TALLER SOBRE EL ‘SILENCIO TRANSFORMANTE’ DE LOS PADRES DEL DESIERTO Y LOS MAESTROS THERAVADAS

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EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR».

LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO (PRAKTIKÉ) Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA ‘OBSERVACIÓN ECUÁNIME’ DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

 

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE, ESTADO CARABOBO.

FECHA: SÁBADO 17 DE SEPTIEMBRE.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m.

DIRIGIDO POR: LEANDRO POSADAS, osb.

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

EL PROGRAMA CONSTA DE 3 CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y 3 ‘MOMENTOS’ DE 20 MINUTOS DE ‘PRAKTIKÉ’, Y UNA ÚLTIMA SESIÓN PARA PREGUNTAS Y COMENTARIOS. EN EL ARCHIVO ADJUNTO PUEDEN ENCONTRAR EL CONTENIDO DEL TALLER.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

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LA FELICIDAD: “UN ESTADO DE SABIDURÍA REFLEJADO EN UN ESPEJO DE DOS CARAS”

sukkhaDespués de exponer en dos divagantes artículos el tema de la fenomenología de la percepción como atención constante a la epifanía de la realidad, deseo presentar el tema de la felicidad como un estado de sabiduría, con el fin de poner en concreción las elucubraciones fenomenológicas que hemos venido haciendo, y descubrir cómo la percepción es la clave de lectura de nuestra verdadera naturaleza más allá de lo que hemos aprehendido sobre lo que significa ser y vivir como humanos.

Matthieu Ricard en su libro Plaidoyer pour le bonheur, entiende por ésta una manera de ser, “un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la podrían afectar”. Dicho estado de bienestar nace principalmente de una mente excepcionalmente sana y serena. “Es una manera de ser que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, y que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla. Un estado de sabiduría, liberado de los venenos mentales, libre de ceguera sobre la verdadera naturaleza de las cosas”. Esta última afirmación de Ricard nos señala un aspecto que para nosotros es casi desconocido sobre la felicidad. Primero, que ésta no es una meta a alcanzar, sino una manera de ser; y segundo, que está subyacente como base y soporte de la vida misma, y es la que nos sostiene tanto en las alegrías como en las tristezas. Nuestras lógicas de la vida no comprenden estos aspectos, y no los comprenderemos si no adquirimos una mente sana y serena. Esta afirmación no es una teoría, no forma parte de abstracciones y pensamientos de un buen libro de autoayuda, forma parte de una manera diferente de vivir, de observar, y de ser y estar en el mundo y ante el mundo.

Para el Camino del Buda todo lo que existe como resultado de condiciones -internas o externas-, es sufrimiento, o mejor dicho, todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto y es insatisfactorio. El Buda nos está diciendo que una “felicidad” como resultado de condiciones externas, e incluso internas: dinero, confort, amor, viajes, un país próspero, buena salud, placeres y deleites, es incompleta. El camino del Buda va más allá y afirma: la naturaleza misma de la existencia es estar incompleta.

Simplemente, indican los maestros, NO QUEREMOS VER. Sólo queremos ver un lado de la realidad misma de la existencia, la “felicidad” entendida como resultado de las condiciones que consideramos favorables: para un asesino una condición favorable es saber el lugar y el momento preciso para asesinar a su víctima…

La “felicidad”, como la entiende el Camino del Buda, es decir “sukha”, está estrechamente vinculada al acto mismo de comprender la manera en que funciona nuestra mente y el modo como interpretamos el mundo. Sabemos bien, que no podemos cambiarlo, pero sí podemos transformar la manera de percibirlo. Matthieu Ricard nos comparte una sencilla anécdota al respecto: “estando sentado en las escaleras de su monasterio en Nepal en una tarde muy lluviosa y fangosa, vio como dos de sus amigas se relacionaron con el hecho de tener que cruzar sobre unos ladrillos puestos sobre el fango: la primera, vio con cara de repugnancia el barro y atravesó el mismo gruñendo hasta llegar donde estaba su amigo: “¡te imaginas si llego a caer en este lodazal; en este país está todo tan sucio! le comentó a Ricard; la segunda, canturreando saltaba de ladrillo en ladrillo y decía entre risas: ¡Qué divertido! Al llegar le dijo a Matthieu: “lo bueno del monzón es que no hay polvo”… “Dos personas, dos visiones del mundo. Seis mil millones de seres humanos, seis mil millones de mundos”… culminó diciendo Ricard.

La experiencia de sukha, o de “bienestar”, como estado de sabiduría, proveniente de una mente sana y serena, logra con el tiempo y la práctica, un alto grado de disminución de la vulnerabilidad ante las circunstancias, sean estas buenas o malas. Obviamente, en nosotros existen toda clase de resistencias para caminar en el adiestramiento de la “felicidad como estado de sabiduría”, pues nos cuesta VER LAS COSAS TAL CUAL SON. Buscamos distraernos para no sufrir, para no sentir ningún malestar, cuando deberíamos buscar la causa del sufrimiento. Ajahn Thiradammo, un maestro budista Theravada del Bosque, sostiene que mientras más desarrollo y progreso haya en el mundo, habrá más maneras y modos más refinados para distraernos del sufrimiento.

¿Bajo qué condiciones va a socavar la mente nuestra alegría de vivir? ¿Bajo qué condiciones va a sustentarla? Cambiar la visión del mundo que nos rodea, de las personas que viven y trabajan cerca de nosotros, de la visión que tenemos sobre nosotros mismos, de la visión que tenemos incluso de cómo vemos el mundo, no implica tener una visión ingenua e incauta sobre la realidad. La búsqueda de la felicidad, se dice popularmente, no consiste en ver siempre la vida de color de rosa. Pero si percibimos la felicidad como una manera de ser que surge del “adiestramiento” para poder así eliminar toxinas mentales como el odio, la codicia, el miedo, la obsesión y la tristeza, las cuales envenenan literalmente nuestra mente, entonces hay una posibilidad, hay un camino para ser felices desde un estado sabio interior. Nuestra confusión e insatisfacción surgen de nuestra comprensión errónea de la realidad. Realidad, entendida desde el Camino del Buda, como la naturaleza verdadera de las cosas, y no la modificación ilusoria producida por nuestras elaboraciones mentales. Es preciso, por lo tanto, en nuestro “adiestramiento” conocer mejor cómo funciona nuestra mente, cómo percibe la realidad, cómo se relaciona con la experiencia misma de pensar y sentir. No es cuestión de analizarnos psicológica o racionalmente, sino de sosegar con disciplina, comprensión y paciencia nuestra parlanchina mente, para que se observe a sí misma desde la quietud del silencio.

Para Etty Hillesum, víctima del holocausto nazi, “el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad”. Habitualmente percibimos la realidad desde pre-comprensiones que hemos ido adquiriendo a lo largo de la experiencia de pensar y sentir el mundo y los otros. Hemos aprehendido las cosas desde el dualismo de lo agradable y lo desagradable, dicho dualismo, afirma Ricard “engendra poderosos reflejos de apego y aversión que por lo general conducen al sufrimiento, el cual no es una condición fundamental de la existencia, sino un universo mental basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

La felicidad es la sabiduría de percibir la realidad tal cual es, sin velos ni deformaciones, desde las circunstancias más duras y difíciles, e incluso, desde las más deleitables comodidades. Es una manera de ser y estar en el mundo desde la cual todos podemos vivir.

ELMAR SALMANN: LA REDENCIÓN ¿ERA NECESARIA UNA MUERTE CRUEL PARA SER SALVADOS?

¿Qué harás tú Dios, si yo perezco?

Yo soy tu vaso (¿si me quiebro?)

Yo soy tu agua (¿si me enturbio?)

Soy tu ropaje, soy tu oficio,

conmigo pierdes tu sentido…

¿Qué harás tú, Dios? Temor me embarga

Rainer María Rilke, Poesías.

 

En estos días en el que una gran parte de la población mundial recuerda la muerte de Jesucristo quisiera presentar unas breves reflexiones, traducciones y paráfrasis de nuestro ya citado autor Elmar Salmann, en su libro «Passi e passaggi nel Cristianesimo. Piccola mistagogia verso il mondo della fede» del capítulo ocho titulado «Discesa: il paesaggio divino come spazio aperto», en el apartado «La redenzione: il dramma dell’uomo salva-guardato».

Salmann comienza dicho apartado haciéndose meditativamente algunas interrogantes: «¿Cuál redención? ¿Cómo hablar sobre la redención sin caer en el fastidio de mitologemas insostenibles? ¿Cómo hablar de culpa, encarnación, pena, rescate? ¿Es decoroso, legítimo, humano, que Dios permanezca aglutinado en las travesías de una historia no solamente limitada, sino además sucia, equívoca y apasionada? ¿Era necesaria una muerte, una muerte cruel para redimirnos? ¿No hubiese sido mejor un mensaje de solidaridad, un acto de misericordia, un decreto, una intervención menos cruel? ¿Cuál imagen de Dios y del ser humano se presupone y se crea en este tipo de religiosidad y teología dogmática? ¿Cuál Dios puede satisfacer la razón humana y cuál razón podrá regir y cimentarse sobre las experiencias, las miserias, las torpezas y las glorias de la existencia humana? ¿Cuál Dios podrá estar a la altura de las alturas y de las bajezas del ser humano?» Es este el problema central del Cristianismo. Sólo un Dios que pueda tomar sobre sí y transformar las fracturas, la lógica mortal de la vida y de la debilidad merece su nombre: Dios. Sólo tal Dios no será inferior a las capacidades humanas de actuar y de sufrir, y podrá satisfacer no sólo la razón, sino también el corazón del hombre.

La idea central del Cristianismo, es decir, la encarnación del Verbo de Dios, no está basada en la idea de un Dios eterno, olímpico y remoto que decidió hacerse cuerpo de carne y hacer una visita a la tierra en vestidos humanos. La idea central del Cristianismo, para Elmar Salmann, es por el contrario, que la segunda persona o «prospectiva integral» es ya en Dios el principio de expresividad (Logos), de alteridad y de re-duplicación de la misma naturaleza común (imagen), de la correspondencia, principio de respuesta y recensión de correlación (Hijo), y por esto puede asumir la alteridad del mundo, y «la relación creacionística en sí mismo». Todo fue creado por vía del Verbo, y este Verbo asume una condición concreta, histórica, falible, para restablecer desde dentro la relación entre Dios y el hombre.

Para Salmann la capacidad de fallar del ser humano, o lo que el Cristianismo llama pecado, y otras tradiciones espirituales como el Budismo llaman ignorancia, ha minado la circularidad de la bendición entre cielo y tierra, y por ello Salmann considera que era necesaria una «persona» que supiese restablecer la libertad comunicativa, la reciprocidad, la racionalidad y la justicia del ser humano. Teniendo en cuenta, claramente, la corrupción de la libertad que ha perdido su orientación y su opción portadora. Teniendo presente, además, la ruptura de la comunicación y el torbellino mortífero de las venganzas y proyecciones en el que los seres humanos continuamente entramos acerca de nosotros mismos, de los demás, de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestras emociones, y de nuestra manera de pensar y vivir esta capacidad que somos de «ser conscientes de ser sintientes».

Muchos de nosotros leyendo estas líneas podemos preguntarnos ¿Y qué? ¿para qué tanta palabrería ininteligible sobre un tópico que no nos concierne? Si nos acercamos un poco más y vemos de cerca la historia real de la humanidad, ésta pareciera cimentarse en un culto de aversión continua a la muerte. (basta salir a las calles de nuestras ciudades y respirar el aire de terror que se inhala en las esquinas acerca de la vejez, la enfermedad, el hambre, la saciedad, el aburrimiento, la soledad, la insatisfacción, la desilusión, y algunas veces también la esperanza, la solidaridad, y el amor).

En nuestros países la religión se ha convertido en un utensilio y existe casi exclusivamente para suavizar la verdad más patente de nuestra vida: ¡la muerte! La sociedad actual, ajena a la sabiduría de la vida interior, vive la muerte no como pasaje (a Dios), a un espacio de paz, de cambio, de posibilidad de regeneración, sino como final, como un abismo, como una interrupción violenta, como suspensión exterminante de una existencia desesperada que, paradójicamente, se engancha a sí misma. Para una tal visión del mundo, Dios resulta irreal o un monstruo; apariencia evanescente o concurrente que se debe eliminar; instancia de usar o fetiche remoto, anónimo y pesante. La lógica cristiana de la redención habla de la venida y sufrimiento del Verbo, como la posibilidad de salvación para el ser humano a través de un Dios-hombre que reúne en sí las voluntades divina y humana, las dos libertades, las dos visiones del mundo.

Sé que para muchos seguir hablando de dioses, encarnados o no, es un absurdo, una ideología, una forma de mito que trata de dar respuesta desde la metafísica a las gracias y des-gracias humanas. Y por ello preguntamos a nuestro autor: ¿Por qué dicha muerte violenta y remota nos ha ‘salvado’? La respuesta de Salmann no es del todo satisfactoria, pero podemos leerla como una lectura inteligente y refrescante sobre un tema difícil de encuadrar en nuestras mentes post-modernas.  Salmann responde al respecto, que un acto de amor y simple solidaridad ante la somnolenta indiferencia humana no era suficiente, hacía falta además una mirada nueva y una acción inédita: «un humano» que haga más de lo debido, y que atraviese el reino del odio, de la aversión y del rechazo; «un humano» que tome sobre sí la muerte, la violencia y el abuso en nombre de un amor y de una ben-dición inalterable; «un humano» que sepa sufrir y atravesar el impacto trágico-dramático entre «santidad divina» y la odiosa libertad humana. Es Cristo, según Salmann, quien asume todas las dimensiones del drama: su callar se hace mensaje, su humildad resulta grandeza, y su fracaso un querido y comprendido destino. En todo esto, añade nuestro autor, no existe rastro de victimismo, sino una libertad señorial que no se deja desesperar o amargar («si he actuado mal, dime en qué he faltado, sino, por qué me golpeas… ». En dicho evento se recrea el espacio de correspondencia entre Dios y el ser humano, entre Padre e Hijo; y la esencia de la libertad que es poder responder a Dios y a los otros y vivir la unidad entre la misericordia como restitución de la dignidad del otro, y la justicia como rectitud y restauración del sentido de las proporciones. P. Ricoeur, citado por Salmann, considera, que el gesto de Jesús es la conversión de la muerte como asesina en la muerte como oferta: tal sufrimiento liberador presupone y provoca conversión, pues sólo el sufrimiento, según E. Pareyson, sabe descalzar la inmensa fuerza del mal y toma sobre sí toda distancia.

La potencia de Dios, tan mal entendida en la Iglesia Católica, no es una potencia absoluta, sino una instancia que sabe de respeto, de amor, de generosidad, de fidelidad, un «poder» que crea incluso una libertad que puede desconocerlo. En este evento se revela un Dios que es en sí mismo espacio y proceso de reconocimiento y de abandono recíproco y de complacencia en el bien, pues sostiene y eleva la libertad y la dignidad de los demás desde dentro, y sabe salvaguardar las relaciones y la rectitud de cada uno. Cristo como pedagogo y como revelador de la gracia y gentileza divinas rescata al ser humano de los mecanismos del mal e instaura una práxis desprendida y benéfica entre los seres humanos.

ETTY HILLESUM: «APRENDER A ‘CONTEMPLAR’ DESDE LAS REJAS DEL HORROR»

«Amo todas las horas obscuras de mi ser,

en las cuales se hunden mis sentidos;

en ellas he encontrado, como cartas antiguas,

mi cotidiana vida ya vivida

y como una leyenda lejana y superada.

Por ellas llego a comprender de pronto

que tengo espacio para otra vida ilimitada.

Y soy algunas veces el árbol que, maduro y susurrante,

sobre una tumba el sueño cumple

y al que el niño olvidado (en torno al cual sus ardientes raíces apretujan)

perdió en tristezas y perdió en canciones».

Rainer María Rilke, Poesías.

Descubrí a Etty Hillesum gracias al biólogo molecular y monje tibetano Matthieu Ricard en su libro «Plaidoyer pour le bonheur», traducido al español como ‘En defensa de la felicidad’. Ricard cita a Hillesum como una mujer que aprendió sabia y pacientemente a ver y amar la realidad tal cual es desde su misma relación con «la experiencia de ser ser humano» en un contexto desafiante y aterrador. Una historia que al principio parece trágica, pero que leyéndola con los ojos del «Espíritu/espíritu» nos revela un sentido que va más allá del objetivo de la vida al cual estamos acostumbrados, o al cual esta sociedad nos quiere acostumbrar y adiestrar.

Etty HillesumRicard en las primeras páginas de su libro cita a Etty Hillesum, quien un año antes de su muerte en Auschwitz, afirma «cuando tienes vida interior, es indiferente de qué lado de las verjas del campo estás… Ya he sufrido mil muertes en mil campos de concentración… Ninguna información nueva me angustia ya. De una u otra forma, lo sé todo. Y sin embargo, la vida me parece hermosa y llena de sentido en todos y cada uno de los instantes». Y en otro pasaje dice: «el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad». Al respecto la tradición oriental afirma que «la libertad es la comprensión de la realidad sin el estorbo de la mente». Los hombres y mujeres de mente pura, adiestrada, ecuánime, como Etty Hillesum nos estimulan a iniciarnos en el arduo pero sabio aprendizaje de observar la realidad tal cual es.

Etty (Esther) nace el 15 de enero de 1914 en Middelburg en Holanda, y fue asesinada en el campo de exterminio nazi en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, a la edad de 29 años, donde también fueron gaseados sus padres y uno de sus hermanos. Su padre fue un judío erudito, profesor de lenguas clásicas, y su madre una ama de casa de origen ruso. Hasta hace poco Etty era una persona desconocida, y últimamente ha emergido con fuerza a través de la traducción de su diario íntimo y su correspondencia epistolar, los cuales escribió a partir de los veintisiete años. Dichos escritos testimonian sus experiencias y evolución personal. Para muchos autores, conocedores de la vida de Etty, ella aparece como paradigma de identidad postmoderna (fragmentación de la subjetividad, falta de referentes de los grandes relatos, alto grado de emotivismo, indiferencia a las normas en el ámbito de la moral que afecten su estructuración mental, desaparición de sentimientos de culpa, y búsqueda y exploración afectiva y sexual).

Etty Hillesum se licencia en derecho en Amsterdam en 1939, es una joven brillante, con pasión por la lectura y por el estudio de la filosofía, y una buena escritora. Lee con dedicación a Jung, Rilke, y Dostoevskij. En su etapa universitaria se movió en círculos de izquierda. Tuvo una relación con Julius Spier, un psico-quirólogo de origen alemán. Etty escribe su diario íntimo por recomendación de Spier. Las anotaciones de dicho diario van desde el 9 de marzo de 1941 hasta el 13 de octubre de 1942. Posterior a su diario existen un buen número de cartas que Etty mantuvo con sus amistades desde el campo de concentración de Westerbork hasta que fue deportada a Auschwitz, donde fue gaseada dos meses después de llegar.

Etty HilesumPara Francesc Grané en su artículo sobre Etty Hillesum («Pensamiento» vol. 69 (2013), número 261), la especificidad de esta conmovedora mujer, que se ve reflejada en su diario, consiste en la coherencia que se da entre maduración personal y espiritual en un período relativamente corto de tiempo. Dicho período está caracterizado por el espíritu de lucha, perseverancia, curiosidad, confianza en los demás, confianza en la «trascendencia»; y por un deseo sincero de poner remedio a sus conflictos más profundos con el fin de enfrentarse a la vida de una forma diferente, más madura y más sana. El mismo autor dice que Etty trata de trascender lo dado (su tiempo como prisionera, primero de sí misma, y luego del nazismo), que incluyó un discernimiento sobre «quién es» y «dónde está», para ir a un conocimiento más auténtico sobre sí misma y sobre la realidad en la que estaba inmersa: su objetivo es encontrar nuevos sentidos (nuevas metáforas vivas) no sólo de sí misma sino también de todo lo que la envuelve (su captores, su cárcel, su pobreza, su ingenio, su débil salud, su brillantez, su femineidad, su fe y su esperanza, etc.). Poco a poco, Etty comienza a vivir desde su misma esencia interna, hasta el punto de poder tomar consciencia de que la vida, los seres humanos y el mundo, a pesar de los horrores de la guerra, del odio y de la violencia, son hermosos en sí mismos. Comienza a la vez a experimentar que la presencia del «Absoluto», -de la «Unidad»- lo envuelve todo y la incapacita para odiar y la mueve a amar y a estar unida a la humanidad en el amor y desde el amor. Este sentimiento de unidad en el amor, claramente está acompañado por el dolor, el dolor de vivir en una de las tragedias más horribles de los últimos siglos, la Segunda Guerra Mundial, en la cual su familia y sus seres queridos junto con ella fueron perseguidos y luego asesinados. Justamente, ese dolor para Etty, es la escuela de la fortaleza que le permite ensanchar su vida interior, y desde ella percibir una honda libertad ante la muerte como parte de la vida misma. Etty llega incluso a agradecer el hecho de poder compartir el sufrimiento, soportarlo y transformarlo en amor. En la última página de su diario se lee: «sufro por los indefensos, he roto y partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres, pues estaban hambrientos y venían de largas privaciones». Etty siente que la «trascendencia» ha expandido su identidad, pues experimenta en dicha situación que está compartiendo un triste invierno con toda la humanidad, incluso con aquellos llamados enemigos. Ella siente que comparte el sufrimiento con millones de personas, la vida y la muerte. Lo más impactante es que logra intuir, en medio de dicha situación, una de las grandes verdades del Budismo: la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, todo forma parte de la realidad, por lo tanto, dice en su diario, «la vida es hermosa y tiene sentido incluso en su sin sentido». Todo para Etty está interrelacionado, y se ha de considerar la vida en su totalidad como una unidad para que resulte un conjunto, y en cuanto se quiera excluir o no aceptar partes de ella, en cuanto se asuma arbitrariamente algo de la vida, pero no todo, entonces allí justamente pierde su sentido.

BERTRAND RUSSELL: «PARA LO QUE HE VIVIDO»

Bertrand Russell 1872-1970
Bertrand Russell 1872-1970

Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: EL ANSIA DE AMOR, LA BÚSQUEDA DEL CONOCIMIENTO y una insoportable PIEDAD POR EL SUFRIMIENTO DE LA HUMANIDAD.

Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque comporta el éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por una horas de este gozo. Lo he buscado en segundo lugar porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una consciencia trémula se asoma al borde del abismo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado justos y poetas.

Esto era lo que buscaba, y aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas, y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina el flujo. Algo de eso he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. PERO SIEMPRE LA PIEDAD ME HACIA VOLVER A LA TIERRA. Resuena en mi corazón el eco de los gritos de dolor, niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana.

Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con sumo gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

BERTRAND RUSSELL

«Virajes» Suplemento cultural. Asociación de profesores de la Universidad de los Andes, Mérida Venezuela.