CONTEMPLAR NUESTRA PROPIA MUERTE COMO POSIBILIDAD DE LIBERTAD AUTÉNTICA

«Ven ya, fiesta suprema en el camino hacia la eterna libertad;

muerte, abate las molestas cadenas y murallas

de nuestro cuerpo mortal y de nuestra cegada alma,

para que por fin podamos contemplar lo que aquí nos está velado».

Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (1944).

Según Edmund Husserl, el fundador de la Fenomenología, a través de un hecho siempre se capta una esencia. Por consiguiente, el mismo hecho de la muerte hace emerger una esencia y desde este hecho surge la posibilidad de un conocimiento intuitivo o eidético, es decir un conocimiento distinto al que es propio del hecho. Para el mismo Husserl las emociones, sentimientos, pensamientos, sensaciones que surgen en nosotros ante el hecho de la muerte tienen su propia esencia: «vivimos del aparecer de lo que aparece», es decir vivimos sujetos consciente o inconscientemente a todo lo que brota en nuestro cuerpo/mente ante las diversas circunstancias internas y externas que nos instan y circundan. La consciencia para el fenomenólogo siempre es consciencia de algo. Tenemos consciencia de la muerte y podemos describir aquello que efectivamente aparece ante la consciencia sobre el tema de la muerte, pero únicamente dentro de los límites en los que se ofrece. Yo, como consciencia, soy quien interrogo al mundo en cuanto fenómeno (lo que aparece), y ulteriormente debo plasmarme a mí mismo y al mundo que me circunda. Y ante la muerte emerge en el ser humano la idea de «lo eterno», la «intuición» del abismo y de la «nada absoluta», y ante esta «nada absoluta» la experiencia de lo «numinoso», de lo «sagrado impersonal», del «mysterium tremendum» que lo hace muchas veces salir fugazmente del flujo ordinario de consciencia y lo llena de turbada admiración ante el hecho mismo de «ser consciente de ser sintiente de lo totalmente ‘otro’», que se esconde y a la vez se revela desde el hecho mismo del morir. El fenomenólogo describirá las esencias que surgen de los sentimientos de «turbada admiración» y «aterradora sorpresa» del hombre ante su verdad más certera: su propia posibilidad de morir y la necesidad de su sentido último que viene a ser al mismo tiempo el límite del sentido.

Para el representante más destacado de la filosofía de la existencia, Martin Heidegger, el ente en el que hay que escudriñar el sentido del ser es el ser humano. El ser humano es el ente que se plantea la demanda acerca del sentido del ser, ese ser, ese «modo de ser consciente de ser» lo llama Heidegger «estar ahí» (Da-sein), entendido como posibilidad de búsqueda de su mismo sentido. Búsqueda que debe ir más allá del flujo de consciencia ordinario, o ir más allá del cuidado del plano óntico o entitativo, pues para Heidegger existir fácticamente inmersos en la habladuría y la curiosidad sobre las cosas del mundo es vivir inauténticamente. Vivir sujeto al «se dice» y «se hace» es vivir una existencia anónima, o como diría Paul Ricoeur en su «Simbólica del Mal», el ser humano como «no-coincidencia consigo mismo» ha olvidado la Verdad y ahora se alimenta de la «doxa» (opinión) que oscurece su mismo espíritu. Para el mismo autor pareciese como si el ser humano accediese a su propia profundidad, aquella que se nos fue dada y que está presente en nuestra misma estructura cerebral y corporal, sólo por el camino de la analogía, y como si la consciencia de sí mismo sólo pudiese expresarse a modo de enigma y requiriese esencialmente una hermenéutica. La muerte como enigma y código de lectura acerca de sí mismo hace aparecer al ser humano como la única realidad que presenta esa constitución inestable de ser más grande y a la vez más pequeño que él mismo. La muerte manifiesta nuestra exigencia de totalidad como también nuestro carácter obcecado: «estamos arrojados a la muerte y encadenados al deseo».

Para Heidegger el ser humano que asume la muerte por sí mismo es un «ser para la muerte»: puedo elegir qué hacer con mi vida, cuáles elecciones tomar sobre mi futuro, pero no puedo dejar de morir. Mientras exista «lo existente» la muerte es una posibilidad permanente, es la posibilidad de que todas las posibilidades se conviertan en imposibles. Paradójicamente, para el mismo Heidegger, la existencia autentica radica en el «ser para la muerte» del hombre mismo: hacerse anticipadamente libres por la propia muerte nos libera de la dispersión en las posibilidades que se entrelazan por azar en la cotidianidad, de manera que las posibilidades efectivas, las que están situadas más allá puedan comprenderse y elegirse de una manera auténtica.

La esencia que surge del hecho de la muerte en cuanto tal es que la muerte como agonía del ser es la posibilidad de la pura y simple imposibilidad del «estar ahí»: la muerte, por consiguiente, se revela como la posibilidad más propia, incondicionada e insuperable. En la medida en que la muerte «es» es siempre radicalmente mi muerte. La clave de lectura es la experiencia misma de nuestra posible nada ante el hecho del morir. El sentimiento que aparece intrínsecamente de tal experiencia única es la angustia, pues coloca al ser humano ante la nada, la nada de sentido, esto es, la carencia de sentido de los proyectos humanos y de la existencia misma. Existir de manera auténtica, desde una aceptación de la propia finitud, implica para Heidegger tener la gallardía de encarar la posibilidad del propio no ser.

NUESTRO «SER PARA LA MUERTE» Y LA POSIBILIDAD DE LA EXISTENCIA AUTÉNTICA

Hojas que menguanContemplando la pira funeraria de su culta y sabia madre, un niño recordó una de sus últimas conversaciones con ella: «Querido Hijo, no me queda mucho tiempo en este mundo, le dice la madre. Y él le responde: Madre por favor no hables de algo tan triste. Ella le comenta: mucha gente cree que si pones tu fe en algún dios irás al paraíso después de morir. Me pregunto si es posible llegar al paraíso. Y el niño le responde: no sé la respuesta, pero creo que no tiene sentido llegar al paraíso después de la muerte. La madre le dijo: ¡el único paraíso es mi tiempo aquí contigo. Aquí y ahora es el paraíso! Tienes razón Madre, debemos crear el paraíso aquí en la tierra. Y ella reflexiona: ¿si es éste el paraíso porqué la gente lucha y sufre y no puede escapar de la muerte? Hijo mío quiero que encuentres una forma de escapar de todo sufrimiento. Tu madre esperara para siempre que la encuentres». Ese niño era Dogen, el fundador del Budismo Soto Zen.

En este escueto artículo deseo hablar de dos aspectos que poco nos entusiasman: el tema de la muerte, y la razón por la cual estamos aquí en esta vida. Años antes de su muerte otro gran maestro, más cercano a nosotros en el tiempo, Ajahn Chah, un hombre profundamente compasivo y alegre, nos dejó una bella reflexión sobre el porqué estamos aquí. Claramente que estas reflexiones no abarcan enteramente ni consuman un tema tan delicado y tan cercano a cada uno de nosotros como es el tema de la muerte, pero nos incitan y advierten sobre las condiciones que estamos creando, sobre las decisiones que estamos tomando, sobre los deseos que estamos satisfaciendo, sobre las relaciones que estamos teniendo y cultivando, sobre las cosas que estamos adquiriendo en función de este aquí y ahora que se nos ha dado como don, y que para muchos ha llegado a ser un gran tormento.

Cuando nacemos dice Ajahn Chah traemos al mundo algunas inherencias propias de nuestra naturaleza, traemos la vejez, la enfermedad y la muerte. Venimos con un paquete completo para trabajar y obtener sabiduría. Y ante una gran sala de practicantes afirmó: cada uno de nosotros somos sin excepción «trozos en deterioro». Somos la confluencia de los cuatro elementos: tierra, agua, aire, fuego, y a dicha confluencia compuesta la llamamos «persona». Nos cegamos con ello diciendo es masculino, es femenino, es rico, es pobre, es bello, es feo, es heterosexual, es homosexual… Si realmente miramos dentro de cada uno de nosotros no hay nadie allí: somos huesos, fluidos, carne, gases, células, pensamientos y emociones fugaces, y muchas meses triviales y frívolos. Llevamos a cada momento la posibilidad de la sabiduría al poder contemplar con sabia atención nuestro cuerpo/mente, y sin embargo rechazamos «ipso facto» el hecho de la muerte: esto muestra en la mayoría de los casos un desconocimiento profundo sobre nosotros mismos. Estamos siempre mirando hacia fuera. Y este gran maestro tajantemente afirmó: la gente, para ser honesto, da lastima, pues están muy ocupados mirando hacia afuera ¡NO TIENEN REFUGIO!

En la misma reflexión hace mención a los cinco temas básicos durante la ordenación de los monjes budistas: cabello, uñas, dientes, vello y piel. Aprender realmente a ver tal cual es cada una de estas partes del cuerpo: partes que no son bonitas e imaginamos que lo son, que no son substanciales, pero imaginamos que lo son. Estamos enganchados con estas cosas imperfectas y transitorias, basta mirar en los perfiles de las redes sociales de millones de personas para darse cuenta de tal enganche. Tendemos a pensar que estos cuerpos nuestros, hoy fuertes, bonitos, encantadores no enfermarán jamás, no envejecerán jamás, y no morirán jamás. Estamos encantados y engañados por el cuerpo, y somos ignorantes de nuestro verdadero refugio. Ajahn Chah nos exhorta a buscar nuestro refugio, a encontrar nuestro verdadero corazón, pues nuestra condición como seres humanos es muy inestable e impermanente (inevitablemente somos separados de todo lo que valoramos, de todo lo que amamos, incluso de nuestro cuerpo). Y si no hemos transformado nuestra mente, no hemos creado condiciones de sabiduría y claridad, nos quedamos enganchados. Y creamos una personalidad a partir del «enganchamiento». Somos nosotros los que estamos haciendo las elecciones a cada momento.