PAVEL FLORENSKIJ: LA TEOLOGÍA RUSA Y LA MAGIA Y FUERZA DEL NOMBRE DE «DIOS»

Pavel Florenskij (1882-1937)
Pavel Florenskij (1882-1937)

Tomado de mi artículo “El Nombre verídico y no disimulado de Dios”, en Anselmo de Canterbury, Pavel Florenskij, Jaques Derrida y Gershom Scholem, publicado en Nova et Vetera, Año XXXIV – Núm. 70, 2010, Zamora, España.

Como consecuencia de la polémica sobre la veneración del nombre que se manifestó al interno de la Iglesia Ortodoxa Rusa a partir del año 1912 y que finalizó con la condena de algunos monjes del Monte Athos, quienes sostenían experimentar la esencia de Dios pronunciando el nombre, el filósofo y teólogo ruso, Pavel Aleksandrovi Florenskij, muerto en 1937, en su libro Mysl’i jazjk, (Pensamiento y lenguaje), escribió sobre el nombre de Dios y su relación con el lenguaje como «instrumento» principal entre el contingente y el Infinito. Para Pavel la veneración del nombre es un ejemplo explícito de la necesidad de concebir un vínculo substancial y no solamente convencional entre el nombre y lo que viene nominado. Negar la posibilidad de la veneración (imeslavie) significa negar el valor ontológico del lenguaje y reducirlo a palabras vacías y convencionales , las cuales no son simplemente nihil audibile, como decían los nominalistas medievales, ni un puro flatus vocis. Al respecto G. Agamben nos dice en su libro El sacramento del Lenguaje que «el nombre de Dios garantiza la conexión entre las palabras y las cosas y define la veracidad y la fuerza del logos, por lo que cuando el nombre de Dios es aislado y pronunciado en vano, se transformaría simétricamente en un perjuro que separa las palabras de las cosas» . En consecuencia, dice Florenskij, se le debe devolver a la palabra su fuerza originaria y de este modo poder captar la potencia creadora del lenguaje humano.

Renegar del nombre es renegar de la posibilidad del símbolo, porque significa negar que diversos estratos del ser puedan entrar en relación entre ellos; que los individuales y universales puedan pertenecerse en la palabra sin separarse ni confundirse .

Para resaltar la ulterior capacidad de mediación simbólica de la palabra, Florenskij habla de la «potencia mágica» del nombre, pues concierne a la palabra por encima de cualquier mediación de categorías abstractas y científicas, la fundante función de la identificación con la realidad. No existe, según la opinión de P. Florenskij, pueblo primitivo que no haya visto en la palabra, en el nombre, una real posibilidad de intervenir en el mundo, si bien muchas veces de forma misteriosa y oculta. Concerniente a esta última consideración, el ya antes citado G. van der Leeuw, nos ilustra sobre cómo en la oración de los antiguos romanos era casi imposible distinguir entre la sentencia de la potencia y la plegaria.

Si la oración romana está sujeta a la regla: in precibus nihil ambiguum esse debet, es ya muy claro que esta oración constituye un carmen, una fórmula mágica. […] Es en sí misma que la palabra es potente; si oro por una persona, pero me equivoco pronunciando su nombre, la bendición interpelada no descenderá sobre la persona por quien quería orar, sino sobre aquella que he nominado distraídamente, sin pensar en ella. Por ello, en la oración es necesario especificar lo más claramente posible los nombres de las personas y de los lugares. En las oraciones los nombres son los elementos capitales. El budismo japonés invoca al Buddha solamente repitiendo el nombre Nembutsu, hasta llegar a un millón de veces en el día .

Del mismo modo en las palabras del chamán el nombre lleva consigo mismo la presencia real de aquello que viene pronunciado y hace «ser» aquello que viene nominado.

Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa

En contraposición con el hombre contemporáneo, alumno del iluminismo y del positivismo, que vive de la nostalgia de una relación directa con el mundo, Florenskij habla de la fuerza mágica del lenguaje, es decir, de la relación que el lenguaje instaura con el mundo y de la capacidad que posee el lenguaje de transformarse en puente de presión del sujeto hacia la realidad.

En el fondo, la palabra es realmente el puente misterioso entre el mundo y el sujeto, dicho puente sólo es posible si mantiene y lleva a los extremos su capacidad de mediación simbólica, en la que se convierte en mediación del divino y concreta presencia de la enérgeia de Dios en el mundo .

Considerar el aspecto mágico de la palabra significa, para P. Florenskij, comprender cómo y por qué nosotros podemos actuar en el mundo a través de la palabra, indagar cómo y por qué la palabra mágica y mística significa darse cuenta del sentido de la doctrina según la cual la palabra es la realidad que desde ella viene significada. Para ello, es necesario poner atención a la estructura interna del lenguaje y al proceso que lleva al hombre a la nominación. La palabra está estructurada en su interior por dos elementos: por una parte el lenguaje es un producto limitado (ergon) y por otra parte, y contradictoriamente, es una irrefrenable actividad (energeia). Por medio de estos dos elementos en el lenguaje todo vive, todo fluye, todo se mueve. Por ello, el hombre es creador del lenguaje y divinamente libre en su creación lingüística. La palabra viene a ser un puente de comunicación entre la energía interior (energeia) y el depósito de significados contenidos en el término que viene usado (ergon). En la palabra es el cosmos mismo que habla, o más correctamente es la humanidad misma que se expresa: «el individuo hablante es solamente un instrumento de este lenguaje universal que busca desahogarse en el acto de la denominación» . Podemos describir la experiencia de Anselmo de Canterbury, – cuando en medio de su desesperación se le fue ofrecida la idea que angustiado temía no encontrar – a través de las palabras de Florenskij:

Rito Ortodoxo
Celebración litúrgica en la Iglesia Ortodoxa

No es el hombre que posee la palabra como su tesoro, sino que la encuentra como un don; su tarea es cultivarla y llevarla a la maduración, incrementando a través de la propia energía creadora el depósito que desde siempre ha existido en los términos .

En su ensayo Sobre el nombre de Dios, Florenskij presenta la posición teológica de la veneración del nombre expresada en la siguiente fórmula:

«El nombre de Dios es Dios mismo. De manera más articulada: El nombre de Dios es Dios, o bien Dios mismo. Pero, no es ni su nombre, ni su Nombre Mismo:
Tò Onoma toû Theoû,
Theós esti, kaì dè o Theós.
Áll’o Theós, oúte ónoma,oúte tò eautoû Onomá ésti» .

Para Florenskij en esta fórmula viene afirmado que el Nombre de Dios es como una realidad que revela la esencia divina y la manifiesta, representando más de sí misma. Es divina, pero no es suficiente: esa es Dios mismo, efectivamente Nombre, y no cualquier cosa ilusoria, no es una apariencia engañadora, y una vez manifestado no pierde su realidad, una vez reconocido no se alcanza en el conocimiento, no es un nombre, o bien su naturaleza no es la naturaleza de un nombre de cualquier tipo, sino del Nombre que Lo revela .

Para Florenskij esta fórmula se funda en la convicción de base de la humanidad, que dice: los fenómenos manifiestan las cosas que deben ser manifestadas, y que vienen con todo derecho definidas con el nombre de aquello que debe ser manifestado.

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