Sócrates: «la vida humana como aporía de sí misma»

Academy of Athens (modern)

Escrito por Leandro Posadas.

A los seres humanos hay que llorarlos cuando nacen, no cuando mueren.

Montesquieu, Cartas Persas 40.

     El actor estadounidense Johnny Depp en su última entrevista afirmaba, divertida y cínicamente, que antes de su ruina personal y económica gastaba más de 30.000 dólares al mes en vino. El filósofo y novelista francés Albert Camus en El Mito de Sísifo decía «Vivir es dar vida al absurdo. Darle vida y, ante todo, saberlo mirar»[1]. Para Albert Camus el emblema del absurdo de la vida es Sísifo, quien fue condenado por los dioses a levantar en el infierno, una y otra vez, un gran peñasco sobre la ladera de un monte. Cuando ya la cima es cercana, el peñasco se le escapa de las manos cada vez que llega a la cima, y cae nuevamente en el valle. Y así sucede para siempre[2].

     Para el controvertido filósofo alemán Friedrich Nietzsche los seres humanos necesitamos la mentira para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir[3]. El filósofo e historiador italiano Giovanni Reale sostiene que la necesidad de emoción y de eros del ser humano de ayer, de hoy y de siempre no es más que la máscara del nihilismo, o el olvido progresivo de la búsqueda de sentido de la vida humana. Para G. Reale las exigencias, demandas, modelos, y concepciones de la civilización actual son como cantos de sirenas engañadoras.[4] En mi opinión, la necesidad de emoción, de ilusión, y de eros, que muchos de nosotros experimentamos segundo a segundo en este mundo de la técnica, podría ser el resultado de una desafortunada comprensión histórica del porqué somos humanos y del para qué somos humanos.

     El carácter de la existencia es desconocido y por ello es el fin recóndito, profundísimo y supremo de la filosofía, de la ciencia, de la religiosidad, y de las tendencias artísticas[5].

     En la Apología de Sócrates, Platón reconstruye el discurso que Sócrates pronunció ante sus jueces durante el proceso en el que fue condenado. En dicho Diálogo Platón narra cómo uno de los amigos de Sócrates, Querefón, preguntó al Oráculo de Delfos si había alguien más sabio (sophos), que Sócrates, y el Oráculo le respondió que nadie era más sabio que Sócrates[6]. Sócrates es el más sabio porque no cree saber lo que no sabe. El sabio no sabe nada y es consciente de su no saber. Pierre Hadot, especialista en filosofía antigua y en la figura de Sócrates, dirá: «Sócrates no es sophos (sabio), sino philosophos, alguien que desea la sabiduría porque carece de ella»[7].

     Hace algún tiempo me preguntaba acerca de mi pasión por la filosofía, y me daba cuenta que dicho amor nace de la necesidad. La necesidad de callar toda forma de ideología, de dogmatismo, de opinión absoluta acerca de esto que es ser ser humano. Las religiones tienen una opinión sobre el ser humano: «hijos de «Dios», «pecadores», «santos»; la política a lo largo de la historia ha concebido al ser humano desde cientos de formas: absolutismo, marxismo, capitalismo, populismo; la ciencia nos ha ubicado en la familia de los mamíferos; y el evolucionismo intenta comprender nuestra naturaleza como una adaptación más de supervivencia en este planeta. Cada uno de ellos cree tener la verdad absoluta sobre esto que es ser ser humano. Mientras que la filosofía es una forma de silencio, una forma de sabio silencio que calla, sitúa y pone en perspectiva cada grito, cada predicación que el homo sapiens, a lo largo de su historia ha tratado de retener y propagar como absoluta, necesaria, y única acerca de sí mismo.

     El discurso de un sabio es la incertidumbre, es decir la posibilidad de comprender esta naturaleza que somos, esta experiencia que somos desde la poliedricidad, y desde la mirada caleidoscópica que no se apega, ni se engancha a ninguna visión, a ninguna especulación, a ninguna opinión o posible verdad acerca de lo humano.

     Pierre Hadot considera que el saber para Sócrates no era un conjunto de proposiciones, mandatos, o fórmulas que se pueden escribir, transmitir y vender ya hechas. El saber no es un objeto fabricado, un contenido terminado, transmisible directamente por medio de la escritura o de cualquier discurso[8]. Sócrates sólo sabe una cosa sobre el ser humano: que no sabe nada. Su método filosófico, la mayéutica socrática, consistió no en transmitir un saber respondiendo preguntas, sino interrogando a sus interlocutores para llevarlos a tomar consciencia que su «saber» es realmente un no saber nada sobre sí mismos. Por consiguiente la verdad no puede recibirse acuñada, sino que debe ser engendrada por el mismo individuo[9]. Y Sócrates, como el mismo dice de sí mismo, más que un filósofo es un partero de espíritus (Teeteto 149ª)[10], pues su labor es ayudar a sus interlocutores a dar a luz «su» verdad. De modo que es en el «alma» (ψυχἠ – psyqué) misma del ser humano, según el método socrático, donde se encuentra el «saber», y es el propio humano el que debe descubrirlo, o dicho por Pierre Hadot es el mismo ser humano el que debe engendrarse a sí mismo[11], es decir, engendrar el sentido de su vida.

     Para los griegos lo que nosotros concebimos por «alma» era entendida por ellos como la sede de la inteligencia y de la voluntad: psyqué[12]. Homero habla de psyqué sólo haciendo referencia al ser humano en el momento en que está perdiendo la conciencia, ya sea por desfallecimiento o por la muerte. Ese hálito de vida era para ellos la psyqué. Es a partir del siglo VI a.C por medio del Orfismo que se imprimió un cambio radical en el pensamiento griego y occidental sobre la concepción del ser humano[13]. Los órficos pensaban que en el ser humano existía un «principio divino» (δαἱμων), y con tal concepción surge la contraposición entre la psyqué [alma] y la salma [cuerpo]. El alma ha sido arrojada en un cuerpo como en una prisión por una culpa originaria[14]. Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego, en la versión llamada de los LXX, ésta interpretó el alma como separada del cuerpo, lo cual sirvió de base para la doctrina cristiana del «más allá». En realidad, en la Biblia hebrea el alma (נפש – nephesh), es todo lo contrario a una sustancia inmaterial y sutil, pues designa concretamente una parte física del ser humano: la garganta, el cuello[15]. La nephesh es por lo tanto, en la antropología hebrea bíblica, el lugar privilegiado de las sensaciones, como el hambre, la sed, los deseos, como también de las impresiones psíquicas, y de las emociones. Es el conjunto del ser humano en cuanto ser de deseos.

     Shizuteru Ueda, filósofo de la Universidad de Kioto, considera el lenguaje como la red y la jaula del mundo[16], que por su mismo poder puede volverse peligroso. Es por ello que la filosofía como «docta ignorancia» nos aconseja a ser precavidos sobre las formas que usamos y que hemos usado para «definirnos», «concebirnos» e intentar «aprehendernos». Todo lenguaje, incluso el lenguaje científico, es una aproximación, un posible acercamiento a esto que somos como seres conscientes de ser sentientes. Y su propósito es el de servir de referencia, de medio, nunca de fin último o concepto definitivo sobre la existencia humana. Por ello Sócrates en el Teeteto, uno de los célebres Diálogos de Platón, dirá de sí mismo: «soy totalmente desconcertante» (atopos), y no creo más que aporía[17], pues su tarea como filósofo es la de ser partero de espíritus, no la de transmitir conocimientos, formulas, y directrices acerca de la vida humana, pues su «saber» es un «no-saber», de allí que sea un saber aporético, es decir un saber que por el mismo hecho de ser incomunicable crea contradicción: «En los Memorables de Jenofonte, Hipias le dice a Sócrates: «en lugar de estar siempre preguntando sobre la justicia, más valdría que nos dijeras de una vez lo que es». A lo cual Sócrates responde: «a falta de palabras, doy a entender lo que la justicia es mediante mis actos»[18]. Con dicha afirmación Sócrates quiere mostrar los límites del lenguaje: no se podrá comprender jamás lo que es la justicia si no se vive justamente[19]. La justicia no puede definirse, tan sólo vivirse[20].

     La mayoría de las instituciones humanas han creído y siguen creyendo que sus formas de «enseñar» cómo vivir, cómo ser ser humano son las más adecuadas, e incluso muchas de ellas se conciben a sí mismas como absolutas y únicas. El «no-saber» de Sócrates busca que cada individuo ocasione para sí mismo el sentido de su vida. Su máxima: «sólo sé que no sé nada» es un modo de vida que irónicamente hace ver al ser humano por sí mismo -no desde teorías abstractas, o metafísicas abstrusas-, que la mentira, la ilusión, la comprensión errónea de la realidad, la búsqueda adictiva de sensaciones no son el único medio para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir.

     Johnny Depp, un ser humano en cuanto ser de deseos (nephesh), derrochó, como él mismo relata, 650 millones de dólares en una vida «disipada», para al final darse cuenta que había «caído lo más bajo que se podía» en lo que él concebía que era importante para darle sentido a «su porqué» y a «su para qué». Él mismo engendró esa «verdad», y ahora, como dijo Nietzsche, él mismo debe «aprender a saberla mirar» para darle sentido y continuar con esto que llamamos «vivir». Siempre tendremos «sócrates» en nuestras vidas (el mismo fracaso, y las mismas equivocaciones), que nos permitirán comprender -no sin sufrimiento y valentía-, que la existencia humana en sí misma es una aventura aporética que cada uno debe engendrar.

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[1] Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 161.

[2] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 163.

[3] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[4] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 167.

[5] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[6] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 37.

[7] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

[8] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 39.

[9] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 40.

[10] Platón, Teeteto, o de la Ciencia, (ed. José Antonio Miguez), Aguilar, Buenos Aires 1973, p. 46.

[11] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 88.

[12] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 171.

[13] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[14] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[15] Présvot, Jean-Pierre, Diccionario de los salmos, Editorial Verbo Divino, Navarra 1991, p. 10.

[16] Ueda, Shizuteru, Zen y filosofía, Herder, Barcelona 2004, p. 112.

[17] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 42.

[18] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[19] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[20] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

La imagen es diseñada por Daniel Ríos Mujica para Fenomenología de la Espiritualidad, y la fotografía es la moderna Academia de Atenas, fuente: El mundo del viajero.

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Conversión: «Darse-forma desde la sabiduría» 2da Parte.

camino 2017

«Convertirse como sabia aventura del dejar-ir».

Escrito por Leandro Posadas.

     En el mundo occidental la visión de la conversión, aunque pueda parecer contrapuesta a todo lo que hemos mencionado en la primera parte de este artículo, revela el aspecto de la gallardía humana en el camino espiritual. En su libro Devi cambiare la tua vita el filósofo alemán Peter Sloterdijk comentando cómo el fenómeno de la «conversión» en Occidente se ha hecho presente desde el origen de la filosofía griega hasta la llegada del Cristianismo, sostiene que la conversión es el arte de volver a dirigir[1] la vida, cada vez que se divide, cada vez que se fragmenta; y/o tener-en-forma el cuerpo/mente consciente y sabiamente[2] ante la realidad, y no simplemente un cambio de conducta en función de creencias o dogmáticas religiosas.

     La conversión de la que habla Peter Sloterdijk es la sabiduría de la filosofía antigua, la cual debe penetrar completamente en los huesos y siempre está disponible en todas las situaciones de la vida, incluso en las más adversas. Séneca, por ejemplo, insistía en que no basta colorear el espíritu con la sabiduría, sino más bien la sabiduría debe macerarse con la vida misma y ser enteramente transformada[3]. Convertirse es a la vez educarse en la realidad: prepararse continuamente a un examen de saber sobrellevarse y mantenerse en pie en la desdicha[4], pero también en el gozo. El sabio es aquel que conociendo esto que es ser ser humano se da cuenta que existir es llevar a la vez un bendecido, y algunas veces, duro fardo.

     Es por ello que el término filosofía contiene, además de su claro origen etimológico (amor a la sabiduría), dos referencias escondidas a las principales virtudes atléticas, que en el tiempo de Platón resonaban gratamente: filotimia (amor al triunfo) atribuida a los vencedores en las carreras; y por otro lado filoponia (amor por el esfuerzo)[5]. Tal indicación sigue resonando en el Evangelio de Juan donde aparece el vocablo Telelestai, («está exhausto» o «alcanzó la meta», Juan 19,30), que en latín, sin mucho acierto, fue traducido como consummatum est («todo está cumplido»). Para Sloterdijk dicha locución muestra la revolución acrobática del Cristianismo, pues lo que la escuela griega de Juan intentaba hacer era interpretar en sentido atlético la muerte del Mesías[6].

     La vida de Jesús de Nazaret, cuando la leemos sin tanta carga ideológica, dogmática, institucional, abstrusa, es una historia emocionante, llena de alegría, valentía, amistad, contradicciones, amor compasivo, justicia y deseos profundos de paz. ¿Dónde podemos encontrar un aspecto de esa revolución acrobática del Cristianismo, de la que habla Sloterdijk, sin tener que introducirnos en el tema del «más allá», el cual hemos decidido considerar desde la «docta ignorancia»? En el Discurso de la montaña. En las Bienaventuranzas («Bienaventurados los pobres en el espíritu [οἱ πτωχοἱ τῶ πνεύματι] porque de ellos es el reino de los cielos»…), podemos observar dicho aspecto acrobático, pues ellas manifiestan esa tensión que somos y habitamos: ser paradojas vivientes. Ya por el mismo hecho de ser seres humanos somos bienaventurados, pues tenemos en nosotros la posibilidad de labrar el «Reino de los cielos» en nuestro cuerpo/mente.

     El Dalai Lama en el libro/seminario Incontro con Gesù[7], considerando dicho pasaje del Evangelio de Mateo (5, 1-10), percibe desde su tradición, que las Bienaventuranzas son un camino interior, y que todo aquel que está dispuesto a tomar un camino espiritual y a aceptar las dificultades y las dudas que de ese derivan alcanzará su meta. Sin embargo, el Dalai Lama sostiene que el objetivo de nuestra existencia es buscar la felicidad, entendida como un estado de sabiduría aquí y ahora, y a pesar de que en la realidad las dificultades y sufrimientos existen, es esencial desarrollar un estado mental en torno a ellos, y una aptitud que nos permita afrontar de modo realista las pruebas de la vida[8].

     La esencia de todo camino espiritual es la paz que surge del conocer verdaderamente la naturaleza de todas las cosas, y si contemplamos atentamente podemos ver -en nuestro cuerpo/mente-, que la paz no es ni la felicidad ni la infelicidad, el placer o el dolor, pues ninguna de las dos es la verdad[9]. La verdad pareciese esconderse en la naturaleza cambiante de todos los fenómenos que están sujetos al espacio y al tiempo, incluidos nosotros mismos.

     El lenguaje de la verdad es la realidad tal cual es, la taleidad de las cosas, es decir su naturaleza cambiante: nuestro cuerpo que nace, envejece y muere; nuestra mente que poco a poco va perdiendo la capacidad de retener ideas y recuerdos; las relaciones humanas que surgen y cesan; los objetos que con el pasar de los años pierden su utilidad y eficacia. Todo fenómeno condicionado por el tiempo y el espacio está sujeto al devenir. La verdad está allí continuamente, segundo a segundo, alrededor nuestro. Irse cultivando en el conocer las cosas tal cual son nos da la clave para aprehender la esencia del camino espiritual: el sabio dejar ir.

     «Cuando no conocemos la verdad es justo allí donde nos enganchamos»[10]. La verdad aparece cuando podemos ver por nosotros mismos nuestros enganchamientos, nuestras aversiones, y nuestras ilusiones. Pero normalmente, nos identificamos con ellas profundamente, y pensamos que dichos enganchamientos (-al cuerpo, a las emociones, a las personas, a las ideas, a los sentidos-), aversiones e ilusiones somos nosotros mismos. Las confundimos con nosotros mismos. No vemos las cosas tal cual son. Podríamos decir, que el gran problema de la mayoría de la gente es que no logra ver la realidad tal cual es. Vivimos creyendo que el flujo ordinario de consciencia en el que nos movemos, hablamos, oímos, sentimos, «amamos», «odiamos», ansiamos, «creemos», rechazamos, es la realidad. Y sin embargo, quien escribe, sostiene que es allí, en ese flujo ordinario de consciencia, condicionado, limitado, débil, anhelante, y vehemente, donde se encuentra la clave y el sentido de la vida humana.

     «¿Qué podemos hacer entonces? Probamos continuamente tanta avidez y aversión, tanto rechazo y placer, tanto odio y amor. Y Ajahn Chah, el simpático maestro de los bosques de Tailandia, responde: sólo cuando la mente ve por sí misma puede erradicar el enganchamiento y abandonarlo»[11].

     Somos corporeidad sufriente y deseosa, y he allí la aventura de ser ser humano. Aventurarse a vivir desde la sabiduría es disfrutar del dejar ir. Amar, compartir, dar, agradecer, equivocarse, volver a empezar, volver a confiar, reír, creer, es una gran aventura. Convertirse a dicha aventura del dejar ir nos puede ir enseñando qué es eso de ser seres humanos, y qué significa ser conscientes de ser sentientes.

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[1] Cf. Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, p. 367.

[2] Ibid., p. 391.

[3] Ibid., p. 305.

[4] Ibid., p. 303-304.

[5] Ibid., p. 239.

[6] Ibid., p. 249.

[7] Dalai Lama, Incontro con Gesù (una lettura buddista del Vangelo), Mondadori, Milano 1997.

[8] Cf. Ibid., p. 16-17.

[9] Cf. Ajahn Chah, La Via di mezzo dentro di noi, Santacittarama 2015. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

«¡Esto es lo que hay!»: hacia una fenomenología de la insatisfacción humana

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Escrito por Leandro Posadas

Bajo mi tiempo

pasas

llevado de la mano

como una vieja

transparencia[1].

     Somos seres esencialmente vulnerables: cualquier cosa puede dañarnos. Ser un cuerpo/mente es ser muy vulnerables. Transcurrimos nuestra vida tratando de proteger este cuerpo/mente; intentando resguardar, divertir, consolar, satisfacer este ser consciente de ser sentiente que somos. Incluso tomamos decisiones, a veces difíciles y paradójicas, en función del resguardo de este cuerpo, y de la idea que tenemos de este «yo» que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida.

     El psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna en su hermoso ensayo La Fragilità che è in noi[2] del año 2014, (La fragilidad que está en nosotros), nos recuerda que la vulnerabilidad forma parte de nuestras raíces ontológicas, que es una estructura que llevamos siempre con nosotros, y que sin embargo, y esta será la clave de este escrito, en nuestra fragilidad, en nuestro ser vulnerables, «se esconden valores de sensibilidad y de delicadeza, de gentileza y dignidad, y de intuición de lo ‘indecible’».

     Entendido este ‘indecible’ como gracia, como línea luminosa de la vida, como espacio sagrado y límite gallardo que constituye el meollo temático de las experiencias fundamentales de cada edad de nuestra vida: sombras que resquebrajan las relaciones humanas -la relación con nosotros mismos-, y las hacen intermitentes, y sabiamente precarias, si tomamos consciencia de que somos dependientes de tantas cosas.

     Experimentarse fragilidad puede ser motivo de insatisfacción: somos frágiles ante el tiempo; frente a las circunstancias exteriores; ante los adioses que tantas veces debemos decir: adiós a la juventud que ya no está; al amor que se fue, a la madre que se ha marchado, al padre que tal vez nunca estuvo, a los amigos que deben marcharse. Ser seres humanos es ser esencialmente vulnerables.

     Para Dzongsar Jamyang Khyentse, un maestro tibetano, ser vulnerables es estar sujeto segundo a segundo a condiciones: «todos dependemos de condiciones, ninguno de nosotros tiene el control sobre nada. No podemos tener el control ni siquiera de lo que estaremos sintiendo y pensando el próximo minuto».

     Nuestra vida, afirma este maestro, es como tratar de poner tres frutillas, una encima de la otra, pero no funciona porque son resbaladizas y de forma irregular. El problema, el quicio de nuestro problema humano, es que a veces la segunda casi se queda sobre la primera, momentáneamente, y eso nos da alguna esperanza: «¡puede ser que funcione!», pensamos, pero la vida en general nunca funciona. Cuántas veces hemos tratado de vivir esa experiencia Hollywood, ese vivir felices para siempre…

     Este simpático maestro, sin embargo, no nos deja simplemente con afirmaciones pesimistas, aunque sabias, sobre la vida. Nos dice que debemos aprender a ver nuestra vida como la «experiencia hotel»: «Check-in» … «Check-out»… ¡Es así como es!. … ¡Esto es lo que hay!… El cabello después de los cuarenta comienza a caerse… ¡Esto es lo que hay!… Nuestros párpados comienzan a perder su firmeza… ¡Esto es lo que hay!… Check-in … check-out… Nuestra vida es así: amigos entran, amigos salen. La vida misma es una maravillosa experiencia cuando logramos aprehender su naturaleza: surge y cesa continuamente. Ser ser humano es una gran enseñanza. Nuestra belleza está en la temporalidad.

     Borgna se pregunta: ¿Cómo definir la fragilidad en su raíz fenomenológica? Frágil es una cosa (una situación), que fácilmente se rompe; frágil es un equilibrio psíquico (un equilibrio emocional), que fácilmente se despedaza. También frágil es una cosa que no puede ser no frágil: siendo su destino.

     En Venezuela se usa un dicho popular: «¡Esto es lo que hay!» expresión usada antes y después de esta regresión histórica nacional hace más de 15 años. Hace unas semanas unos buenos amigos vinieron a visitarnos y la clave de lectura de nuestras amenas y recreadas conversaciones giraba en torno a esta frase. Yo usaré este dicho no sólo para hablar de lo que estamos viviendo en este país, sino también como expresión de una búsqueda sabia de lo que es ser ser humano desde y en la insatisfacción en cualquier lugar y en cualquier situación en la que nos encontremos. Porque como dice Eugenio Borgna: «son frágiles, vulnerables y se rompen fácilmente no sólo nuestras emociones y nuestras razones de vida, sino también nuestras esperanzas, nuestras inquietudes, nuestras tristezas, nuestros impulsos del corazón», por el mismo hecho de ser seres humanos.

     Ajahn Candasiri, una maestra theravada en su conferencia Sentirsi appagati[3] (Sentirse satisfechos), del año 2010 afirma por su parte, que el tema de la insatisfacción es un tema de elección: sufrir o no sufrir. La vida, sostiene, está llena de cosas por las cuales lamentarse… pero, podemos también elegir no hacerlo. Cuenta Candasiri que cuando fue a la India observó personas que eran extremadamente pobres, pero que a menudo tenían un chispa de luminosidad y gozo en sus rostros. Ella comprendió que aquello que nos hace felices es el ser capaces de sacar el máximo de las cosas más simples de la vida. Existen modos para practicar la satisfacción sabia en nuestra relación con la vida misma, con nuestras relaciones, con nuestro proyecto vital, con la concepción que tenemos sobre nosotros mismos. Ella, desde su experiencia, nos aconseja, primeramente a relacionarnos con nosotros mismos desde la compasión: amor desinteresado, compasión, alegría, y ecuanimidad hacia este ser que soy aquí.

     Sé que la mayoría de personas que me leen son personas buenas, que jamás le harían daño a nadie: de eso debemos alegrarnos, sentirnos satisfechos, de que estamos tratando de vivir esta vida desde la bondad o desde el intento diario, y a veces precario y limitado de la bondad. Yo me alegro de ello, de ser alguien que trata diariamente de no hacer daño, que intenta cultivar la mente para que no esté distraída y no se pierda en la ilusión de la comprensión errónea de la realidad: ser ser humano, tender diariamente a ser ser humano es una gran enseñanza. Pensemos en la edad que tenemos y contemplemos con sabiduría esto que somos: ¡Lo hemos hecho bien! ¡Lo estamos haciendo bien! Es una bendición haber nacido como seres humanos, independientemente, de las circunstancias y condiciones exteriores. Todos tenemos problemas, pero cuando la sabiduría llega a nuestra vida estamos en grado de ocuparnos mejor de dichos problemas y cultivar formas hábiles para afrontarlos desde la comprensión sabia de la naturaleza de la realidad.

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[1] García Beatriz., Plenos Poderes, El perro y la rana 2007, p. 38.

[2] Borgna Eugenio, La fragilità che è in noi, Einaudi, Torino 2014.

[3] Ajahn Candasiri, Sentirsi appagati: https://santacittarama.altervista.org/sentirsi_appagati.htm Traducción del italiano por Leandro Posadas.

LA SABIDURÍA DEL SILENCIO ANTE LA «VULNERABILIDAD DE LA NATURALEZA HUMANA»

Esfera - Jaula de Cristal 2

Divagaciones sobre una «posibilidad sabia de la existencia humana» frente a la «cultura de la barbarie», desde la «práctica del silencio», la fenomenología y la neurociencia contemplativa.

silenciotransformante@gmail.com

Fenomenología de la Espiritualidad

 teandrico.worpress.com

PROGRAMA

PRELUDIO

EL ACERTIJO DE LA ESPECIE HUMANA

PRIMERA PARTE

NEUROFILOSOFÍA DE LA CONSCIENCIA: UN «MISTERIO SILENCIOSO»

«La actividad de la consciencia»

«¿Sabemos lo que somos?».

El hemisferio izquierdo: «la sensación de un yo unificador».

¿Es realmente real la realidad?

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

INTERLUDIO

«DESDE QUE HUBO SENTIMIENTOS»

SEGUNDA PARTE

LA «CULTURA DE LA BARBARIE»:

El «acoso de las fantasías» y la «negación del pathos de la vida».

«La sociedad de la indignación».

«Nuestra actitud ante el mundo».

La «práctica de la barbarie» versus la «práctica de la sabiduría».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

TERCERA PARTE

«LA SABIDURÍA DE UN FUTURO SIN ILUSIONES»:

«El saber originario de la vida».

«La sabiduría no es una utopía».

Aprender a ver: «el conocimiento contemplativo de sí mismo».

«El silencio como continuo desafío».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

 

LA SABIDURÍA DEL SILENCIO ANTE LA «VULNERABILIDAD DE LA NATURALEZA HUMANA»

Esfera - Camino

Aproximación a una «posibilidad sabia de la existencia humana» frente a la «cultura de la barbarie», desde la «práctica del silencio», la fenomenología y la neurociencia contemplativa.

silenciotransformante@gmail.com

Fenomenología de la Espiritualidad

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PROGRAMA

PRELUDIO

HOMO SAPIENS SAPIENS: ¿UNA ESPECIE MALOGRADA?

PRIMERA PARTE

EL ACERTIJO DE LA ESPECIE HUMANA

«¿Qué es la vida?»

«Humanidad versus feromonas».

«El acoso de las fantasías».

Los humanos en tiempos de oscuridad.

La «cultura de la barbarie»: la «negación del pathos de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

SEGUNDA PARTE

EL SENDERO DE LA PAZ: «LA PRESENCIA DE LA MENTE»

Neurología de la consciencia: «un misterio silencioso».

«El self viene a la mente».

«Desde que hubo sentimientos».

Los «ídolos de la mente»: instinto, religión y libertad.

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

TERCERA PARTE

EL SILENCIO: «LA SABIDURÍA DE UN FUTURO SIN ILUSIONES»

El «frágil absoluto» ante la «cultura de la barbarie».

Aprender a ver: «el conocimiento contemplativo de sí mismo».

«El saber originario de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

EPÍLOGO

«EL TIEMPO QUE QUEDA»: La fiesta de la insignificancia.