TALLER 2 DE SEPTIEMBRE DE 2017: «LA VIDA HUMANA COMO BÚSQUEDA DE LA SABIDURÍA Y EL RIESGO DE SER HOMO SAPIENS»

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LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ.

FECHA: SÁBADO 2 de Septiembre de 2017.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 35 MINUTOS Y CUATRO MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON A LOS TALLERES ANTERIORES: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

EL SUFRIMIENTO COMO FUENTE DE TRANSFORMACIÓN Y DE SABIDURÍA

"Nadie se conoce si no es puesto a prueba"
“Nadie se conoce si no es puesto a prueba”

En el ser humano existen toda clase de resistencias a sufrir y a aceptar el sufrimiento como un aspecto característico de la realidad. Nuestra cultura actual propicia la negación del sufrimiento a través de modos cada vez más refinados para distraernos de nuestra vida misma, y de las dimensiones que nos hacen ser seres humanos, conscientes de ser ‘sintientes’, y de poseer límites espacio-temporales.

Si observamos con más detenimiento y con un grado de sabiduría, nos percataríamos de que todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto. La naturaleza de la existencia en sí misma es incompleta, pues está condicionada por el tiempo y el espacio, como sabias coordenadas que podrían enseñarnos a vernos tal cual somos. Si fuésemos menos dualistas, y dejásemos de anhelar sólo el aspecto de la felicidad en nuestras vidas, podríamos percibir que el camino hacia la verdadera felicidad está en «integrar» todas las dimensiones de la vida, agradables y desagradables, placenteras y menos placenteras en el marco de nuestra realidad, de nuestro aquí y ahora. Pero, el ser humano de hoy, es adicto a ver y buscar sólo el aspecto de la «felicidad inmediata y sensorial». Nuestra cultura se niega a reconocer la realidad del sufrimiento, entendida como posibilidad de transformación interior, de ecuanimidad, de libertad, de sabiduría, y de un conocimiento cada vez más profundo sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea.

La enfermedad, la muerte, el dolor, son situaciones que han acompañado al ser humano desde el origen de su consciencia. Enfermarse, morir, sufrir, no es un problema personal, es una situación existencial, pero somos demasiado buenos para distraernos, y no nos damos cuenta que todos estamos en lo mismo, todos tarde o temprano, enfermaremos y experimentaremos cómo la tierra nos atrae hacia ella, con su fuerza de gravedad, y nosotros no tendremos la energía suficiente para seguir distrayéndonos y huir de la realidad que se impone. El sufrimiento es un área fundamental de la realidad, y es mejor usar nuestra energías y nuestro tiempo cuando estamos sanos y fuertes para investigarla y explorarla.

Los grandes maestros espirituales siempre han hablado del sufrimiento y de cómo liberarse del sufrimiento. Podemos verlo en los escritos sobre la vida y obra de Jesús, o en los testimonios y narraciones sobre la vida del Buda. Ambos se percataron de la terrible adicción del ser humano por la satisfacción inmediata de los deseos que ciegan y nublan la consciencia del hombre y lo transforman en un ser condicionado por sus apegos, pasiones, vicios y adicciones, llegando al oscuro olvido de su ser más profundo y verdadero.

Jesús ante una gran multitud de gente que lo seguía, una masa ciega que estaba detrás de él, sólo buscando sentirse bien por sus palabras y curaciones, se voltea y les dice solemnemente: «Si alguno viene a mí, y no renuncia a su padre y a su madre… ni a su propia vida, no puede ser mi discípulo… Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Evangelio de Lucas 14, 25-27). La cruz de la que habla Jesús, es la vida misma, es ese aquí y ahora, ese presente que continuamente se nos escapa, y al que continuamente evadimos buscando absurdamente ideales sobre lo que deberíamos ser; sobre lo que deberíamos tener; sobre cómo deberían ser los demás; sobre cómo debería ser mi país y mis vecinos; sobre como debería sentirme… etc., etc.

Niño budista meditando
Niño budista meditando

El Buda en la «Segunda Noble Verdad» nos dice que el sufrimiento tiene su raíz en nuestro enganchamiento a la «arraigada creencia de que existe un yo permanente» (Anatta). Un «yo» que se engancha adictivamente a ser el centro del cosmos; a creer que sólo satisfaciendo sus sentidos podrá ser feliz… Un «yo» dualista que va de deseo en rechazo, de rechazo en deseo. Un «yo» adicto a sus puntos de vista sobre sí mismo, sobre los demás, sobre las cosas. Un «yo» solidificado que no logra ver con compresión clara la realidad tal cual es.

‘Cargar la Cruz’ equivale a reconocer y ver al sufrimiento tal cual es, como síntoma de algo más, y no como realidad en sí misma. Nuestra cultura nos enseña a distraernos para no sufrir, para no aburrirnos, para no enfermarnos, para no envejecer, para no ser responsables de nuestra propia vida, cuando en realidad debería enseñarnos a buscar la causa del sufrimiento. Todo lo que hacemos es, de algún modo, cambiar la forma del sufrimiento: tratamos de suprimir la ira y nos deprimimos, tratamos de suprimir la confusión y aparece otra cosa y nos enganchamos a cada estado de ánimo.

Para el camino espiritual budista el sufrimiento es únicamente expresión de algo más. Y según los maestros de dicho camino, cuando vemos directamente el sufrimiento es cuando comienza para nosotros el final de sufrimiento: al, en realidad, verlo y reconocerlo ¿Cómo podemos ver el sufrimiento y reconocerlo? Al darnos cuenta que podemos ser los observadores del sufrimiento y no simplemente los que estamos oprimidos por el sufrimiento. Aprender a ver con ecuanimidad que no somos el sufrimiento, sino que podemos ser los que lo observan. Aprender a ver lo que realmente está pasando, lo que realmente está ocurriendo más allá de nuestra aversión, de nuestros deseos, de nuestros auto-engaños y confusiones. Ser realmente presencia consciente de nuestro mente/cuerpo, más allá de la adicción a quedarnos enganchados y perdidos en nuestros estados de ánimo.

Debemos lograr una mente ecuánime para la vida espiritual
Debemos lograr una mente ecuánime para la vida espiritual

Cuando tratamos de negar la existencia del sufrimiento o de ignorarlo acabamos sufriendo mucho más, pues para negarlo requerimos de mucha energía física, mental y emocional. Ver el sufrimiento cara a cara es darse cuenta y experimentar en primera persona que el sufrimiento puede ser atravesado. Para observar el sufrimiento tal cual es, es necesario buscar la calma y sosiego de la mente y del cuerpo. Y la mayoría de las religiones sabias y profundas tienen vías eficaces y legítimas para guiarnos a través del silencio sanador y transformante de la observación ecuánime de nosotros mismos desde nuestro aquí y ahora. Hace falta con «determinación» dedicar tiempo y espacio a la observación ecuánime de nuestro ser, y para ello debemos ser asiduos, fieles y constantes a nuestras practicas espirituales.

Temas como la vejez, la enfermedad y la muerte nos fuerzan a tener más claridad en nuestra vida. Cada uno de ellos pueden llegar a ser grandes maestros, pues nos invitan a una práctica espiritual cada vez más profunda.

Elucidación interreligiosa sobre la conferencia del maestro Theravada Ajahn Thiradhammo titulada: «El Sufrimiento y el Final del Sufrimiento», tomada del sitio: https://budismoteravada.wordpress.com/

GREGORIO DE NISA: «SOMOS ESENCIALMENTE PAZ Y POSIBILIDAD DE COMPRENDERNOS DESDE NUESTRA IMAGEN DIVINA»

Gregorio de Nisa
San Gregorio de Nisa (Icono)

En este fugaz artículo deseamos presentar algunos aspectos de la espiritualidad cristiana en San Gregorio de Nisa (el Niceno), quien fue uno de los maestros espirituales más profundos del Cristianismo primitivo, por lo cual fue denominado «fundador de la teología mística cristiana» (H. Grouzel).

Gregorio de Nisa nació en el año 335. Fue hermano de Basilio Magno y amigo de Gregorio Nacianceno, quienes fueron llamados posteriormente «Padres Capadocios», por el alto nivel espiritual y teológico de sus escritos en los primeros siglos del Cristianismo. Fue profesor de retórica y un gran conocedor de la filosofía platónica y de los clásicos griegos. Optó posteriormente por la vida monástica y se retiró al monasterio de Iris en el Ponto, un oasis de reposo, meditación y estudio. Durante su período monástico se dedicó a la oración, al estudio de las Sagradas Escrituras y a los escritos de los maestros, en especial de Orígenes, de quien recibió una marcada influencia. En el 372 es elegido obispo de Nisa, pero debió abandonar la sede debido a sus pocas aptitudes para el ejercicio de la política eclesiástica. Fue testigo de la ortodoxia oriental en el Concilio de Constantinopla en el 381. Entre sus obras destacan los escritos exegéticos, los comentarios a la Sagrada Escritura y sus obras espirituales y ascéticas. Murió probablemente en el año 385.

En su «Homilía sobre las Bienaventuranzas», Gregorio de Nisa nos introduce en la práctica cristiana de la transformación interior. Para el Niceno aprender intelectualmente acerca de Dios no tiene ningún valor, es como si aprendiésemos todo acerca de la salud física, y seguidamente comiésemos alimentos que producen «humores malignos y enfermedades». Del mismo modo en las Bienaventuranzas Jesús llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo «poseen en sí mismos».

Para Gregorio «Dios» puede ser hallado en el corazón mismo del ser humano, pues de acuerdo a lo que Jesús dijo en el Evangelio: «el Reino de Dios está dentro de nosotros», se puede afirmar que aquel que tiene el corazón limpio («puritas cordis») de todo afecto desordenado; de todo condicionamiento mental; de todo punto de vista erróneo acerca de la realidad en general; de todo enganchamiento a los estados de ánimo y a las emociones, contempla en su misma belleza interna la imagen de la naturaleza divina. ¿Pero cómo puede el ser humano purificar su corazón de todo afecto desordenado; de todo «logismoi» (de los que hemos hablado en entradas anteriores); de todo enganchamiento que nubla la posibilidad de ver con perspectivas amplias el sentido de su vida? En la misma homilía, Gregorio responde exhortándonos: «¡Oh ustedes, seres humanos, en quienes se halla algún deseo de contemplar la felicidad verdadera! cuando escuchen que el misterio de Dios es insondable e inexplicable para el ser humano, no caigan en desesperación, pues si se esmeran con una ‘actividad diligente’ en limpiar sus corazones de la basura con la que los han ensuciado y ennegrecido, volverá a resplandecer en ustedes la hermosura divina».

Cuando el ser humano a través de una ‘práctica diligente sobre su mente y su cuerpo’ ‘vuelva a «darse cuenta» de su misma profundidad podrá contemplarse a sí mismo desde la ecuanimidad, desde la paz, desde la bondad, desde el amor, y al mismo tiempo podrá observar, sabia y amorosamente indiferente, la realidad y a cuantos lo rodean. Seguidamente, continua el Niceno: «el ser humano que ha purificado su corazón podrá verse a sí mismo tal cual es en verdad, y en sí mismo podrá ver su deseo más eficaz, pues al contemplar su propia naturaleza como intrínsecamente armónica y pacífica será dichoso por la agudeza y claridad de su mirada y será poseedor de Dios («Capax Dei»)».

SIMONE WEIL: «EL DIOS CRISTIANO HA RENUNCIADO A SU PODER PARA ESTAR PRESENTE DESDE LA AUSENCIA»

Simone Weil (1909-1943)
Simone Weil (1909-1943)

Quisiera presentar en este breve artículo algunas ideas sobre la concepción de «Dios» desde una de las obras póstumas de «la culta joven hebrea que enseñaba filosofía», o como la ha llamado Georges Hourdin, «la profeta y testigo del Absoluto», Simone Weil, titulada «La Pesanteur et la Gràce» (1948), la cual ha sido traducida al español como «La sombra y la gracia». Dicha obra es una colección de meditaciones, pensamientos, aforismos y sentencias que la autora definió como “investigaciones espirituales”. Yo haré referencia a dos cortos capítulos de la obra: 1º) «Aquél que debemos amar está ausente»; y 2º) «el ateismo purificador».

 La profesora Emilia Bea Pérez, quien es una investigadora de la obra de S. Weil, y ha escrito varios libros y artículos relacionados con el pensamiento weiliano, en una de sus obras «Simone Weil: La memoria de los oprimidos» (Encuentro, Madrid 1992), nos indica que la «metafísica filosófica» de Simone Weil dista mucho de las concepciones metafísicas, teológicas y antropológicas dominantes en nuestro ámbito cultural. Como lo veremos más adelante.

Simone Weil (1909) fue una filósofa francesa, quien trabajó como obrera, y fue una pacifista radical y a la vez una revolucionaria, y tuvo relación directa con grandes personajes de la época de la II Guerra Mundial. Murió de tuberculosis en Inglaterra el 24 de agosto de 1943.

Para Simone Weil, «Dios» puede estar presente en la creación sólo en la forma de la ausencia. Un «Dios» ausente es el único «Dios» verdaderamente presente, pues la ausencia aparente de «Dios» es su realidad. Un «Dios necesario» para el ser humano, un «Dios consolador» para el ser humano, es un ídolo según el pensamiento weiliano. La religión ha reducido a «Dios» a mera utilidad y consuelo para el ser humano. Pensar en un «Dios utensilio», es pensarlo desde nuestras medidas y destinarlo sólo a nuestro consuelo. Para Weil, paradójicamente, el ateo está más cerca de «Dios» que el creyente, pues no creer en «Dios» es el primer grado de verdad como condición para no creer en ningún tipo de «dioses». La necesidad, según Weil, como norma para creer en «Dios» no es un lazo legítimo entre el ser humano y «Dios», sino mera idolatría, pues «Dios» no puede ser para el corazón humano una razón de vivir como el tesoro lo es para el avaro. Podríamos afirmar con Simone Weil que el espíritu de verdad está actualmente casi ausente de la vida religiosa cristiana.

Simone Weil
Simone Weil

Pareciera que para los occidentales la religión es sólo una especie de seguro de vida eterna, construido desde el miedo, pero también desde no saber vivir la vida misma tal cual es. La religión cristiana en su puesta cultual nos ha enseñado a ser intrínsecamente dualistas, es decir, vivir desde el mecanismo dramático del «desear» y «rechazar». Invocamos a Dios para que nos solucione los problemas, a veces efímeros, sin darnos cuenta que el Dios de los cristianos no es un Dios manipulable, no es un Dios hecho a nuestras medidas y pretensiones. La solución de Weil ante tal mecanismo es proponer un «Dios ausente» un «Dios apofático», un «Dios» que está más allá de nuestras reducidas perspectivas de la realidad de nuestra vida. Vida que ha estado domesticada por un sistema de valores que tratan de mantener un orden determinado para el beneficio material de unos pocos y el sufrimiento de muchos. Al final de cuentas, favorecidos y oprimidos estamos sumergidos en un patético cuadro banal e insustancial disfrazado de colores de firmeza, estabilidad y permanencia. Cuesta mucho «darse cuenta», y ser fiel y constante en ese «darse cuenta».

En Cristo, según Weil, «Dios» ha renunciado a su poder y a su total arbitrio sobre la humanidad para que el ser humano creyente, desde una «sabia ignorancia», se percate de que en la «Encarnación» y en la «Pasión» como acto de amor infinito, «Dios», nunca más el Zeus de los griegos o el Júpiter de los romanos, se ha anonadado y se ha transformado en el mendigante que espera a la puerta del corazón. El ser humano a imitación de esta abdicación divina debe renunciar a sí mismo a través del proceso de recreación, debe hacer desaparecer la propia individualidad y no ser más que pura transparencia de lo «impersonal».

EVAGRIO PÓNTICO: LA GULA O LA AVIDEZ, «UNA ‘ENFERMEDAD’ DE NUESTRA ÉPOCA» Y EL DAÑO QUE TRAE A NUESTRA VIDA INTERIOR

La comida y la bebida como posibilidad de liberación o de destrucción del ser humano mismo
La comida y la bebida como posibilidades de liberación o de destrucción del ser humano mismo

Ocho son según el monje del desierto cristiano, Evagrio Póntico (345-399), los pensamientos «logismoi», que engendran todo vicio y consiguientemente todo sufrimiento e infelicidad («Tratado Práctico» cap. 6) Y en ellos, afirma, se contiene cualquier otro pensamiento, o «demonio» o vicio, o pasión desordenada, o condicionamiento mental. El primero de ellos es la gula o desenfreno, tras éste se engendra la fornicación o lujuria; el tercero es el de la avaricia o avidez, el cuarto el de la tristeza o depresión, el quinto el de la ira, aversión o cólera; el sexto el de la acedia o somnolencia existencial; el séptimo el de la vanagloria o egolatría; el octavo el del orgullo o arrogancia. En el mismo capítulo nos advierte: «Que todos estos pensamientos «logismoi» turben nuestra mente, no depende de nosotros, pero que se detengan o no se detengan, o que exciten las pasiones o no las exciten, sí depende de nosotros».

El impulso de comer y beber es natural e instintivo. Tal impulso o deseo es -en un principio-, legítimo y necesario para nuestra supervivencia. Hasta aquí todo bien… La dificultad surge cuando dicho impulso se escapa de nuestra capacidad de distinguir lo necesario de lo superfluo.

En su Tratado «Antirrhetikós», o el tratado sobre la «refutación» y discernimiento de los pensamientos o pasiones «logismoi», Evagrio, por medio de un lenguaje metafórico, nos describe los aspectos positivos y negativos de tal impulso, que en un primer momento aparece en la mente del ser humano como totalmente «legítimo» e indiscutible: «El origen del fruto es la flor, y el origen de la vida práctica o espiritual es la templanza sobre el propio estomago, la cual disminuye las pasiones «logismoi», por el contrario, quien está apegado a los alimentos y bebidas superfluas acrecienta los vicios y la infelicidad» («Antirrhetikós, cap. 1)». Y en otras metáforas del mismo capítulo alude sobre el peligro de la gula, y sobre la posibilidad de «contemplación» del que aprende a discernir los pensamientos sobre la comida: 1) «Como la leña es el alimento del fuego, así los alimentos son el sustento del estomago. Mucha leña levanta una grande llama y una abundancia de alimentos nutre la codicia. La llama se extingue cuando mengua la leña, y el fin de los excesos apaga la codicia»: 2) «De aquel que tiene poder sobre la mandíbula brota una fuente de agua que genera la práctica de la contemplación»; además: 3) «Una mente serena y tranquila se alcanza con una dieta sobria, mientras una vida plena de vanas dulzuras hunde la mente en el abismo».

Evagrio, en el Tratado Práctico (TP), considera que el «pensamiento» de la gula o desenfreno en el comer, sugiere al ser humano el abandono de la vida espiritual y la consiguiente pérdida de la comprensión profunda de sí mismo (TP, cap. 7).

Los pensamientos se convierten en deseos y estos en pasiones y las pasiones en sufrimiento
Los pensamientos se convierten en deseos, los deseos en pasiones y las pasiones en sufrimiento y desdicha

Uno de los remedios contra la codicia es la templanza en el comer y el beber. El ayuno, una palabra que produce tanta antipatía en la sociedad actual, era uno de los remedios eficaces para volver a centrar la vida en lo que realmente era necesario e importante. El ayuno, según los Padres del Desierto, es simplemente poner la comida y los pensamientos sobre la comida en un balance correcto, comiendo solamente a horas determinadas. Si comemos de esta forma podemos estar en contacto con nuestros pensamientos, pues cuando nos damos cuenta de nuestras necesidades corporales de comer y beber, empezamos a notar nuestros pensamientos sobre la comida. (Cf. Funk, M., «Thoughts Mater: The practice of the Spiritual Life», 1998). Si todo lo que pensamos, nos dice Margaret Funk, se centra exclusivamente en nuestras necesidades corporales, entonces el progreso en nuestro camino interior será una meta muy lejana. Si tenemos la sabia esperanza de progresar en la paz de nuestra mente, debemos sosegar nuestros pensamientos, incluso aquellos que parecieran incuestionablemente necesarios. Si no podemos observar con ecuanimidad el pensamiento sobre lo que deseamos para nuestro cuerpo, no lograremos sosegar y pacificar los pensamientos «logismoi» más difíciles como el de la lujuria y la ira.

En los Dichos o Apotegmas de los Padres del Desierto uno de ellos nos comenta: «Hemos hallado un anciano que no bebe vino (bebida muy apreciada en la cultura mundial desde la antigüedad), y que justifica su modo de obrar con estas palabras: ‘Nosotros nos abstenemos de ciertas cosas, no porque estas cosas sean malas en sí mismas, sino porque fomentan las pasiones, que si se alimentan, nos matan espiritualmente’». En otro escrito de Evagrio Póntico se nos señala: «pesa tu pan en la balanza, y bebe agua con medida, y el espíritu de la fornicación y el desenfreno huirá de ti» («Espejo de monjes», cap. 102).

Cuando no conocemos el funcionamiento de nuestra mente, o cuando nuestra mente no está debidamente educada a través de una práctica o disciplina espiritual, los pensamientos que van y vienen pueden hacernos sus esclavos. El pensamiento sobre la comida, y la consiguiente voracidad, surge como consecuencia de una falta profunda de observación ecuánime de la mente misma. La sucesión de pensamientos: sensación de hambre (no siempre legítima), deseo de comer (no siempre necesario), pasión intensa por poseer dicho alimento o bebida trae como consecuencia una especie de ofuscación que nubla nuestra capacidad de discernir. Esta sucesión de pensamientos «logismoi», va de un deseo a otro y el ciclo se repite una y otra vez, sin nosotros ser mínimamente conscientes. Este curso irreflexivo puede llegar a convertirse en una obsesión que nos alejará de nosotros mismos, de nuestro ser más profundo, de nuestra capacidad de solidaridad hacia los demás y al final de nuestra búsqueda espiritual.

Para Margaret Funk, especialista en los Padres del Desierto, la templanza en el comer y el beber, nos ayuda a conocer nuestros pensamientos, y nos mantiene lo suficientemente dóciles para escuchar la gracia que se esconde en nuestro ser más profundo. El deseo de comer y beber inmoderadamente no debe dominar nuestra mente; la comida y la bebida son instrumentos para relacionarnos mejor con nosotros mismos, con los demás y con «Dios». Tampoco deben ser una barrera que nos aparte de la quietud profunda y de nuestra disposición hacia la meditación u oración. El resultado de una vida contemplativa es el regocijo de comer y beber inteligentemente y con gratitud (Cf. Funk, M., «Thoughts Mater: The practice of the Spiritual Life», 1998)