«SEAMOS NUESTRO PROPIO REFUGIO» 2ª PARTE

doente_leon00Nuestro refugio radica en el hecho de reconocer la naturaleza del cambio continuo en nosotros. Seremos «nuestro propio refugio» cuando logremos ver las cosas, las personas, las circunstancias; nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos tal cual son: cuya naturaleza es la impermanencia. Contemplar esta verdad desde la presencia consciente y la comprensión clara es nuestro refugio. Para Ajahn Chah «ver certeza en lo incierto es estar en la vía directa hacia el sufrimiento y la confusión». E indica «que contemplándonos en conjunto observamos que la felicidad y el sufrimiento y cualquier circunstancia exterior son iguales, del mismo modo que el calor y el frío. El calor puede quemarnos hasta morir, así como el frío del hielo puede congelarnos hasta la muerte. Ninguno de los dos es más importante que el otro. Así ocurre con la felicidad y el sufrimiento. En el mundo todos desean felicidad y nadie desea sufrimiento». Y sin embargo ambos son parte taxativa de esta realidad, de este «ser-aquí-y-ahora» que somos.

En nuestro ser más profundo y verdadero no hay deseo. En nuestra «estructura real» sólo hay tranquilidad y una visión amorosa y sabia de cada acontecimiento interno y externo que se manifiesta. Para nutrir y alimentar dicha «estructura contemplante» debemos tener la experiencia directa con la realidad tal cual es, con las cosas tal cual son. Seremos el espejo que refleja la realidad, pero que no se engancha con ella, cuando dejemos ir, cuando dejemos de seguir creando identidad, cuando nos reconozcamos simplemente reflejo que contempla.

La naturaleza de nuestro cuerpo es envejecer, y no puede ser de otra manera. Nacer es venir con la certeza de la ancianidad, de la enfermedad y de la muerte. Ser ser humano es experimentar emociones agradables y desagradables; ser ser humano es relacionarse con lo que nos gusta y con lo que no nos gusta. Es una gran verdad ver la realidad tal cual es, y ella se está revelando continuamente, pero nuestra mente no educada se engancha continuamente a que las cosas sean como nosotros queremos que sean. No queremos que nuestros cuerpos envejezcan, no queremos sufrir, no queremos enfermarnos, no queremos morir: dicho no querer es la autopista mejor iluminada para ir directo al sufrimiento. Los sabios maestros nos enseñan que ningún ser en este mundo, pobre y rico, famoso o anónimo, joven o viejo, humano o animal puede conservar su estado por mucho tiempo. Cambios y pérdidas son experiencias universales. El cambio es una realidad de la vida respecto a la cual no podemos hacer nada. Lo que sí podemos hacer es contemplar el cuerpo y la mente para aprehender su «naturaleza impersonal», y ver que ninguno de los dos es «mí» o «mío», sino que su naturaleza es una realidad relativa. Nuestro cuerpo y nuestra mente pertenecen a la naturaleza, han venido de allí y a ella volverán. En el Tíbet existe la tradición, o existía la tradición de los «entierros celestiales», o una especie de disección ritual en la cual los cadáveres humanos, después de ser fraccionados en partes, eran colocados en la cima de una montaña para exponerlos a los elementos de la naturaleza y a los animales, especialmente a las aves de presa. Dicho rito milenario nos indica, a pesar de lo extravagante que pueda sonar a nuestros oídos convencionales, que nuestra verdadera naturaleza radica en ser cambio continuo: la naturaleza cambia continuamente, y se alimenta de sí misma para seguir su ritmo, pero el ser humano se engancha ilusoriamente a su cuerpo, a su «yo», a sus opiniones, a sus emociones, a sus sensaciones, a sus seres queridos, a sus amantes, a sus amigos, a sus ideas acerca de sí mismo. La vida nos ha hechizado, diría Shankara, el fundador del «Advaita Vedanta».

¿Cómo relacionarnos entonces con esta verdad? El mismo Ajahn Chah en algunas de sus reflexiones nos dice que hay dos formas de relacionarse con la verdad natural de la vida misma: una forma que lleva a más sufrimiento, y otra que conduce al final del sufrimiento. La primera es el dolor inconsciente de aferrarse con vehemencia a los placeres efímeros y a la aversión y odio por lo desagradable, la cual es la forma constante de relacionarse con la vida de la mayoría de la gente, día tras día. La segunda forma de relacionarse surge de permitirse apreciar y darse cuenta, en su totalidad, del cambio permanente de la experiencia, -dolor, placer, alegría, enojo, nacimiento, muerte, amor, desilusión, éxito, fracaso, enfermedad y salud-, sin temor ni represión, simplemente observando, sin reaccionar, la verdad sabia, cotidiana, pacífica y mística e intrínseca del cambio.

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«SEAMOS NUESTRO PROPIO REFUGIO» 1ª PARTE

Hace algunos semanas, durante los días festivos, viendo una película de ciencia ficción, simplemente para «entretener el tiempo», tenía la dudosa impresión que en realidad lo estaba malgastando… El film tenía como tema central un cataclismo ecológico que había devastado la vida en el planeta y sólo existían algunos miles de seres humanos que se maltrataban y se comían unos a otros. Los efectos especiales, y no el guión me mantenían atento… Al final una pregunta atrajo toda mi atención: «Where must we go… We who wander this Wasteland in search of our better selves?», quien preguntaba era el primer hombre de la historia de la humanidad, según el film… «¿Dónde debemos ir, nosotros quienes vagamos por esta árida tierra, en busca de nuestros mejores ‘sí mismos’?». Tal pregunta me atraía no tanto por el desarrollo final del film, sino por la carga fenoménica, existencial, ética, y teleológica que tal cuestión plantea para aquellos que buscamos más allá de lo inmediato y de lo aparente. Margaret Funk en su hermoso libro «The Practice of the Spiritual Life» dice que el corazón humano conoce su propio camino. Sólo volviendo a sí mismo desde una sabia auto-observación el ser humano podrá encontrar la vía que lo hará «ser plenamente desde su ser más profundo»; podrá relacionarse consigo mismo desde su ser más insondable y verdadero, y podrá incluso habitar con otros no desde la «enferma idea de que todos seamos idénticos», como diría Michel de Certeau en su obra «Mai senza l’altro. Viaggio nella differenza», sino desde la armonía y el maravilloso don de la diferencia.

Quisiera aproximarme a una posible respuesta a esta pregunta desde una conferencia dictada por No Ajahn Chah, el compasivo maestro Theravada del Bosque, quien se dirige piadosa y sabiamente en dicha conferencia a una mujer moribunda. Al respecto existe un libro «Dead man walking» de Helen Prejean, que posee una imagen que siempre me ha trastocado. En ella un hombre condenado a muerte, después de un hermoso proceso de descubrimiento interior, camina por un pasillo minutos antes de ser ejecutado, pero reconciliado profundamente consigo mismo, e incluso con el hecho de su propia muerte.

¿Dónde debemos ir? ¿Qué vía podemos tomar? ¿A quién acudir cuando la vida se hace insalubre? ¿Qué hacer cuando a la vida llega la enfermedad, la desilusión, la muerte y el sin sentido? ¿Cómo comenzar nuevamente cuando nuestras propias emociones, pensamientos y sentimientos nos nublan la visión de la realidad? Las tradiciones espirituales más profundas y auténticas continuamente nos dicen que dicho lugar insólitamente está dentro de nosotros. Ajahn Chah afirma sin temor que nosotros mismos debemos y podemos ser «nuestro propio refugio». Y el Meister Eckhart en uno de sus conocidos «Sermones Alemanes» afirma que nuestra posibilidad de trascendencia reside y «resplandece en su desnudez en la parte del ser humano que se llama fondo del alma». Es decir, que para este gran místico alemán del siglo XIII el ser humano tiene una «estructura» desde la cual contemplarse y contemplar el mundo y al «sí mismo» desde una visión amplia, sabia y transformante. La cuestión es que no logramos ver esa estructura, porque según el monje y asceta Guigo I, el Cartujo (1083-1137), «no hemos aprendido a contemplar tales cosas: a contemplar la fuerza de la trascendencia en nosotros mismos». Pareciese, prosigue Guigo, como si «Vivir en y desde nuestro interior, nos pareciera vivir en tinieblas. Como si estuviésemos continuamente enganchados a las circunstancias exteriores y a las reacciones que tales circunstancias producen en nosotros». Dicha «estructura» es la posibilidad de ver la realidad tal cual es: no desde lo que deseamos que sea, no desde lo que rechazamos.