Mi experiencia en Vipassana

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     Escrito por Leandro Posadas

     Según el psicólogo cuantitativo Donald Hoffman la mente es algo parecido al escritorio virtual de nuestras computadoras, en el cual tenemos ordenados por medio de iconos cada tema, aplicación y materia. Según esta teoría, llamada «teoría de la interface», no vemos el mundo como es, sino como aparece en esa pantalla. «La realidad que percibidos no es la verdadera realidad, sino que lo que percibimos es una especie de escritorio virtual donde interactuamos con los objetos de una manera conveniente para nosotros. El sol, las montañas y los planetas son iconos en ese escritorio. Pero la verdadera realidad no la conocemos, está detrás y sería el equivalente al lenguaje de máquina y al hardware y a todos los componentes internos del computador […] En resumen, la mente cuando estamos despiertos es una interface que nos permite relacionarnos tanto con la realidad (de un modo que le conviene a nuestra especie), como con nuestro mundo interno»[1].

     El psiquiatra español Paco Traver en su blog Neurociencia Neurocultura en su artículo La mente es un escritorio recomienda, para mantener en buen funcionamiento este escritorio, hacer un mapa actualizado del mundo en el que vivimos lo más realista posible, es decir no del mundo que deseo, del cuerpo que deseo, de los amigos que deseo, de la vida que deseo, del país que deseo, sino de las cosas tal como son. Y recomienda hacerlo una vez al año…      

     Desde que comencé este blog, hace ya siete años, nunca he publicado crónicas autobiográficas, pero esta vez quisiera compartir con todos los que me leen la última «actualización de mi escritorio», o más precisamente mi última experiencia en un centro de práctica de silencio Vipassana, bajo las instrucciones de S. N. Goenka (1924-2013), el fundador de la Academia internacional Vipassana. Goenka fue un hombre lleno de humanidad que quiso difundir, sin sectarismo, de modo serio y bien establecido, la técnica que posiblemente practicó Siddharta Gautama para llegar a la extinción del sufrimiento en sí mismo. Es importante indicar, antes de proseguir con mi crónica, que la institución que S. N. Goenka fundó, sin fines de lucro, no es una secta religiosa en la que se debe creer ciegamente en lo que allí se enseña, tanto es así que al final del curso S. N. Goenka dice (por medio de grabaciones), que cada uno libremente tome lo bueno y deje lo que no le gusta, lo importante es comprender íntegramente la forma de practicar. En otras palabras, no se aprende Vipassana para hacerse budista, sino para comprenderse como humano.

     Vipassana (vipaśyanā), significa ver las cosas tal cual son; familiarizarse con una visión justa de las cosas y a la vez, cultivar cualidades que poseemos latentes en nuestro interior, esperando ser desarrolladas.

     Aprender y querer silenciar sabiamente este cuerpo-mente que somos, y querer explorarlo minuciosamente, no tiene nada que ver con las creencias que tengamos, o con la religión que profesemos, sino con algo más profundo: darse cuenta; comprender-se; hacerse humano; vivir sabiamente este ser consciente de ser sentiente que somos en este mundo que habitamos. Nunca olvidar que toda religión, por muy antigua que sea, no es más que una interpretación de la realidad y está sujeta siempre a un contenido histórico y cultural. Engancharse a una dogmática religiosa, en vez de hacernos libres, nos condiciona y puede llegar a obstaculizar este camino de comprensión que es la vida humana.

     Los centros Vipassana están extendidos por casi todo el mundo y ofrecen cursos de 10 días, de 20 días, de 30 días y hasta de 45 días de práctica de silencio. El horario comienza a las 4:00 a.m., y termina a las 9:30 p.m. Esta última ha sido mi cuarta experiencia en un curso de 10 días en el cual se práctica casi 11 horas diarias con algunos recesos entre práctica y práctica. Es un horario muy intenso, de mucho trabajo interior y físico, pues el cuerpo reacciona ante tantas horas en una misma postura.

     Llegué el día cero para inscribirme y acepté las condiciones que la institución me pedía: permanecer libremente en el centro desde el día cero hasta el día once cumpliendo cinco preceptos: abstenerme de matar cualquier ser vivo; abstenerme de robar; abstenerme de una conducta sexual inadecuada; abstenerme de mentir; abstenerme de todo tipo de intoxicantes. Los 10 días están dedicados a ejercitarse en tres adiestramientos: moralidad (sila); concentración y dominio de la mente (samadhi); y sabiduría, o visión cabal que purifica la mente (pañña).

     Por ser mi cuarta vez iba muy seguro de todo lo que debía y podía hacer, e iba lleno de expectativas… El primer día fue muy doloroso físicamente, y de poca concentración en la primera enseñanza sobre dicha concentración (anapana), es decir sosegar la mente a través de la observación de la respiración natural. Ese día una profunda tristeza invadió mi mente, pero el mismo ritmo de trabajo intenso disipó la ilusión lentamente. S. N. Goenka siempre repite la misma frase día tras día en sus enseñanzas: todo es Anicca: La naturaleza de todas las cosas es impermanente; surgen y cesan, nacen y mueren; y lo mismo ocurre con los objetos mentales, es decir las emociones, los pensamientos, y todo lo que la mente humana produce por ser consiente de ser sentiente. Experimentar esto no como teoría sino en el propio cuerpo-mente es una gran enseñanza. La noche de ese primer día fue de mucha alegría y de un sueño profundo y purificador.

     Un regalo que recibí fue poder dormir yo solo en una cabaña de piedra con un árbol dentro, literalmente con un árbol dentro, y con él una gran fauna de arañas, alacranes, y demás insectos, pero mi mente estaba tan tranquila que dormía plácidamente sin alarmarme por mis acompañantes. Para los que deseen ir, no preocuparse que esa cabaña sólo la usan los que ya han asistido a varios cursos, y es libre quedarse allí o no. Fue una decisión personal. El único inconveniente es que hacía mucho frío y la tercera noche pesqué un fuerte resfriado, tan fuerte que pensé en dejar el curso y romper el contrato que el día cero había hecho. Me concedieron una entrevista con los profesores asistentes y ellos me pidieron con una sonrisa que esperara un día más y si estaba convencido de irme podía hacerlo. Llevaba 3 días sin ver a nadie a la cara y sin hablar con nadie, pues una de las normas más estrictas es el noble silencio: no se puede tener contacto físico ni verbal con ningún otro estudiante. Ese cuarto día fue un día de esperanza a pesar del gran resfriado y del dolor en todo el cuerpo. Anicca, anicca, anicca. Todo es impermanente. Surge y cesa.

     Ningún estudiante puede enseñar Vipassana según la forma en la que lo estableció S. N. Goenka, pues para llegar a ser profesor asistente se requiere de una seria y comprometida formación y miles de horas de práctica, pero puede compartir la experiencia e invitar a otros a vivirla. Llevo varios años practicando Vipassana, pero sólo fue en este cuarto curso en el que comprendí la más grande verdad de dicha práctica, si bien la tenía en la teoría, mi mente y mi cuerpo se rehúsan y se rehusaban a admitirla. Y en secreto (entre ustedes y yo), es la clave de la transformación si se es fiel a dicha enseñanza: sentarse sin esperar nada, sin engancharse a nada, sin rechazar nada. Ser ecuánime, aprender a ser ecuánime (upekkha). Pero ¿Cómo ser ecuánime ante el dolor terrible en las rodillas, y en la espalda después de horas y horas de práctica? ¿Cómo ser ecuánime ante las sensaciones agradables y placenteras que surgen? Esta pregunta sólo se responde en la experiencia, no hay teoría que pueda comunicarla. Y prefiero no conceptualizar una respuesta.

     El séptimo, octavo y noveno día tomé la decisión de hacerme principiante, de volver a empezar de nuevo, de escuchar las instrucciones de S. N. Goenka, y no identificarme con lo que las sensaciones realmente placenteras (y hasta sublimes), y profundamente dolorosas me transmitían. Ha estado duro, realmente duro, pero he percibido remotamente el porqué los profesores asistentes, y las personas que llevan años practicando Vipassana, siempre tienen una sonrisa pacífica y un amor profundo y real en sus rostros.

     El día décimo, -el día de la liberación de tanto dolor-, que es el día en que ya se puede hablar en ciertas horas conversé con dos practicantes que llevan años en ello. A ambos los conozco desde que comencé a asistir al centro. Y ambos me transmitían y me transmiten paz real, no fingida, una paz que parece que se ha extinguido en la mayoría de los humanos. Una paz que no tiene que ver con las emociones; con simpatías o antipatías; con las circunstancias sean buenas o malas, o con la vulnerabilidad de esto que somos. Me acerqué al más anciano y le pregunté sobre su experiencia: de él no vino ninguna teoría sublime, ni conceptos, ni apologías, simplemente una mirada profunda y compasiva. Me dijo (entre otras cosas, -no todo puede decirse-…): «No juegue con esa vida humana que usted tiene; no se «caiga a mentiras»; practique, simplemente sea fiel, y practique; no tiene sentido venir, si se sigue jugando con las sensaciones; buscando, buscando, buscando sentir…».

     He aquí mi breve crónica sobre la última «actualización de mi escritorio», cuya finalidad ha sido simplemente transmitir mi experiencia de esos diez días de silencio arduo y trabajado, de explorar el cuerpo con mente serena «desde la punta de los dedos de los pies hasta la cima de la cabeza» una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez «con paciencia y persistencia», comprendiendo serena y alegremente nuestro surgir y cesar continuo, sin rechazar, ni apegarse tanto… En resumen, no debo olvidar nunca que siempre soy un principiante en este camino de la sabiduría.

La imagen del árbol es un diseño del Arquitecto Daniel Ríos  para Fenomenología de la Espiritualidad.

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[1] Cf. https://pacotraver.wordpress.com/2018/04/27/la-mente-es-un-escritorio/

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Conversión: «Darse-forma desde la sabiduría» 2da Parte.

camino 2017

«Convertirse como sabia aventura del dejar-ir».

Escrito por Leandro Posadas.

     En el mundo occidental la visión de la conversión, aunque pueda parecer contrapuesta a todo lo que hemos mencionado en la primera parte de este artículo, revela el aspecto de la gallardía humana en el camino espiritual. En su libro Devi cambiare la tua vita el filósofo alemán Peter Sloterdijk comentando cómo el fenómeno de la «conversión» en Occidente se ha hecho presente desde el origen de la filosofía griega hasta la llegada del Cristianismo, sostiene que la conversión es el arte de volver a dirigir[1] la vida, cada vez que se divide, cada vez que se fragmenta; y/o tener-en-forma el cuerpo/mente consciente y sabiamente[2] ante la realidad, y no simplemente un cambio de conducta en función de creencias o dogmáticas religiosas.

     La conversión de la que habla Peter Sloterdijk es la sabiduría de la filosofía antigua, la cual debe penetrar completamente en los huesos y siempre está disponible en todas las situaciones de la vida, incluso en las más adversas. Séneca, por ejemplo, insistía en que no basta colorear el espíritu con la sabiduría, sino más bien la sabiduría debe macerarse con la vida misma y ser enteramente transformada[3]. Convertirse es a la vez educarse en la realidad: prepararse continuamente a un examen de saber sobrellevarse y mantenerse en pie en la desdicha[4], pero también en el gozo. El sabio es aquel que conociendo esto que es ser ser humano se da cuenta que existir es llevar a la vez un bendecido, y algunas veces, duro fardo.

     Es por ello que el término filosofía contiene, además de su claro origen etimológico (amor a la sabiduría), dos referencias escondidas a las principales virtudes atléticas, que en el tiempo de Platón resonaban gratamente: filotimia (amor al triunfo) atribuida a los vencedores en las carreras; y por otro lado filoponia (amor por el esfuerzo)[5]. Tal indicación sigue resonando en el Evangelio de Juan donde aparece el vocablo Telelestai, («está exhausto» o «alcanzó la meta», Juan 19,30), que en latín, sin mucho acierto, fue traducido como consummatum est («todo está cumplido»). Para Sloterdijk dicha locución muestra la revolución acrobática del Cristianismo, pues lo que la escuela griega de Juan intentaba hacer era interpretar en sentido atlético la muerte del Mesías[6].

     La vida de Jesús de Nazaret, cuando la leemos sin tanta carga ideológica, dogmática, institucional, abstrusa, es una historia emocionante, llena de alegría, valentía, amistad, contradicciones, amor compasivo, justicia y deseos profundos de paz. ¿Dónde podemos encontrar un aspecto de esa revolución acrobática del Cristianismo, de la que habla Sloterdijk, sin tener que introducirnos en el tema del «más allá», el cual hemos decidido considerar desde la «docta ignorancia»? En el Discurso de la montaña. En las Bienaventuranzas («Bienaventurados los pobres en el espíritu [οἱ πτωχοἱ τῶ πνεύματι] porque de ellos es el reino de los cielos»…), podemos observar dicho aspecto acrobático, pues ellas manifiestan esa tensión que somos y habitamos: ser paradojas vivientes. Ya por el mismo hecho de ser seres humanos somos bienaventurados, pues tenemos en nosotros la posibilidad de labrar el «Reino de los cielos» en nuestro cuerpo/mente.

     El Dalai Lama en el libro/seminario Incontro con Gesù[7], considerando dicho pasaje del Evangelio de Mateo (5, 1-10), percibe desde su tradición, que las Bienaventuranzas son un camino interior, y que todo aquel que está dispuesto a tomar un camino espiritual y a aceptar las dificultades y las dudas que de ese derivan alcanzará su meta. Sin embargo, el Dalai Lama sostiene que el objetivo de nuestra existencia es buscar la felicidad, entendida como un estado de sabiduría aquí y ahora, y a pesar de que en la realidad las dificultades y sufrimientos existen, es esencial desarrollar un estado mental en torno a ellos, y una aptitud que nos permita afrontar de modo realista las pruebas de la vida[8].

     La esencia de todo camino espiritual es la paz que surge del conocer verdaderamente la naturaleza de todas las cosas, y si contemplamos atentamente podemos ver -en nuestro cuerpo/mente-, que la paz no es ni la felicidad ni la infelicidad, el placer o el dolor, pues ninguna de las dos es la verdad[9]. La verdad pareciese esconderse en la naturaleza cambiante de todos los fenómenos que están sujetos al espacio y al tiempo, incluidos nosotros mismos.

     El lenguaje de la verdad es la realidad tal cual es, la taleidad de las cosas, es decir su naturaleza cambiante: nuestro cuerpo que nace, envejece y muere; nuestra mente que poco a poco va perdiendo la capacidad de retener ideas y recuerdos; las relaciones humanas que surgen y cesan; los objetos que con el pasar de los años pierden su utilidad y eficacia. Todo fenómeno condicionado por el tiempo y el espacio está sujeto al devenir. La verdad está allí continuamente, segundo a segundo, alrededor nuestro. Irse cultivando en el conocer las cosas tal cual son nos da la clave para aprehender la esencia del camino espiritual: el sabio dejar ir.

     «Cuando no conocemos la verdad es justo allí donde nos enganchamos»[10]. La verdad aparece cuando podemos ver por nosotros mismos nuestros enganchamientos, nuestras aversiones, y nuestras ilusiones. Pero normalmente, nos identificamos con ellas profundamente, y pensamos que dichos enganchamientos (-al cuerpo, a las emociones, a las personas, a las ideas, a los sentidos-), aversiones e ilusiones somos nosotros mismos. Las confundimos con nosotros mismos. No vemos las cosas tal cual son. Podríamos decir, que el gran problema de la mayoría de la gente es que no logra ver la realidad tal cual es. Vivimos creyendo que el flujo ordinario de consciencia en el que nos movemos, hablamos, oímos, sentimos, «amamos», «odiamos», ansiamos, «creemos», rechazamos, es la realidad. Y sin embargo, quien escribe, sostiene que es allí, en ese flujo ordinario de consciencia, condicionado, limitado, débil, anhelante, y vehemente, donde se encuentra la clave y el sentido de la vida humana.

     «¿Qué podemos hacer entonces? Probamos continuamente tanta avidez y aversión, tanto rechazo y placer, tanto odio y amor. Y Ajahn Chah, el simpático maestro de los bosques de Tailandia, responde: sólo cuando la mente ve por sí misma puede erradicar el enganchamiento y abandonarlo»[11].

     Somos corporeidad sufriente y deseosa, y he allí la aventura de ser ser humano. Aventurarse a vivir desde la sabiduría es disfrutar del dejar ir. Amar, compartir, dar, agradecer, equivocarse, volver a empezar, volver a confiar, reír, creer, es una gran aventura. Convertirse a dicha aventura del dejar ir nos puede ir enseñando qué es eso de ser seres humanos, y qué significa ser conscientes de ser sentientes.

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[1] Cf. Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, p. 367.

[2] Ibid., p. 391.

[3] Ibid., p. 305.

[4] Ibid., p. 303-304.

[5] Ibid., p. 239.

[6] Ibid., p. 249.

[7] Dalai Lama, Incontro con Gesù (una lettura buddista del Vangelo), Mondadori, Milano 1997.

[8] Cf. Ibid., p. 16-17.

[9] Cf. Ajahn Chah, La Via di mezzo dentro di noi, Santacittarama 2015. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

«VEN, CONTEMPLA ESTE MUNDO DESDE LA MIRADA DE LOS SABIOS»

silueta

Reflexiones sobre el Dhammapada

‘Traducción libre del italiano’, y comentarios por Leandro Posadas.

25.04.17

Estudiar el mundo

http://santacittarama.altervista.org/

Ven, contempla este mundo.

Míralo: es como una carroza adornada para una fiesta.

Mira como los necios (stolti) son secuestrados (rapiti)

por sus propias ideas,

mientras el sabio no alimenta el apego.

Dhammapada 171.

     Es propiamente el mundo en el que vivimos nuestro campo de estudio espiritual. Podemos aprender de todo, pero probablemente hay ocasiones en las cuales preferimos mirar a otro lado. Tomar tiempo para recargarse y renovarse es ciertamente de ayuda como enseñan los Maestros, pero en este caso, el Dhammapada nos está indicando a observar directamente el mundo, no simplemente a mirarlo desde un punto de vista y condenarlo, sino a estudiarlo; a reflexionar; a notar dónde, cuándo, y cómo somos engañados por su apariencia. Un objeto encantador como una carroza festiva puede embrujarnos, si no somos sabios. Al mismo tiempo los objetos extremadamente desagradables pueden también mentirnos. Pero, proyectar amor u odio sobre un objeto es algo extra que hacemos, y no estamos obligados a añadir nada más. Como los Maestros dicen: ‘que en el ver haya sólo el ver, sin añadir ni quitar nada’.

Con amor compasivo (Metta),

Ajahn Munindo.

     Y quien traduce, añade: darse la oportunidad de estudiar el mundo: nuestras relaciones, nuestras emociones, nuestras necesidades, nuestro país, nuestras alegrías y tristezas desde la sabiduría es una gran aventura. Estudiar nuestro cuerpo, nuestra mente, la forma en la cual nos presentamos ante los otros y ante nosotros mismos es una gran aventura: la aventura de contemplar cada cosa desde una mente serena y ecuánime. ¿Cómo mirar nuestra crisis, nuestras propias crisis desde la sabiduría? ‘Ver simplemente desde el ver, sin añadir nada más’. Para aquellos que no estén de acuerdo, les diría: simplemente darse la oportunidad, a ver qué surge. Tal vez descubramos que esta crisis es una gran maestra sobre la forma en la que nos relacionamos con las cosas, con las demás personas, con los alimentos, con el dinero, con los objetos, con la gente que consideramos diferente y que no piensa como nosotros. El mundo, nuestro cuerpo/mente, son definitivamente nuestro campo de estudio y práctica espiritual.

RECIBIR CON SABIDURÍA LA EXPERIENCIA DE SER ‘SER HUMANO’

desarme-del-yo

REFLEXIONES SOBRE EL DHAMMAPADA

‘Traducción libre’ del Italiano por Leandro Posadas

 AJAHN MUNINDO

 25.05.2017.

Libres del miedo

Perderse en el placer

produce sufrimiento;

perderse en el placer

genera miedo.

Manteniéndose libre en la experiencia del placer

el sufrimiento cesa,

¿Cómo podría existir el miedo?

Dhammapada 214.

¿Es posible convivir verdaderamente con toda la satisfacción y el dolor de la vida, y al mismo tiempo permanecer libres del sufrimiento? Claramente, nuestra confianza en la transformación de los Grandes Maestros significa que nosotros creemos que la libertad del sufrimiento es posible. Tal confianza es un eficaz incentivo y contribuye a formar la base sobre la que construimos nuestra práctica espiritual.

Y desde la perspectiva de la ‘práctica de la atención sabia y plena de las cosas tal cual son, aquí y ahora’, no nos interesa solamente aquello que experimentamos, sino además cómo aprehendemos todas nuestras experiencias. Como consecuencia de la inconsciencia (inconsapevolezza), fácilmente nos perdemos en las experiencias: aquellas dichosas; aquellas absolutamente intolerables y todas aquellas que están en el medio de ambas. Pero cuando la atención plena (consapevolezza) está bien cultivada existe la posibilidad de recibir cada experiencia sin perderse, sin obstaculizar la libertad.

Con amor compasivo,

Bhikkhu Munindo.

EL TIEMPO: «AROMA DE LA INMANENCIA QUE SOMOS»

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Autor: Leandro Posadas

«Lo que hay de más pequeño, de más silencioso, de más ligero, el deslizar de un lagarto en la hierba, un soplo, un ¡sssh…!, un parpadeo…, es su poco lo que da el valor a la mejor felicidad. ¡Silencio!… ¿Qué me ha sucedido? ¡Escucha! ¿Ha huido por ventura el tiempo?».

Friedrich Nietzsche, Así hablaba Zaratustra[1].

     En la hora más silenciosa de la noche, «aquella en la que el rocío cae sobre la hierba», el Zaratustra de Nietzsche se da cuenta de que ‘tiene el poder y no quiere reinar’, por ello debe volver a saborear la soledad. En pleno mediodía y tendido sobre un árbol se quedó dormido, y después de un largo sueño se dijo a sí mismo: «¡Levántate dormilón! ¡Perezoso! … ¡Vamos viejas piernas! ¡Ya es hora, es el gran momento! Te has entregado al sueño ¿Durante cuánto tiempo? ¿Durante media eternidad?… ¿Vas a estar siempre estirándote, bostezando, suspirando, cayendo al fondo de pozos profundos?»[2].

     Nuestra existencia es como el momento más silencioso de la noche en el que cae el rocío sobre la hierba: un momento único y sublime de la naturaleza, pero a la vez fugazmente intrascendente. Para Heidegger en su obra Camino de campo, citado por Byung-Chul Han[3], «lo sencillo encierra el enigma de lo que permanece y es grande… En lo imperceptible de lo que es siempre se oculta su misma bendición». Y por ello en la Antigua China la caída del rocío era signo de la unión armoniosa entre el cielo y la tierra, pues en su misma fugacidad se resuelve la oposición entre las aguas de arriba y de abajo, las aguas terrenales y las celestiales[4].

     Cuenta Matthieu Ricard en Plaidoyer pour le bonheur, que un día estando de visita por el sur de Francia con un grupo de monjes del monasterio donde vive en Nepal vio a unos jubilados jugando a la petanca en la plaza, justo en ese momento uno de los monjes tenía lagrimas en los ojos, se volvió a Matthieu y le dijo: «juegan… ¡como niños! En nuestro país, los ancianos que ya no trabajan, cuando se acerca la muerte, consagran su tiempo a la práctica del silencio y de la contemplación»[5]. En España es muy común la frase «matar el tiempo», frase que está a las antípodas de la posibilidad de que cada instante, cada segundo de nuestro ser y estar en este mundo sea un tesoro, y no polvo de oro que se desliza inconscientemente entre nuestras manos. Dicho tiempo derrochado es propio de aquellos que no son conscientes del potencial de realización del que somos portadores, y para quienes el tiempo, como un fardo, abruma a quien no soporta la espera, el retraso, el aburrimiento, la soledad, la contrariedad, y a veces ni siquiera la existencia. Para aquellos para quienes la vida no es más que una gran diversión y dependen por entero de las distracciones, y que se aburren en cuanto el espectáculo se interrumpe. Espectáculo, indica Ricard, que desgrana sus notas en el desorden de la mente.

     Es como el tiempo en el internet en el cual se va de un link a otro, de un ahora al otro. No hay nada que incite a detenerse durante mucho tiempo en un punto de ahora. La multitud de posibilidades y alternativas hace que uno no tenga la obligación ni la necesidad de demorarse en un lugar. Demorarse largo y tendido sólo provocaría aburrimiento. El veloz encadenamiento de fragmentos no deja lugar a una demora contemplativa. Las imágenes que pasan de una manera fugaz por la retina, no logran captar una atención duradera[6]. Así es como vamos haciendo zapping por el mundo.

     El terror al aburrimiento domina nuestros tiempos de ocio, en el que «el tiempo pierde duración, perdurabilidad y sosiego, en el que la atención no puede crear un lazo duradero, en el que surgen intervalos vacíos, que deben ser franqueados con lo drástico, lo sorprendente, lo que arrastra y golpea, con lo excitante[7]. Byung-Chul Han citando a Heidegger sostiene que dicho aburrimiento domina la brecha cada vez más amplia entre el sujeto y el mundo, entre la libertad y la facticidad, entre el actuar y el Ser. En contraposición con el aburrimiento, Heidegger sostiene que existe otra forma de relacionarse con el tiempo-mundo, la llamada serenidad (Gelassenheit), la cual nos da la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto. Aquella a la que en la Antigüedad se le llamaba Theoria, el demorarse contemplativo en la belleza de las cosas inmutables que descansan en sí mismas[8], y que permite al ser humano aparecer, desde toda su potencialidad, tal cual es: como ser humano.

     Pese a su inmenso valor, dice Matthieu Ricard en Plaidoyer pour le bonheur, el tiempo no sabe protegerse a sí mismo, pues es como un niño que se deja llevar por cualquiera que lo toma de la mano. Para un contemplativo, es decir, un ser humano comprometido con el desarrollo profundo de su propia existencia, el tiempo es de oro pues permite al ser humano mismo «maravillarse» plenamente del momento presente[9].

     Byung-Chul Han en las primeras páginas de su obra titulada El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, trata de examinar a grandes rasgos, pero con atento ingenio, la relación del ser humano con el tiempo. Y haciendo una diferencia entre el «repetitivo mundo de los dioses» y el «mundo histórico y lineal», considera que para el segundo no es la eterna repetición de lo mismo, sino la posibilidad del cambio lo que le da sentido al tiempo, y sin embargo el transcurso histórico no está determinado por el progreso, sino por la repetición. Repetición que será superada por la Ilustración y la «Revolución», en las cuales la relación del ser humano con el tiempo no está determinada por la libertad, sino por estar arrojado en él; por estar sometido a las leyes de las estrellas.

     Leyes que rigen de modo convencionalmente científico nuestra realidad, y que sin embargo son relativas y sujetas al mismo transcurso histórico, que a medida que avanza trae nuevas explicaciones sobre lo que nosotros llamamos universo, y al que le hemos dado un valor, de acuerdo a los movimientos cognoscitivos y experimentales de la mente humana, la mayoría de la veces absoluto, y al que el ser humano se aferra y desde el cual implanta sistemas fundamentalistas de pensamiento que van desde la ciencia hasta la política y la religión. Stephen Hawking, a propósito, nos indica que la imagen que tenemos de dicho universo se remonta a 1924, cuando Edwin Hubble demostró que nuestra galaxia no era la única. En la actualidad sabemos que nuestra galaxia es sólo una de entre varios cientos de miles de millones de galaxias que pueden verse con los modernos telescopios, y que cada una de ellas contiene cientos de miles de millones de estrellas[10].

     Para el gran filósofo de Königsberg, Immanuel Kant, en su Crítica de la Razón Pura, el tiempo, junto al espacio, son intuiciones puras, y las formas por medio de las cuales el ser humano es percipiente. Para Kant el tiempo no es una realidad absoluta, sino la «forma por medio de la cual los seres humanos percibimos la realidad de la cosas en el modo como aparecen ante nosotros»[11]. A partir de Kant con su llamada Revolución Copernicana, «la razón debe –sin fantasear en torno a ella-, buscar en la naturaleza, en conformidad con lo que ella misma pone allí, aquello que debe aprender de la naturaleza, y de lo que nada podría saber por sí misma. Así la física pudo internarse por primera vez en el camino seguro de la ciencia, después de muchos siglos de avanzar a tientas»[12].

     El tiempo en la post-modernidad, lo queramos o no, ya no se sostiene sobre una narración teológica, pues es la época, según Byung-Chul Han de la desfactización: la libertad ya no está definida por la facticidad, pues ahora es la libertad la que determina la relación del hombre con el tiempo. La historia está animada por la idea de la libertad, del «progreso de la razón humana». Según Han, Dios ya no es el sujeto del tiempo, ni el juez que espera a los hombres en su supremo tribunal, ni el fundador de un presente eterno estabilizador en todo sentido, sino que es el ser humano libre quien se proyecta en el futuro. «Ahora es el hombre libre, y no Dios, el amo del tiempo. Liberado del estar arrojado, diseña lo venidero», por ello el ser humano moderno no depende de un destino, sino de su diseño[13].

     Aristóteles distinguió varios tipos de vida que puede elegir el ser humano libre para relacionarse con el tiempo. Para el Filósofo, la forma de vida más alta era la bios theoretikos, una vida que se dedica a la contemplación, la cual es ajena a cualquier impulso de dominación o interés[14].

     «Cualquier espíritu que se vacíe de lo «inútil» tiene acceso a un tiempo bueno. Vaciar el espíritu, liberarlo de los deseos, da profundidad al tiempo. El deseo hace que el tiempo sea radicalmente efímero, empujando al espíritu hacia adelante. Cuando se queda en reposo, cuando se recoge en sí mismo, aparece el tiempo bueno»[15].

     Si el ser humano pierde toda capacidad contemplativa se rebaja a animal laborans[16]. La postmoderna sociedad del trabajo que tuvo su origen en el protestantismo es una sociedad en la que el trabajo en sí está separado de las necesidades de la vida, se ha independizado y se ha convertido en un fin en sí mismo absoluto. El trabajo se totaliza de tal modo que, más allá del tiempo laboral, sólo queda matar el tiempo[17], como dicen en España. La sociedad del trabajo cargada de prisas e inquietudes y en la que el ocio (otium), es un tiempo de recuperación o de relajación necesario simplemente en función del trabajo, es una sociedad opresora siempre y cuando no integre en sí la vita contemplativa[18].

   Byung-Chul Han no se refiere a la vita contemplativa que presenta Hannah Arendt en la Condición humana, en la cual sostiene que la contemplación como tranquilidad pasiva es una detención de todos los movimientos y actividades, y que reduce la vita activa al nivel exclusivo del trabajo útil y necesario[19]. Para Han, Arendt no reconoce que la vita contemplativa presenta una forma de quietud sólo porque descansa en sí misma, sin dejar de carecer de movimiento ni de actividad. La vita contemplativa a la que se refiere Byung-Chul Han es la capacidad intrínseca que posee el ser humano de fundarse en el tiempo, como diría Ajahn Liem: «fundarse en lo que está sucediendo aquí y ahora».

     Un ser humano que observa «las cosas» sin obstrucciones está en una condición realmente favorable para comprender y desarrollar la vida en el tiempo[20]». Para ello necesitamos que nuestra mente, dotada desde su nacimiento de la capacidad de desarrollar sabiduría y ecuanimidad ante el mundo, se relacione con el tiempo que, junto con el espacio, sirve de sustentáculo para que las cosas, las situaciones, los contextos, las emociones, las sensaciones, surjan y luego cesen, como dijo Kant en su Crítica de la Razón Pura. «Ser un ser humano es una gran ventaja» afirma Ajahn Liem, y por ello el Zaratustra de Nietzsche, debe volver a saborear su soledad para darse cuenta que tiene el poder para reinar en y desde sí mismo en ese aquí y ahora que le fue concedido para desarrollar eso que llamamos humanidad.

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[1] Nietzsche F, Así hablaba Zaratustra, Edaf, Madrid 1998, p. 280.

[2] Ibid., p. 281.

[3] Byung-Chul Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, Herder, Barcelona 2015, p. 97.

[4] Cf. Chevalier J., / Gheerbrant A., Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 1988, p. 887.

[5] Ricard M., Plaidoyer pour le bonheur, Nil Éditions, Paris 2003, p. 241.

[6] Byung-Chul Han, op. cit., p. 63-64.

[7] Ibid., p. 120.

[8] Ibid., p. 125.

[9] Cf. Ricard M., op. cit., p 241.

[10] Cf. Hawking S., p. 41. Historia del tiempo. Del Big Bang a los Agujeros Negros, Alianza Editorial España 2011, p. 41.

[11] Cf. Giovani Reale y Dario Antiseri, Historia del Pensamiento filosófico y científico, vol. II., Del Humanismo a Kant, Herder, España 2004, p. 738.

[12] Cf. Ibid., p. 735.

[13] Cf. Chul-Han B., op. cit., p. 33.

[14] Ibid., p. 138.

[15] Ibid., p. 90.

[16] Ibid., p. 132.

[17] Ibid., p. 133.

[18] Ibid., p. 141.

[19] Ibid., p. 146.

[20] Ajahn Liem Thitadhammo, Il pontenziale di un essere umano, Santacittarama 2012. Traducción del inglés por Roberto Paciocco. Traducción del italiano de algunas notas para el presente artículo por Leandro Posadas, p. 1.