SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016: EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR»

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EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR». LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA OBSERVACIÓN ECUÁNIME DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

DIRIGIDO POR: Leandro Posadas, monje benedictino.

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE.

FECHA: SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y TRES MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON AL TALLER ANTERIOR DEL 17 DE SEPTIEMBRE: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

PROGRAMA:

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«Y LA ‘MUJER’ DIO A LUZ UN ‘HIJO VARÓN’… Y HUYÓ AL ‘DESIERTO’»

a4Excursus divagante sobre la simbólica de la mujer como «madre divina» y su relación con el progreso espiritual del ser humano.

«Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas; está en cinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas… El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto diera a luz. La mujer dio a luz un hijo varón… Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios…» (Apocalipsis 12, 1-6).

La aparente visión fantástica anterior del autor del libro del Apocalipsis está cargada de un fuerte simbolismo. El pasaje gira en torno al «hijo varón»: quien podría simbolizar, siguiendo el lenguaje metafórico y/o fenoménico, la victoria sobre la complejidad y la ansiedad, así como la conquista de la paz interior y la confianza en sí mismo. El «dragón de siete cabezas» puede hacer referencia a los logismoi o «pensamientos malvados» con los cuales ‘combatían’ los Padres del Desierto (ss. II-V). Y el «desierto» al que huye la «mujer» es el lugar por excelencia donde debe ser buscada la Realidad. También es el lugar de los demonios, de las tentaciones, de las situaciones límite. En el medioevo el desierto llegó a simbolizar el corazón humano, el lugar de la vida eremítica interiorizada. Para el Maestro Eckhart el desierto es la indiferenciación reencontrada por la experiencia espiritual donde sólo reina el Espíritu.

El lenguaje religioso cargado de símbolos y metáforas es un meta-lenguaje. Eberhard Jüngel en su libro Dire Dio. Per un’ermeneutica del linguaggio religioso, ofrece algunas agudas puntualizaciones sobre la notabilidad de las metáforas como contribución a la hermenéutica de una narrativa de la realidad fenoménica religiosa. Para Jüngel el discurso metafórico no es un lenguaje desacertado o impropio, sino un lenguaje particular preocupado de precisar en un modo particular[1]. Las metáforas por el hecho mismo de expresar una idea a través de otra idea, podríamos decir jugando con el lenguaje, lo abren y expanden y no lo limitan simplemente a definir o dogmatizar, sino que amplían el horizonte de la comprensión en cuanto eliminan la rigidez sobre nuestra comprensión de la realidad[2]. El lenguaje religioso es enteramente metafórico pues trata de explicar la realidad de modo que se manifieste en el mundo y desde el mundo el «espíritu/Espíritu»: no dogmatizado, no institucionalizado, no jerarquizado, pues dicho «espíritu sopla donde quiere, pero no sabemos de dónde viene ni a dónde va» (Evangelio de Juan 3, 8). No sólo trata de exponerlo sino de profundizar el sentido de la realidad y desplegar al ser humano un más allá de lo que la realidad aparenta ser en el flujo de consciencia ordinario de nuestras mentes.

La forma en la que el lenguaje simbólico religioso se ha manifestado en las diferentes culturas nos ilumina sobre la función de los símbolos, los cuales tratan de guiarnos a un meta lenguaje que nos previene ante posibles fundamentalismos y dogmatismos religiosos. Para un occidental la representación de la madre divina Kãli de la teología hindú sería una representación abominable de lo que entendemos por madre en nuestra forma mentis occidental. Kãli es representada como una mujer de aspecto repulsivo, con la lengua colgando, ensangrentada, que baila sobre un cadáver ¿Cómo semejante imagen puede representar la madre divina? En ese símbolo de lo terrible explica un teólogo hindú no se venera la violencia, ni la destrucción, sino que se toma en una visión sinóptica, de modalidad única, los tres movimientos proyectados conjuntamente que forman la creación, la conservación y la destrucción. Son los diferentes aspectos de la experiencia única de la vida[3].

En la tradición popular católica el aspecto virginal de María ha tenido una mayor relevancia que el aspecto maternal, pero extrañamente los textos patrísticos y homiléticos antiguos oficiales dan la mayor importancia dogmática a la maternidad divina de María. La presencia de la «Madre de Dios» en la liturgia de la Iglesia Católica tiene su fuente en la utilización de los textos neotestamentarios antes citados. Uno de los primeros textos propiamente litúrgicos que hacen memoria de María se encuentra en la homilía Sobre la Pascua, de Melitón de Sardes que se remonta a la segunda mitad del siglo II[4]. Pero es ciertamente la ‘dogmatización’ de María como «Madre de Dios»[5] (Theotokos), en el Concilio de Éfeso (Symbolum Ephesinum), del año 431, el que impulsa notoriamente la devoción mariana en la iglesia primitiva y consiguientemente en las diversas comunidades primitivas cristianas. Como apunte histórico podemos indicar que dicho concilio tenía como finalidad contrarrestar la predicación de Nestorio, obispo de Constantinopla en el 428, quien negaba la posibilidad que Dios naciera, padeciera y muriera. Para Nestorio, María no era la madre de Dios (Theotokos), pues ella, según él era sólo madre de la naturaleza humana, y no madre del Logos, sino madre de Jesús, por eso para él el título apropiado sería Christotokos, ‘madre de Cristo’, y el mejor de los casos Theodokos, es decir la ‘receptora de Dios’, o la que acoge y recibe a Dios.

La filosofía y el arte del lenguaje han jugado un rol fundamental en la articulación de las verdades dogmáticas y religiosas de las grandes religiones, sin embargo, para Gérard de Champeaux y Sébastien Sterckx «toda simbólica, desde el momento en que se contamina de intelectualismo, tiende a multiplicar y a hacer más complejas sus construcciones, hasta llegar a los refinamientos insulsos. Por el contrario, afirman, una simbólica que permanece sensible al valor innato de los símbolos fundamentales, tiende a reducir todo a algunas imágenes-clave, cada vez más sencillas, pero jamás agotadas, como los misterios de vida que hacen perceptibles»[6]. Podríamos decir que un lenguaje simbólico que pierde su capacidad de llevarnos a un meta-lenguaje y a incitar nuestra habilidad de aprehender la realidad más allá de categorías y conceptos, ya no tiene nada que revelarnos sobre una sabia y directa experiencia del lenguaje de la vida.

Cabe preguntarse ¿De dónde surge esta inclinación natural de los seres humanos hacia la imagen simbólica de la «virgen». El lenguaje simbólico nos dice que la virginidad es la imagen viva de lo no manifestado en estado latente. El estado virginal significa lo no manifestado, lo no revelado, y de tal no manifestación nace lo manifestado. En el simbolismo cristiano medieval la virgen madre de Dios, como modelo y puente entre lo terrenal y lo celestial, simbolizaba la tierra orientada cara al cielo, que así se convierte en una tierra transfigurada, en una tierra de luz. Las vírgenes negras de las Iglesias Ortodoxas simbolizan la tierra virgen, aún no fecundada; ellas hacen valer el elemento pasivo del estado virginal. Es interesante señalar que el ennegrecimiento de las imágenes marianas en el occidente cristiano se generalizó al final de la Edad Media, siguiendo los modelos de los iconos orientales.

El símbolo por excelencia de la «madre» es el vientre que como fenómeno humano ha significado el lugar de las transformaciones[7], de allí que María sea designada en dos antífonas gregorianas como «sancta Dei Genitrix» y «virgo Dei Genitrix». El vientre también ha sido interpretado como refugio, prisión. Las diosas madres en todas las mitologías presentan el doble aspecto de ternura y protección, como también de tiranía y avidez. Es igualmente, la sede de los deseos insaciables, del hambre de los alimentos y de las sensaciones. El mendigo de Homero hablaba del vientre insaciable debajo del diafragma, y los metaforólogos lo llaman hidra con el fin de recordar las mil cabezas de la fábula, y los innumerables deseos que están como tendidos y plegados unos sobre otros en dicha sede de voracidad.

Para Gerhard Adler[8], especialista de la psicología de Carl G. Jung, el símbolo de la madre asume el valor de un arquetipo, la primera forma que toma para el individuo la experiencia del anima es la madre, es decir lo inconsciente. Es además la fuente de todos los instintos, la totalidad de todos los arquetipos, el residuo de todo lo que los seres humanos han vivido desde los más lejanos comienzos, el lugar de la experiencia supra-individual, que a la vez necesita de la correlación con la consciencia para realizarse.

Sobre el itinerario que el «alma» debe realizar hacia el «Espíritu», Pablo de Tarso, un escritor del Nuevo Testamento (1 Tes 5, 23; 1 Cor 15, 44), consideraba, siguiendo la filosofía griega clásica, que el ser humano está compuesto por el espíritu (pneuma); el alma (psykhe); y el cuerpo (soma): El alma anima el cuerpo, y el espíritu es la parte humana abierta a la vida más elevada. Guillermo de Saint Thierry (s. XII), en su carta dirigida a los monjes cartujos de Mont-Dieu designa el anima como la parte vivificadora del cuerpo, y el animus como la disposición espiritual del ser humano.

Para Carl G. Jung, el anima, nuestro arquetipo primordial, esta paradoja viviente que somos, mamíferos pensantes, recorre para su desarrollo integral cuatro estadios: el primero está simbolizado por Eva, y situado en el plano instintivo y biológico, un segundo un poco más elevado, comparado a la «noche de los sentidos» de Juan de la Cruz, conserva sus elementos sexuales, y un tercero está representado por la María, el personaje de los evangelios cristianos, en quien el amor alcanzó totalmente su dimensión espiritual. El cuarto es designado por la Sabiduría. Y añade Jung, si admitimos que todo lo terrenal posee en lo celestial su correspondencia, la virgen María debe ser mirada como la cara terrenal de la sophia que es celestial[9]. Eva, en nosotros, es llamada en un movimiento ascendente a purificarse, a fin de imitar a la virgen María, descubriendo «en al niño de luz» (el puer aeternus), su propio sol.

El primer estadio jungiano denominado Eva, ciertamente hace referencia al personaje del mito adámico de la caída, el cual para Paul Ricoeur es el mito antropológico por excelencia, para quien la serpiente simboliza una parte de nosotros mismos que no reconocemos; la seducción de nosotros mismos por parte de nosotros mismos, proyectada en un objeto de seducción[10]. La patrística cristiana ha designado repetidas veces a María como la «nueva Eva», aquella que no entró en diálogo con la serpiente, que no siguió la lógica del tentador, sino que se mantuvo dentro de la voluntad divina. Sin embargo, este paralelismo ha sido la base para muchas meditaciones acerca de la relación del ser humano consigo mismo. Eva significa la sensibilidad del ser humano y su elemento irracional, mas no por ello menos inteligente. El mito de la caída hace referencia a la ruptura entre el alma (anima) y el espíritu (animus), entre Adán y Eva. (Véase Orígenes, Homilía sobre el Génesis 4, 15). El hombre ha errado el blanco (pecado: hatà), en dicho mito, pues su alma y su espíritu han consentido las insinuaciones del tentador, del acusador, es decir de aquél que quiere llevarnos a una comprensión errónea de la realidad/Realidad. Situar este mito primigenio y sus efectos más allá de una connotación exclusivamente moral, ética, institucional, jurídica, dogmática, y llevarlo a un plano de interioridad es singularmente esclarecedor. Para Agustín de Hipona la obra de la sabiduría perfecta es la unión armoniosa entre el alma, el espíritu y el cuerpo (De genesi contra manichaeos 2,12,16). Para Ricardo de San Víctor, Adán y Eva no sólo representan el anima y el animus, sino la inteligencia, el conocimiento, y el amor.

Según el Maestro Eckhart, teólogo y místico del siglo XIII, el símbolo de la virgen Theotokos designa el alma en la que Espíritu se recibe a sí mismo, engendrándose a sí mismo. La virgen María representa el alma perfectamente unificada, en la que dicho Espíritu se hace fecundo. María es virgen porque está vacía, disponible a recibir la semilla divina, en el sentido que Angelus Silesius escribe en el Peregrino Querubínico: «El alma que nada sabe no quiere nada… debe ser hoy mismo esposa del Esposo eterno». Según el Maestro Eckhart, el alma virgen significa el alma libre de todas las imágenes extrañas, tan disponible como antes de su nacimiento. E indica además: «Si el ser humano permaneciese siempre virgen, ningún fruto vendría de él, para volverse fecundo es preciso que sea mujer ¿Mujer? Es la palabra más noble que pueda dirigirse al ánima, y es mucho más noble que virgen, porque el Espíritu se torna fecundo en él, y de ese modo el ser humano alcanza su plenitud, y el alma es elevada a su grado superior, que designa el estado de la madre de Dios (Theotokos[11]. Estamos llamados a ser «madres del Espíritu» y dar a luz al puer aeternus (niño eterno) que cada uno de nosotros lleva desde nuestro nacimiento, justamente por ser animus-anima.

El Maestro Eckhart haciendo referencia indirecta al pasaje del Evangelio de Lucas 1, 26-38 (28. Alégrate, llena de gracia… 31. Vas a dar a luz un hijo… 35. El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra… 38. He aquí la sierva del Señor. Hágase (fiat) en mí según tu palabra), nos señala a María que su fiat comenzó en ella una marcha al desierto, lugar en el que el espíritu no tiene ya un porqué, en una marcha hacia un «puro dejarse engendrar sin resistencia y un dejar que el Espíritu se realice en este dejarse»[12], es decir que «Dios» nazca en el hombre. La marcha al desierto del alma, es decir del hombre en su continuo formarse, trascendiéndose en el Espíritu Absoluto en continuo fluir, no es una huida del mundo, sino una forma de «aprehender la soledad interior» y de ese modo captar al Inefable en todas las cosas. El Espíritu, afirma Eckhart, es la realidad más próxima, y su voluntad es la manifestación de la realidad en cuanto tal. Y está en el Espíritu quien busca sólo su voluntad y la cumple (Mateo 12, 46-50; Marcos 3, 31-35: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?; Mateo 7, 21-23: No todo el que me diga Señor, Señor…, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.), es decir quien viva desde una sabia y amorosa indiferencia la realidad interior y exterior que continuamente lo interpela como ser cambiante y anhelante. «Indiferencia en la angustia y en el placer, en el llanto y en el gozo»[13].

La armonía entre el «animus» y el «anima» que nos señala María con su vida silenciosa y humilde, no es otra forma humana que la de aquel que vive desasido de sí mismo, libre de sí mismo, quien por su misma naturaleza espiritual se hace capax Dei: sosegado y desasido para dejar sitio en todo su ser al Inefable[14]. María por consiguiente se situó ante la suprema verdad libremente y con la actitud de la sierva. Apenas María renunció a su voluntad, es decir a su comprensión errónea de la realidad, se convirtió inmediatamente en verdadera madre del Verbo eterno y en el acto concibió al Espíritu, un «Hijo varon», símbolo de la victoria sobre la confusión coronada siempre por miles de cabezas en nuestra mente.

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[1] Ricoeur P.-Jüngel E., Dire Dio. Per un’ermeneutica del linguaggio religioso, Queriniana, Brescia 2005, 175.

[2] Cf. Ibid., 176.

[3] Chevalier J / Gheerbrant A., Diccionario de los Símbolos, Herder, Barcelona 1988, 674.

[4] Cf. AA.VV. Nuevo Diccionario de Liturgia, ed. D. Sartore y Achille M. Triacca, Ediciones Paulinas, 1987, 2036.

[5] Dicha invocación de María como Madre de Dios aparece ya en la antífona Sub tuum preasidium en Egipto en el siglo III: Cardedal O., Cristología, B.A.C, Madrid 2005, 255.

[6] Champeaux G., y S., Sébastien, Introducción a los símbolos, Ediciones Encuentro, Madrid1992, 310.

[7] Cf. Ibid., 1072.

[8] Cf. Ibid, 675.

[9] Cf. Ibid., 81.

[10] Riguetti F., Il problema della confessione del male: l’antropologia di Paul Ricoeur e le sue fonti filosofico-religiose, en Dialegesthai. Rivista telematica di filosofia, anno 15 (2013).

[11] Chevalier J / Gheerbrant A., Op cit., 1075.

[12] Balthasar, H. U., Gloria (vol 5). Metafísica. Edad Moderna, Ediciones Encuentro, Madrid 1988, 44.

[13] Ibid., 41.

[14] Idem.

«SEAMOS NUESTRO PROPIO REFUGIO» 2ª PARTE

doente_leon00Nuestro refugio radica en el hecho de reconocer la naturaleza del cambio continuo en nosotros. Seremos «nuestro propio refugio» cuando logremos ver las cosas, las personas, las circunstancias; nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos tal cual son: cuya naturaleza es la impermanencia. Contemplar esta verdad desde la presencia consciente y la comprensión clara es nuestro refugio. Para Ajahn Chah «ver certeza en lo incierto es estar en la vía directa hacia el sufrimiento y la confusión». E indica «que contemplándonos en conjunto observamos que la felicidad y el sufrimiento y cualquier circunstancia exterior son iguales, del mismo modo que el calor y el frío. El calor puede quemarnos hasta morir, así como el frío del hielo puede congelarnos hasta la muerte. Ninguno de los dos es más importante que el otro. Así ocurre con la felicidad y el sufrimiento. En el mundo todos desean felicidad y nadie desea sufrimiento». Y sin embargo ambos son parte taxativa de esta realidad, de este «ser-aquí-y-ahora» que somos.

En nuestro ser más profundo y verdadero no hay deseo. En nuestra «estructura real» sólo hay tranquilidad y una visión amorosa y sabia de cada acontecimiento interno y externo que se manifiesta. Para nutrir y alimentar dicha «estructura contemplante» debemos tener la experiencia directa con la realidad tal cual es, con las cosas tal cual son. Seremos el espejo que refleja la realidad, pero que no se engancha con ella, cuando dejemos ir, cuando dejemos de seguir creando identidad, cuando nos reconozcamos simplemente reflejo que contempla.

La naturaleza de nuestro cuerpo es envejecer, y no puede ser de otra manera. Nacer es venir con la certeza de la ancianidad, de la enfermedad y de la muerte. Ser ser humano es experimentar emociones agradables y desagradables; ser ser humano es relacionarse con lo que nos gusta y con lo que no nos gusta. Es una gran verdad ver la realidad tal cual es, y ella se está revelando continuamente, pero nuestra mente no educada se engancha continuamente a que las cosas sean como nosotros queremos que sean. No queremos que nuestros cuerpos envejezcan, no queremos sufrir, no queremos enfermarnos, no queremos morir: dicho no querer es la autopista mejor iluminada para ir directo al sufrimiento. Los sabios maestros nos enseñan que ningún ser en este mundo, pobre y rico, famoso o anónimo, joven o viejo, humano o animal puede conservar su estado por mucho tiempo. Cambios y pérdidas son experiencias universales. El cambio es una realidad de la vida respecto a la cual no podemos hacer nada. Lo que sí podemos hacer es contemplar el cuerpo y la mente para aprehender su «naturaleza impersonal», y ver que ninguno de los dos es «mí» o «mío», sino que su naturaleza es una realidad relativa. Nuestro cuerpo y nuestra mente pertenecen a la naturaleza, han venido de allí y a ella volverán. En el Tíbet existe la tradición, o existía la tradición de los «entierros celestiales», o una especie de disección ritual en la cual los cadáveres humanos, después de ser fraccionados en partes, eran colocados en la cima de una montaña para exponerlos a los elementos de la naturaleza y a los animales, especialmente a las aves de presa. Dicho rito milenario nos indica, a pesar de lo extravagante que pueda sonar a nuestros oídos convencionales, que nuestra verdadera naturaleza radica en ser cambio continuo: la naturaleza cambia continuamente, y se alimenta de sí misma para seguir su ritmo, pero el ser humano se engancha ilusoriamente a su cuerpo, a su «yo», a sus opiniones, a sus emociones, a sus sensaciones, a sus seres queridos, a sus amantes, a sus amigos, a sus ideas acerca de sí mismo. La vida nos ha hechizado, diría Shankara, el fundador del «Advaita Vedanta».

¿Cómo relacionarnos entonces con esta verdad? El mismo Ajahn Chah en algunas de sus reflexiones nos dice que hay dos formas de relacionarse con la verdad natural de la vida misma: una forma que lleva a más sufrimiento, y otra que conduce al final del sufrimiento. La primera es el dolor inconsciente de aferrarse con vehemencia a los placeres efímeros y a la aversión y odio por lo desagradable, la cual es la forma constante de relacionarse con la vida de la mayoría de la gente, día tras día. La segunda forma de relacionarse surge de permitirse apreciar y darse cuenta, en su totalidad, del cambio permanente de la experiencia, -dolor, placer, alegría, enojo, nacimiento, muerte, amor, desilusión, éxito, fracaso, enfermedad y salud-, sin temor ni represión, simplemente observando, sin reaccionar, la verdad sabia, cotidiana, pacífica y mística e intrínseca del cambio.

«SEAMOS NUESTRO PROPIO REFUGIO» 1ª PARTE

Hace algunos semanas, durante los días festivos, viendo una película de ciencia ficción, simplemente para «entretener el tiempo», tenía la dudosa impresión que en realidad lo estaba malgastando… El film tenía como tema central un cataclismo ecológico que había devastado la vida en el planeta y sólo existían algunos miles de seres humanos que se maltrataban y se comían unos a otros. Los efectos especiales, y no el guión me mantenían atento… Al final una pregunta atrajo toda mi atención: «Where must we go… We who wander this Wasteland in search of our better selves?», quien preguntaba era el primer hombre de la historia de la humanidad, según el film… «¿Dónde debemos ir, nosotros quienes vagamos por esta árida tierra, en busca de nuestros mejores ‘sí mismos’?». Tal pregunta me atraía no tanto por el desarrollo final del film, sino por la carga fenoménica, existencial, ética, y teleológica que tal cuestión plantea para aquellos que buscamos más allá de lo inmediato y de lo aparente. Margaret Funk en su hermoso libro «The Practice of the Spiritual Life» dice que el corazón humano conoce su propio camino. Sólo volviendo a sí mismo desde una sabia auto-observación el ser humano podrá encontrar la vía que lo hará «ser plenamente desde su ser más profundo»; podrá relacionarse consigo mismo desde su ser más insondable y verdadero, y podrá incluso habitar con otros no desde la «enferma idea de que todos seamos idénticos», como diría Michel de Certeau en su obra «Mai senza l’altro. Viaggio nella differenza», sino desde la armonía y el maravilloso don de la diferencia.

Quisiera aproximarme a una posible respuesta a esta pregunta desde una conferencia dictada por No Ajahn Chah, el compasivo maestro Theravada del Bosque, quien se dirige piadosa y sabiamente en dicha conferencia a una mujer moribunda. Al respecto existe un libro «Dead man walking» de Helen Prejean, que posee una imagen que siempre me ha trastocado. En ella un hombre condenado a muerte, después de un hermoso proceso de descubrimiento interior, camina por un pasillo minutos antes de ser ejecutado, pero reconciliado profundamente consigo mismo, e incluso con el hecho de su propia muerte.

¿Dónde debemos ir? ¿Qué vía podemos tomar? ¿A quién acudir cuando la vida se hace insalubre? ¿Qué hacer cuando a la vida llega la enfermedad, la desilusión, la muerte y el sin sentido? ¿Cómo comenzar nuevamente cuando nuestras propias emociones, pensamientos y sentimientos nos nublan la visión de la realidad? Las tradiciones espirituales más profundas y auténticas continuamente nos dicen que dicho lugar insólitamente está dentro de nosotros. Ajahn Chah afirma sin temor que nosotros mismos debemos y podemos ser «nuestro propio refugio». Y el Meister Eckhart en uno de sus conocidos «Sermones Alemanes» afirma que nuestra posibilidad de trascendencia reside y «resplandece en su desnudez en la parte del ser humano que se llama fondo del alma». Es decir, que para este gran místico alemán del siglo XIII el ser humano tiene una «estructura» desde la cual contemplarse y contemplar el mundo y al «sí mismo» desde una visión amplia, sabia y transformante. La cuestión es que no logramos ver esa estructura, porque según el monje y asceta Guigo I, el Cartujo (1083-1137), «no hemos aprendido a contemplar tales cosas: a contemplar la fuerza de la trascendencia en nosotros mismos». Pareciese, prosigue Guigo, como si «Vivir en y desde nuestro interior, nos pareciera vivir en tinieblas. Como si estuviésemos continuamente enganchados a las circunstancias exteriores y a las reacciones que tales circunstancias producen en nosotros». Dicha «estructura» es la posibilidad de ver la realidad tal cual es: no desde lo que deseamos que sea, no desde lo que rechazamos.

«EL GOZO ESCONDIDO EN EL DOLOR»: UNA ESPIRITUALIDAD QUE NOS LIBERA DEL SUFRIMIENTO 3ª PARTE

Capullo de una Mariposa Monarca, preparada para salir y volar
Capullo de una Mariposa Monarca, preparada para salir y volar

Cuando Marpa, el gran maestro tibetano de meditación, y maestro de Milarepa, perdió a su hijo lloró amargamente. Uno de sus discípulos se le acercó y le dijo: «Maestro ¿Por qué lloras? Tu nos enseñas que la muerte es una ilusión». Y Marpa le respondió: «La muerte es una ilusión. Y la muerte de un niño es una ilusión aún más grande». Pero aquello que Marpa alcanzó a mostrar a su discípulo, fue que mientras él estaba en grado de entender la verdad sobre la naturaleza condicionada de todas las cosas y sobre la «vacuidad de la forma», podía ser todavía humano, podía pobrar aquello que estaba sintiendo, podía abrirse a su dolor. Podía estar totalmente presente en la sensación de aquella perdida. Y podía llorar abiertamente.

No hay incongruencia en absoluto si sentimos nuestras sensaciones, si tocamos nuestro dolor, y al mismo tiempo sentimos la verdad de las cosas tal como son. El dolor es dolor; la aflicción es aflicción; la pérdida es pérdida: podemos aceptar estas cosas. El sufrimiento es aquello que nosotros agregamos a estas cosas cuando las rechazamos, cuando decimos: «No, no puedo». Hoy, mientras leía el nombre de mis abuelos que fueron asesinados junto a mis tíos, tías, y sus respectivos hijos, durante la Segunda Guerra Mundial -sus cuerpos fueron tirados en enormes fosas comunes-, esta imagen me arrolló con un dolor cuya presencia no tenía consciencia. Sentí una presión sofocante. Era incapaz de respirar. Mientras las lagrimas me descendían sobre el rostro fui capaz de recordar, de ser consciente de las experiencias físicas y de acompañar este doloroso recuerdo con la respiración, dejando que se manifestase. No es un fracaso probar estas sensaciones. No es un castigo. Es parte de la vida. Es parte de este viaje humano.

Oruga de Mariposa
Oruga de Mariposa

Por lo tanto, la diferencia que hay entre dolor y sufrimiento, es la misma que hay entre la libertad y la esclavitud. Sólo si somos capaces de estar con nuestro dolor, podemos aceptarlo, conocerlo y curarlo. Mas si no está bien experimentar dolor, rabia, miedo, soledad, entonces no está bien mirar nuestras sensaciones, y no está bien tenerlas en nuestros corazones y encontrar paz a través de ellas. Cuando no estamos capacitados para sentir aquello de debemos sentir, cuando oponemos resistencia y buscamos huir a la vida entonces somos esclavos. Donde nos aferramos allí está el sufrimiento, pero si sentimos simplemente el puro dolor tal como es, nuestro sufrimiento muere… He aquí la muerte a la cual debemos morir.

Con la «ignorancia», con nuestra incapacidad para ver las cosas como realmente son («Dhamma»), creamos tantas prisiones. Somos incapaces de estar despiertos, de probar verdadera gentileza amorosa hacia nosotros, o de amar a la persona que está a nuestro lado. Si no podemos abrir nuestros corazones a las heridas más profundas, si no podemos traspasar el abismo creado por nuestra mente a través de la ignorancia, del egoísmo, de la avidez, del odio, entonces somos incapaces de amar y de realizar nuestro verdadero potencial. Nos hacemos incapaces de llevar a termino el trabajo de esta vida. Tomando la responsabilidad de todo aquello que probamos, la responsabilidad de nuestras acciones y de nuestras palabras, construimos las bases del sendero hacia la liberación. Conocemos el resultado que produce una acción correcta, para nosotros mismos y para los demás. Cuando hablamos y actuamos sin amabilidad, cuando somos deshonestos, falsos, críticos, y llenos de resentimiento, entonces somos nosotros los que sufrimos verdaderamente. En algún lugar dentro de nosotros hay un residuo de dichas conductas mentales. Para abandonarlas debemos rendirnos, debemos abrirnos a todas nuestras imperfecciones, reconocer y aceptar totalmente nuestra naturaleza humana, nuestros deseos, nuestros límites, y perdonarnos. Debemos cultivar la intención de no dañar a nadie (incluidos nosotros mismos) con el cuerpo, la palabra o el pensamiento. Y si nos encontramos haciendo nuevamente el mal, perdonémonos y comencemos desde el principio, con la justa intención. Nosotros comprendemos el «Kamma». Cuánto es importante vivir en modo vigilante, recorrer el sendero de la compasión y de la sabiduría instante tras instante no sólo cuando estamos en retiro.

Mariposa Monarca
Mariposa Monarca

La meditación continúa siempre. La meditación es el ser en contacto con nuestra verdadera naturaleza. En el trascender nuestra naturaleza condicionada nos movemos hacia la realización de lo Incondicionado. Obtenemos la sabiduría que nos permite aceptar todos los condiciones, de estar en total paz, completa unión y armonía con todas las cosas tal cual son. Mientras tengamos en nuestros corazones una cosa negativa -sobre nosotros o sobre los demás-, no estamos capacitados para realizar plenamente nuestra verdadera naturaleza. No podemos ser libres.

Reflexiones de Ajahn Medhanandi

Todos los derechos reservados: Ass Santacittarama 2007.

Traducido del Inglés por Gabriella De Franchis del libro «Freeing the heart»

Traducido del Italiano por Leandro Posadas

Fuente: www.amaravati.org