Mi experiencia en Vipassana

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     Escrito por Leandro Posadas

     Según el psicólogo cuantitativo Donald Hoffman la mente es algo parecido al escritorio virtual de nuestras computadoras, en el cual tenemos ordenados por medio de iconos cada tema, aplicación y materia. Según esta teoría, llamada «teoría de la interface», no vemos el mundo como es, sino como aparece en esa pantalla. «La realidad que percibidos no es la verdadera realidad, sino que lo que percibimos es una especie de escritorio virtual donde interactuamos con los objetos de una manera conveniente para nosotros. El sol, las montañas y los planetas son iconos en ese escritorio. Pero la verdadera realidad no la conocemos, está detrás y sería el equivalente al lenguaje de máquina y al hardware y a todos los componentes internos del computador […] En resumen, la mente cuando estamos despiertos es una interface que nos permite relacionarnos tanto con la realidad (de un modo que le conviene a nuestra especie), como con nuestro mundo interno»[1].

     El psiquiatra español Paco Traver en su blog Neurociencia Neurocultura en su artículo La mente es un escritorio recomienda, para mantener en buen funcionamiento este escritorio, hacer un mapa actualizado del mundo en el que vivimos lo más realista posible, es decir no del mundo que deseo, del cuerpo que deseo, de los amigos que deseo, de la vida que deseo, del país que deseo, sino de las cosas tal como son. Y recomienda hacerlo una vez al año…      

     Desde que comencé este blog, hace ya siete años, nunca he publicado crónicas autobiográficas, pero esta vez quisiera compartir con todos los que me leen la última «actualización de mi escritorio», o más precisamente mi última experiencia en un centro de práctica de silencio Vipassana, bajo las instrucciones de S. N. Goenka (1924-2013), el fundador de la Academia internacional Vipassana. Goenka fue un hombre lleno de humanidad que quiso difundir, sin sectarismo, de modo serio y bien establecido, la técnica que posiblemente practicó Siddharta Gautama para llegar a la extinción del sufrimiento en sí mismo. Es importante indicar, antes de proseguir con mi crónica, que la institución que S. N. Goenka fundó, sin fines de lucro, no es una secta religiosa en la que se debe creer ciegamente en lo que allí se enseña, tanto es así que al final del curso S. N. Goenka dice (por medio de grabaciones), que cada uno libremente tome lo bueno y deje lo que no le gusta, lo importante es comprender íntegramente la forma de practicar. En otras palabras, no se aprende Vipassana para hacerse budista, sino para comprenderse como humano.

     Vipassana (vipaśyanā), significa ver las cosas tal cual son; familiarizarse con una visión justa de las cosas y a la vez, cultivar cualidades que poseemos latentes en nuestro interior, esperando ser desarrolladas.

     Aprender y querer silenciar sabiamente este cuerpo-mente que somos, y querer explorarlo minuciosamente, no tiene nada que ver con las creencias que tengamos, o con la religión que profesemos, sino con algo más profundo: darse cuenta; comprender-se; hacerse humano; vivir sabiamente este ser consciente de ser sentiente que somos en este mundo que habitamos. Nunca olvidar que toda religión, por muy antigua que sea, no es más que una interpretación de la realidad y está sujeta siempre a un contenido histórico y cultural. Engancharse a una dogmática religiosa, en vez de hacernos libres, nos condiciona y puede llegar a obstaculizar este camino de comprensión que es la vida humana.

     Los centros Vipassana están extendidos por casi todo el mundo y ofrecen cursos de 10 días, de 20 días, de 30 días y hasta de 45 días de práctica de silencio. El horario comienza a las 4:00 a.m., y termina a las 9:30 p.m. Esta última ha sido mi cuarta experiencia en un curso de 10 días en el cual se práctica casi 11 horas diarias con algunos recesos entre práctica y práctica. Es un horario muy intenso, de mucho trabajo interior y físico, pues el cuerpo reacciona ante tantas horas en una misma postura.

     Llegué el día cero para inscribirme y acepté las condiciones que la institución me pedía: permanecer libremente en el centro desde el día cero hasta el día once cumpliendo cinco preceptos: abstenerme de matar cualquier ser vivo; abstenerme de robar; abstenerme de una conducta sexual inadecuada; abstenerme de mentir; abstenerme de todo tipo de intoxicantes. Los 10 días están dedicados a ejercitarse en tres adiestramientos: moralidad (sila); concentración y dominio de la mente (samadhi); y sabiduría, o visión cabal que purifica la mente (pañña).

     Por ser mi cuarta vez iba muy seguro de todo lo que debía y podía hacer, e iba lleno de expectativas… El primer día fue muy doloroso físicamente, y de poca concentración en la primera enseñanza sobre dicha concentración (anapana), es decir sosegar la mente a través de la observación de la respiración natural. Ese día una profunda tristeza invadió mi mente, pero el mismo ritmo de trabajo intenso disipó la ilusión lentamente. S. N. Goenka siempre repite la misma frase día tras día en sus enseñanzas: todo es Anicca: La naturaleza de todas las cosas es impermanente; surgen y cesan, nacen y mueren; y lo mismo ocurre con los objetos mentales, es decir las emociones, los pensamientos, y todo lo que la mente humana produce por ser consiente de ser sentiente. Experimentar esto no como teoría sino en el propio cuerpo-mente es una gran enseñanza. La noche de ese primer día fue de mucha alegría y de un sueño profundo y purificador.

     Un regalo que recibí fue poder dormir yo solo en una cabaña de piedra con un árbol dentro, literalmente con un árbol dentro, y con él una gran fauna de arañas, alacranes, y demás insectos, pero mi mente estaba tan tranquila que dormía plácidamente sin alarmarme por mis acompañantes. Para los que deseen ir, no preocuparse que esa cabaña sólo la usan los que ya han asistido a varios cursos, y es libre quedarse allí o no. Fue una decisión personal. El único inconveniente es que hacía mucho frío y la tercera noche pesqué un fuerte resfriado, tan fuerte que pensé en dejar el curso y romper el contrato que el día cero había hecho. Me concedieron una entrevista con los profesores asistentes y ellos me pidieron con una sonrisa que esperara un día más y si estaba convencido de irme podía hacerlo. Llevaba 3 días sin ver a nadie a la cara y sin hablar con nadie, pues una de las normas más estrictas es el noble silencio: no se puede tener contacto físico ni verbal con ningún otro estudiante. Ese cuarto día fue un día de esperanza a pesar del gran resfriado y del dolor en todo el cuerpo. Anicca, anicca, anicca. Todo es impermanente. Surge y cesa.

     Ningún estudiante puede enseñar Vipassana según la forma en la que lo estableció S. N. Goenka, pues para llegar a ser profesor asistente se requiere de una seria y comprometida formación y miles de horas de práctica, pero puede compartir la experiencia e invitar a otros a vivirla. Llevo varios años practicando Vipassana, pero sólo fue en este cuarto curso en el que comprendí la más grande verdad de dicha práctica, si bien la tenía en la teoría, mi mente y mi cuerpo se rehúsan y se rehusaban a admitirla. Y en secreto (entre ustedes y yo), es la clave de la transformación si se es fiel a dicha enseñanza: sentarse sin esperar nada, sin engancharse a nada, sin rechazar nada. Ser ecuánime, aprender a ser ecuánime (upekkha). Pero ¿Cómo ser ecuánime ante el dolor terrible en las rodillas, y en la espalda después de horas y horas de práctica? ¿Cómo ser ecuánime ante las sensaciones agradables y placenteras que surgen? Esta pregunta sólo se responde en la experiencia, no hay teoría que pueda comunicarla. Y prefiero no conceptualizar una respuesta.

     El séptimo, octavo y noveno día tomé la decisión de hacerme principiante, de volver a empezar de nuevo, de escuchar las instrucciones de S. N. Goenka, y no identificarme con lo que las sensaciones realmente placenteras (y hasta sublimes), y profundamente dolorosas me transmitían. Ha estado duro, realmente duro, pero he percibido remotamente el porqué los profesores asistentes, y las personas que llevan años practicando Vipassana, siempre tienen una sonrisa pacífica y un amor profundo y real en sus rostros.

     El día décimo, -el día de la liberación de tanto dolor-, que es el día en que ya se puede hablar en ciertas horas conversé con dos practicantes que llevan años en ello. A ambos los conozco desde que comencé a asistir al centro. Y ambos me transmitían y me transmiten paz real, no fingida, una paz que parece que se ha extinguido en la mayoría de los humanos. Una paz que no tiene que ver con las emociones; con simpatías o antipatías; con las circunstancias sean buenas o malas, o con la vulnerabilidad de esto que somos. Me acerqué al más anciano y le pregunté sobre su experiencia: de él no vino ninguna teoría sublime, ni conceptos, ni apologías, simplemente una mirada profunda y compasiva. Me dijo (entre otras cosas, -no todo puede decirse-…): «No juegue con esa vida humana que usted tiene; no se «caiga a mentiras»; practique, simplemente sea fiel, y practique; no tiene sentido venir, si se sigue jugando con las sensaciones; buscando, buscando, buscando sentir…».

     He aquí mi breve crónica sobre la última «actualización de mi escritorio», cuya finalidad ha sido simplemente transmitir mi experiencia de esos diez días de silencio arduo y trabajado, de explorar el cuerpo con mente serena «desde la punta de los dedos de los pies hasta la cima de la cabeza» una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez «con paciencia y persistencia», comprendiendo serena y alegremente nuestro surgir y cesar continuo, sin rechazar, ni apegarse tanto… En resumen, no debo olvidar nunca que siempre soy un principiante en este camino de la sabiduría.

La imagen del árbol es un diseño del Arquitecto Daniel Ríos  para Fenomenología de la Espiritualidad.

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[1] Cf. https://pacotraver.wordpress.com/2018/04/27/la-mente-es-un-escritorio/

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Neurociencia y contemplación 2° Parte: ¿Por qué tenemos emociones?

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Escrito por Leandro Posadas.

«Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe; una hoja cuya rama no existe;

un mundo cuyo cielo no existe».

Luis Cernuda. 

     El neurólogo John Cacioppo, quien murió hace pocas semanas, en su libro Discovering Psychology. The science of Mind (2013), se pregunta: ¿Es posible encontrar la consciencia en el cerebro? Y responde con una bella metáfora: La consciencia, la mente y el cerebro son como una muñeca rusa (Matrioshka). El cerebro, la muñeca exterior, (outside doll), alberga la mente, pero también tiene otras funciones, como el sostenimiento de la respiración y el control de la temperatura del cuerpo. La mente, la muñeca interna, (middle doll), alberga la consciencia, es decir a la más íntima muñeca (innermost doll), pero también, entre otras tareas, administra las funciones inconscientes, como la memoria a largo plazo[1].

     Muchos de nosotros tenemos como concepto de la mente el resultado de la actividad de las células del sistema nervioso, pero ¿Cómo podrían nuestros sentimientos, pensamientos, y recuerdos ser causados por un manojo de células? ¿Somos sólo el resultado de procesos biológicos? La psicobiología (Biological Psychology), esta amplia ciencia interdisciplinar que combina los métodos y teorías de la psicología, con los de la biología, la bioquímica, las neurociencias, y otros campos, trata de enfocarse en las conexiones entre el comportamiento observado, los factores genéticos, bioquímicos, y el nivel de la actividad y características estructurales del sistema nervioso. Al observar dichos enlaces se ha podido comprobar que ellos no viajan en una sola dirección, desde los factores biológicos al comportamiento, sino que se intercambian, combinan y se alternan[2].

     Dichos intercambios forman parte de nuestra historia evolutiva como especie, y como ejemplo de ello tenemos las emociones ¿Por qué tenemos emociones? Se pregunta John Cacioppo. En nuestra prehistoria como raza tenemos la respuesta a tal pregunta: las emociones desde hace más de 200.000 mil años nos han servido para producir atención (arousal), es decir a reaccionar y estar vigilantes ante el peligro, a movernos ante los riesgos de nuestra vulnerabilidad como seres conscientes de ser sentientes. Nuestra especie ha desarrollado distintos niveles de vigilancia (arousal), algunos más simples como el correr ante la amenaza de un depredador, o más complejos como sentarse a responder un examen o prueba académica[3]. Sea que experimentemos felicidad, tristeza, ira, disgusto, una emoción combina una sensación física semejante a un rápido latido del corazón, y un consiente y subjetivo sentimiento, como el miedo o la tristeza[4].

     Sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de sofocación y opresión cuando nuestra respuesta de vigilancia (arousal), es excesiva. A lo largo de la historia como especie las emociones han sido parte de nuestro gran desafío: saber vivir con ellas; creer demasiado en ellas, en lo que ellas nos proponen. Yo siempre me repito a mí mismo: «70 u 80 años no son suficientes para aprender la sabiduría de las emociones»: la rabia, la tristeza, la alegría, el odio, forman parte de nuestro gran repertorio para ser seres humanos ante el mundo y ante nosotros mismos. Son una gran aventura. Aprender el arte de las emociones requiere esfuerzo, requiere paciencia, comprensión y a la vez gallardía.

     En su ensayo Le emozioni ferite el psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna considera que las emociones se constituyen como dimensiones esenciales de la condición humana. Dicen todo lo que se desarrolla en nosotros, en nuestra interioridad. Son portadoras de un conocimiento que se experimenta en el corazón, y que la razón discursiva y categórica no logra aprehender. Son una especie de background sobre el que se funda nuestra vida.

     En su experiencia como psiquiatra fenomenólogo Eugenio Borgna ha podido darse cuenta de la necesidad de conocer las emociones, de aprender a interpretarlas para poder articular una forma que aclare el sentido de los disturbios psicopatológicos de la naturaleza humana herida de sus pacientes. Para él los horizontes de sentido de las emociones son ilimitados. Las emociones son formas de conocimiento, de obtener sabiduría sobre qué es esto de ser humanos, por ello, citando a Simone Weil, considera que nunca debemos intentar deshacernos de ellas, sino que debemos acogerlas en nuestro corazón y reencontrar en ellas el camino misterioso y a la vez revelador que nos lleva al interno de este ser mismo que somos[5].

     Por su parte, Ajahn Sumedho, un maestro de la Tradición Theravada del Bosque, en una conferencia titulada «È sempre possibile ricominciare»[6] sostiene que las emociones tienen el poder de ser muy convincentes, -cuando nos enganchamos y nos identificamos con ellas-, pues nos hacen sentir que son reales e imperiosas. Son como un melodrama, mientras se manifiestan aparecen reales y verdaderas. Ajahn Sumedho, sobre tal imperiosidad de las emociones, narra un duro momento de su vida y relata cómo se relacionó con ellas: «En aquella época ya existía en mí aquello que se daba cuenta de ellas, ya se había establecido en mi una sapiencia de las emociones como objetos mentales, y en dicha sapiencia ponía toda mi confianza. Ha estado muy duro, pero tenía mi refugio en el conocimiento (consapevolezza) que se da cuenta de la emoción tempestuosa que lloriquea patéticamente en nosotros. Me confiaba a dicho refugio en vez de al mensaje que las emociones me hacían creer, que francamente encontraba vacíos y sin consistencia».

     La sabiduría, ese conocimiento del que nos habla Ajahn Sumedho, descansa en el instante mismo en que experimentamos emociones, como objetos mentales, cuya naturaleza es su surgir y cesar: su impermanencia. Y ante tal naturaleza cambiante y transitoria nosotros simplemente somos observadores imparciales. Somos como cirujanos de la realidad de nuestro cuerpo/mente, pues intentamos contemplar la realidad de esto que somos desde una mirada «médica».

     A propósito, el filósofo francés Michel Henry en su obra Encarnación. Una filosofía de la carne, sostiene que dicha «mirada médica» es hoy en día uno de los últimos refugios de la cultura, pues desde su inicio la medicina intentó ver en el dolor humano, en las lesiones, en los tumores, no sólo una descripción impersonal, sino también lo que resulta de ello para una carne, para ese Sí viviente, gozoso, y a la vez sufriente que somos, es decir la vida trascendental como constitutiva de la realidad humana[7].

     Dicha «mirada», dicho examinar, es fundamental en medicina, pero también las «ciencias contemplativas» tienen este examinar como algo fundamental. Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, y uno de los más reconocidos científicos occidentales implicados en el estudio de las prácticas contemplativas, sostiene que «si queremos observar los mecanismos más sutiles del funcionamiento de nuestro espíritu, y actuar sobre ellos, es absolutamente necesario que afinemos nuestro poder de introspección. Tenemos que agudizar a la perfección nuestra atención de modo que se vuelva estable y clara. Sólo entonces podremos observar el funcionamiento de nuestra mente, el modo cómo percibe el mundo, y entender de ese modo, la concatenación de las emociones y de los pensamientos»[8], con el fin, en un principio, de familiarizarse con una visión clara y justa de las cosas, y lograr contemplar el aspecto fundamental de la consciencia humana, es decir, un estado, según la sabiduría contemplativa, perfectamente lúcido y despierto que siempre está ahí incluso en ausencia de los objetos mentales de las emociones y los pensamientos.

     En el camino de la sabiduría o del silencio contemplativo nos vamos acercando a comprender y a experimentar las emociones como objetos mentales -surgen y cesan sin engancharnos a ellas-. Desde una mente serena concentramos la paz y la claridad de la mente sobre la observación de las cosas visibles, de los sonidos, los olores, los sabores, las sensaciones físicas, los pensamientos y las emociones que experimentamos. Contemplamos las emociones sean positivas o negativas, agradables o desagradables, las acogemos, no las rechazamos o nos apegamos a ellas. Contemplamos todo. Ajahn Chah dice que dicho proceso es «como si alguien subiese a un árbol de mango, lo moviese para hacer caer los frutos, mientras nosotros debajo los recogemos. Aquellos podridos no los recogemos, recogemos sólo los sanos. No es un trabajo duro porque no somos nosotros quienes estamos subidos en el árbol. Nosotros nos limitamos a recoger los frutos estando debajo de la sombra del árbol»[9]. Riqueza, fama, elogios, felicidad, infelicidad, dolor, alegría, vienen por sí mismos, y nosotros estamos en paz, pues todo lo que experimenta una mente pacífica lleva a una comprensión más amplia. «Nosotros simplemente nos divertimos contemplándolos sin temor».

La imagen es del artista visual Chad Wys publicada en estateunrato.net y el diseño es hecho por el Arquitecto Daniel Ríos Mujica 

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[1] Cf. Cacioppo John and Freberg Laura, Discovering Psychology. The Science of Mind, Wadsworth, Belmont USA, 2013, p. 240.

[2] Cf. Ibid., p. 127.

[3] Cf. Idem.

[4] Cf. Ibid., p. 320.

[5] Cf. Borgna Eugenio, Le emozioni ferite, Feltrinelli, Milano 2009.

[6] Cf. Ajahn Sumedho, È sempre possibile ricominciare, Santacittarama 2014. Traducción del Italiano por Leandro Posadas.

[7] Cf. Henry Michel, Encarnación. Una filosofía de la carne. Ediciones Sígueme, Salamanca 2001, p. 289.

[8] Ricard Matthieu, L’Art de la Méditation, Nil, París 2008.

[9] Ajahn Chah, Una pace incrollabile, Santacittarama 2004. (Traducción del italiano por Leandro Posadas para el presente artículo).

LA FELICIDAD: “UN ESTADO DE SABIDURÍA REFLEJADO EN UN ESPEJO DE DOS CARAS”

sukkhaDespués de exponer en dos divagantes artículos el tema de la fenomenología de la percepción como atención constante a la epifanía de la realidad, deseo presentar el tema de la felicidad como un estado de sabiduría, con el fin de poner en concreción las elucubraciones fenomenológicas que hemos venido haciendo, y descubrir cómo la percepción es la clave de lectura de nuestra verdadera naturaleza más allá de lo que hemos aprehendido sobre lo que significa ser y vivir como humanos.

Matthieu Ricard en su libro Plaidoyer pour le bonheur, entiende por ésta una manera de ser, “un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la podrían afectar”. Dicho estado de bienestar nace principalmente de una mente excepcionalmente sana y serena. “Es una manera de ser que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, y que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla. Un estado de sabiduría, liberado de los venenos mentales, libre de ceguera sobre la verdadera naturaleza de las cosas”. Esta última afirmación de Ricard nos señala un aspecto que para nosotros es casi desconocido sobre la felicidad. Primero, que ésta no es una meta a alcanzar, sino una manera de ser; y segundo, que está subyacente como base y soporte de la vida misma, y es la que nos sostiene tanto en las alegrías como en las tristezas. Nuestras lógicas de la vida no comprenden estos aspectos, y no los comprenderemos si no adquirimos una mente sana y serena. Esta afirmación no es una teoría, no forma parte de abstracciones y pensamientos de un buen libro de autoayuda, forma parte de una manera diferente de vivir, de observar, y de ser y estar en el mundo y ante el mundo.

Para el Camino del Buda todo lo que existe como resultado de condiciones -internas o externas-, es sufrimiento, o mejor dicho, todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto y es insatisfactorio. El Buda nos está diciendo que una “felicidad” como resultado de condiciones externas, e incluso internas: dinero, confort, amor, viajes, un país próspero, buena salud, placeres y deleites, es incompleta. El camino del Buda va más allá y afirma: la naturaleza misma de la existencia es estar incompleta.

Simplemente, indican los maestros, NO QUEREMOS VER. Sólo queremos ver un lado de la realidad misma de la existencia, la “felicidad” entendida como resultado de las condiciones que consideramos favorables: para un asesino una condición favorable es saber el lugar y el momento preciso para asesinar a su víctima…

La “felicidad”, como la entiende el Camino del Buda, es decir “sukha”, está estrechamente vinculada al acto mismo de comprender la manera en que funciona nuestra mente y el modo como interpretamos el mundo. Sabemos bien, que no podemos cambiarlo, pero sí podemos transformar la manera de percibirlo. Matthieu Ricard nos comparte una sencilla anécdota al respecto: “estando sentado en las escaleras de su monasterio en Nepal en una tarde muy lluviosa y fangosa, vio como dos de sus amigas se relacionaron con el hecho de tener que cruzar sobre unos ladrillos puestos sobre el fango: la primera, vio con cara de repugnancia el barro y atravesó el mismo gruñendo hasta llegar donde estaba su amigo: “¡te imaginas si llego a caer en este lodazal; en este país está todo tan sucio! le comentó a Ricard; la segunda, canturreando saltaba de ladrillo en ladrillo y decía entre risas: ¡Qué divertido! Al llegar le dijo a Matthieu: “lo bueno del monzón es que no hay polvo”… “Dos personas, dos visiones del mundo. Seis mil millones de seres humanos, seis mil millones de mundos”… culminó diciendo Ricard.

La experiencia de sukha, o de “bienestar”, como estado de sabiduría, proveniente de una mente sana y serena, logra con el tiempo y la práctica, un alto grado de disminución de la vulnerabilidad ante las circunstancias, sean estas buenas o malas. Obviamente, en nosotros existen toda clase de resistencias para caminar en el adiestramiento de la “felicidad como estado de sabiduría”, pues nos cuesta VER LAS COSAS TAL CUAL SON. Buscamos distraernos para no sufrir, para no sentir ningún malestar, cuando deberíamos buscar la causa del sufrimiento. Ajahn Thiradammo, un maestro budista Theravada del Bosque, sostiene que mientras más desarrollo y progreso haya en el mundo, habrá más maneras y modos más refinados para distraernos del sufrimiento.

¿Bajo qué condiciones va a socavar la mente nuestra alegría de vivir? ¿Bajo qué condiciones va a sustentarla? Cambiar la visión del mundo que nos rodea, de las personas que viven y trabajan cerca de nosotros, de la visión que tenemos sobre nosotros mismos, de la visión que tenemos incluso de cómo vemos el mundo, no implica tener una visión ingenua e incauta sobre la realidad. La búsqueda de la felicidad, se dice popularmente, no consiste en ver siempre la vida de color de rosa. Pero si percibimos la felicidad como una manera de ser que surge del “adiestramiento” para poder así eliminar toxinas mentales como el odio, la codicia, el miedo, la obsesión y la tristeza, las cuales envenenan literalmente nuestra mente, entonces hay una posibilidad, hay un camino para ser felices desde un estado sabio interior. Nuestra confusión e insatisfacción surgen de nuestra comprensión errónea de la realidad. Realidad, entendida desde el Camino del Buda, como la naturaleza verdadera de las cosas, y no la modificación ilusoria producida por nuestras elaboraciones mentales. Es preciso, por lo tanto, en nuestro “adiestramiento” conocer mejor cómo funciona nuestra mente, cómo percibe la realidad, cómo se relaciona con la experiencia misma de pensar y sentir. No es cuestión de analizarnos psicológica o racionalmente, sino de sosegar con disciplina, comprensión y paciencia nuestra parlanchina mente, para que se observe a sí misma desde la quietud del silencio.

Para Etty Hillesum, víctima del holocausto nazi, “el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad”. Habitualmente percibimos la realidad desde pre-comprensiones que hemos ido adquiriendo a lo largo de la experiencia de pensar y sentir el mundo y los otros. Hemos aprehendido las cosas desde el dualismo de lo agradable y lo desagradable, dicho dualismo, afirma Ricard “engendra poderosos reflejos de apego y aversión que por lo general conducen al sufrimiento, el cual no es una condición fundamental de la existencia, sino un universo mental basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

La felicidad es la sabiduría de percibir la realidad tal cual es, sin velos ni deformaciones, desde las circunstancias más duras y difíciles, e incluso, desde las más deleitables comodidades. Es una manera de ser y estar en el mundo desde la cual todos podemos vivir.

EL SUFRIMIENTO COMO HERRAMIENTA EFICAZ DE TRANSFORMACIÓN HUMANA Y ESPIRITUAL SEGÚN AJAHN CHAH 1ª PARTE

"Nadie se conoce si no es puesto a prueba"
“Nadie se conoce si no es puesto a prueba”

Deseo presentar en las siguientes entradas algunas reflexiones tomadas, en forma de paráfrasis, de la conferencia del Maestro Budista Theravada Ajahn Chah, titulada «Comprendiendo el Sufrimiento» (‘dukkha’). Quiero agradecer primeramente a mi amiga Hilda de México por traducir del Inglés estas charlas en su blog https://budismoteravada.wordpress.com/, y por permitirme publicarlas en forma parafraseada en mi espacio web.

Estimados lectores y lectoras no hace falta ser «budista» para leer estos artículos relacionados con la práctica espiritual budista. No dejemos que nuestros prejuicios y precomprensiones religiosas y/o espirituales nos alejen de la gran riqueza que dicha tradición nos ofrece.

El sufrimiento no es un sufrimiento budista, cristiano, musulmán; masculino o femenino; heterosexual u homosexual. No existe un sufrimiento para ricos y otro para pobres; uno para personas del «primer mundo» y otro para personas del «tercer mundo». El sufrimiento es eminentemente humano, forma parte de nuestra esencia, pues desde el primer momento de nuestra vida venimos a través del sufrimiento. De allí que Ajahn Chah no es un autor que deba ser leído sólo por aquellos que se sienten afines al «Budismo», sino más bien, un autor que puede ser leído, por todos aquellos que experimentan sufrimiento, sea físico o mental; todos aquellos que comprenden o tratan de comprender que la vida humana no es una continua búsqueda de placer y bienestar, o una constante evasión del dolor.

Para las tradiciones espirituales auténticas la liberación del sufrimiento pasa por la aceptación del mismo sufrimiento. Así nos lo expresa el mismo Ajahn Chah en una de sus memorables reflexiones: «Hay dos clases de sufrimiento: el sufrimiento que lleva a más sufrimiento, y el sufrimiento que conduce al fin del sufrimiento. El primero es el dolor de aferrarse con vehemencia a los placeres efímeros y la aversión por lo desagradable, esa lucha constante de la mayoría de la gente, día tras día. El segundo es el sufrimiento que proviene de permitirse apreciar, en su totalidad, el cambio permanente de la experiencia -placer, dolor, alegría y enojo- sin temor ni represión. El sufrimiento de nuestra propia experiencia nos conduce a la ausencia de temor en nuestro interior, y a la tranquilidad».

Desde hace varios años me he ido acercando a la gran riqueza espiritual del Budismo Theravada del Bosque. Me siento muy identificado con las enseñanzas de sus profundos y sabios maestros y maestras. Sería una gran alegría que muchas personas hambrientas de profundidad y deseosas de espiritualidad, descubrieran en sus vidas, formas, maestros, autores o autoras, y tradiciones espirituales que los llevaran a una real y eficaz liberación y emancipación.

Para Ajahn Chah, fiel discípulo de su tradición, el sufrimiento («dukkha»), forma parte de nuestra esencia, de nuestro crecimiento, de nuestra herencia. Desde el momento en que nos concebimos como un «yo», nos enganchamos al sufrimiento. «Nuestros padres nos enseñaron a engancharnos, a colgarnos de las cosas, a darles un significado; a creer firmemente que hay un “yo”, una identidad, un alguien, y a ver las cosas como nuestras. Eso es lo que nos enseñan desde que nacemos. Oímos esto una, y otra, y otra vez, se infiltra en nuestros corazones y se queda ahí, como una sensación cotidiana».

«Nos enseñan que debemos conseguir cosas, acumularlas y conservarlas; nos enseñan a verlas como importantes y a verlas como nuestras. Esto, que nuestros padres aprendieron y nos han transmitido, penetra nuestra mente, nos llega hasta la médula».

Para Ajahn Chah el problema fundamental del ser humano es el poco conocimiento de sí mismo. Estamos ciegos debido a nuestra soberbia, a nuestro apego a lo «mundano», a lo que falsamente nos «ayuda» a distraernos de la infelicidad y el sin sentido. «Los sabios pueden enseñarnos hasta el último día de nuestras vidas, pero ellos no pueden liberarnos de nuestra soberbia, ésta sigue ahí, entera y bien agarrada. Nuestras malas tendencias e ideas erróneas siguen siendo sólidas e inamovibles… Y ni siquiera nos damos cuenta. Los sabios han dicho que cambiar el entendimiento erróneo por entendimiento correcto es la cosa más difícil».

«Para nosotros, los «puthujjana» (los que estamos apegados a lo mundano), llegar al punto de ser «kalyãnajana» (los que se apegan a la virtud) es muy difícil. Puthujjana quiere decir gente que mora en profunda oscuridad, aquellos que existen en las sombras, que están muy adentro en la ausencia de luz. El kalyãnajana ya ha hecho las cosas más ligeras».

«Le enseñamos a la gente a que sean más ligeros, pero ellos no lo quieren aprender porque no entienden su situación, su condición de oscuridad, por lo tanto siguen vagando en su estado de confusión».

«Si nos topamos con un montón de estiércol de búfalo, no vamos a pensar que es nuestro y vamos a querer llevárnoslo, simplemente vamos a dejarlo ahí en donde está porque sabemos lo que es. Sin embargo, entre aquellos apegados a lo mundano, es eso lo que es bueno. Si les enseñas a hacer lo que está apegado a la virtud, no están interesados, prefieren quedarse como están porque no ven las consecuencias dañinas de su situación; y si no se ve el daño, no hay manera de rectificar, de corregir. En cambio, si lo ves, si lo reconoces, piensas: “¡Ah! Mi montón de estiércol no tiene el valor de un pedacito de oro.” Entonces vas a preferir el oro, ya no vas a querer el estiércol. Si no te das cuenta de esto vas a seguir siendo el dueño de la pila de estiércol. Aunque te ofrecieran un rubí o un diamante, no estarías interesado. Pero eso es lo que es “bueno” para los que moran en el reino de lo mundano. Dinero, joyas y propiedades se consideran algo bueno entre los que están apegados a lo mundano».

«Lo que está podrido y es fétido es algo bueno y atractivo para las moscas y otros insectos. Si derramaras perfume, saldrían volando. Lo que aquellos que tienen una manera errónea de ver las cosas consideran bueno es así. Eso es lo “bueno” para aquellos con ideas equivocadas. Algo no huele bien, pero si les dices que apesta van a decir que no, que está perfumado. No les es nada fácil poner en reversa su manera de ver las cosas, por lo tanto no es fácil enseñarles. Si tienes un ramo de rosas las moscas no van a estar interesadas. Aunque trataras de pagarles, no vendrían. En cambio a donde quiera que haya un animal muerto, a donde quiera que algo se esté pudriendo, ahí es a donde irán. Ni siquiera necesitan que los llamen – simplemente llegan. El entendimiento erróneo es así, se deleita en lo que está podrido y apesta porque lo percibe como agradable. El entendimiento erróneo está inmerso, hundido en este tipo de cosas. Lo que para una abeja es un dulce aroma, no lo es para una mosca. La mosca no ve ahí nada bueno o de valor y no se le antoja».

«Hay dificultades en la práctica, pero en cualquier cosa que emprendamos tenemos que remontar dificultades antes de alcanzar un punto en el que sintamos que las cosas son más fáciles. En la práctica del «Dhamma» (la realidad en cuanto tal) empezamos con la verdad de «dukkha», o sea la insatisfacción que permea la existencia; pero tan pronto como la sentimos, nos descorazonamos, no queremos siquiera echarle un vistazo. Se puede comparar con la manera en la que preferimos ver a los jóvenes en vez de a los viejos; no nos gusta ver a los viejos».

«Si no queremos ver el sufrimiento y la insatisfacción «dukkha», nunca vamos a entender «dukkha», no importa por cuántos renacimientos pasemos. Si nos permitimos darle la cara, vamos a empezar a ver la manera de salir de «dukkha». Si estamos tratando de ir a alguna parte y la carretera está bloqueada, vamos a pensar en cómo abrir un camino. Trabajando un día tras otro vamos a poder pasar».