Taller: «El libro de los Salmos»

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Divagaciones ordenadas sobre el «Libro de los Salmos» como herramientas para una fenomenología de la religión.

fenomenologia@yahoo.com

PROGRAMA

Introito

La poesía como lenguaje legítimo del espíritu humano.

Primera parte

Introducción al «Libro de los Salmos».

Segunda parte

Los salmos como «gramática de la oración»: géneros literarios.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Tercera parte

Hacia una fenomenología de la religión desde el lenguaje poético de los salmistas.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Cuarta Parte

Los Padres y las Madres del Desierto Cristiano y su práctica de la «oración sálmica».

Epílogo

«Los Salmos como re-lectura de un presente escondido».

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Más información: fenomenologia@yahoo.com

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Mi experiencia en Vipassana

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     Escrito por Leandro Posadas

     Según el psicólogo cuantitativo Donald Hoffman la mente es algo parecido al escritorio virtual de nuestras computadoras, en el cual tenemos ordenados por medio de iconos cada tema, aplicación y materia. Según esta teoría, llamada «teoría de la interface», no vemos el mundo como es, sino como aparece en esa pantalla. «La realidad que percibidos no es la verdadera realidad, sino que lo que percibimos es una especie de escritorio virtual donde interactuamos con los objetos de una manera conveniente para nosotros. El sol, las montañas y los planetas son iconos en ese escritorio. Pero la verdadera realidad no la conocemos, está detrás y sería el equivalente al lenguaje de máquina y al hardware y a todos los componentes internos del computador […] En resumen, la mente cuando estamos despiertos es una interface que nos permite relacionarnos tanto con la realidad (de un modo que le conviene a nuestra especie), como con nuestro mundo interno»[1].

     El psiquiatra español Paco Traver en su blog Neurociencia Neurocultura en su artículo La mente es un escritorio recomienda, para mantener en buen funcionamiento este escritorio, hacer un mapa actualizado del mundo en el que vivimos lo más realista posible, es decir no del mundo que deseo, del cuerpo que deseo, de los amigos que deseo, de la vida que deseo, del país que deseo, sino de las cosas tal como son. Y recomienda hacerlo una vez al año…      

     Desde que comencé este blog, hace ya siete años, nunca he publicado crónicas autobiográficas, pero esta vez quisiera compartir con todos los que me leen la última «actualización de mi escritorio», o más precisamente mi última experiencia en un centro de práctica de silencio Vipassana, bajo las instrucciones de S. N. Goenka (1924-2013), el fundador de la Academia internacional Vipassana. Goenka fue un hombre lleno de humanidad que quiso difundir, sin sectarismo, de modo serio y bien establecido, la técnica que posiblemente practicó Siddharta Gautama para llegar a la extinción del sufrimiento en sí mismo. Es importante indicar, antes de proseguir con mi crónica, que la institución que S. N. Goenka fundó, sin fines de lucro, no es una secta religiosa en la que se debe creer ciegamente en lo que allí se enseña, tanto es así que al final del curso S. N. Goenka dice (por medio de grabaciones), que cada uno libremente tome lo bueno y deje lo que no le gusta, lo importante es comprender íntegramente la forma de practicar. En otras palabras, no se aprende Vipassana para hacerse budista, sino para comprenderse como humano.

     Vipassana (vipaśyanā), significa ver las cosas tal cual son; familiarizarse con una visión justa de las cosas y a la vez, cultivar cualidades que poseemos latentes en nuestro interior, esperando ser desarrolladas.

     Aprender y querer silenciar sabiamente este cuerpo-mente que somos, y querer explorarlo minuciosamente, no tiene nada que ver con las creencias que tengamos, o con la religión que profesemos, sino con algo más profundo: darse cuenta; comprender-se; hacerse humano; vivir sabiamente este ser consciente de ser sentiente que somos en este mundo que habitamos. Nunca olvidar que toda religión, por muy antigua que sea, no es más que una interpretación de la realidad y está sujeta siempre a un contenido histórico y cultural. Engancharse a una dogmática religiosa, en vez de hacernos libres, nos condiciona y puede llegar a obstaculizar este camino de comprensión que es la vida humana.

     Los centros Vipassana están extendidos por casi todo el mundo y ofrecen cursos de 10 días, de 20 días, de 30 días y hasta de 45 días de práctica de silencio. El horario comienza a las 4:00 a.m., y termina a las 9:30 p.m. Esta última ha sido mi cuarta experiencia en un curso de 10 días en el cual se práctica casi 11 horas diarias con algunos recesos entre práctica y práctica. Es un horario muy intenso, de mucho trabajo interior y físico, pues el cuerpo reacciona ante tantas horas en una misma postura.

     Llegué el día cero para inscribirme y acepté las condiciones que la institución me pedía: permanecer libremente en el centro desde el día cero hasta el día once cumpliendo cinco preceptos: abstenerme de matar cualquier ser vivo; abstenerme de robar; abstenerme de una conducta sexual inadecuada; abstenerme de mentir; abstenerme de todo tipo de intoxicantes. Los 10 días están dedicados a ejercitarse en tres adiestramientos: moralidad (sila); concentración y dominio de la mente (samadhi); y sabiduría, o visión cabal que purifica la mente (pañña).

     Por ser mi cuarta vez iba muy seguro de todo lo que debía y podía hacer, e iba lleno de expectativas… El primer día fue muy doloroso físicamente, y de poca concentración en la primera enseñanza sobre dicha concentración (anapana), es decir sosegar la mente a través de la observación de la respiración natural. Ese día una profunda tristeza invadió mi mente, pero el mismo ritmo de trabajo intenso disipó la ilusión lentamente. S. N. Goenka siempre repite la misma frase día tras día en sus enseñanzas: todo es Anicca: La naturaleza de todas las cosas es impermanente; surgen y cesan, nacen y mueren; y lo mismo ocurre con los objetos mentales, es decir las emociones, los pensamientos, y todo lo que la mente humana produce por ser consiente de ser sentiente. Experimentar esto no como teoría sino en el propio cuerpo-mente es una gran enseñanza. La noche de ese primer día fue de mucha alegría y de un sueño profundo y purificador.

     Un regalo que recibí fue poder dormir yo solo en una cabaña de piedra con un árbol dentro, literalmente con un árbol dentro, y con él una gran fauna de arañas, alacranes, y demás insectos, pero mi mente estaba tan tranquila que dormía plácidamente sin alarmarme por mis acompañantes. Para los que deseen ir, no preocuparse que esa cabaña sólo la usan los que ya han asistido a varios cursos, y es libre quedarse allí o no. Fue una decisión personal. El único inconveniente es que hacía mucho frío y la tercera noche pesqué un fuerte resfriado, tan fuerte que pensé en dejar el curso y romper el contrato que el día cero había hecho. Me concedieron una entrevista con los profesores asistentes y ellos me pidieron con una sonrisa que esperara un día más y si estaba convencido de irme podía hacerlo. Llevaba 3 días sin ver a nadie a la cara y sin hablar con nadie, pues una de las normas más estrictas es el noble silencio: no se puede tener contacto físico ni verbal con ningún otro estudiante. Ese cuarto día fue un día de esperanza a pesar del gran resfriado y del dolor en todo el cuerpo. Anicca, anicca, anicca. Todo es impermanente. Surge y cesa.

     Ningún estudiante puede enseñar Vipassana según la forma en la que lo estableció S. N. Goenka, pues para llegar a ser profesor asistente se requiere de una seria y comprometida formación y miles de horas de práctica, pero puede compartir la experiencia e invitar a otros a vivirla. Llevo varios años practicando Vipassana, pero sólo fue en este cuarto curso en el que comprendí la más grande verdad de dicha práctica, si bien la tenía en la teoría, mi mente y mi cuerpo se rehúsan y se rehusaban a admitirla. Y en secreto (entre ustedes y yo), es la clave de la transformación si se es fiel a dicha enseñanza: sentarse sin esperar nada, sin engancharse a nada, sin rechazar nada. Ser ecuánime, aprender a ser ecuánime (upekkha). Pero ¿Cómo ser ecuánime ante el dolor terrible en las rodillas, y en la espalda después de horas y horas de práctica? ¿Cómo ser ecuánime ante las sensaciones agradables y placenteras que surgen? Esta pregunta sólo se responde en la experiencia, no hay teoría que pueda comunicarla. Y prefiero no conceptualizar una respuesta.

     El séptimo, octavo y noveno día tomé la decisión de hacerme principiante, de volver a empezar de nuevo, de escuchar las instrucciones de S. N. Goenka, y no identificarme con lo que las sensaciones realmente placenteras (y hasta sublimes), y profundamente dolorosas me transmitían. Ha estado duro, realmente duro, pero he percibido remotamente el porqué los profesores asistentes, y las personas que llevan años practicando Vipassana, siempre tienen una sonrisa pacífica y un amor profundo y real en sus rostros.

     El día décimo, -el día de la liberación de tanto dolor-, que es el día en que ya se puede hablar en ciertas horas conversé con dos practicantes que llevan años en ello. A ambos los conozco desde que comencé a asistir al centro. Y ambos me transmitían y me transmiten paz real, no fingida, una paz que parece que se ha extinguido en la mayoría de los humanos. Una paz que no tiene que ver con las emociones; con simpatías o antipatías; con las circunstancias sean buenas o malas, o con la vulnerabilidad de esto que somos. Me acerqué al más anciano y le pregunté sobre su experiencia: de él no vino ninguna teoría sublime, ni conceptos, ni apologías, simplemente una mirada profunda y compasiva. Me dijo (entre otras cosas, -no todo puede decirse-…): «No juegue con esa vida humana que usted tiene; no se «caiga a mentiras»; practique, simplemente sea fiel, y practique; no tiene sentido venir, si se sigue jugando con las sensaciones; buscando, buscando, buscando sentir…».

     He aquí mi breve crónica sobre la última «actualización de mi escritorio», cuya finalidad ha sido simplemente transmitir mi experiencia de esos diez días de silencio arduo y trabajado, de explorar el cuerpo con mente serena «desde la punta de los dedos de los pies hasta la cima de la cabeza» una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez «con paciencia y persistencia», comprendiendo serena y alegremente nuestro surgir y cesar continuo, sin rechazar, ni apegarse tanto… En resumen, no debo olvidar nunca que siempre soy un principiante en este camino de la sabiduría.

La imagen del árbol es un diseño del Arquitecto Daniel Ríos  para Fenomenología de la Espiritualidad.

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[1] Cf. https://pacotraver.wordpress.com/2018/04/27/la-mente-es-un-escritorio/

Neurociencia y contemplación 2° Parte: ¿Por qué tenemos emociones?

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Escrito por Leandro Posadas.

«Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe; una hoja cuya rama no existe;

un mundo cuyo cielo no existe».

Luis Cernuda. 

     El neurólogo John Cacioppo, quien murió hace pocas semanas, en su libro Discovering Psychology. The science of Mind (2013), se pregunta: ¿Es posible encontrar la consciencia en el cerebro? Y responde con una bella metáfora: La consciencia, la mente y el cerebro son como una muñeca rusa (Matrioshka). El cerebro, la muñeca exterior, (outside doll), alberga la mente, pero también tiene otras funciones, como el sostenimiento de la respiración y el control de la temperatura del cuerpo. La mente, la muñeca interna, (middle doll), alberga la consciencia, es decir a la más íntima muñeca (innermost doll), pero también, entre otras tareas, administra las funciones inconscientes, como la memoria a largo plazo[1].

     Muchos de nosotros tenemos como concepto de la mente el resultado de la actividad de las células del sistema nervioso, pero ¿Cómo podrían nuestros sentimientos, pensamientos, y recuerdos ser causados por un manojo de células? ¿Somos sólo el resultado de procesos biológicos? La psicobiología (Biological Psychology), esta amplia ciencia interdisciplinar que combina los métodos y teorías de la psicología, con los de la biología, la bioquímica, las neurociencias, y otros campos, trata de enfocarse en las conexiones entre el comportamiento observado, los factores genéticos, bioquímicos, y el nivel de la actividad y características estructurales del sistema nervioso. Al observar dichos enlaces se ha podido comprobar que ellos no viajan en una sola dirección, desde los factores biológicos al comportamiento, sino que se intercambian, combinan y se alternan[2].

     Dichos intercambios forman parte de nuestra historia evolutiva como especie, y como ejemplo de ello tenemos las emociones ¿Por qué tenemos emociones? Se pregunta John Cacioppo. En nuestra prehistoria como raza tenemos la respuesta a tal pregunta: las emociones desde hace más de 200.000 mil años nos han servido para producir atención (arousal), es decir a reaccionar y estar vigilantes ante el peligro, a movernos ante los riesgos de nuestra vulnerabilidad como seres conscientes de ser sentientes. Nuestra especie ha desarrollado distintos niveles de vigilancia (arousal), algunos más simples como el correr ante la amenaza de un depredador, o más complejos como sentarse a responder un examen o prueba académica[3]. Sea que experimentemos felicidad, tristeza, ira, disgusto, una emoción combina una sensación física semejante a un rápido latido del corazón, y un consiente y subjetivo sentimiento, como el miedo o la tristeza[4].

     Sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de sofocación y opresión cuando nuestra respuesta de vigilancia (arousal), es excesiva. A lo largo de la historia como especie las emociones han sido parte de nuestro gran desafío: saber vivir con ellas; creer demasiado en ellas, en lo que ellas nos proponen. Yo siempre me repito a mí mismo: «70 u 80 años no son suficientes para aprender la sabiduría de las emociones»: la rabia, la tristeza, la alegría, el odio, forman parte de nuestro gran repertorio para ser seres humanos ante el mundo y ante nosotros mismos. Son una gran aventura. Aprender el arte de las emociones requiere esfuerzo, requiere paciencia, comprensión y a la vez gallardía.

     En su ensayo Le emozioni ferite el psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna considera que las emociones se constituyen como dimensiones esenciales de la condición humana. Dicen todo lo que se desarrolla en nosotros, en nuestra interioridad. Son portadoras de un conocimiento que se experimenta en el corazón, y que la razón discursiva y categórica no logra aprehender. Son una especie de background sobre el que se funda nuestra vida.

     En su experiencia como psiquiatra fenomenólogo Eugenio Borgna ha podido darse cuenta de la necesidad de conocer las emociones, de aprender a interpretarlas para poder articular una forma que aclare el sentido de los disturbios psicopatológicos de la naturaleza humana herida de sus pacientes. Para él los horizontes de sentido de las emociones son ilimitados. Las emociones son formas de conocimiento, de obtener sabiduría sobre qué es esto de ser humanos, por ello, citando a Simone Weil, considera que nunca debemos intentar deshacernos de ellas, sino que debemos acogerlas en nuestro corazón y reencontrar en ellas el camino misterioso y a la vez revelador que nos lleva al interno de este ser mismo que somos[5].

     Por su parte, Ajahn Sumedho, un maestro de la Tradición Theravada del Bosque, en una conferencia titulada «È sempre possibile ricominciare»[6] sostiene que las emociones tienen el poder de ser muy convincentes, -cuando nos enganchamos y nos identificamos con ellas-, pues nos hacen sentir que son reales e imperiosas. Son como un melodrama, mientras se manifiestan aparecen reales y verdaderas. Ajahn Sumedho, sobre tal imperiosidad de las emociones, narra un duro momento de su vida y relata cómo se relacionó con ellas: «En aquella época ya existía en mí aquello que se daba cuenta de ellas, ya se había establecido en mi una sapiencia de las emociones como objetos mentales, y en dicha sapiencia ponía toda mi confianza. Ha estado muy duro, pero tenía mi refugio en el conocimiento (consapevolezza) que se da cuenta de la emoción tempestuosa que lloriquea patéticamente en nosotros. Me confiaba a dicho refugio en vez de al mensaje que las emociones me hacían creer, que francamente encontraba vacíos y sin consistencia».

     La sabiduría, ese conocimiento del que nos habla Ajahn Sumedho, descansa en el instante mismo en que experimentamos emociones, como objetos mentales, cuya naturaleza es su surgir y cesar: su impermanencia. Y ante tal naturaleza cambiante y transitoria nosotros simplemente somos observadores imparciales. Somos como cirujanos de la realidad de nuestro cuerpo/mente, pues intentamos contemplar la realidad de esto que somos desde una mirada «médica».

     A propósito, el filósofo francés Michel Henry en su obra Encarnación. Una filosofía de la carne, sostiene que dicha «mirada médica» es hoy en día uno de los últimos refugios de la cultura, pues desde su inicio la medicina intentó ver en el dolor humano, en las lesiones, en los tumores, no sólo una descripción impersonal, sino también lo que resulta de ello para una carne, para ese Sí viviente, gozoso, y a la vez sufriente que somos, es decir la vida trascendental como constitutiva de la realidad humana[7].

     Dicha «mirada», dicho examinar, es fundamental en medicina, pero también las «ciencias contemplativas» tienen este examinar como algo fundamental. Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, y uno de los más reconocidos científicos occidentales implicados en el estudio de las prácticas contemplativas, sostiene que «si queremos observar los mecanismos más sutiles del funcionamiento de nuestro espíritu, y actuar sobre ellos, es absolutamente necesario que afinemos nuestro poder de introspección. Tenemos que agudizar a la perfección nuestra atención de modo que se vuelva estable y clara. Sólo entonces podremos observar el funcionamiento de nuestra mente, el modo cómo percibe el mundo, y entender de ese modo, la concatenación de las emociones y de los pensamientos»[8], con el fin, en un principio, de familiarizarse con una visión clara y justa de las cosas, y lograr contemplar el aspecto fundamental de la consciencia humana, es decir, un estado, según la sabiduría contemplativa, perfectamente lúcido y despierto que siempre está ahí incluso en ausencia de los objetos mentales de las emociones y los pensamientos.

     En el camino de la sabiduría o del silencio contemplativo nos vamos acercando a comprender y a experimentar las emociones como objetos mentales -surgen y cesan sin engancharnos a ellas-. Desde una mente serena concentramos la paz y la claridad de la mente sobre la observación de las cosas visibles, de los sonidos, los olores, los sabores, las sensaciones físicas, los pensamientos y las emociones que experimentamos. Contemplamos las emociones sean positivas o negativas, agradables o desagradables, las acogemos, no las rechazamos o nos apegamos a ellas. Contemplamos todo. Ajahn Chah dice que dicho proceso es «como si alguien subiese a un árbol de mango, lo moviese para hacer caer los frutos, mientras nosotros debajo los recogemos. Aquellos podridos no los recogemos, recogemos sólo los sanos. No es un trabajo duro porque no somos nosotros quienes estamos subidos en el árbol. Nosotros nos limitamos a recoger los frutos estando debajo de la sombra del árbol»[9]. Riqueza, fama, elogios, felicidad, infelicidad, dolor, alegría, vienen por sí mismos, y nosotros estamos en paz, pues todo lo que experimenta una mente pacífica lleva a una comprensión más amplia. «Nosotros simplemente nos divertimos contemplándolos sin temor».

La imagen es del artista visual Chad Wys publicada en estateunrato.net y el diseño es hecho por el Arquitecto Daniel Ríos Mujica 

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[1] Cf. Cacioppo John and Freberg Laura, Discovering Psychology. The Science of Mind, Wadsworth, Belmont USA, 2013, p. 240.

[2] Cf. Ibid., p. 127.

[3] Cf. Idem.

[4] Cf. Ibid., p. 320.

[5] Cf. Borgna Eugenio, Le emozioni ferite, Feltrinelli, Milano 2009.

[6] Cf. Ajahn Sumedho, È sempre possibile ricominciare, Santacittarama 2014. Traducción del Italiano por Leandro Posadas.

[7] Cf. Henry Michel, Encarnación. Una filosofía de la carne. Ediciones Sígueme, Salamanca 2001, p. 289.

[8] Ricard Matthieu, L’Art de la Méditation, Nil, París 2008.

[9] Ajahn Chah, Una pace incrollabile, Santacittarama 2004. (Traducción del italiano por Leandro Posadas para el presente artículo).

Conversión: «Darse-forma desde la sabiduría» 2da Parte.

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«Convertirse como sabia aventura del dejar-ir».

Escrito por Leandro Posadas.

     En el mundo occidental la visión de la conversión, aunque pueda parecer contrapuesta a todo lo que hemos mencionado en la primera parte de este artículo, revela el aspecto de la gallardía humana en el camino espiritual. En su libro Devi cambiare la tua vita el filósofo alemán Peter Sloterdijk comentando cómo el fenómeno de la «conversión» en Occidente se ha hecho presente desde el origen de la filosofía griega hasta la llegada del Cristianismo, sostiene que la conversión es el arte de volver a dirigir[1] la vida, cada vez que se divide, cada vez que se fragmenta; y/o tener-en-forma el cuerpo/mente consciente y sabiamente[2] ante la realidad, y no simplemente un cambio de conducta en función de creencias o dogmáticas religiosas.

     La conversión de la que habla Peter Sloterdijk es la sabiduría de la filosofía antigua, la cual debe penetrar completamente en los huesos y siempre está disponible en todas las situaciones de la vida, incluso en las más adversas. Séneca, por ejemplo, insistía en que no basta colorear el espíritu con la sabiduría, sino más bien la sabiduría debe macerarse con la vida misma y ser enteramente transformada[3]. Convertirse es a la vez educarse en la realidad: prepararse continuamente a un examen de saber sobrellevarse y mantenerse en pie en la desdicha[4], pero también en el gozo. El sabio es aquel que conociendo esto que es ser ser humano se da cuenta que existir es llevar a la vez un bendecido, y algunas veces, duro fardo.

     Es por ello que el término filosofía contiene, además de su claro origen etimológico (amor a la sabiduría), dos referencias escondidas a las principales virtudes atléticas, que en el tiempo de Platón resonaban gratamente: filotimia (amor al triunfo) atribuida a los vencedores en las carreras; y por otro lado filoponia (amor por el esfuerzo)[5]. Tal indicación sigue resonando en el Evangelio de Juan donde aparece el vocablo Telelestai, («está exhausto» o «alcanzó la meta», Juan 19,30), que en latín, sin mucho acierto, fue traducido como consummatum est («todo está cumplido»). Para Sloterdijk dicha locución muestra la revolución acrobática del Cristianismo, pues lo que la escuela griega de Juan intentaba hacer era interpretar en sentido atlético la muerte del Mesías[6].

     La vida de Jesús de Nazaret, cuando la leemos sin tanta carga ideológica, dogmática, institucional, abstrusa, es una historia emocionante, llena de alegría, valentía, amistad, contradicciones, amor compasivo, justicia y deseos profundos de paz. ¿Dónde podemos encontrar un aspecto de esa revolución acrobática del Cristianismo, de la que habla Sloterdijk, sin tener que introducirnos en el tema del «más allá», el cual hemos decidido considerar desde la «docta ignorancia»? En el Discurso de la montaña. En las Bienaventuranzas («Bienaventurados los pobres en el espíritu [οἱ πτωχοἱ τῶ πνεύματι] porque de ellos es el reino de los cielos»…), podemos observar dicho aspecto acrobático, pues ellas manifiestan esa tensión que somos y habitamos: ser paradojas vivientes. Ya por el mismo hecho de ser seres humanos somos bienaventurados, pues tenemos en nosotros la posibilidad de labrar el «Reino de los cielos» en nuestro cuerpo/mente.

     El Dalai Lama en el libro/seminario Incontro con Gesù[7], considerando dicho pasaje del Evangelio de Mateo (5, 1-10), percibe desde su tradición, que las Bienaventuranzas son un camino interior, y que todo aquel que está dispuesto a tomar un camino espiritual y a aceptar las dificultades y las dudas que de ese derivan alcanzará su meta. Sin embargo, el Dalai Lama sostiene que el objetivo de nuestra existencia es buscar la felicidad, entendida como un estado de sabiduría aquí y ahora, y a pesar de que en la realidad las dificultades y sufrimientos existen, es esencial desarrollar un estado mental en torno a ellos, y una aptitud que nos permita afrontar de modo realista las pruebas de la vida[8].

     La esencia de todo camino espiritual es la paz que surge del conocer verdaderamente la naturaleza de todas las cosas, y si contemplamos atentamente podemos ver -en nuestro cuerpo/mente-, que la paz no es ni la felicidad ni la infelicidad, el placer o el dolor, pues ninguna de las dos es la verdad[9]. La verdad pareciese esconderse en la naturaleza cambiante de todos los fenómenos que están sujetos al espacio y al tiempo, incluidos nosotros mismos.

     El lenguaje de la verdad es la realidad tal cual es, la taleidad de las cosas, es decir su naturaleza cambiante: nuestro cuerpo que nace, envejece y muere; nuestra mente que poco a poco va perdiendo la capacidad de retener ideas y recuerdos; las relaciones humanas que surgen y cesan; los objetos que con el pasar de los años pierden su utilidad y eficacia. Todo fenómeno condicionado por el tiempo y el espacio está sujeto al devenir. La verdad está allí continuamente, segundo a segundo, alrededor nuestro. Irse cultivando en el conocer las cosas tal cual son nos da la clave para aprehender la esencia del camino espiritual: el sabio dejar ir.

     «Cuando no conocemos la verdad es justo allí donde nos enganchamos»[10]. La verdad aparece cuando podemos ver por nosotros mismos nuestros enganchamientos, nuestras aversiones, y nuestras ilusiones. Pero normalmente, nos identificamos con ellas profundamente, y pensamos que dichos enganchamientos (-al cuerpo, a las emociones, a las personas, a las ideas, a los sentidos-), aversiones e ilusiones somos nosotros mismos. Las confundimos con nosotros mismos. No vemos las cosas tal cual son. Podríamos decir, que el gran problema de la mayoría de la gente es que no logra ver la realidad tal cual es. Vivimos creyendo que el flujo ordinario de consciencia en el que nos movemos, hablamos, oímos, sentimos, «amamos», «odiamos», ansiamos, «creemos», rechazamos, es la realidad. Y sin embargo, quien escribe, sostiene que es allí, en ese flujo ordinario de consciencia, condicionado, limitado, débil, anhelante, y vehemente, donde se encuentra la clave y el sentido de la vida humana.

     «¿Qué podemos hacer entonces? Probamos continuamente tanta avidez y aversión, tanto rechazo y placer, tanto odio y amor. Y Ajahn Chah, el simpático maestro de los bosques de Tailandia, responde: sólo cuando la mente ve por sí misma puede erradicar el enganchamiento y abandonarlo»[11].

     Somos corporeidad sufriente y deseosa, y he allí la aventura de ser ser humano. Aventurarse a vivir desde la sabiduría es disfrutar del dejar ir. Amar, compartir, dar, agradecer, equivocarse, volver a empezar, volver a confiar, reír, creer, es una gran aventura. Convertirse a dicha aventura del dejar ir nos puede ir enseñando qué es eso de ser seres humanos, y qué significa ser conscientes de ser sentientes.

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[1] Cf. Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, p. 367.

[2] Ibid., p. 391.

[3] Ibid., p. 305.

[4] Ibid., p. 303-304.

[5] Ibid., p. 239.

[6] Ibid., p. 249.

[7] Dalai Lama, Incontro con Gesù (una lettura buddista del Vangelo), Mondadori, Milano 1997.

[8] Cf. Ibid., p. 16-17.

[9] Cf. Ajahn Chah, La Via di mezzo dentro di noi, Santacittarama 2015. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

«¡Esto es lo que hay!»: hacia una fenomenología de la insatisfacción humana

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Escrito por Leandro Posadas

Bajo mi tiempo

pasas

llevado de la mano

como una vieja

transparencia[1].

     Somos seres esencialmente vulnerables: cualquier cosa puede dañarnos. Ser un cuerpo/mente es ser muy vulnerables. Transcurrimos nuestra vida tratando de proteger este cuerpo/mente; intentando resguardar, divertir, consolar, satisfacer este ser consciente de ser sentiente que somos. Incluso tomamos decisiones, a veces difíciles y paradójicas, en función del resguardo de este cuerpo, y de la idea que tenemos de este «yo» que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida.

     El psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna en su hermoso ensayo La Fragilità che è in noi[2] del año 2014, (La fragilidad que está en nosotros), nos recuerda que la vulnerabilidad forma parte de nuestras raíces ontológicas, que es una estructura que llevamos siempre con nosotros, y que sin embargo, y esta será la clave de este escrito, en nuestra fragilidad, en nuestro ser vulnerables, «se esconden valores de sensibilidad y de delicadeza, de gentileza y dignidad, y de intuición de lo ‘indecible’».

     Entendido este ‘indecible’ como gracia, como línea luminosa de la vida, como espacio sagrado y límite gallardo que constituye el meollo temático de las experiencias fundamentales de cada edad de nuestra vida: sombras que resquebrajan las relaciones humanas -la relación con nosotros mismos-, y las hacen intermitentes, y sabiamente precarias, si tomamos consciencia de que somos dependientes de tantas cosas.

     Experimentarse fragilidad puede ser motivo de insatisfacción: somos frágiles ante el tiempo; frente a las circunstancias exteriores; ante los adioses que tantas veces debemos decir: adiós a la juventud que ya no está; al amor que se fue, a la madre que se ha marchado, al padre que tal vez nunca estuvo, a los amigos que deben marcharse. Ser seres humanos es ser esencialmente vulnerables.

     Para Dzongsar Jamyang Khyentse, un maestro tibetano, ser vulnerables es estar sujeto segundo a segundo a condiciones: «todos dependemos de condiciones, ninguno de nosotros tiene el control sobre nada. No podemos tener el control ni siquiera de lo que estaremos sintiendo y pensando el próximo minuto».

     Nuestra vida, afirma este maestro, es como tratar de poner tres frutillas, una encima de la otra, pero no funciona porque son resbaladizas y de forma irregular. El problema, el quicio de nuestro problema humano, es que a veces la segunda casi se queda sobre la primera, momentáneamente, y eso nos da alguna esperanza: «¡puede ser que funcione!», pensamos, pero la vida en general nunca funciona. Cuántas veces hemos tratado de vivir esa experiencia Hollywood, ese vivir felices para siempre…

     Este simpático maestro, sin embargo, no nos deja simplemente con afirmaciones pesimistas, aunque sabias, sobre la vida. Nos dice que debemos aprender a ver nuestra vida como la «experiencia hotel»: «Check-in» … «Check-out»… ¡Es así como es!. … ¡Esto es lo que hay!… El cabello después de los cuarenta comienza a caerse… ¡Esto es lo que hay!… Nuestros párpados comienzan a perder su firmeza… ¡Esto es lo que hay!… Check-in … check-out… Nuestra vida es así: amigos entran, amigos salen. La vida misma es una maravillosa experiencia cuando logramos aprehender su naturaleza: surge y cesa continuamente. Ser ser humano es una gran enseñanza. Nuestra belleza está en la temporalidad.

     Borgna se pregunta: ¿Cómo definir la fragilidad en su raíz fenomenológica? Frágil es una cosa (una situación), que fácilmente se rompe; frágil es un equilibrio psíquico (un equilibrio emocional), que fácilmente se despedaza. También frágil es una cosa que no puede ser no frágil: siendo su destino.

     En Venezuela se usa un dicho popular: «¡Esto es lo que hay!» expresión usada antes y después de esta regresión histórica nacional hace más de 15 años. Hace unas semanas unos buenos amigos vinieron a visitarnos y la clave de lectura de nuestras amenas y recreadas conversaciones giraba en torno a esta frase. Yo usaré este dicho no sólo para hablar de lo que estamos viviendo en este país, sino también como expresión de una búsqueda sabia de lo que es ser ser humano desde y en la insatisfacción en cualquier lugar y en cualquier situación en la que nos encontremos. Porque como dice Eugenio Borgna: «son frágiles, vulnerables y se rompen fácilmente no sólo nuestras emociones y nuestras razones de vida, sino también nuestras esperanzas, nuestras inquietudes, nuestras tristezas, nuestros impulsos del corazón», por el mismo hecho de ser seres humanos.

     Ajahn Candasiri, una maestra theravada en su conferencia Sentirsi appagati[3] (Sentirse satisfechos), del año 2010 afirma por su parte, que el tema de la insatisfacción es un tema de elección: sufrir o no sufrir. La vida, sostiene, está llena de cosas por las cuales lamentarse… pero, podemos también elegir no hacerlo. Cuenta Candasiri que cuando fue a la India observó personas que eran extremadamente pobres, pero que a menudo tenían un chispa de luminosidad y gozo en sus rostros. Ella comprendió que aquello que nos hace felices es el ser capaces de sacar el máximo de las cosas más simples de la vida. Existen modos para practicar la satisfacción sabia en nuestra relación con la vida misma, con nuestras relaciones, con nuestro proyecto vital, con la concepción que tenemos sobre nosotros mismos. Ella, desde su experiencia, nos aconseja, primeramente a relacionarnos con nosotros mismos desde la compasión: amor desinteresado, compasión, alegría, y ecuanimidad hacia este ser que soy aquí.

     Sé que la mayoría de personas que me leen son personas buenas, que jamás le harían daño a nadie: de eso debemos alegrarnos, sentirnos satisfechos, de que estamos tratando de vivir esta vida desde la bondad o desde el intento diario, y a veces precario y limitado de la bondad. Yo me alegro de ello, de ser alguien que trata diariamente de no hacer daño, que intenta cultivar la mente para que no esté distraída y no se pierda en la ilusión de la comprensión errónea de la realidad: ser ser humano, tender diariamente a ser ser humano es una gran enseñanza. Pensemos en la edad que tenemos y contemplemos con sabiduría esto que somos: ¡Lo hemos hecho bien! ¡Lo estamos haciendo bien! Es una bendición haber nacido como seres humanos, independientemente, de las circunstancias y condiciones exteriores. Todos tenemos problemas, pero cuando la sabiduría llega a nuestra vida estamos en grado de ocuparnos mejor de dichos problemas y cultivar formas hábiles para afrontarlos desde la comprensión sabia de la naturaleza de la realidad.

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[1] García Beatriz., Plenos Poderes, El perro y la rana 2007, p. 38.

[2] Borgna Eugenio, La fragilità che è in noi, Einaudi, Torino 2014.

[3] Ajahn Candasiri, Sentirsi appagati: https://santacittarama.altervista.org/sentirsi_appagati.htm Traducción del italiano por Leandro Posadas.