Conversión: «Darse-forma desde la sabiduría» 2da Parte.

camino 2017

«Convertirse como sabia aventura del dejar-ir».

Escrito por Leandro Posadas.

     En el mundo occidental la visión de la conversión, aunque pueda parecer contrapuesta a todo lo que hemos mencionado en la primera parte de este artículo, revela el aspecto de la gallardía humana en el camino espiritual. En su libro Devi cambiare la tua vita el filósofo alemán Peter Sloterdijk comentando cómo el fenómeno de la «conversión» en Occidente se ha hecho presente desde el origen de la filosofía griega hasta la llegada del Cristianismo, sostiene que la conversión es el arte de volver a dirigir[1] la vida, cada vez que se divide, cada vez que se fragmenta; y/o tener-en-forma el cuerpo/mente consciente y sabiamente[2] ante la realidad, y no simplemente un cambio de conducta en función de creencias o dogmáticas religiosas.

     La conversión de la que habla Peter Sloterdijk es la sabiduría de la filosofía antigua, la cual debe penetrar completamente en los huesos y siempre está disponible en todas las situaciones de la vida, incluso en las más adversas. Séneca, por ejemplo, insistía en que no basta colorear el espíritu con la sabiduría, sino más bien la sabiduría debe macerarse con la vida misma y ser enteramente transformada[3]. Convertirse es a la vez educarse en la realidad: prepararse continuamente a un examen de saber sobrellevarse y mantenerse en pie en la desdicha[4], pero también en el gozo. El sabio es aquel que conociendo esto que es ser ser humano se da cuenta que existir es llevar a la vez un bendecido, y algunas veces, duro fardo.

     Es por ello que el término filosofía contiene, además de su claro origen etimológico (amor a la sabiduría), dos referencias escondidas a las principales virtudes atléticas, que en el tiempo de Platón resonaban gratamente: filotimia (amor al triunfo) atribuida a los vencedores en las carreras; y por otro lado filoponia (amor por el esfuerzo)[5]. Tal indicación sigue resonando en el Evangelio de Juan donde aparece el vocablo Telelestai, («está exhausto» o «alcanzó la meta», Juan 19,30), que en latín, sin mucho acierto, fue traducido como consummatum est («todo está cumplido»). Para Sloterdijk dicha locución muestra la revolución acrobática del Cristianismo, pues lo que la escuela griega de Juan intentaba hacer era interpretar en sentido atlético la muerte del Mesías[6].

     La vida de Jesús de Nazaret, cuando la leemos sin tanta carga ideológica, dogmática, institucional, abstrusa, es una historia emocionante, llena de alegría, valentía, amistad, contradicciones, amor compasivo, justicia y deseos profundos de paz. ¿Dónde podemos encontrar un aspecto de esa revolución acrobática del Cristianismo, de la que habla Sloterdijk, sin tener que introducirnos en el tema del «más allá», el cual hemos decidido considerar desde la «docta ignorancia»? En el Discurso de la montaña. En las Bienaventuranzas («Bienaventurados los pobres en el espíritu [οἱ πτωχοἱ τῶ πνεύματι] porque de ellos es el reino de los cielos»…), podemos observar dicho aspecto acrobático, pues ellas manifiestan esa tensión que somos y habitamos: ser paradojas vivientes. Ya por el mismo hecho de ser seres humanos somos bienaventurados, pues tenemos en nosotros la posibilidad de labrar el «Reino de los cielos» en nuestro cuerpo/mente.

     El Dalai Lama en el libro/seminario Incontro con Gesù[7], considerando dicho pasaje del Evangelio de Mateo (5, 1-10), percibe desde su tradición, que las Bienaventuranzas son un camino interior, y que todo aquel que está dispuesto a tomar un camino espiritual y a aceptar las dificultades y las dudas que de ese derivan alcanzará su meta. Sin embargo, el Dalai Lama sostiene que el objetivo de nuestra existencia es buscar la felicidad, entendida como un estado de sabiduría aquí y ahora, y a pesar de que en la realidad las dificultades y sufrimientos existen, es esencial desarrollar un estado mental en torno a ellos, y una aptitud que nos permita afrontar de modo realista las pruebas de la vida[8].

     La esencia de todo camino espiritual es la paz que surge del conocer verdaderamente la naturaleza de todas las cosas, y si contemplamos atentamente podemos ver -en nuestro cuerpo/mente-, que la paz no es ni la felicidad ni la infelicidad, el placer o el dolor, pues ninguna de las dos es la verdad[9]. La verdad pareciese esconderse en la naturaleza cambiante de todos los fenómenos que están sujetos al espacio y al tiempo, incluidos nosotros mismos.

     El lenguaje de la verdad es la realidad tal cual es, la taleidad de las cosas, es decir su naturaleza cambiante: nuestro cuerpo que nace, envejece y muere; nuestra mente que poco a poco va perdiendo la capacidad de retener ideas y recuerdos; las relaciones humanas que surgen y cesan; los objetos que con el pasar de los años pierden su utilidad y eficacia. Todo fenómeno condicionado por el tiempo y el espacio está sujeto al devenir. La verdad está allí continuamente, segundo a segundo, alrededor nuestro. Irse cultivando en el conocer las cosas tal cual son nos da la clave para aprehender la esencia del camino espiritual: el sabio dejar ir.

     «Cuando no conocemos la verdad es justo allí donde nos enganchamos»[10]. La verdad aparece cuando podemos ver por nosotros mismos nuestros enganchamientos, nuestras aversiones, y nuestras ilusiones. Pero normalmente, nos identificamos con ellas profundamente, y pensamos que dichos enganchamientos (-al cuerpo, a las emociones, a las personas, a las ideas, a los sentidos-), aversiones e ilusiones somos nosotros mismos. Las confundimos con nosotros mismos. No vemos las cosas tal cual son. Podríamos decir, que el gran problema de la mayoría de la gente es que no logra ver la realidad tal cual es. Vivimos creyendo que el flujo ordinario de consciencia en el que nos movemos, hablamos, oímos, sentimos, «amamos», «odiamos», ansiamos, «creemos», rechazamos, es la realidad. Y sin embargo, quien escribe, sostiene que es allí, en ese flujo ordinario de consciencia, condicionado, limitado, débil, anhelante, y vehemente, donde se encuentra la clave y el sentido de la vida humana.

     «¿Qué podemos hacer entonces? Probamos continuamente tanta avidez y aversión, tanto rechazo y placer, tanto odio y amor. Y Ajahn Chah, el simpático maestro de los bosques de Tailandia, responde: sólo cuando la mente ve por sí misma puede erradicar el enganchamiento y abandonarlo»[11].

     Somos corporeidad sufriente y deseosa, y he allí la aventura de ser ser humano. Aventurarse a vivir desde la sabiduría es disfrutar del dejar ir. Amar, compartir, dar, agradecer, equivocarse, volver a empezar, volver a confiar, reír, creer, es una gran aventura. Convertirse a dicha aventura del dejar ir nos puede ir enseñando qué es eso de ser seres humanos, y qué significa ser conscientes de ser sentientes.

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[1] Cf. Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, p. 367.

[2] Ibid., p. 391.

[3] Ibid., p. 305.

[4] Ibid., p. 303-304.

[5] Ibid., p. 239.

[6] Ibid., p. 249.

[7] Dalai Lama, Incontro con Gesù (una lettura buddista del Vangelo), Mondadori, Milano 1997.

[8] Cf. Ibid., p. 16-17.

[9] Cf. Ajahn Chah, La Via di mezzo dentro di noi, Santacittarama 2015. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

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«¡Esto es lo que hay!»: hacia una fenomenología de la insatisfacción humana

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Escrito por Leandro Posadas

Bajo mi tiempo

pasas

llevado de la mano

como una vieja

transparencia[1].

     Somos seres esencialmente vulnerables: cualquier cosa puede dañarnos. Ser un cuerpo/mente es ser muy vulnerables. Transcurrimos nuestra vida tratando de proteger este cuerpo/mente; intentando resguardar, divertir, consolar, satisfacer este ser consciente de ser sentiente que somos. Incluso tomamos decisiones, a veces difíciles y paradójicas, en función del resguardo de este cuerpo, y de la idea que tenemos de este «yo» que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida.

     El psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna en su hermoso ensayo La Fragilità che è in noi[2] del año 2014, (La fragilidad que está en nosotros), nos recuerda que la vulnerabilidad forma parte de nuestras raíces ontológicas, que es una estructura que llevamos siempre con nosotros, y que sin embargo, y esta será la clave de este escrito, en nuestra fragilidad, en nuestro ser vulnerables, «se esconden valores de sensibilidad y de delicadeza, de gentileza y dignidad, y de intuición de lo ‘indecible’».

     Entendido este ‘indecible’ como gracia, como línea luminosa de la vida, como espacio sagrado y límite gallardo que constituye el meollo temático de las experiencias fundamentales de cada edad de nuestra vida: sombras que resquebrajan las relaciones humanas -la relación con nosotros mismos-, y las hacen intermitentes, y sabiamente precarias, si tomamos consciencia de que somos dependientes de tantas cosas.

     Experimentarse fragilidad puede ser motivo de insatisfacción: somos frágiles ante el tiempo; frente a las circunstancias exteriores; ante los adioses que tantas veces debemos decir: adiós a la juventud que ya no está; al amor que se fue, a la madre que se ha marchado, al padre que tal vez nunca estuvo, a los amigos que deben marcharse. Ser seres humanos es ser esencialmente vulnerables.

     Para Dzongsar Jamyang Khyentse, un maestro tibetano, ser vulnerables es estar sujeto segundo a segundo a condiciones: «todos dependemos de condiciones, ninguno de nosotros tiene el control sobre nada. No podemos tener el control ni siquiera de lo que estaremos sintiendo y pensando el próximo minuto».

     Nuestra vida, afirma este maestro, es como tratar de poner tres frutillas, una encima de la otra, pero no funciona porque son resbaladizas y de forma irregular. El problema, el quicio de nuestro problema humano, es que a veces la segunda casi se queda sobre la primera, momentáneamente, y eso nos da alguna esperanza: «¡puede ser que funcione!», pensamos, pero la vida en general nunca funciona. Cuántas veces hemos tratado de vivir esa experiencia Hollywood, ese vivir felices para siempre…

     Este simpático maestro, sin embargo, no nos deja simplemente con afirmaciones pesimistas, aunque sabias, sobre la vida. Nos dice que debemos aprender a ver nuestra vida como la «experiencia hotel»: «Check-in» … «Check-out»… ¡Es así como es!. … ¡Esto es lo que hay!… El cabello después de los cuarenta comienza a caerse… ¡Esto es lo que hay!… Nuestros párpados comienzan a perder su firmeza… ¡Esto es lo que hay!… Check-in … check-out… Nuestra vida es así: amigos entran, amigos salen. La vida misma es una maravillosa experiencia cuando logramos aprehender su naturaleza: surge y cesa continuamente. Ser ser humano es una gran enseñanza. Nuestra belleza está en la temporalidad.

     Borgna se pregunta: ¿Cómo definir la fragilidad en su raíz fenomenológica? Frágil es una cosa (una situación), que fácilmente se rompe; frágil es un equilibrio psíquico (un equilibrio emocional), que fácilmente se despedaza. También frágil es una cosa que no puede ser no frágil: siendo su destino.

     En Venezuela se usa un dicho popular: «¡Esto es lo que hay!» expresión usada antes y después de esta regresión histórica nacional hace más de 15 años. Hace unas semanas unos buenos amigos vinieron a visitarnos y la clave de lectura de nuestras amenas y recreadas conversaciones giraba en torno a esta frase. Yo usaré este dicho no sólo para hablar de lo que estamos viviendo en este país, sino también como expresión de una búsqueda sabia de lo que es ser ser humano desde y en la insatisfacción en cualquier lugar y en cualquier situación en la que nos encontremos. Porque como dice Eugenio Borgna: «son frágiles, vulnerables y se rompen fácilmente no sólo nuestras emociones y nuestras razones de vida, sino también nuestras esperanzas, nuestras inquietudes, nuestras tristezas, nuestros impulsos del corazón», por el mismo hecho de ser seres humanos.

     Ajahn Candasiri, una maestra theravada en su conferencia Sentirsi appagati[3] (Sentirse satisfechos), del año 2010 afirma por su parte, que el tema de la insatisfacción es un tema de elección: sufrir o no sufrir. La vida, sostiene, está llena de cosas por las cuales lamentarse… pero, podemos también elegir no hacerlo. Cuenta Candasiri que cuando fue a la India observó personas que eran extremadamente pobres, pero que a menudo tenían un chispa de luminosidad y gozo en sus rostros. Ella comprendió que aquello que nos hace felices es el ser capaces de sacar el máximo de las cosas más simples de la vida. Existen modos para practicar la satisfacción sabia en nuestra relación con la vida misma, con nuestras relaciones, con nuestro proyecto vital, con la concepción que tenemos sobre nosotros mismos. Ella, desde su experiencia, nos aconseja, primeramente a relacionarnos con nosotros mismos desde la compasión: amor desinteresado, compasión, alegría, y ecuanimidad hacia este ser que soy aquí.

     Sé que la mayoría de personas que me leen son personas buenas, que jamás le harían daño a nadie: de eso debemos alegrarnos, sentirnos satisfechos, de que estamos tratando de vivir esta vida desde la bondad o desde el intento diario, y a veces precario y limitado de la bondad. Yo me alegro de ello, de ser alguien que trata diariamente de no hacer daño, que intenta cultivar la mente para que no esté distraída y no se pierda en la ilusión de la comprensión errónea de la realidad: ser ser humano, tender diariamente a ser ser humano es una gran enseñanza. Pensemos en la edad que tenemos y contemplemos con sabiduría esto que somos: ¡Lo hemos hecho bien! ¡Lo estamos haciendo bien! Es una bendición haber nacido como seres humanos, independientemente, de las circunstancias y condiciones exteriores. Todos tenemos problemas, pero cuando la sabiduría llega a nuestra vida estamos en grado de ocuparnos mejor de dichos problemas y cultivar formas hábiles para afrontarlos desde la comprensión sabia de la naturaleza de la realidad.

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[1] García Beatriz., Plenos Poderes, El perro y la rana 2007, p. 38.

[2] Borgna Eugenio, La fragilità che è in noi, Einaudi, Torino 2014.

[3] Ajahn Candasiri, Sentirsi appagati: https://santacittarama.altervista.org/sentirsi_appagati.htm Traducción del italiano por Leandro Posadas.

HACIA UNA SABIA Y BREVE FENOMENOLOGÍA DEL «HABITAR EN EL MUNDO»

Esfera - Refugio

Reflexiones y anotaciones en torno a ser-y-estar-en-el-mundo y su relación con «nuestra verdadera casa».

Escrito por Leandro Posadas.

     En este breve artículo deseo presentar algunas reflexiones sobre el hecho de vivir en el mundo, sobre cómo observar, contemplar, y discernir sabiamente nuestro habitar en el mundo. Para el poeta japonés Matsuo Bashô habitar significa familiarizarse con la finitud que somos[1]; con la «maravillosa limitación (condizionatezza), de ser ser humano en el modo de nuestra representación»[2], es decir en este modo espacio-temporal de ser y estar en el mundo desde la vulnerabilidad de un cuerpo y mente, cuya naturaleza es la cesación y la caducidad.

     El maestro Ajahn Munindo nos recuerda que hay dos formas de relacionarnos con el lugar en el que habitamos, con el país en el que vivimos, con la habitación en la que dormimos: Cuando buscamos comprender cómo vivir nuestra vida convendría considerar que el modo en el que vivimos en un lugar produce un efecto sobre nuestro ser. Si consideramos el lugar en el que habitamos y vivimos simplemente como un lugar para obtener beneficios, placeres; un lugar en el que enfrentamos desafíos, enfermedades y problemas, entonces es simplemente un lugar para vivir. Pero si lo habitamos como un lugar de discernimiento, entonces posiblemente construiremos algo que sostiene e impulsa nuestro deseo de vivir sabiamente[3].

   El Dhammapada, un texto oriental muy antiguo, hace alrededor de 2500 años, usó una metáfora natural sobre cómo debemos movernos sabiamente en el mundo:

«Como una abeja recogiendo el néctar

no lastima ni daña el color ni el perfume de la flor,

del mismo modo el sabio se mueve en el mundo»[4].

     Ajahn Munindo, un discípulo de las enseñanzas de este antiguo texto, comentando dicha estrofa sostiene que la implicación de esta enseñanza es que necesitamos la sabiduría para movernos en este mundo sin perjudicarlo. Una abeja puede recolectar el sustento que necesita sin lastimar la belleza de la flor. Nosotros no nos causamos, ni causaremos aflicción a los otros cuando vemos con claridad lo que está frente a nosotros. Pero, como [frecuentemente] no vemos con claridad, fácilmente percibimos en modo erróneo los sonidos, los olores, los sabores, los contactos, las impresiones mentales y las visiones del mundo, e inmediatamente tendemos a acusar al mundo. No es culpa del mundo, sino de nuestra limitada capacidad de ver la realidad con claridad. Si queremos contribuir a la belleza que nos rodea y no alimentar el caos, debemos buscar y practicar la sabiduría»[5].

   Para Martin Heidegger el mundo no es un «objeto» enfrentado a un «sujeto», como lo que está «ahí afuera»; como lo que el «yo» observa desde la «jaula» de su conciencia individual[6]. Frente a este carácter ficticio de la dualidad sujeto-objeto Heidegger sostiene que «esto que somos», este Dasein, es decir este hallarnos siempre en una situación, arrojados en ella y en relación activa con respecto a ella, nos constituye intrínsecamente, pues es «en»[7] nosotros, por el mismo hecho de ser existencia humana, en «donde» puede darse toda relación de un sujeto a un objeto[8]. Por su parte, para la filósofa española Mónica Cavallé, especialista en la filosofía Advaita, el ser humano y el mundo constituyen una unidad, y el ser humano es siempre un ser-humano-en-el-mundo[9]: «los seres humanos tienen conciencia de un mundo porque es la clase de mundo -conocido hasta ahora-, que engendra organismos conocedores, y sólo por eso»[10].

     Un anciano maestro, Ajahn Chah, preguntó a sus discípulos: «¿Dónde piensan ir para encontrar la felicidad en el mundo? ¿Esperan que los demás hagan y digan sólo cosas agradables? ¿Es posible? No, no lo es ¿Y si no es posible, hacia dónde irán? Ese es el modo del mundo ¡El mundo es así! Debemos conocer el mundo, conocer la verdad de este mundo. El mundo es algo que debemos comprender con claridad»[11]. Y el anciano para ser aún más preciso sobre nuestra relación y manera de vivir en el mundo, indica: «sentados, en pie, caminando, podemos siempre contemplar las cosas que nos rodean, las contemplamos en modo natural, recibimos todo con apertura; tal cual las cosas son: sonidos, olores, sabores, sensaciones, pensamientos, que surgen y cesan»[12].

     Otro sabio maestro, Eihei Dôgen, nos ilustra sobre nuestro caminar en este mundo. Para él caminar significa hacer que también «el sí mismo esté en camino». Es decir el ser humano que «caminando» no habita en ninguna parte, tampoco «en sí mismo», y paradójicamente, de ese modo está en casa: pues está de huésped en sí mismo, renunciando a toda forma de posesión, y de posesión de sí mismo»[13].

     Las personas, dice Ajahn Chah, viven en una «casa» (un cuerpo que envejece y muere; un país ambivalente; una salud contingente; unos bienes perecederos, etc.), y para dejar sabiamente la «casa» e ir donde «no hay casa», no saben cómo hacerlo porque han vivido siempre con el devenir, con el enganchamiento: si no sabemos apegarnos a todo, no sabemos cómo ni dónde vivir[14]. Nuestra «verdadera casa» es la sabiduría del dejar ir. Por ello, el filósofo Byung-Chul-Han, conocedor de la filosofía Zen, sostiene que el «sabio no morar en ninguna parte» no implica ninguna huida del mundo […] No morar en ninguna parte es un habitar, es un habitar sin desear, un alegre morar sin el yo firmemente encerrado[15].

     Ahora bien ¿Cómo contemplar y existir en el mundo en el que respiramos, sufrimos, nos alegramos, y envejecemos? Yo por mi parte deseo responder a esta interrogante con una citación de Hans Blumenberg en su libro La legibilidad del mundo. El libro como metáfora de la naturaleza, en el cual cita un poema de Goethe: «Mira, la naturaleza es un libro viviente, incomprendido, pero no incomprensible» […] El mundo es un espléndido libro para adquirir más sensatez[16].

   El filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han en su ensayo La salvación de lo bello sostiene que al mundo hay que observarlo más allá del vasto campo del deseo indolente, del interés diverso, del gusto inconsecuente: del «me gusta»/«no me gusta» [I like/I don’t][17] de la actualidad. Y para la filósofa francesa Simone Weil la realidad (este mundo que somos y en el que vivimos), exige de nosotros renunciar a nuestra figurada posición como centro. No es que cesemos de estar en el centro de nuestro mundo, sino que perspicaz y voluntariamente cedemos nuestro terreno a las cosas ante las cuales nos hallamos[18]. Pues, cuando el querer se retira y el sí mismo toma distancia se puede contemplar el mundo desde la quietud: desde el sabio demorarse en la realidad misma[19].

     Se dice que el sabio es como el pez, que nada con los ojos muy abiertos: atraviesa el mundo fenoménico manteniendo muy abiertos los ojos del conocimiento[20]. El mundo, con sus avatares y tráfagos, también puede ser un gran maestro, un libro para aprender a ver con sabiduría: siempre abierto y disponible. Byung-Chul Han citando a Rilke en los Apuntes de Malte Laurids Brigge, apunta: «Estoy aprendiendo a ver. No sé a qué se debe, pero todo penetra en mí más hondamente y no se queda en el lugar en el que siempre solía terminar. Tengo un interior del que no sabía. Ahora todo va ahí. No sé qué es lo que ahí sucede»[21].

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Así como el hielo no es sino como agua solidificada, la solidez que atribuimos al mundo no es su realidad última, y sin embargo, como diría Kant, el fenómeno no es la cosa en sí, y al mismo tiempo es nuestra realidad[22].

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[1].Cf. Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Herder, Barcelona 2015, p. 97.

[2] Cf. Blumenber Hans, La leggibilità del mondo. Il libro come metafora della natura, Il Mulino, Bologna 1984, p. 221.

[3] Cf. Ajahn Munindo, La mente condiziona il mondo, [Julio 1988]: www.santacittarama.org. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[4] Dhammapada, estrofa 49.

[5] Ajahn Munindo, Muoversi nel mondo. Reflexión sobre el Dhammapada, [Sábado 11 de febrero de 2017]: www.santacittarama.org. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[6] Cf. Cavallé M., La sabiduría de la No-dualidad. Una reflexión comparada entre Nisargadatta y Heidegger, Kairós, Barcelona 2008, p. 501.

[7] «No comprendido como un «sí mismo», sino como sustentado verticalmente por un «no-entre»: la inmediatez de lo abierto»: Cavallé M., La sabiduría de la No-dualidad. Una reflexión comparada entre Nisargadatta y Heidegger, Kairós, Barcelona 2008, p. 508.

[8] Cf. Cavallé M., Op. Cit., p. 501 .

[9] Cf. Ibid., 502.

[10] Idem.

[11] Ajahn Chah, Insegnamenti, Amaravati Publications [Traduzione di Roberto Paciocco], Regno Unito 2016, p. 239. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[12] Idem.

[13] Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Herder, Barcelona 2015, p. 100.

[14] Ajahn Chah, Insegnamenti, Amaravati Publications [Traduzione di Roberto Paciocco], Regno Unito 2016, p. 84. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[15] Cf. Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Op. Cit., p. 108.

[16] Cf. Blumenber Hans, La leggibilità del mondo. Il libro come metafora della natura, Il Mulino, Bologna 1984, p. 214.

[17] Cf. Han Buyng-Chul, La salvación de lo bello, Herder, Barcelona 2015, p. 43.

[18] Cf. Ibid., p. 69.

[19] Cf.Ibid., p. 75.

[20] Ricard Matthieu, El monje y el filósofo, Ediciones Urano, Barcelona 1998, p. 153.

[21] Han Buyng-Chul, La salvación de lo bello, Herder, Barcelona 2015, p. 42.

[22] Ricard Matthieu, Op. Cit., p. 164.

LA SABIDURÍA DEL SILENCIO ANTE LA «VULNERABILIDAD DE LA NATURALEZA HUMANA»

Esfera - Camino

Aproximación a una «posibilidad sabia de la existencia humana» frente a la «cultura de la barbarie», desde la «práctica del silencio», la fenomenología y la neurociencia contemplativa.

silenciotransformante@gmail.com

Fenomenología de la Espiritualidad

 teandrico.worpress.com

 

PROGRAMA

PRELUDIO

HOMO SAPIENS SAPIENS: ¿UNA ESPECIE MALOGRADA?

PRIMERA PARTE

EL ACERTIJO DE LA ESPECIE HUMANA

«¿Qué es la vida?»

«Humanidad versus feromonas».

«El acoso de las fantasías».

Los humanos en tiempos de oscuridad.

La «cultura de la barbarie»: la «negación del pathos de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

SEGUNDA PARTE

EL SENDERO DE LA PAZ: «LA PRESENCIA DE LA MENTE»

Neurología de la consciencia: «un misterio silencioso».

«El self viene a la mente».

«Desde que hubo sentimientos».

Los «ídolos de la mente»: instinto, religión y libertad.

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

TERCERA PARTE

EL SILENCIO: «LA SABIDURÍA DE UN FUTURO SIN ILUSIONES»

El «frágil absoluto» ante la «cultura de la barbarie».

Aprender a ver: «el conocimiento contemplativo de sí mismo».

«El saber originario de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

EPÍLOGO

«EL TIEMPO QUE QUEDA»: La fiesta de la insignificancia.

JESUCRISTO: «UNA POSIBILIDAD DE LA COMPRENSIÓN SABIA DE LA REALIDAD»

Esfera - Camino

Aproximación desde el Diálogo Interreligioso a la afirmación de Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).

Por Leandro Posadas

«Nada, nada, nada, e incluso en la montaña nada».

San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo.

     Raimon Panikkar en su libro Iconos del Misterio. La experiencia de Dios, afirma que la verdadera esencia de Jesús es la transparencia: «La luz es luz, esto es, ilumina. Si le interponemos un cuerpo opaco dejamos de ver la luz», es por eso que el mismo Jesús afirma que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre (Evangelio de Juan 14, 9)[1]. Y el Padre para Panikkar no es una especie de ‘Ente’ que deba ‘investigarse’ desde categorías abstractas, o desde afirmaciones teológicas o metafísicas que no son útiles para una vida sabia y profunda del ser humano. Al contario, para Panikkar, la cuestión sobre Dios es la cuestión sobre la Realidad[2]. Aguda y audazmente Panikkar sostiene que «experimentamos» a Dios en la Realidad, distinto de la Realidad, y al mismo tiempo no sólo inseparable de ella, sino idéntico a la más profunda Realidad[3]. Para el mismo autor el «lugar» por antonomasia de la experiencia de Dios es el ser humano, en quien se da y en el que se juega el drama y el dinamismo de la Realidad[4].

     En la Catedral de St Mary en la ciudad de San Francisco en USA, el monje cristiano Laurence Freeman, OSB, (Inglaterra 1951), y el monje budista Ajahn Amaro (Inglaterra 1956), ofrecieron algunas reflexiones en un seminario sobre Diálogo Interreligioso titulado The Good Heart, cuyo inicio tuvo lugar en Londres gracias a la iniciativa del Dalai Lama en 1994. Años después Ajahn Amaro publicó un breve artículo sobre una de sus conferencias en dicho seminario relacionadas con el Diálogo Interreligioso. El título de dicho artículo es What Does ‘I Am the Way … ’ Mean?[5], (¿Qué significa ‘Yo soy el Camino…’?), el cual es una aproximación desde el Diálogo Interreligioso al capítulo 14, versículo 6 del Evangelio de San Juan: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. Su reflexión acerca de tal pasaje del Evangelio no está elaborada desde un académico análisis textual, sino desde una visión contemplativa y espiritual.

     Relata Ajahn Amaro que cuando él le sugirió a Laurence Freeman el pasaje del Evangelio que quería exponer, la reacción de Freeman fue de sorpresa y alteración. Sin embargo, para Ajahn Amaro ese breve pasaje: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí (Jn 14, 6), le parecía ideal, pues según él, es uno de los versículos de la Biblia que más es citado por posiciones triunfalistas y excluyentes en el Cristianismo mismo. Sin embargo, para Ajahn Amaro, cuando se observa sabiamente ese breve verso se puede encontrar una profunda y poderosa consideración y enseñanza para todos los seres humanos, cristianos o no cristianos.

     La doctora en teología Ana María Schülter Rodés, una creyente cristiana y maestra zen, discípula del sacerdote jesuita Enomiya-Lassalle (pionero en el diálogo inter e intrareligioso y colaborador en el Concilio Vaticano II en la elaboración de los textos del decreto Ad gentes divinitus (Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia), en su artículo Bilingüismo religioso[6], afirma que todo ser humano por estar marcado por una determinada tradición religiosa tiene una especial perspectiva de la Realidad. Sin embargo, y gracias a la vez a la misma diversidad en nuestras formas colectivas y personales en la experiencia del mundo, todos vivimos en una Realidad común.

     Volviendo al encuentro entre Ajahn Amaro y Laurence Freeman, para dicho seminario el padre Freeman eligió un texto oriental, el Kalama Sutta, en el cual Siddharta Gotama, el Buddha, animaba a sus discípulos a no creer exclusivamente en las tradiciones paternas, en la lógica, en las escrituras sagradas de su época, en las costumbres comunes, e incluso en las palabras de un acertado maestro, como él, sino a sopesar la eficacia de toda enseñanza o práctica espiritual. Si dicha enseñanza es capaz de traer a la vida del practicante real abundancia de bondad; si se comprueba que trae beatitud y sabiduría se debe seguir, pero si trae conflicto y división se debe dejar a un lado.

     «Cuando Siddharta Gotama despertó, se dio cuenta de una Realidad que no se ve, no se toca, no nace, no muere, no se puede pensar ni expresar con palabras y, sin embargo, tiene el poder de liberar al ser humano del sufrimiento y saberse uno con todo y con todos los demás»[7]. A través de dicha enseñanza los que siguieron el «Camino del Despierto» alcanzaron una percepción más profunda de la Realidad: «la experiencia humana de lo que no cae en sentido, de lo que es cual cristal que de tan puro y limpio no se ve, pero que, cuando se mira a través, permite ver cada cosa con nitidez, tal cual realmente es, única y diferente de otras»[8].

     Seis siglos después, Jesús de Nazaret experimentó vivamente que este misterio último es un misterio de amor. Un misterio oscuro para la razón y los sentidos, pero que se desveló en el Ungido por el Amor. En Jesús, el Cristo, la humanidad tomó consciencia que la Realidad es amor, tal como lo expresó uno de los grandes profetas de Israel: «Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estomago del indigente: brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Isaías 58, 9-10)[9].

     Para Ajahn Amaro cuando Jesús afirma que Él es el «Camino, la Verdad y la Vida», Jesús está usando tales afirmaciones desde un punto de vista totalmente diferente de como lo han entendido algunas voces triunfalistas, absolutistas y vehementes en la misma tradición cristiana. Para Ajahn Amaro la afirmación de Jesús sobre sí mismo se puede compendiar con la afirmación: «Ser sabiamente consciente de la Realidad» (Be mindful). Y consiguientemente, lo despliega haciendo una correlación con el versículo 21 del Dhammapada: La consciencia sabia y plena de la Realidad (mindfulness) es el camino hacia la inmortalidad (deathless); la distracción -la comprensión errónea de la Realidad-, (heedlessness) es el sendero hacia la muerte. Los sabios no mueren nunca; los insensatos viven como si ya hubiesen muerto.

     Ajahn Amaro indica en su artículo que él es consciente de lo arriesgado de equiparar expresiones altamente profundas de diferentes tradiciones religiosas, especialmente viniendo de tan grandes Maestros, como son Jesús y el Buda, respectivamente. No obstante recuerda que dichas reflexiones las ofrece desde un espíritu contemplativo, y no desde declaraciones categóricas.

     Ajahn Amaro relata que en una ocasión un sacerdote católico vino a uno de los monasterios de Ajahn Chah y le preguntó: «¿Usted piensa que el objetivo de la vida espiritual de los cristianos y de los budistas es el mismo?» A lo que Ajahn Chah respondió: «¿Cómo podrían haber dos Realidades Definitivas? Si fuese así, una de ellas no sería definitiva». Si la agudeza (insight) de Ajahn Chah es correcta, sostiene Ajahn Amaro, entonces estamos hablando de un Realidad Definitiva a la que podemos llegar a través de varios hábiles medios (skilful means), y a la vez es simbolizada en una variedad de formas.

     Antes de continuar con nuestra reflexión quisiera indicar que la presente disertación no tiene como finalidad establecer cuál es la mejor vía para transitar nuestra vida espiritual. Por el contrario mis reflexiones desean acercarse discretamente al «Misterio de la Realidad» (El Dhamma), al «Misterio del Amor» (El Evangelio de Jesús), desde las sagaces consideraciones de estos sabios maestros.

     Ana María Schlüter considera que si bien el lenguaje cristiano y el lenguaje budista son claramente diferentes, para quien «habla» ambos de verdad, no resultan excluyentes… Cada uno de ellos enfatiza una experiencia humana fundamental diferente, y la una no excluye a la otra, sino que la presupone, bien como raíz y origen, para ser auténtica, bien como manifestación de la propia experiencia para ser verdadera. El amor que no tiene una raíz en el misterio no es verdaderamente amor cristiano. Basta leer el himno al amor del apóstol Pablo, recogido en la primera Carta a los Corintios: «Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha» (1 Cor 13, 3). Por otra parte en el Camino del Buda, un despertar o iluminación que no lleva a la compasión (karuna) no es verdadero despertar. La madurez en el Camino del Buda implica la «vuelta al mercado», la entrega a los demás[10].

     Ciertamente, formamos parte de una cultura y de una tradición, pero debemos ser capaces de ir más allá de nuestras estructuras mentales para percibir que el Misterio no se deja aprisionar por tradiciones e instituciones históricas, por ideas o concepciones humanas acerca del mismo mundo, e incluso del mismo misterio. A propósito de dicha afirmación, en la época de Jesús lo que Él afirmaba era una blasfemia para los líderes religiosos de su contexto, y sin embargo gracias justamente a que el Misterio no se deja atrapar por la adicción humana de querer encuadrarlo todo dentro de sus categorías, surgió la posibilidad, una posibilidad más, de ver el Misterio, como Abba, como Padre. Lo contradictorio es que dos mil años después los seguidores del mensaje de Jesús, sin ser conscientes de la forma y el contexto en que surgió dicho mensaje, dicha Buena Noticia, pretendamos nuevamente, como lo hicieron los judíos de la época de Jesús, encasillar el misterio exclusivamente dentro de una estructura humana e histórica de pensamiento.

     Ajahn Amaro citando a Ajahn Budhadâsa -quien fue un monje, maestro budista y filósofo tailandés de gran influencia en el siglo XX-, sobre la posibilidad de ver a «Dios» como «Padre», refiere que cuando Ajahn Budhadâsa tradujo la Biblia al idioma Thai, sostuvo que la mejor traducción en Thai para la palabra «Dios» era «Dhamma», pues dichos términos tienen en común varias características: ‘inmortalidad’, ‘eternidad’. La diferencia clave es que el «Dhamma» no puede ser personificado de ningún modo, no puede ser interpretado como una clase de ser separado. Por el contrario es la Realidad trascendental y la fuente y la fabrica de todos los campos mentales y físicos[11].

     Si «Padre» es entendido como la eternidad, como la no-muerte (Deathless), y Jesús es entendido como «ser sabiamente consciente de la Realidad», realmente despierto (sati – appamâda) de toda ilusión y prejuicio, y arraigado en una profunda y genuina sabiduría, entonces tomar la vía de Jesús es la posibilidad de ir al Padre[12], de ir a la no-muerte (Deathless). Ajahn Amaro no está hablando de la eternidad de nuestros cuerpos, sino de la posibilidad de una profunda consciencia (wakefulness) del momento presente que nos hace «contemplar» los condicionamientos que surgen de la identificación con un yo, con un cuerpo, con una mente.

     Buddha como respuesta a un discípulo para saber si era un dios, un ángel o un ser humano se compara a una flor de loto: Como una flor de loto azul, roja, o blanca que nace en el agua, crece en el agua y se mantiene en el agua pero que no es tocada por el agua, del mismo modo yo he nacido en el mundo, he crecido en el mundo, he contemplado y trascendido el mundo y vivo sin ser tocado por el mundo. Recuérdame como quien ha despertado[13].

     Es importante apuntar, recuerda Ajahn Amaro, que donde el Buddha es identificado como la Verdad en sí mismo, se podría considerar que sólo Él es el único que indica la vía, pero estar cerca del Buddha, o afianzados en sus enseñanzas nunca es suficiente para liberar el corazón. Cada uno debe hacer el esfuerzo para ir en la dirección que Él indica. Del mismo modo si volvemos al texto del Evangelio de Juan y lo releemos desde un modo no personalizante, podemos entrever que Jesús nos está indicando que una profunda consciencia (wakefulness) de la Realidad es la Vía, la Verdad y la Vida.

     Acercándose al final de su conferencia Ajahn Amaro afirmó estar muy consciente que despersonalizar las enseñanzas cristianas puede ser de gran ayuda para muchos, pero motivo de confusión para otros. Para muchos creyentes el más importante elemento de su fe es su relación personal con «Dios», y Ajahn Amaro no tiene ninguna intención de indicar lo contrario acerca de dicha práctica espiritual. Pero es bueno tener presente que existen varias maneras de explorar el Misterio de la Experiencia Humana y alcanzar un grado de paz, libertad y total emancipación espiritual.

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[1] Cf. Panikkar R., Iconos del Misterio. La experiencia de Dios, Península, España 1998, p. 107.

[2] Cf. Ibid., p. 28.

[3] Cf. Ibid., p. 116.

[4] Cf. Ibid., p. 117.

[5] Para ver el texto original en Inglés: http://www.amaravati.org/a-dhamma-article-by-ajahn-amaro-what-does-i-am-the-way-mean/

[6] Schlüter, A. M., Bilingüismo religioso en El no-lugar del encuentro religioso, ed. Melloni J., Trotta, Madrid 2008, pp. 155-168.

[7] Ibid., p. 159.

[8] Idem.

[9] Cf. Ibid., 160.

[10] Cf. Schlüter, A. M., Op cit., p. 161.

[11] http://www.amaravati.org/a-dhamma-article-by-ajahn-amaro-what-does-i-am-the-way-mean/

[12] Cf. Ibid.

[13] Cf. Ibid.