ELMAR SALMANN: LA REDENCIÓN ¿ERA NECESARIA UNA MUERTE CRUEL PARA SER SALVADOS?

¿Qué harás tú Dios, si yo perezco?

Yo soy tu vaso (¿si me quiebro?)

Yo soy tu agua (¿si me enturbio?)

Soy tu ropaje, soy tu oficio,

conmigo pierdes tu sentido…

¿Qué harás tú, Dios? Temor me embarga

Rainer María Rilke, Poesías.

 

En estos días en el que una gran parte de la población mundial recuerda la muerte de Jesucristo quisiera presentar unas breves reflexiones, traducciones y paráfrasis de nuestro ya citado autor Elmar Salmann, en su libro «Passi e passaggi nel Cristianesimo. Piccola mistagogia verso il mondo della fede» del capítulo ocho titulado «Discesa: il paesaggio divino come spazio aperto», en el apartado «La redenzione: il dramma dell’uomo salva-guardato».

Salmann comienza dicho apartado haciéndose meditativamente algunas interrogantes: «¿Cuál redención? ¿Cómo hablar sobre la redención sin caer en el fastidio de mitologemas insostenibles? ¿Cómo hablar de culpa, encarnación, pena, rescate? ¿Es decoroso, legítimo, humano, que Dios permanezca aglutinado en las travesías de una historia no solamente limitada, sino además sucia, equívoca y apasionada? ¿Era necesaria una muerte, una muerte cruel para redimirnos? ¿No hubiese sido mejor un mensaje de solidaridad, un acto de misericordia, un decreto, una intervención menos cruel? ¿Cuál imagen de Dios y del ser humano se presupone y se crea en este tipo de religiosidad y teología dogmática? ¿Cuál Dios puede satisfacer la razón humana y cuál razón podrá regir y cimentarse sobre las experiencias, las miserias, las torpezas y las glorias de la existencia humana? ¿Cuál Dios podrá estar a la altura de las alturas y de las bajezas del ser humano?» Es este el problema central del Cristianismo. Sólo un Dios que pueda tomar sobre sí y transformar las fracturas, la lógica mortal de la vida y de la debilidad merece su nombre: Dios. Sólo tal Dios no será inferior a las capacidades humanas de actuar y de sufrir, y podrá satisfacer no sólo la razón, sino también el corazón del hombre.

La idea central del Cristianismo, es decir, la encarnación del Verbo de Dios, no está basada en la idea de un Dios eterno, olímpico y remoto que decidió hacerse cuerpo de carne y hacer una visita a la tierra en vestidos humanos. La idea central del Cristianismo, para Elmar Salmann, es por el contrario, que la segunda persona o «prospectiva integral» es ya en Dios el principio de expresividad (Logos), de alteridad y de re-duplicación de la misma naturaleza común (imagen), de la correspondencia, principio de respuesta y recensión de correlación (Hijo), y por esto puede asumir la alteridad del mundo, y «la relación creacionística en sí mismo». Todo fue creado por vía del Verbo, y este Verbo asume una condición concreta, histórica, falible, para restablecer desde dentro la relación entre Dios y el hombre.

Para Salmann la capacidad de fallar del ser humano, o lo que el Cristianismo llama pecado, y otras tradiciones espirituales como el Budismo llaman ignorancia, ha minado la circularidad de la bendición entre cielo y tierra, y por ello Salmann considera que era necesaria una «persona» que supiese restablecer la libertad comunicativa, la reciprocidad, la racionalidad y la justicia del ser humano. Teniendo en cuenta, claramente, la corrupción de la libertad que ha perdido su orientación y su opción portadora. Teniendo presente, además, la ruptura de la comunicación y el torbellino mortífero de las venganzas y proyecciones en el que los seres humanos continuamente entramos acerca de nosotros mismos, de los demás, de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestras emociones, y de nuestra manera de pensar y vivir esta capacidad que somos de «ser conscientes de ser sintientes».

Muchos de nosotros leyendo estas líneas podemos preguntarnos ¿Y qué? ¿para qué tanta palabrería ininteligible sobre un tópico que no nos concierne? Si nos acercamos un poco más y vemos de cerca la historia real de la humanidad, ésta pareciera cimentarse en un culto de aversión continua a la muerte. (basta salir a las calles de nuestras ciudades y respirar el aire de terror que se inhala en las esquinas acerca de la vejez, la enfermedad, el hambre, la saciedad, el aburrimiento, la soledad, la insatisfacción, la desilusión, y algunas veces también la esperanza, la solidaridad, y el amor).

En nuestros países la religión se ha convertido en un utensilio y existe casi exclusivamente para suavizar la verdad más patente de nuestra vida: ¡la muerte! La sociedad actual, ajena a la sabiduría de la vida interior, vive la muerte no como pasaje (a Dios), a un espacio de paz, de cambio, de posibilidad de regeneración, sino como final, como un abismo, como una interrupción violenta, como suspensión exterminante de una existencia desesperada que, paradójicamente, se engancha a sí misma. Para una tal visión del mundo, Dios resulta irreal o un monstruo; apariencia evanescente o concurrente que se debe eliminar; instancia de usar o fetiche remoto, anónimo y pesante. La lógica cristiana de la redención habla de la venida y sufrimiento del Verbo, como la posibilidad de salvación para el ser humano a través de un Dios-hombre que reúne en sí las voluntades divina y humana, las dos libertades, las dos visiones del mundo.

Sé que para muchos seguir hablando de dioses, encarnados o no, es un absurdo, una ideología, una forma de mito que trata de dar respuesta desde la metafísica a las gracias y des-gracias humanas. Y por ello preguntamos a nuestro autor: ¿Por qué dicha muerte violenta y remota nos ha ‘salvado’? La respuesta de Salmann no es del todo satisfactoria, pero podemos leerla como una lectura inteligente y refrescante sobre un tema difícil de encuadrar en nuestras mentes post-modernas.  Salmann responde al respecto, que un acto de amor y simple solidaridad ante la somnolenta indiferencia humana no era suficiente, hacía falta además una mirada nueva y una acción inédita: «un humano» que haga más de lo debido, y que atraviese el reino del odio, de la aversión y del rechazo; «un humano» que tome sobre sí la muerte, la violencia y el abuso en nombre de un amor y de una ben-dición inalterable; «un humano» que sepa sufrir y atravesar el impacto trágico-dramático entre «santidad divina» y la odiosa libertad humana. Es Cristo, según Salmann, quien asume todas las dimensiones del drama: su callar se hace mensaje, su humildad resulta grandeza, y su fracaso un querido y comprendido destino. En todo esto, añade nuestro autor, no existe rastro de victimismo, sino una libertad señorial que no se deja desesperar o amargar («si he actuado mal, dime en qué he faltado, sino, por qué me golpeas… ». En dicho evento se recrea el espacio de correspondencia entre Dios y el ser humano, entre Padre e Hijo; y la esencia de la libertad que es poder responder a Dios y a los otros y vivir la unidad entre la misericordia como restitución de la dignidad del otro, y la justicia como rectitud y restauración del sentido de las proporciones. P. Ricoeur, citado por Salmann, considera, que el gesto de Jesús es la conversión de la muerte como asesina en la muerte como oferta: tal sufrimiento liberador presupone y provoca conversión, pues sólo el sufrimiento, según E. Pareyson, sabe descalzar la inmensa fuerza del mal y toma sobre sí toda distancia.

La potencia de Dios, tan mal entendida en la Iglesia Católica, no es una potencia absoluta, sino una instancia que sabe de respeto, de amor, de generosidad, de fidelidad, un «poder» que crea incluso una libertad que puede desconocerlo. En este evento se revela un Dios que es en sí mismo espacio y proceso de reconocimiento y de abandono recíproco y de complacencia en el bien, pues sostiene y eleva la libertad y la dignidad de los demás desde dentro, y sabe salvaguardar las relaciones y la rectitud de cada uno. Cristo como pedagogo y como revelador de la gracia y gentileza divinas rescata al ser humano de los mecanismos del mal e instaura una práxis desprendida y benéfica entre los seres humanos.

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ETTY HILLESUM: «APRENDER A ‘CONTEMPLAR’ DESDE LAS REJAS DEL HORROR»

«Amo todas las horas obscuras de mi ser,

en las cuales se hunden mis sentidos;

en ellas he encontrado, como cartas antiguas,

mi cotidiana vida ya vivida

y como una leyenda lejana y superada.

Por ellas llego a comprender de pronto

que tengo espacio para otra vida ilimitada.

Y soy algunas veces el árbol que, maduro y susurrante,

sobre una tumba el sueño cumple

y al que el niño olvidado (en torno al cual sus ardientes raíces apretujan)

perdió en tristezas y perdió en canciones».

Rainer María Rilke, Poesías.

Descubrí a Etty Hillesum gracias al biólogo molecular y monje tibetano Matthieu Ricard en su libro «Plaidoyer pour le bonheur», traducido al español como ‘En defensa de la felicidad’. Ricard cita a Hillesum como una mujer que aprendió sabia y pacientemente a ver y amar la realidad tal cual es desde su misma relación con «la experiencia de ser ser humano» en un contexto desafiante y aterrador. Una historia que al principio parece trágica, pero que leyéndola con los ojos del «Espíritu/espíritu» nos revela un sentido que va más allá del objetivo de la vida al cual estamos acostumbrados, o al cual esta sociedad nos quiere acostumbrar y adiestrar.

Etty HillesumRicard en las primeras páginas de su libro cita a Etty Hillesum, quien un año antes de su muerte en Auschwitz, afirma «cuando tienes vida interior, es indiferente de qué lado de las verjas del campo estás… Ya he sufrido mil muertes en mil campos de concentración… Ninguna información nueva me angustia ya. De una u otra forma, lo sé todo. Y sin embargo, la vida me parece hermosa y llena de sentido en todos y cada uno de los instantes». Y en otro pasaje dice: «el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad». Al respecto la tradición oriental afirma que «la libertad es la comprensión de la realidad sin el estorbo de la mente». Los hombres y mujeres de mente pura, adiestrada, ecuánime, como Etty Hillesum nos estimulan a iniciarnos en el arduo pero sabio aprendizaje de observar la realidad tal cual es.

Etty (Esther) nace el 15 de enero de 1914 en Middelburg en Holanda, y fue asesinada en el campo de exterminio nazi en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, a la edad de 29 años, donde también fueron gaseados sus padres y uno de sus hermanos. Su padre fue un judío erudito, profesor de lenguas clásicas, y su madre una ama de casa de origen ruso. Hasta hace poco Etty era una persona desconocida, y últimamente ha emergido con fuerza a través de la traducción de su diario íntimo y su correspondencia epistolar, los cuales escribió a partir de los veintisiete años. Dichos escritos testimonian sus experiencias y evolución personal. Para muchos autores, conocedores de la vida de Etty, ella aparece como paradigma de identidad postmoderna (fragmentación de la subjetividad, falta de referentes de los grandes relatos, alto grado de emotivismo, indiferencia a las normas en el ámbito de la moral que afecten su estructuración mental, desaparición de sentimientos de culpa, y búsqueda y exploración afectiva y sexual).

Etty Hillesum se licencia en derecho en Amsterdam en 1939, es una joven brillante, con pasión por la lectura y por el estudio de la filosofía, y una buena escritora. Lee con dedicación a Jung, Rilke, y Dostoevskij. En su etapa universitaria se movió en círculos de izquierda. Tuvo una relación con Julius Spier, un psico-quirólogo de origen alemán. Etty escribe su diario íntimo por recomendación de Spier. Las anotaciones de dicho diario van desde el 9 de marzo de 1941 hasta el 13 de octubre de 1942. Posterior a su diario existen un buen número de cartas que Etty mantuvo con sus amistades desde el campo de concentración de Westerbork hasta que fue deportada a Auschwitz, donde fue gaseada dos meses después de llegar.

Etty HilesumPara Francesc Grané en su artículo sobre Etty Hillesum («Pensamiento» vol. 69 (2013), número 261), la especificidad de esta conmovedora mujer, que se ve reflejada en su diario, consiste en la coherencia que se da entre maduración personal y espiritual en un período relativamente corto de tiempo. Dicho período está caracterizado por el espíritu de lucha, perseverancia, curiosidad, confianza en los demás, confianza en la «trascendencia»; y por un deseo sincero de poner remedio a sus conflictos más profundos con el fin de enfrentarse a la vida de una forma diferente, más madura y más sana. El mismo autor dice que Etty trata de trascender lo dado (su tiempo como prisionera, primero de sí misma, y luego del nazismo), que incluyó un discernimiento sobre «quién es» y «dónde está», para ir a un conocimiento más auténtico sobre sí misma y sobre la realidad en la que estaba inmersa: su objetivo es encontrar nuevos sentidos (nuevas metáforas vivas) no sólo de sí misma sino también de todo lo que la envuelve (su captores, su cárcel, su pobreza, su ingenio, su débil salud, su brillantez, su femineidad, su fe y su esperanza, etc.). Poco a poco, Etty comienza a vivir desde su misma esencia interna, hasta el punto de poder tomar consciencia de que la vida, los seres humanos y el mundo, a pesar de los horrores de la guerra, del odio y de la violencia, son hermosos en sí mismos. Comienza a la vez a experimentar que la presencia del «Absoluto», -de la «Unidad»- lo envuelve todo y la incapacita para odiar y la mueve a amar y a estar unida a la humanidad en el amor y desde el amor. Este sentimiento de unidad en el amor, claramente está acompañado por el dolor, el dolor de vivir en una de las tragedias más horribles de los últimos siglos, la Segunda Guerra Mundial, en la cual su familia y sus seres queridos junto con ella fueron perseguidos y luego asesinados. Justamente, ese dolor para Etty, es la escuela de la fortaleza que le permite ensanchar su vida interior, y desde ella percibir una honda libertad ante la muerte como parte de la vida misma. Etty llega incluso a agradecer el hecho de poder compartir el sufrimiento, soportarlo y transformarlo en amor. En la última página de su diario se lee: «sufro por los indefensos, he roto y partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres, pues estaban hambrientos y venían de largas privaciones». Etty siente que la «trascendencia» ha expandido su identidad, pues experimenta en dicha situación que está compartiendo un triste invierno con toda la humanidad, incluso con aquellos llamados enemigos. Ella siente que comparte el sufrimiento con millones de personas, la vida y la muerte. Lo más impactante es que logra intuir, en medio de dicha situación, una de las grandes verdades del Budismo: la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, todo forma parte de la realidad, por lo tanto, dice en su diario, «la vida es hermosa y tiene sentido incluso en su sin sentido». Todo para Etty está interrelacionado, y se ha de considerar la vida en su totalidad como una unidad para que resulte un conjunto, y en cuanto se quiera excluir o no aceptar partes de ella, en cuanto se asuma arbitrariamente algo de la vida, pero no todo, entonces allí justamente pierde su sentido.