SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016: EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR»

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EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR». LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA OBSERVACIÓN ECUÁNIME DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

DIRIGIDO POR: Leandro Posadas, monje benedictino.

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE.

FECHA: SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y TRES MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON AL TALLER ANTERIOR DEL 17 DE SEPTIEMBRE: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

PROGRAMA:

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LA FELICIDAD: “UN ESTADO DE SABIDURÍA REFLEJADO EN UN ESPEJO DE DOS CARAS”

sukkhaDespués de exponer en dos divagantes artículos el tema de la fenomenología de la percepción como atención constante a la epifanía de la realidad, deseo presentar el tema de la felicidad como un estado de sabiduría, con el fin de poner en concreción las elucubraciones fenomenológicas que hemos venido haciendo, y descubrir cómo la percepción es la clave de lectura de nuestra verdadera naturaleza más allá de lo que hemos aprehendido sobre lo que significa ser y vivir como humanos.

Matthieu Ricard en su libro Plaidoyer pour le bonheur, entiende por ésta una manera de ser, “un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la podrían afectar”. Dicho estado de bienestar nace principalmente de una mente excepcionalmente sana y serena. “Es una manera de ser que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, y que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla. Un estado de sabiduría, liberado de los venenos mentales, libre de ceguera sobre la verdadera naturaleza de las cosas”. Esta última afirmación de Ricard nos señala un aspecto que para nosotros es casi desconocido sobre la felicidad. Primero, que ésta no es una meta a alcanzar, sino una manera de ser; y segundo, que está subyacente como base y soporte de la vida misma, y es la que nos sostiene tanto en las alegrías como en las tristezas. Nuestras lógicas de la vida no comprenden estos aspectos, y no los comprenderemos si no adquirimos una mente sana y serena. Esta afirmación no es una teoría, no forma parte de abstracciones y pensamientos de un buen libro de autoayuda, forma parte de una manera diferente de vivir, de observar, y de ser y estar en el mundo y ante el mundo.

Para el Camino del Buda todo lo que existe como resultado de condiciones -internas o externas-, es sufrimiento, o mejor dicho, todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto y es insatisfactorio. El Buda nos está diciendo que una “felicidad” como resultado de condiciones externas, e incluso internas: dinero, confort, amor, viajes, un país próspero, buena salud, placeres y deleites, es incompleta. El camino del Buda va más allá y afirma: la naturaleza misma de la existencia es estar incompleta.

Simplemente, indican los maestros, NO QUEREMOS VER. Sólo queremos ver un lado de la realidad misma de la existencia, la “felicidad” entendida como resultado de las condiciones que consideramos favorables: para un asesino una condición favorable es saber el lugar y el momento preciso para asesinar a su víctima…

La “felicidad”, como la entiende el Camino del Buda, es decir “sukha”, está estrechamente vinculada al acto mismo de comprender la manera en que funciona nuestra mente y el modo como interpretamos el mundo. Sabemos bien, que no podemos cambiarlo, pero sí podemos transformar la manera de percibirlo. Matthieu Ricard nos comparte una sencilla anécdota al respecto: “estando sentado en las escaleras de su monasterio en Nepal en una tarde muy lluviosa y fangosa, vio como dos de sus amigas se relacionaron con el hecho de tener que cruzar sobre unos ladrillos puestos sobre el fango: la primera, vio con cara de repugnancia el barro y atravesó el mismo gruñendo hasta llegar donde estaba su amigo: “¡te imaginas si llego a caer en este lodazal; en este país está todo tan sucio! le comentó a Ricard; la segunda, canturreando saltaba de ladrillo en ladrillo y decía entre risas: ¡Qué divertido! Al llegar le dijo a Matthieu: “lo bueno del monzón es que no hay polvo”… “Dos personas, dos visiones del mundo. Seis mil millones de seres humanos, seis mil millones de mundos”… culminó diciendo Ricard.

La experiencia de sukha, o de “bienestar”, como estado de sabiduría, proveniente de una mente sana y serena, logra con el tiempo y la práctica, un alto grado de disminución de la vulnerabilidad ante las circunstancias, sean estas buenas o malas. Obviamente, en nosotros existen toda clase de resistencias para caminar en el adiestramiento de la “felicidad como estado de sabiduría”, pues nos cuesta VER LAS COSAS TAL CUAL SON. Buscamos distraernos para no sufrir, para no sentir ningún malestar, cuando deberíamos buscar la causa del sufrimiento. Ajahn Thiradammo, un maestro budista Theravada del Bosque, sostiene que mientras más desarrollo y progreso haya en el mundo, habrá más maneras y modos más refinados para distraernos del sufrimiento.

¿Bajo qué condiciones va a socavar la mente nuestra alegría de vivir? ¿Bajo qué condiciones va a sustentarla? Cambiar la visión del mundo que nos rodea, de las personas que viven y trabajan cerca de nosotros, de la visión que tenemos sobre nosotros mismos, de la visión que tenemos incluso de cómo vemos el mundo, no implica tener una visión ingenua e incauta sobre la realidad. La búsqueda de la felicidad, se dice popularmente, no consiste en ver siempre la vida de color de rosa. Pero si percibimos la felicidad como una manera de ser que surge del “adiestramiento” para poder así eliminar toxinas mentales como el odio, la codicia, el miedo, la obsesión y la tristeza, las cuales envenenan literalmente nuestra mente, entonces hay una posibilidad, hay un camino para ser felices desde un estado sabio interior. Nuestra confusión e insatisfacción surgen de nuestra comprensión errónea de la realidad. Realidad, entendida desde el Camino del Buda, como la naturaleza verdadera de las cosas, y no la modificación ilusoria producida por nuestras elaboraciones mentales. Es preciso, por lo tanto, en nuestro “adiestramiento” conocer mejor cómo funciona nuestra mente, cómo percibe la realidad, cómo se relaciona con la experiencia misma de pensar y sentir. No es cuestión de analizarnos psicológica o racionalmente, sino de sosegar con disciplina, comprensión y paciencia nuestra parlanchina mente, para que se observe a sí misma desde la quietud del silencio.

Para Etty Hillesum, víctima del holocausto nazi, “el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad”. Habitualmente percibimos la realidad desde pre-comprensiones que hemos ido adquiriendo a lo largo de la experiencia de pensar y sentir el mundo y los otros. Hemos aprehendido las cosas desde el dualismo de lo agradable y lo desagradable, dicho dualismo, afirma Ricard “engendra poderosos reflejos de apego y aversión que por lo general conducen al sufrimiento, el cual no es una condición fundamental de la existencia, sino un universo mental basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

La felicidad es la sabiduría de percibir la realidad tal cual es, sin velos ni deformaciones, desde las circunstancias más duras y difíciles, e incluso, desde las más deleitables comodidades. Es una manera de ser y estar en el mundo desde la cual todos podemos vivir.

UNA ESPIRITUALIDAD DEL “AQUÍ Y AHORA” DESDE LA NEUROCIENCIA Y LA FENOMENOLOGÍA

Senecio, Paul Klee
Senecio by Paul Klee

En esta entrada quisiera presentar una lectura sobre las emociones a propósito de un artículo de Filomena Talento (Sulle emozioni) sobre la relación entre fenomenología y neurociencia, en el que enfatiza las divergencias y coincidencias entre el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty y el famoso médico neurólogo portugués Antonio Damasio, director del Brain and Creativity Institute de la Southern California University. Ambos, siguiendo varios casos clínicos, cada uno desde su campo de investigación, logran llegar a conclusiones muy similares sobre la conexión intrínseca entre el cuerpo y la consciencia, entre la correlación entre el ser humano y el mundo. Para nosotros dichas conclusiones son fundamentales a la hora de plantear una espiritualidad del aquí y ahora basada en la transformación del cuerpo-mente.

El Dalai Lama en uno de sus discursos afirmó que si en la vía del Buda existiese una sola proposición que estuviese en contra de la ciencia dicha tesis debería ser desechada, pues la “vía del Despierto” es una ciencia de la mente, es una ciencia de la realidad. No es una religión donde hay dogmas de fe, o donde debes creer en algo que no entiendes. Se trata básicamente, afirma el Dalai Lama, de transformarse a uno mismo con el objetivo de lograr el despertar de la consciencia a formas nuevas, sabias, amorosas, y amplias de comprensión de la vida, del mundo y de los otros. Es por ello que hoy deseo presentar esta breve fundamentación acerca de lo que está detrás de una búsqueda espiritual eficaz, sincera y realmente comprometida, no ligada a dogmáticas, ni creencias que escapan a nuestro aquí y ahora.

Afirmamos previamente que nuestra transformación es la posibilidad de “conversión a la realidad contingente”, es decir a este aquí y ahora que se manifiesta en nuestro cuerpo, desde nuestro cuerpo y para nuestro cuerpo segundo a segundo, y que nosotros continuamente soslayamos por el ansia de un futuro que no es y de un pasado que ha dejado de ser.

Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) fue profesor de filosofía en la Universidad de Lyon, de la Sorbona, más tarde de la École Normale, y a partir de 1952 titular de filosofía en el College de France. Sus principales obras fueron La estructura del comportamiento (1942); La Fenomenología de la percepción -la cual citamos en la entrada anterior-; Lo visible y lo invisible; Sentido y sin sentido; además de notables ensayos como Humanismo y terror, Las aventuras de la dialéctica y Signos. Fue un filósofo existencialista influenciado profundamente por la fenomenología de Husserl, por la psicología científica y por la biología.

Para Ponty la existencia es “estar en el mundo”, “una cierta manera de afrontar el mundo” y esta cierta manera es anterior a la contraposición entre mente y cuerpo, entre lo psíquico y lo físico. Para Merleau-Ponty el dualismo cartesiano entre alma y cuerpo no tiene cabida en su interpretación sobre el ser humano. Para él un ser humano normal no es un cuerpo portador de ciertos instintos autónomos, y unido a una vida psicológica definida por determinados procesos característicos -placer y dolor, emoción, asociación de ideas-. Y sólo podemos hablar del ser humano como cuerpo humano y como vida humana, pues el espíritu no utiliza al cuerpo, sino que es a través y sólo a través suyo. Dichas afirmaciones son fundamentales a la hora de plantear una espiritualidad basada en el aquí y ahora: pues sólo podemos transformarnos a través de nuestro cuerpo y nuestra mente. No hay una “carne que actúe en contra del espíritu”, como lo ha pensado y adoquinado la tradición judeo-cristiana, y que tantos horrores ha causado en nuestra forma de comprendernos como hombres y mujeres religiosos. No podemos reducirnos al modelo materialista que la sonámbula sociedad actual plantea, como tampoco al incauto modelo espiritualista que nos ha insertado la tradición cristiana. Merleau-Ponty plantea un “nuevo orden humano” en el cual el cuerpo es la actuación del espíritu, es decir nuestra forma de ser espíritu aquí y ahora, y el espíritu es en la medida en que se actúa en lo corporal. No estamos sujetos a dogmáticas históricas que no comprendemos para reconocernos seres intrínsecamente dotados (neo corteza), por el mismo hecho de ser cuerpo-mente, de una capacidad de contemplación inigualable en el orden de la vida de nuestro planeta: somos seres conscientes de ser sintientes y por consiguiente es nuestro desafío contemplar esta capacidad sagrada de interpretarnos continuamente más allá de lo aparente e ilusorio de esta forma contractual, convencional, social, cultural, económica y psicológica que nos aleja de ser realmente lo que somos en esencia.  

Es importante resaltar que para Ponty -más allá de un espiritualismo o un materialismo-, no existe un ser humano interior, sino que el ser humano está en el mundo y se conoce en el mundo. Somos seres consagrados al mundo, presencias activas en el mundo y ante los otros. El ser humano y el mundo no se podrán comprender si no es con base en su facticidad, es decir en su taleidad, en su dejarse “afectar”, o como diría otro fenomenólogo Michel Henry, la afectividad -nuestra capacidad de ser afectados por el mismo hecho de ser fenómenos correlacionados con la exterioridad-, o el modo de aparecer de todo lo que aparece, nos permite experimentarnos como seres vivientes desde el pathos de la vida, desde la exterioridad como paradigma filosófico del sentir-se. Por consiguiente mi cuerpo, afirma Ponty, es mi punto de vista sobre el mundo, y la percepción es la inserción del cuerpo en el mundo, o más sagazmente, el cuerpo es nuestro medio general de tener un mundo. Y es por ello que el “nuevo orden humano” que plantea Merleau-Ponty está basado en una de nuestras características principales: la capacidad de percibir. Para Él la percepción es el surgir de una experiencia originaria no mediada por el pensamiento o el juicio, pues la percepción es la inserción del cuerpo en el mundo “nuestro cuerpo está en el mundo como el corazón está en el organismo… forma con él una especie de sistema inextricable”. La percepción nos promete otros ángulos de enfoque sobre el mundo, sobre los otros, sobre las cosas, sobre las situaciones, y permanece siempre abierta y nos remite siempre a un “más allá” de nuestra simple manifestación individual, de modo que el significado mismo de la “exterioridad-interioridad” permanece abierto, o como dice Ponty, permanece “ambiguo”, y esta ambivalencia, esta poliedricidad, es algo constitutivo de la existencia.

Para Antonio Damasio las emociones son parte de nuestro sistema automatizado que nos permite ser y actuar en el mundo, de una forma inmediata y sin necesidad de pensar, pues son parte del proceso de regulación de un cuerpo vivo consciente de ser sintiente, es decir nuestra capacidad de ser afectados y de afectar. Añade que las emociones, como nuestro equipo básico con el que nacemos, no es aprendido como un hecho, sino que lo vamos descifrando a través de la asociación de las emociones y sus respectivos sentimientos, es decir no aprendemos las emociones, sino que nacemos con ellas y aprendemos a conectar emociones a través del sistema de hechos con una emoción que ya está ahí: ambos van unidos, tal como nos afirmaba Merleau-Ponty sobre la correlación interdependiente entre nuestro cuerpo y el mundo.

Las emociones, continua Damasio, logran su objetivo al generar acciones y éstas a su vez provocan los sentimientos. Nuestro cuerpo está diseñado para ser emociones y a la vez receptáculo de ellas. Nuestras amígdalas sostienen el miedo ante las posibles amenazas externas; nuestro corazón contiene la tristeza o el amor, dependiendo del impacto que viene de la exterioridad. Las emociones son por consiguiente programas de acción, y los sentimientos de esas emociones son las percepciones compuestas que provienen del estado del cuerpo. Para un neurocientífico la mente está hecha por el cerebro y las emociones son unos cambios muy reales y perceptibles en nuestro sistema nervioso, no son algo ambiguo que flota en el cosmos. Los sentimientos tienen una realidad, y son tan reales como el hecho de estar leyendo estas líneas en este preciso momento. Forman parte de los mapas internos y externos con que el cuerpo-mente trata de percibir y percibirse continuamente. Nuestro cerebro en la parte denominada “ínsula” está continuamente “mapeando” el proceso que va desde las emociones hasta los sentimientos, o nuestra manera de estar, reaccionar, sentir y ser en el mundo y ante el mundo, en un período de tiempo de aproximadamente 500 milisegundos. Al hablar de emociones nuestra mente traza inmediatamente la forma en que reaccionamos ante nuestra misma capacidad de vivir las emociones, para muchos como enemigas, para otros como un desafío entre victorias y derrotas en el que hay que ejercitarse continuamente.

Las milenarias prácticas religiosas de nuestro planeta a través de siglos de observación sabia y paciente han ideado formas eficaces para poder observar ecuánimemente ese fluir de 500 milisegundos entre pensamientos, emociones, sentimientos, reacciones y estados de bienestar o malestar. El ser humano es intrínsecamente libre, sin embargo nuestra libertad es una libertad condicionada, desafiantemente condicionada: se halla determinada por el mundo en el que vive y por el pasado que ha vivido. Y sin embargo, una espiritualidad del “aquí y ahora” debe adiestrarnos en esta libertad que nos desafía desde el teatro mismo de la intersignificación recíproca de nuestra estructura cuerpo-mente y su implicación con los acontecimientos que produce la exterioridad en nuestra interioridad fenomenológica (pensamientos, emociones, sentimientos) la cual encarna la manifestación de la “vida invisible”.

«JESUCRISTO, SABIO MAESTRO ESPIRITUAL» A TRAVÉS DEL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA BUDISTA 2ª PARTE

«Jesús visto a los ojos budistas», Ajahn Candasiri, monja y maestra budista de la Tradición Theravada del Bosque del linaje de Ajahn Chah

Traducción del italiano por Leandro Posadas

Amaravati Publications 2011

Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia
Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia

Jesús murió joven. Su ministerio comienza a los 30 años (estoy muy interesada en conocer más sobre su formación espiritual, que sin lugar a dudas debió recibir antes de su ministerio), y termina bruscamente cuando tiene apenas 33 años. Afortunadamente, antes de la crucifixión logra enseñar a sus discípulos más cercanos un simple ritual con el cual ellos puedan reafirmar su vínculo con él. Me refiero, obviamente, a la Última Cena. Constituyendo con tal ritual un punto central de devoción y de renovación para sus discípulos, que continúa en la actualidad.

Tengo la impresión que no estaba particularmente interesado en convertir a las personas a su manera de pensar, sino a enseñarlas a estar preparadas. Es curioso notar que a menudo las personas que lo buscan provienen de ambientes desintegrados y humildes. Para Jesús es claro que la pureza es una cualidad del corazón, y no cualquier cosa que viene por la ciega adhesión a un sistema de reglas. Su respuesta a los fariseos cuando critican a sus discípulos por no cumplir el mandato respecto a las normas de pureza durante las comidas, lo demuestra perfectamente: «No hay nada de fuera que pueda contaminar al ser humano». Y hacia sus discípulos es decididamente explicito sobre lo que ocurre cuando el alimento es consumido… «más bien, es del corazón que nacen las contaminaciones». Lamentablemente, en este punto no sigue adelante para explicar qué hacer con ellas (las contaminaciones).

Lo que se nos describe sobre sus últimas horas -el proceso, el escarnio, la agonía, y la humillación de ser desnudado y al final clavado a muerte sobre una cruz- es una extraordinaria narración de paciente tolerancia, y de voluntad de soportar lo insoportable, sin sentimientos de reprobación o de hostilidad. Me recuerda una semejanza usada por el Buda para mostrar la cualidad de «mettâ», o gentileza, que se esperaba de sus discípulos: «Asimismo, si los ladrones los agrediesen o les cercenaran sus propios miembros uno a uno, y cedieran el paso a la rabia, no estarán siguiendo mi enseñanza». Una tarea ardua, pero que Jesús cumple claramente a la perfección: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Entonces ¿por qué tuve necesidad de buscar en otro lugar un guía? ¿quizás, Jesús era incompleto como modelo espiritual? ¿era insatisfacción en relación con la iglesia -aquello que la cristiandad ha hecho con la figura de Jesús-? ¿o simplemente, se había asomado otra posibilidad que respondía más adecuadamente a mi necesidad de entonces?

Relieve del Buda en meditación
Relieve del Buda en meditación

En el Budismo he encontrado aquello que faltaba en mi experiencia cristiana. Podría ser resumido, simplemente, en fe mí misma. No creo que había comprendido plenamente cuánto todo me parecía desesperado, hasta que no tuve los medios y el estimulo necesarios para entenderlo. Hay una historia, al respecto, de un estudiante ‘brahmín’, llamado Dhotaka, que implora al Buda: «Por favor, Maestro, líbrame de la confusión». La respuesta, en un cierto modo, sorprendente del Buda fue: «No es mi tarea liberar a alguien de la confusión. Cuando hayas comprendido el Dhamma, la Verdad, entonces encontrarás la libertad». ¡Qué responsabilidad!

En los Evangelios leemos que Jesús habla con autoridad; habla además de la necesidad de tener la actitud de un niño. Ahora, si bien esto puede ser interpretado como un estimulo a una dependencia infantil en relación con el maestro, las enseñanzas budistas me han ayudado a ver esto desde otra luz y visión. La palabra «Buda» significa «despierto» -despierto al Dhamma, o a la Verdad, que el Buda ha comparado con un antiguo sendero cubierto de vegetación y que él ha simplemente descubierto. Su enseñanza indica el sendero: es aquí, ahora, justamente sobre nuestros pies- pero, a veces, ¡nuestras mentes están tan llenas de ideas sobre la vida que están imposibilitadas a gustarla verdaderamente!

Hay un episodio en el cual una joven madre, Kisagotami, aturdida por la muerte de su hijito, va al Buda. La respuesta del Buda a su dolor, cuando ella le pide que cure a su hijo, es la de pedirle que le traiga una semilla de mostaza de una casa donde ninguno jamás haya muerto. Al final, después de días de búsqueda, la angustia de Kisagotami se aquieta; comprende que no está sola en su sufrimiento, pues muerte y luto son hechos inevitables de la existencia humana. También Jesús enseña, a veces, de este modo. Cuando se reúne una multitud dispuesta a lapidar a muerte a una mujer acusada de adulterio, invita a cualquiera que esté sin pecado a lanzarle a ella la primera piedra. Uno a uno se van retirando, pues habiendo mirado en sus propios corazones sienten vergüenza frente a dicha frase.

 En la práctica he encontrado el modo de poder estar en sintonía, y poder participar atentamente a lo que ocurre dentro de mí, sintiendo cuándo se está al propio aire, en armonía, y sabiendo también cuándo el propio punto de vista está en contraste con «aquello que es». Encuentro que la imagen que Jesús usa para describir el Reino de los Cielos lo explica bien. Dice que es como una semilla que, cuando las condiciones son favorables, germina y crece como un árbol. Nosotros mismos creamos las condiciones que promueven el bienestar y el crecimiento de la comprensión, o las condiciones que nos causan daño a nosotros mismos y a los demás. No hay necesidad de un dios que nos entregue en lo recóndito de cualquier infierno, ya que si somos necios y egoístas eso ocurre por sí mismo. Del mismo modo, cuando colmamos nuestra vida de bondad nos sentimos felices, el cual es un estado paradisíaco.

350px-Coptic_Crucifixion_IconEn aquel primer retiro budista me fue mostrado que hay un Camino Medio: ni identificarse, ni esforzarse para reprimir los pensamientos dañinos que se presentan. He aprendido que a través de la meditación, puedo simplemente ser espectadora y permitir a dichos pensamientos pasar, en base a su misma naturaleza. No tengo necesidad, en efecto, de identificarme con ningún aspecto de ellos. La enseñanza de Jesús, de que incluso tener un pensamiento lujurioso es como cometer adulterio, me parecía demasiado duro, mientras, se tiene un sentido lógico, la idea de cortar una mano o un pie, o sacarse un ojo en caso de que fueran motivo de ofensa. En concreto ¿cómo es posible practicar de ese modo? ¡Me parece que requería de una fe muy grande de cuanta en aquel período tuviese a mi disposición por aquel entonces! De ese modo, fui muy feliz de aprender una respuesta alternativa en relación con los estados de avidez, odio o ilusión, que surgen en la consciencia, y que oscurecen nuestra visión y nos llevan a todo tipo de problemas.

Como dice el Dalai Lama: «Cada uno quiere ser feliz, nadie quiere sufrir». Jesús y el Buda son amigos y maestros extraordinarios. Pueden mostrarnos la Vía, pero no podemos contar con ellos para que nos hagan felices y nos liberen del sufrimiento. Corresponde a nosotros.

 

Versión en Italiano traducido del Inglés por Roberto Luongo

El original en Inglés en: http://www.amaravati.org

«JESUCRISTO, SABIO MAESTRO ESPIRITUAL» A TRAVÉS DEL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA BUDISTA 1ª PARTE

«Jesús visto a los ojos budistas», Ajahn Candasiri, monja y maestra budista de la Tradición Theravada del Bosque del linaje de Ajahn Chah

Traducción del italiano por Leandro Posadas

Amaravati Publications 2011.

Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia
Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia

Antes de presentar la traducción de este bello artículo quisiera resaltar que nuestro blog tiene como finalidad el estudio, la investigación, y la difusión de obras, temas, autores, maestros, escritores y escritoras de las diversas tradiciones místicas y espirituales tanto de Oriente como de Occidente. Por lo cual, invitamos a nuestros cordiales lectores y lectoras a adentrarse en este espacio web con espíritu abierto, solícito y atento para poder de ese modo aprovechar lo que cada sabia, respetable y profunda tradición espiritual nos ofrece para la «transformación» de nuestro corazón y nuestra consiguiente «liberación», «salvación» o «emancipación». Nuestro espacio web es eminentemente ecuménico e interreligioso y trata de indicar desde una forma fresca, no dogmática y no exclusiva una senda para aproximarnos a «nuestro propio misterio» y profundidad, como también al «misterio» que nos circunda, nos sobrepasa y nos alienta.

El siguiente artículo fue escrito por una maestra budista, Ajahn Candasiri, nacida en Inglaterra, de la «Tradición Theravada del Bosque», quien antes de ser «budista», fue una creyente cristiana. Las siguientes líneas son un hermoso testimonio de una espiritualidad profunda, abierta, sensata, sincera y eficaz. He aquí el artículo:

En 1984, su Santidad el Dalai Lama, hablando a un numeroso público en el Albert Hall de Londres, hizo coincidir rápidamente a los presentes a través de una simple afirmación: «Todos los seres quieren ser felices, quieren evitar el dolor y el sufrimiento». Quedé impresionada sobre cómo fue en grado de mostrar aquello que todos, en cuanto seres humanos, tenemos en común. Afirmó nuestra común humanidad, sin negar las obvias diferencias.

La Crucifixión, icono bizantino
La Crucifixión, icono bizantino

Si me invitasen a mirar a «Jesús a través de ojos budistas», usaría un enfoque, más o menos escolástico, que pone en evidencia las semejanzas y diferencias. Fui educada en la religión cristiana y me dirigí al Budismo hacia los 30 años, por lo cual puedo espontáneamente tener opiniones sobre ambas tradiciones, aquella en la cual crecí y de la cual me alejé, y aquella que he adoptado y continúo a practicar. Después de haber releído algunos episodios del Evangelio me gustaría descubrir a Jesús nuevamente desde una mirada renovada, y examinar hasta llegar al punto de vista en el cual veo que Jesús y el Buda ofrecen la misma guía, a pesar de que superficialmente las tradiciones del Cristianismo y el Budismo pueden aparecer muy diferentes.

Para comenzar, permítanme narrar un poco cómo llegué a ser monja budista. Después de haber buscado, sinceramente, acercarme al camino cristiano en un modo que fuese realmente significativo en mi vida cotidiana, había llegado a un punto de profundo cansancio y desesperación. Estaba cansada de la aparente complejidad de todo. Había surgido en mí un sentimiento de impotencia porque no sabía cómo lidiar con los estados negativos que se insinuaban espontáneamente en la mente: preocupaciones, celos, mal humor, entre otros. Y también estados positivos que podían cambiar y transformarse en soberbia, vanidad, y otros naturalmente indeseados.

Al final, encontré a Ajahn Sumedho, un monje budista estadounidense, que recientemente había llegado a Inglaterra después de 10 años de práctica en Tailandia. Su maestro era Ajahn Chah, un monje tailandés de la Tradición del Bosque, que a pesar de su poca instrucción formal, conquistó los corazones de miles de personas, entre ellos un buen número de occidentales. Participé a un retiro de 10 días en el Centro Budista de Oakenholt, cerca de Oxford. Me senté agonizante sobre una estera en el suelo de una sala de meditación llena de corrientes de aire, junto a 40 practicantes de todo tipo. Delante de nosotros, junto a otros tres monjes, estaba Ajahn Sumedho, quien nos impartía las enseñanzas y nos guiaba en la meditación.

Niño budista meditando
Niño budista meditando

Dicha experiencia fue un espacio de transformación para mí. Si bien la entera experiencia estuvo extremadamente dura, tanto física como espiritualmente, me sentía enormemente entusiasmada. Las enseñanzas fueron presentadas en un estilo maravillosamente accesible, de hecho parecía todo muy equilibrado. No pasó por mi mente que se tratara de Budismo. Además eran inmensamente concretos, y como prueba, habían frente a nosotros “profesionales”, personas que habían tomado la decisión de vivir 24 horas al día de acuerdo a tales enseñanzas. Estaba completamente fascinada con aquellos monjes: de sus hábitos y de sus cabezas rapadas, y de aquello que sentía acerca de sus vidas de renuncia con sus 227 reglas de formación. Percibí además que estaban relajados y felices, y esto fue quizás la cosa más importante, y además un poco sorprendente.

Me sentía profundamente atraída por las enseñanzas y por la Verdad que indicaban: el reconocimiento de que está vida es intrínsecamente insatisfactoria, y que nosotros experimentamos sufrimiento y malestar, pero que también hay una Vía que nos puede llevar al final de dicho sufrimiento. A pesar que la idea pareciese muy asombrosa para mí, observé que en mi interior se despertaba un interés de querer ser parte de una comunidad monástica.

De ese modo, después de veinte años trascurridos como monja budista, ¿qué descubro cuando encuentro a Jesús en los pasajes evangélicos?

Bien, debo decir, que se presenta más humano de como lo recordaba. Si bien, se nos decía repetidamente que era el Hijo de Dios, en cualquier modo esto no me parece demasiado significativo, sino más bien el hecho de que es una persona: un hombre de gran presencia, enorme energía y compasión, y notables capacidades mentales. Tiene incluso el don de saber transmitir las verdades espirituales en forma de imágenes, utilizando los objetos cotidianos (pan, campos, grano, sal, niños, árboles), para ilustrar los puntos que quiere aclarar. Las gentes no siempre entendían inmediatamente, pero Jesús les deja una imagen sobre la cual reflexionar. Además, tiene una misión: reabrir la Vía a la vida eterna; y está completamente decidido en su empeño -como el mismo dice, «Hacer la voluntad del su Padre»-.

Su ministerio es breve, pero rico en acontecimientos. Leyendo la narración del Evangelio de Marcos, yo misma me siento fatigada mientras imagino las demandas incesantes de tiempo y de energía que le vienen requeridas. Es un alivio ver que de vez en cuando tiene el tiempo para estar solo o con sus discípulos más cercanos; leer que al igual que nosotros, a veces tiene necesidad de descanso. Una historia que me gusta mucho es aquella en la que después de una jornada extenuante trascurrida en ofrecer enseñanzas a una multitud inmensa, dormía profundamente sobre una barca que lo transportaba a través del mar. Cuando en mi vida hay una agitación de eventos, encuentro muy útil recordar su calma en respuesta a la violenta tempestad que arreciaba mientras dormía.

Me siento muy vinculada con la intensidad de las situaciones que se desarrollan una después de otra. Las gentes lo escuchan, aprecian lo que dice, y en algunos casos está irritada o colérica, en otros casos viene curada. No tienen jamás suficiente de aquello que él puede darles. Me conmueve su respuesta a las 4.000 personas, que después de transcurrir tres días con él en el desierto y escuchar sus enseñanzas están cansadas y hambrientas. Dándose cuenta usa sus dones para propinarles pan y peces con los cuales todos puedan comer.

Versión Italiana traducida del Inglés por Roberto Luongo

El original en Inglés en: http://www.amaravati.org