Papa Benedicto XVI es la de iniciarnos en las enseñanzas de personas como Teodoro el Estudita, quien como monje y guía espiritual nos puede indicar lineamientos para nuestro camino espiritual, seamos cristianos o no.

El día 27 de mayo del año 2009 el entonces Papa Benedicto XVI presentó en su acostumbrada audiencia de los miércoles a Teodoro el Estudita. Este santo bizantino de la Iglesia Ortodoxa nació en Constantinopla en el año 759 en una familia noble y piadosa. Entró a la vida monástica a la edad de 22 años. Fue ordenado sacerdote por el patriarca Tarasio, quien por razones políticas años más tarde lo envió al destierro en Tesalónica. La reconciliación con la autoridad imperial se produjo en el año sucesivo bajo la emperatriz Irene, cuya benevolencia impulsó a Teodoro y su tío Platón a trasladarse al monasterio urbano de Studios, junto con la mayor parte de la comunidad de los monjes de Sakkudion, para evitar las incursiones de los sarracenos. Así comenzó la importante “reforma estudita”.

Teodoro se convirtió en jefe de la resistencia contra la iconoclasia de León V el Armenio, que se opuso a la existencia de imágenes e iconos en la Iglesia Ortodoxa. Entre los años 815 y 821, san Teodoro fue flagelado, encarcelado y desterrado a varios lugares de Asia Menor. Al final pudo regresar a Constantinopla, pero no a su monasterio de Studios. Se estableció con sus monjes en la otra parte del Bósforo. Al parecer, murió en Prinkipo el 11 de noviembre del año 826, día en el que lo recuerda el calendario bizantino.

En la historia de la Iglesia Ortodoxa san Teodoro se distinguió por ser uno de los grandes reformadores de la vida monástica y también como un defensor de las imágenes sagradas durante la segunda fase de la iconoclasia, junto al patriarca de Constantinopla, san Nicéforo. San Teodoro había comprendido que la cuestión de la veneración de los iconos afectaba a la verdad misma de la Encarnación de Cristo. En sus tres libros Antirretikoi (Refutaciones), argumenta: abolir la veneración del icono de Cristo significaría cancelar su misma obra redentora, pues, al asumir la naturaleza humana, la Palabra eterna invisible se hizo visible en la carne humana y así santificó todo el cosmos visible.

San Teodoro y sus monjes, testigos de valentía en el tiempo de las persecuciones iconoclastas, están inseparablemente unidos a la reforma de la vida cenobítica en el mundo bizantino. Su importancia se impone incluso por una circunstancia exterior: el número. Mientras los monasterios de la época tenían al máximo treinta o cuarenta monjes, por la Vida de Teodoro sabemos que los monjes estuditas eran más de mil. San Teodoro mismo nos informa que en su monasterio había unos trescientos monjes; por tanto, se ve el entusiasmo de la fe que nació en el contexto de este hombre realmente informado y formado por la fe misma.

Ahora bien, más que el número, influyó sobre todo el nuevo espíritu que imprimió el fundador a la vida cenobítica. En sus escritos insiste en la urgencia de un regreso consciente a la enseñanza de los Padres, especialmente de san Basilio, primer legislador de la vida monástica, y de san Doroteo de Gaza, famoso padre espiritual del desierto palestino.

Para Teodoro la mejor manera de sanar una sociedad dividida es aprendiendo a integrarse en la libertad común, compartiendo y sometiéndose a ella, aprendiendo la legalidad, es decir, la sumisión y la obediencia a las reglas del bien común y de la vida común, así como el desprendimiento del yo que quiere ilusoriamente ocupar el centro del mundo.

El trabajo de los monjes “estuditas” no era sólo manual: tuvieron gran importancia en el desarrollo religioso-cultural de la civilización bizantina como calígrafos, pintores, poetas, educadores de los jóvenes, maestros de escuelas y bibliotecarios.

Aunque llevó a cabo una vastísima actividad exterior, san Teodoro no se dejaba distraer de lo que consideraba íntimamente vinculado a su función de superior: ser el padre espiritual de sus monjes, por ello impartía a los monjes dirección espiritual. Cada día, refiere el biógrafo, tras la oración de la tarde, se ponía ante el iconostasio para escuchar a todos. También aconsejaba espiritualmente a muchas personas que no eran del monasterio. Su Testamento espiritual y sus Cartas subrayan su carácter abierto y afectuoso, y muestran cómo de su paternidad surgieron verdaderas amistades espirituales en el ámbito monástico y fuera de él.

La Regla, conocida con el nombre de Hypotyposis, codificada poco después de la muerte de san Teodoro, fue adoptada, con alguna modificación, en el Monte Athos, cuando en el año 962 san Atanasio Athonita fundó allí la Gran Lavra, y en la Rus’ de Kiev, cuando al inicio del segundo milenio san Teodosio la introdujo en la Lavra de las Grutas.

GERTRUDIS DE HELFTA: LA FELICIDAD RADICA EN LA BÚSQUEDA PROFUNDA DEL SENTIDO DE LA VIDA

Medieval_NunsEl día 6 de octubre del año 2010, Benedicto XVI compartió en una de sus audiencias de los miércoles una breve introducción sobre la vida y obra de Santa Gertrudis la Grande, quien fue abadesa o superiora del monasterio de Helfta, donde nacieron algunas obras maestras de la literatura religiosa femenina latino-alemana. Gertrudis fue una de las místicas más famosas, la única mujer de Alemania que recibió el apelativo de «Grande», por su talla cultural y evangélica: con su vida y su pensamiento influyó de modo singular en la espiritualidad cristiana.

En el monasterio de Helfta se confronta, por decirlo así, sistemáticamente con su maestra Matilde de Hackeborn, y entra en relación con Matilde de Magdeburgo, otra mística medieval; crece bajo el cuidado maternal, dulce y exigente, de la también llamada Gertrudis. De estas tres hermanas adquiere tesoros de experiencia y sabiduría; los elabora en una síntesis propia. Profundiza la riqueza de la espiritualidad no sólo de su mundo monástico, sino también y sobre todo del bíblico, litúrgico, patrístico y benedictino, con un sello personalísimo y con gran eficacia comunicativa.

Nace el 6 de enero de 1256, fiesta de la Epifanía, pero no se sabe nada ni de sus padres ni del lugar de su nacimiento. A los cinco años de edad, en 1261, entra en el monasterio, como era habitual en aquella época, para la formación y el estudio. Allí transcurre toda su existencia, de la cual ella misma señala las etapas más significativas.

Gertrudis fue una estudiante extraordinaria; aprende todo lo que se puede aprender de las ciencias del trivio y del cuadrivio, la formación de su tiempo; se siente fascinada por el saber y se entrega al estudio profano con ardor y tenacidad, consiguiendo éxitos escolares más allá de cualquier expectativa. Si bien no sabemos nada de sus orígenes, ella nos dice mucho de sus pasiones juveniles: la cautivan la literatura, la música y el canto, así como el arte de la miniatura.

De estudiante pasa a consagrarse totalmente a Dios en la vida monástica y durante veinte años no sucede nada excepcional: el estudio y la oración son su actividad principal. Destaca entre sus hermanas por sus dotes; es tenaz en consolidar su cultura en varios campos. Pero durante el Adviento de 1280 comienza a sentir disgusto de todo esto, se percata de su vanidad y el 27 de enero de 1281, pocos días antes de la fiesta de la Purificación de la Virgen, por la noche, hacia la hora de Completas, el Señor ilumina sus densas tinieblas.

Desde ese momento se intensifica su vida de comunión íntima con el Señor, sobre todo en los tiempos litúrgicos más significativos —Adviento-Navidad, Cuaresma-Pascua, fiestas de la Virgen— incluso cuando no podía acudir al coro por estar enferma. Es el mismo humus litúrgico de Matilde, su maestra, que Gertrudis, sin embargo, describe con imágenes, símbolos y términos más sencillos y claros, más realistas, con referencias más directas a la Biblia, a los Padres, al mundo benedictino.

Sin embargo, Gertrudis comprende que estaba alejada de la Verdad, y se encuentra en la región de la desemejanza, como dice ella siguiendo a Agustín de Hipona; que se ha dedicado con demasiada avidez a los estudios liberales, a la sabiduría humana, descuidando la ciencia espiritual, privándose del gusto de la verdadera sabiduría; conducida ahora al monte de la contemplación, donde deja al hombre viejo para revestirse del nuevo. «De gramática se convierte en teóloga, con la incansable y atenta lectura de todos los libros sagrados que podía tener o procurarse, llenaba su corazón de las más útiles y dulces sentencias de la Sagrada Escritura. Gertrudis transforma todo eso en apostolado: se dedica a escribir y divulgar la verdad de fe con claridad y sencillez, gracia y persuasión. De esta intensa actividad suya nos queda poco, entre otras razones por las vicisitudes que llevaron a la destrucción del monasterio de Helfta. Además del Heraldo del amor divino o Las revelaciones, nos quedan los Ejercicios espirituales, una rara joya de la literatura mística espiritual.

Al final de su audiencia Benedicto XVI señala que las enseñanzas de Gertrudis no son sólo cosas del pasado, históricas, sino que la existencia de santa Gertrudis sigue siendo una escuela de autenticidad, de camino recto, y nos muestra que el centro de una vida feliz, de una vida verdadera, es la búsqueda continúa del sentido profundo de la existencia. Y, para ella en particular, esta búsqueda se aprende en el amor a la Sagrada Escritura, en al amor a la liturgia, y en la fe y piedad profundas.

PEDRO EL VENERABLE: POSIBLE FUENTE DE DIÁLOGO Y TOLERANCIA

El Papa Benedicto XVI en su corto pontificado trató de dar a conocer a grandes autores y personajes espirituales de la antigüedad cristiana y el medioevo. En sus acostumbradas audiencias de los miércoles presentó a importantes místicos monásticos orientales y occidentales. Benedicto XVI se sentía muy identificado con el mundo monástico medieval y entre los autores que más admiraba se encontraba San Pedro el Venerable, último de los famosos cinco abades de la celebérrima Abadía de Cluny. Hoy deseo presentar una síntesis hecha por mí sobre una de las audiencias de Benedicto XVI sobre este profundo, magnánimo y afable abad medieval.

ClunyAlain-DoireBourgogne-TourismePedro el Venerable nació alrededor del año 1094 en la región francesa de Alvernia, entró de niño en el monasterio de Sauxillanges, donde llegó a ser monje profeso y después prior. En 1122 fue elegido abad de Cluny y conservó este cargo hasta su muerte, que ocurrió en el día de Navidad de 1156, como él había deseado. “Amante de la paz —escribe su biógrafo Rodolfo— obtuvo la paz en la gloria de Dios el día de la paz” (Vita, i, 17:PL 189, 28).

Cuantos lo conocieron destacan su señorial mansedumbre, su sereno equilibrio, su dominio de sí, su rectitud, su lealtad, su lucidez y su especial aptitud para la meditación. “Mi propia naturaleza —escribía— me lleva a ser indulgente; a ello me incita mi costumbre de perdonar. Estoy acostumbrado a soportar y a perdonar” (Ep. 192, en: The Letters of Peter the Venerable, Harvard University Press, 1967, p. 446). Decía también:”Con aquellos que odian la paz quisiéramos, en lo posible, ser siempre pacíficos” (Ep. 100: l.c., p. 261). Y escribía de sí mismo:”No soy de aquellos que no están contentos con su suerte…, cuyo espíritu está siempre en ansia o en duda, y que se lamentan porque todos los demás descansan y ellos son los únicos que trabajan” (Ep. 182: l.c., p. 425). Según el testimonio de su biógrafo, “no despreciaba y no rechazaba a nadie” (Vita, i, 3: PL 189, 19); “se mostraba amable con todos; en su bondad innata estaba abierto a todos” (ib., i, 1: PL, 189, 17).

Cluny_Abbey_(7304579686)Podríamos decir que este santo abad constituye un ejemplo también para los monjes y los cristianos de nuestro tiempo, marcado por un ritmo de vida frenético, donde no son raros los episodios de intolerancia y de incomunicación, las divisiones y los conflictos. Solía decir: “De un hombre se podrá obtener más tolerándolo que irritándolo con quejas” (Ep. 172: l.c., p. 409). Por razón de su cargo tuvo que afrontar frecuentes viajes a Italia, Inglaterra, Alemania y España. El abandono forzoso de la quietud contemplativa le costaba. Confesaba: “Voy de un lugar a otro, me afano, me inquieto, me atormento, arrastrado de un lado a otro; tengo la mente dirigida a veces a mis asuntos y a veces a los de los demás, no sin gran agitación de mi alma” (Ep. 91: l.c., p. 233). Aunque tuvo que actuar con astucia entre los poderes y señoríos del entorno de Cluny, gracias a su sentido de la medida, a su magnanimidad y a su realismo logró conservar una tranquilidad habitual. Una de las personalidades con las que entró en relación fue san Bernardo de Claraval, con el que mantuvo una relación de creciente amistad, a pesar de la diversidad de temperamentos y perspectivas. San Bernardo lo definía “hombre importante, ocupado en asuntos importantes” y lo tenía en gran estima (cf. Ep. 147, ed. Scriptorium Claravallense, Milán 1986, vi/1, pp. 658-660), mientras que Pedro el Venerable definía a san Bernardo “faro de la Iglesia” (Ep. 164: l.c., p. 396), “columna fuerte y espléndida de la Orden monástica y de toda la Iglesia” (Ep. 175: l.c., p. 418).

Pedro el Venerable sentía también predilección por la actividad literaria y tenía talento para ella. Anotaba sus reflexiones, persuadido de la importancia de usar la pluma casi como un arado para “esparcir en el papel la semilla del Verbo” (Ep. 20: l.c., p. 38). Aunque no fue un teólogo sistemático, fue un gran investigador del misterio de Dios. Su teología hunde sus raíces en la oración, especialmente en la litúrgica; y entre los misterios de Cristo prefería el de la Transfiguración, en el que ya se prefigura la Resurrección. Fue precisamente él quien introdujo en Cluny esta fiesta, componiendo un oficio especial, en el que se refleja la característica piedad teológica de Pedro y de la Orden cluniacense, dirigida totalmente a la contemplación del rostro glorioso (gloriosa facies) de Cristo, encontrando en él las razones de la ardiente alegría que caracterizaba su espíritu y que se irradiaba en la liturgia del monasterio.

Para concluir, podríamos decir que aunque este estilo de vida, unido al trabajo cotidiano, constituye para san Benito el ideal del monje, también nos concierne a todos nosotros; puede ser, en gran medida, el estilo de vida del cristiano que quiere ser auténtico discípulo de Cristo, caracterizado precisamente por la adhesión tenaz a él, la humildad, la laboriosidad y la capacidad de perdón y de paz.