LA FELICIDAD: “UN ESTADO DE SABIDURÍA REFLEJADO EN UN ESPEJO DE DOS CARAS”

sukkhaDespués de exponer en dos divagantes artículos el tema de la fenomenología de la percepción como atención constante a la epifanía de la realidad, deseo presentar el tema de la felicidad como un estado de sabiduría, con el fin de poner en concreción las elucubraciones fenomenológicas que hemos venido haciendo, y descubrir cómo la percepción es la clave de lectura de nuestra verdadera naturaleza más allá de lo que hemos aprehendido sobre lo que significa ser y vivir como humanos.

Matthieu Ricard en su libro Plaidoyer pour le bonheur, entiende por ésta una manera de ser, “un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la podrían afectar”. Dicho estado de bienestar nace principalmente de una mente excepcionalmente sana y serena. “Es una manera de ser que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, y que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla. Un estado de sabiduría, liberado de los venenos mentales, libre de ceguera sobre la verdadera naturaleza de las cosas”. Esta última afirmación de Ricard nos señala un aspecto que para nosotros es casi desconocido sobre la felicidad. Primero, que ésta no es una meta a alcanzar, sino una manera de ser; y segundo, que está subyacente como base y soporte de la vida misma, y es la que nos sostiene tanto en las alegrías como en las tristezas. Nuestras lógicas de la vida no comprenden estos aspectos, y no los comprenderemos si no adquirimos una mente sana y serena. Esta afirmación no es una teoría, no forma parte de abstracciones y pensamientos de un buen libro de autoayuda, forma parte de una manera diferente de vivir, de observar, y de ser y estar en el mundo y ante el mundo.

Para el Camino del Buda todo lo que existe como resultado de condiciones -internas o externas-, es sufrimiento, o mejor dicho, todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto y es insatisfactorio. El Buda nos está diciendo que una “felicidad” como resultado de condiciones externas, e incluso internas: dinero, confort, amor, viajes, un país próspero, buena salud, placeres y deleites, es incompleta. El camino del Buda va más allá y afirma: la naturaleza misma de la existencia es estar incompleta.

Simplemente, indican los maestros, NO QUEREMOS VER. Sólo queremos ver un lado de la realidad misma de la existencia, la “felicidad” entendida como resultado de las condiciones que consideramos favorables: para un asesino una condición favorable es saber el lugar y el momento preciso para asesinar a su víctima…

La “felicidad”, como la entiende el Camino del Buda, es decir “sukha”, está estrechamente vinculada al acto mismo de comprender la manera en que funciona nuestra mente y el modo como interpretamos el mundo. Sabemos bien, que no podemos cambiarlo, pero sí podemos transformar la manera de percibirlo. Matthieu Ricard nos comparte una sencilla anécdota al respecto: “estando sentado en las escaleras de su monasterio en Nepal en una tarde muy lluviosa y fangosa, vio como dos de sus amigas se relacionaron con el hecho de tener que cruzar sobre unos ladrillos puestos sobre el fango: la primera, vio con cara de repugnancia el barro y atravesó el mismo gruñendo hasta llegar donde estaba su amigo: “¡te imaginas si llego a caer en este lodazal; en este país está todo tan sucio! le comentó a Ricard; la segunda, canturreando saltaba de ladrillo en ladrillo y decía entre risas: ¡Qué divertido! Al llegar le dijo a Matthieu: “lo bueno del monzón es que no hay polvo”… “Dos personas, dos visiones del mundo. Seis mil millones de seres humanos, seis mil millones de mundos”… culminó diciendo Ricard.

La experiencia de sukha, o de “bienestar”, como estado de sabiduría, proveniente de una mente sana y serena, logra con el tiempo y la práctica, un alto grado de disminución de la vulnerabilidad ante las circunstancias, sean estas buenas o malas. Obviamente, en nosotros existen toda clase de resistencias para caminar en el adiestramiento de la “felicidad como estado de sabiduría”, pues nos cuesta VER LAS COSAS TAL CUAL SON. Buscamos distraernos para no sufrir, para no sentir ningún malestar, cuando deberíamos buscar la causa del sufrimiento. Ajahn Thiradammo, un maestro budista Theravada del Bosque, sostiene que mientras más desarrollo y progreso haya en el mundo, habrá más maneras y modos más refinados para distraernos del sufrimiento.

¿Bajo qué condiciones va a socavar la mente nuestra alegría de vivir? ¿Bajo qué condiciones va a sustentarla? Cambiar la visión del mundo que nos rodea, de las personas que viven y trabajan cerca de nosotros, de la visión que tenemos sobre nosotros mismos, de la visión que tenemos incluso de cómo vemos el mundo, no implica tener una visión ingenua e incauta sobre la realidad. La búsqueda de la felicidad, se dice popularmente, no consiste en ver siempre la vida de color de rosa. Pero si percibimos la felicidad como una manera de ser que surge del “adiestramiento” para poder así eliminar toxinas mentales como el odio, la codicia, el miedo, la obsesión y la tristeza, las cuales envenenan literalmente nuestra mente, entonces hay una posibilidad, hay un camino para ser felices desde un estado sabio interior. Nuestra confusión e insatisfacción surgen de nuestra comprensión errónea de la realidad. Realidad, entendida desde el Camino del Buda, como la naturaleza verdadera de las cosas, y no la modificación ilusoria producida por nuestras elaboraciones mentales. Es preciso, por lo tanto, en nuestro “adiestramiento” conocer mejor cómo funciona nuestra mente, cómo percibe la realidad, cómo se relaciona con la experiencia misma de pensar y sentir. No es cuestión de analizarnos psicológica o racionalmente, sino de sosegar con disciplina, comprensión y paciencia nuestra parlanchina mente, para que se observe a sí misma desde la quietud del silencio.

Para Etty Hillesum, víctima del holocausto nazi, “el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad”. Habitualmente percibimos la realidad desde pre-comprensiones que hemos ido adquiriendo a lo largo de la experiencia de pensar y sentir el mundo y los otros. Hemos aprehendido las cosas desde el dualismo de lo agradable y lo desagradable, dicho dualismo, afirma Ricard “engendra poderosos reflejos de apego y aversión que por lo general conducen al sufrimiento, el cual no es una condición fundamental de la existencia, sino un universo mental basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

La felicidad es la sabiduría de percibir la realidad tal cual es, sin velos ni deformaciones, desde las circunstancias más duras y difíciles, e incluso, desde las más deleitables comodidades. Es una manera de ser y estar en el mundo desde la cual todos podemos vivir.

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ETTY HILLESUM: «APRENDER A ‘CONTEMPLAR’ DESDE LAS REJAS DEL HORROR»

«Amo todas las horas obscuras de mi ser,

en las cuales se hunden mis sentidos;

en ellas he encontrado, como cartas antiguas,

mi cotidiana vida ya vivida

y como una leyenda lejana y superada.

Por ellas llego a comprender de pronto

que tengo espacio para otra vida ilimitada.

Y soy algunas veces el árbol que, maduro y susurrante,

sobre una tumba el sueño cumple

y al que el niño olvidado (en torno al cual sus ardientes raíces apretujan)

perdió en tristezas y perdió en canciones».

Rainer María Rilke, Poesías.

Descubrí a Etty Hillesum gracias al biólogo molecular y monje tibetano Matthieu Ricard en su libro «Plaidoyer pour le bonheur», traducido al español como ‘En defensa de la felicidad’. Ricard cita a Hillesum como una mujer que aprendió sabia y pacientemente a ver y amar la realidad tal cual es desde su misma relación con «la experiencia de ser ser humano» en un contexto desafiante y aterrador. Una historia que al principio parece trágica, pero que leyéndola con los ojos del «Espíritu/espíritu» nos revela un sentido que va más allá del objetivo de la vida al cual estamos acostumbrados, o al cual esta sociedad nos quiere acostumbrar y adiestrar.

Etty HillesumRicard en las primeras páginas de su libro cita a Etty Hillesum, quien un año antes de su muerte en Auschwitz, afirma «cuando tienes vida interior, es indiferente de qué lado de las verjas del campo estás… Ya he sufrido mil muertes en mil campos de concentración… Ninguna información nueva me angustia ya. De una u otra forma, lo sé todo. Y sin embargo, la vida me parece hermosa y llena de sentido en todos y cada uno de los instantes». Y en otro pasaje dice: «el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad». Al respecto la tradición oriental afirma que «la libertad es la comprensión de la realidad sin el estorbo de la mente». Los hombres y mujeres de mente pura, adiestrada, ecuánime, como Etty Hillesum nos estimulan a iniciarnos en el arduo pero sabio aprendizaje de observar la realidad tal cual es.

Etty (Esther) nace el 15 de enero de 1914 en Middelburg en Holanda, y fue asesinada en el campo de exterminio nazi en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, a la edad de 29 años, donde también fueron gaseados sus padres y uno de sus hermanos. Su padre fue un judío erudito, profesor de lenguas clásicas, y su madre una ama de casa de origen ruso. Hasta hace poco Etty era una persona desconocida, y últimamente ha emergido con fuerza a través de la traducción de su diario íntimo y su correspondencia epistolar, los cuales escribió a partir de los veintisiete años. Dichos escritos testimonian sus experiencias y evolución personal. Para muchos autores, conocedores de la vida de Etty, ella aparece como paradigma de identidad postmoderna (fragmentación de la subjetividad, falta de referentes de los grandes relatos, alto grado de emotivismo, indiferencia a las normas en el ámbito de la moral que afecten su estructuración mental, desaparición de sentimientos de culpa, y búsqueda y exploración afectiva y sexual).

Etty Hillesum se licencia en derecho en Amsterdam en 1939, es una joven brillante, con pasión por la lectura y por el estudio de la filosofía, y una buena escritora. Lee con dedicación a Jung, Rilke, y Dostoevskij. En su etapa universitaria se movió en círculos de izquierda. Tuvo una relación con Julius Spier, un psico-quirólogo de origen alemán. Etty escribe su diario íntimo por recomendación de Spier. Las anotaciones de dicho diario van desde el 9 de marzo de 1941 hasta el 13 de octubre de 1942. Posterior a su diario existen un buen número de cartas que Etty mantuvo con sus amistades desde el campo de concentración de Westerbork hasta que fue deportada a Auschwitz, donde fue gaseada dos meses después de llegar.

Etty HilesumPara Francesc Grané en su artículo sobre Etty Hillesum («Pensamiento» vol. 69 (2013), número 261), la especificidad de esta conmovedora mujer, que se ve reflejada en su diario, consiste en la coherencia que se da entre maduración personal y espiritual en un período relativamente corto de tiempo. Dicho período está caracterizado por el espíritu de lucha, perseverancia, curiosidad, confianza en los demás, confianza en la «trascendencia»; y por un deseo sincero de poner remedio a sus conflictos más profundos con el fin de enfrentarse a la vida de una forma diferente, más madura y más sana. El mismo autor dice que Etty trata de trascender lo dado (su tiempo como prisionera, primero de sí misma, y luego del nazismo), que incluyó un discernimiento sobre «quién es» y «dónde está», para ir a un conocimiento más auténtico sobre sí misma y sobre la realidad en la que estaba inmersa: su objetivo es encontrar nuevos sentidos (nuevas metáforas vivas) no sólo de sí misma sino también de todo lo que la envuelve (su captores, su cárcel, su pobreza, su ingenio, su débil salud, su brillantez, su femineidad, su fe y su esperanza, etc.). Poco a poco, Etty comienza a vivir desde su misma esencia interna, hasta el punto de poder tomar consciencia de que la vida, los seres humanos y el mundo, a pesar de los horrores de la guerra, del odio y de la violencia, son hermosos en sí mismos. Comienza a la vez a experimentar que la presencia del «Absoluto», -de la «Unidad»- lo envuelve todo y la incapacita para odiar y la mueve a amar y a estar unida a la humanidad en el amor y desde el amor. Este sentimiento de unidad en el amor, claramente está acompañado por el dolor, el dolor de vivir en una de las tragedias más horribles de los últimos siglos, la Segunda Guerra Mundial, en la cual su familia y sus seres queridos junto con ella fueron perseguidos y luego asesinados. Justamente, ese dolor para Etty, es la escuela de la fortaleza que le permite ensanchar su vida interior, y desde ella percibir una honda libertad ante la muerte como parte de la vida misma. Etty llega incluso a agradecer el hecho de poder compartir el sufrimiento, soportarlo y transformarlo en amor. En la última página de su diario se lee: «sufro por los indefensos, he roto y partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres, pues estaban hambrientos y venían de largas privaciones». Etty siente que la «trascendencia» ha expandido su identidad, pues experimenta en dicha situación que está compartiendo un triste invierno con toda la humanidad, incluso con aquellos llamados enemigos. Ella siente que comparte el sufrimiento con millones de personas, la vida y la muerte. Lo más impactante es que logra intuir, en medio de dicha situación, una de las grandes verdades del Budismo: la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, todo forma parte de la realidad, por lo tanto, dice en su diario, «la vida es hermosa y tiene sentido incluso en su sin sentido». Todo para Etty está interrelacionado, y se ha de considerar la vida en su totalidad como una unidad para que resulte un conjunto, y en cuanto se quiera excluir o no aceptar partes de ella, en cuanto se asuma arbitrariamente algo de la vida, pero no todo, entonces allí justamente pierde su sentido.

BERTRAND RUSSELL: «PARA LO QUE HE VIVIDO»

Bertrand Russell 1872-1970
Bertrand Russell 1872-1970

  Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: EL ANSIA DE AMOR, LA BÚSQUEDA DEL CONOCIMIENTO y una insoportable PIEDAD POR EL SUFRIMIENTO DE LA HUMANIDAD.

    Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

     He buscado el amor, primero, porque comporta el éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por una horas de este gozo. Lo he buscado en segundo lugar porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una consciencia trémula se asoma al borde del abismo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado justos y poetas.

     Esto era lo que buscaba, y aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

     Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas, y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina el flujo. Algo de eso he logrado, aunque no mucho.

    El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. PERO SIEMPRE LA PIEDAD ME HACIA VOLVER A LA TIERRA. Resuena en mi corazón el eco de los gritos de dolor, niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana.

     Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

    Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con sumo gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

BERTRAND RUSSELL.

«Virajes» Suplemento cultural. Asociación de profesores de la Universidad de los Andes, Mérida Venezuela.

NUESTRO «SER PARA LA MUERTE» Y LA POSIBILIDAD DE LA EXISTENCIA AUTÉNTICA

Hojas que menguanContemplando la pira funeraria de su culta y sabia madre, un niño recordó una de sus últimas conversaciones con ella: «Querido Hijo, no me queda mucho tiempo en este mundo, le dice la madre. Y él le responde: Madre por favor no hables de algo tan triste. Ella le comenta: mucha gente cree que si pones tu fe en algún dios irás al paraíso después de morir. Me pregunto si es posible llegar al paraíso. Y el niño le responde: no sé la respuesta, pero creo que no tiene sentido llegar al paraíso después de la muerte. La madre le dijo: ¡el único paraíso es mi tiempo aquí contigo. Aquí y ahora es el paraíso! Tienes razón Madre, debemos crear el paraíso aquí en la tierra. Y ella reflexiona: ¿si es éste el paraíso porqué la gente lucha y sufre y no puede escapar de la muerte? Hijo mío quiero que encuentres una forma de escapar de todo sufrimiento. Tu madre esperara para siempre que la encuentres». Ese niño era Dogen, el fundador del Budismo Soto Zen.

En este escueto artículo deseo hablar de dos aspectos que poco nos entusiasman: el tema de la muerte, y la razón por la cual estamos aquí en esta vida. Años antes de su muerte otro gran maestro, más cercano a nosotros en el tiempo, Ajahn Chah, un hombre profundamente compasivo y alegre, nos dejó una bella reflexión sobre el porqué estamos aquí. Claramente que estas reflexiones no abarcan enteramente ni consuman un tema tan delicado y tan cercano a cada uno de nosotros como es el tema de la muerte, pero nos incitan y advierten sobre las condiciones que estamos creando, sobre las decisiones que estamos tomando, sobre los deseos que estamos satisfaciendo, sobre las relaciones que estamos teniendo y cultivando, sobre las cosas que estamos adquiriendo en función de este aquí y ahora que se nos ha dado como don, y que para muchos ha llegado a ser un gran tormento.

Cuando nacemos dice Ajahn Chah traemos al mundo algunas inherencias propias de nuestra naturaleza, traemos la vejez, la enfermedad y la muerte. Venimos con un paquete completo para trabajar y obtener sabiduría. Y ante una gran sala de practicantes afirmó: cada uno de nosotros somos sin excepción «trozos en deterioro». Somos la confluencia de los cuatro elementos: tierra, agua, aire, fuego, y a dicha confluencia compuesta la llamamos «persona». Nos cegamos con ello diciendo es masculino, es femenino, es rico, es pobre, es bello, es feo, es heterosexual, es homosexual… Si realmente miramos dentro de cada uno de nosotros no hay nadie allí: somos huesos, fluidos, carne, gases, células, pensamientos y emociones fugaces, y muchas meses triviales y frívolos. Llevamos a cada momento la posibilidad de la sabiduría al poder contemplar con sabia atención nuestro cuerpo/mente, y sin embargo rechazamos «ipso facto» el hecho de la muerte: esto muestra en la mayoría de los casos un desconocimiento profundo sobre nosotros mismos. Estamos siempre mirando hacia fuera. Y este gran maestro tajantemente afirmó: la gente, para ser honesto, da lastima, pues están muy ocupados mirando hacia afuera ¡NO TIENEN REFUGIO!

En la misma reflexión hace mención a los cinco temas básicos durante la ordenación de los monjes budistas: cabello, uñas, dientes, vello y piel. Aprender realmente a ver tal cual es cada una de estas partes del cuerpo: partes que no son bonitas e imaginamos que lo son, que no son substanciales, pero imaginamos que lo son. Estamos enganchados con estas cosas imperfectas y transitorias, basta mirar en los perfiles de las redes sociales de millones de personas para darse cuenta de tal enganche. Tendemos a pensar que estos cuerpos nuestros, hoy fuertes, bonitos, encantadores no enfermarán jamás, no envejecerán jamás, y no morirán jamás. Estamos encantados y engañados por el cuerpo, y somos ignorantes de nuestro verdadero refugio. Ajahn Chah nos exhorta a buscar nuestro refugio, a encontrar nuestro verdadero corazón, pues nuestra condición como seres humanos es muy inestable e impermanente (inevitablemente somos separados de todo lo que valoramos, de todo lo que amamos, incluso de nuestro cuerpo). Y si no hemos transformado nuestra mente, no hemos creado condiciones de sabiduría y claridad, nos quedamos enganchados. Y creamos una personalidad a partir del «enganchamiento». Somos nosotros los que estamos haciendo las elecciones a cada momento.

EL SUFRIMIENTO COMO FUENTE DE TRANSFORMACIÓN Y DE SABIDURÍA

Elucidación interreligiosa sobre la conferencia del maestro Theravada Ajahn Thiradhammo titulada: «El Sufrimiento y el Final del Sufrimiento», tomada del sitio: https://budismoteravada.wordpress.com/

     En el ser humano existen toda clase de resistencias a sufrir y a aceptar el sufrimiento como un aspecto característico de la realidad. Nuestra cultura actual propicia la negación del sufrimiento a través de modos cada vez más refinados para distraernos de nuestra vida misma, y de las dimensiones que nos hacen ser seres humanos, conscientes de ser ‘sentientes’, y de poseer límites espacio-temporales.

     Si observamos con más detenimiento y con un grado de sabiduría, nos percataríamos de que todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto. La naturaleza de la existencia en sí misma es incompleta, pues está condicionada por el tiempo y el espacio, como sabias coordenadas que podrían enseñarnos a vernos tal cual somos. Si fuésemos menos dualistas, y dejásemos de anhelar sólo el aspecto de la felicidad en nuestras vidas, podríamos percibir que el camino hacia la verdadera felicidad está en «integrar» todas las dimensiones de la vida, agradables y desagradables, placenteras y menos placenteras en el marco de nuestra realidad, de nuestro aquí y ahora. Pero, el ser humano de hoy, es adicto a ver y buscar sólo el aspecto de la «felicidad inmediata y sensorial». Nuestra cultura se niega a reconocer la realidad del sufrimiento, entendida como posibilidad de transformación interior, de ecuanimidad, de libertad, de sabiduría, y de un conocimiento cada vez más profundo sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea.

     La enfermedad, la muerte, el dolor, son situaciones que han acompañado al ser humano desde el origen de su consciencia. Enfermarse, morir, sufrir, no es un problema personal, es una situación existencial, pero somos demasiado buenos para distraernos, y no nos damos cuenta que todos estamos en lo mismo, todos tarde o temprano, enfermaremos y experimentaremos cómo la tierra nos atrae hacia ella, con su fuerza de gravedad, y nosotros no tendremos la energía suficiente para seguir distrayéndonos y huir de la realidad que se impone. El sufrimiento es un área fundamental de la realidad, y es mejor usar nuestra energías y nuestro tiempo cuando estamos sanos y fuertes para investigarla y explorarla.

     Los grandes maestros espirituales siempre han hablado del sufrimiento y de cómo liberarse del sufrimiento. Podemos verlo en los escritos sobre la vida y obra de Jesús, o en los testimonios y narraciones sobre la vida del Buda. Ambos se percataron de la terrible adicción del ser humano por la satisfacción inmediata de los deseos que ciegan y nublan la consciencia del hombre y lo transforman en un ser condicionado por sus apegos, pasiones, vicios y adicciones, llegando al oscuro olvido de su ser más profundo y verdadero.

     Jesús ante una gran multitud de gente que lo seguía, una masa ciega que estaba detrás de él, sólo buscando sentirse bien por sus palabras y curaciones, se voltea y les dice solemnemente: «Si alguno viene a mí, y no renuncia a su padre y a su madre… ni a su propia vida, no puede ser mi discípulo… Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Evangelio de Lucas 14, 25-27). La cruz de la que habla Jesús, es la vida misma, es ese aquí y ahora, ese presente que continuamente se nos escapa, y al que continuamente evadimos buscando absurdamente ideales sobre lo que deberíamos ser; sobre lo que deberíamos tener; sobre cómo deberían ser los demás; sobre cómo debería ser mi país y mis vecinos; sobre como debería sentirme… etc., etc.

     El Buda en la «Segunda Noble Verdad» nos dice que el sufrimiento tiene su raíz en nuestro enganchamiento a la «arraigada creencia de que existe un yo permanente» (Anatta). Un «yo» que se engancha adictivamente a ser el centro del cosmos; a creer que sólo satisfaciendo sus sentidos podrá ser feliz… Un «yo» dualista que va de deseo en rechazo, de rechazo en deseo. Un «yo» adicto a sus puntos de vista sobre sí mismo, sobre los demás, sobre las cosas. Un «yo» solidificado que no logra ver con compresión clara la realidad tal cual es.

     ‘Cargar la Cruz’ equivale a reconocer y ver al sufrimiento tal cual es, como síntoma de algo más, y no como realidad en sí misma. Nuestra cultura nos enseña a distraernos para no sufrir, para no aburrirnos, para no enfermarnos, para no envejecer, para no ser responsables de nuestra propia vida, cuando en realidad debería enseñarnos a buscar la causa del sufrimiento. Todo lo que hacemos es, de algún modo, cambiar la forma del sufrimiento: tratamos de suprimir la ira y nos deprimimos, tratamos de suprimir la confusión y aparece otra cosa y nos enganchamos a cada estado de ánimo.

     Para el camino espiritual budista el sufrimiento es únicamente expresión de algo más. Y según los maestros de dicho camino, cuando vemos directamente el sufrimiento es cuando comienza para nosotros el final de sufrimiento: al, en realidad, verlo y reconocerlo ¿Cómo podemos ver el sufrimiento y reconocerlo? Al darnos cuenta que podemos ser los observadores del sufrimiento y no simplemente los que estamos oprimidos por el sufrimiento. Aprender a ver con ecuanimidad que no somos el sufrimiento, sino que podemos ser los que lo observan. Aprender a ver lo que realmente está pasando, lo que realmente está ocurriendo más allá de nuestra aversión, de nuestros deseos, de nuestros auto-engaños y confusiones. Ser realmente presencia consciente de nuestro mente/cuerpo, más allá de la adicción a quedarnos enganchados y perdidos en nuestros estados de ánimo.

     Cuando tratamos de negar la existencia del sufrimiento o de ignorarlo acabamos sufriendo mucho más, pues para negarlo requerimos de mucha energía física, mental y emocional. Ver el sufrimiento cara a cara es darse cuenta y experimentar en primera persona que el sufrimiento puede ser atravesado. Para observar el sufrimiento tal cual es, es necesario buscar la calma y sosiego de la mente y del cuerpo. Y la mayoría de las religiones sabias y profundas tienen vías eficaces y legítimas para guiarnos a través del silencio sanador y transformante de la observación ecuánime de nosotros mismos desde nuestro aquí y ahora. Hace falta con «determinación» dedicar tiempo y espacio a la observación ecuánime de nuestro ser, y para ello debemos ser asiduos, fieles y constantes a nuestras practicas espirituales.

     Temas como la vejez, la enfermedad y la muerte nos fuerzan a tener más claridad en nuestra vida. Cada uno de ellos pueden llegar a ser grandes maestros, pues nos invitan a una práctica espiritual cada vez más profunda.