EL BUDDHA COMO «IMAGEN INDECIBLE» DE LA SUPRESIÓN DEL SUFRIMIENTO

huellas-en-la-madera-2En algunas representaciones budistas se ha tratado de expresar la experiencia de la Iluminación del Buddha, y a diferencia, por ejemplo, de las representaciones cristianas de los primeros siglos y del medioevo, las cuales en su mayoría no logran manifestar -no manifestando- lo indescriptible de lo sagrado, muestra de ello son los Pantocrátor bizantinos o rusos (ss. XI – XIV) que tratan de manifestar la gloria del Hijo de Dios como “Señor del cosmos y de la historia”. Para el Budismo cualquier cosa visible o tangible equivale a una descripción, y cualquier perfil preciso daría una noción falsa de la esencia del Despierto, quien se encuentra en un plano indescriptible.

Emudran un bajo relieve del siglo II d.C., se representa la tentación de Kȃma-Mȃra (deseo y muerte) quien con sus feroces huestes trata por todos los medios de quebrar la calma de la meditación del Buddha; tratan de hacerle sentir el temor de la muerte y provocar en él al menos un leve impulso de autoconservación; de provocar un mínimo movimiento de voluntad de goce, que equivaldría a hacerlo recaer en la esclavitud de la vida, mas tales provocaciones fracasan. Él es aquel que ya no puede ser alcanzado, pues ya no está sujeto a las consecuencias de las limitaciones personales, y todo el sentido de su ser consiste en que está liberado de síntomas como la ignorancia y el deseo. Al contemplar dicho bajo relieve uno debe pensar que el Buddha se encuentra realmente allí, en el trono de la Iluminación. Las marcas de las pisadas en el suelo y un pequeño hueco en el almohadón delatan su presencia, pero ningún rasgo visible puede traducir la esencia de su naturaleza. Los rasgos visibles (belleza y majestad del Cristo Pantocrátor) serían en él sólo signos de seres corrientes atados al karma, pero el Buddha carece de karma y, por lo tanto, debe ser traducido sin forma determinable.

Anuncios

¿ES POSIBLE LA SUPRESIÓN DEL SUFRIMIENTO?

Aproximación desde la obra Filosofías de la India de Heinrich Zimmer, pp. 501-596.

El ciego encontró la joya
El manco la levantó;
El decapitado se la puso;
Y el mudo la ensalzó

aaa   FLOR DE LOTOSegún el famoso indólogo Heinrich Zimmer (Grefswald 1890 – New York 1943) el conocimiento búdico es la respuesta más intransigente, oscura y paradójica entre las múltiples respuestas que se han dado, durante millares de años y en todas partes del mundo, como solución a los enigmas de la vida.
Cuando el Despierto, el yogi principesco Gautama Sȃkyamuni sentado bajo el árbol Bo venció al gran mago de la ilusión cósmica Kȃma-Mȃra (deseo y muerte) al quedarse inmóvil en su introspección, el príncipe experimentó el Gran Despertar y por súplica de Brahma (el supremo creador) decidió -no del todo convencido- dar a conocer dicho saber sublime a algunos pocos que, no cegados por el polvo de la pasión, lo entenderían.
En contraste con los grandes maestros de la humanidad, Zaratustra, Confucio, Jesús anunciando la salvación del mundo, el Buddha con su camino no pretendía interferir ni en la vida ni en los hábitos de la multitud, ni en la marcha de la civilización, él fue sencillamente sȃkya-muni (sabio silencioso), símbolo de algo que está más allá de lo que puede decirse y enseñarse. La enseñanza del Despierto no ofrecía una visión mitológica ni del mundo presente ni del que vendrá, y tampoco un credo tangible. Se presentaba como una terapéutica, como un tratamiento o cura para quienes tuvieran suficiente fuerza para seguirlo, es decir como un método y proceso de curación. Terapéutica entendida no desde el pensamiento occidental, sino desde la sabiduría milenaria india: el brahmanismo, el jainismo, el tantrismo, la psicología Sankhya.

EL CAMINO DEL «DESPIERTO» COMO «MÉTODO TERAPÉUTICO EFICAZ» DE “SANACIÓN”

En los últimos años me he involucrado mediocremente en el estudio del Budismo y una de las palabras que más resuena en mi mente es método, el Buddha ofrece su consejo de manera práctica, como un médico del espíritu, como si a través de él el arte de la medicina india ingresara en la esfera de los problemas espirituales. He estudiado de cerca y vivido el Cristianismo desde hace varios años y uno de los grandes obstáculos para entrar en el mensaje salvífico de Cristo es justamente la misma conexión historia-mensaje: para comprender la eucaristía como signo clave del mensaje de Jesús, un “criollo” como yo debe atravesar su pobre experiencia histórica de 500 años desde la colonización y remontarse a una multiplicidad de signos, ritos, lenguaje simbólico ritual que se remonta a más de 2000 años, posibilidad que sólo logran algunos privilegiados de entre los alrededor de 2000 millones de personas que profesan dicha religión.

El método del Buddha no quiere cambiar la forma mentis cultural del que lo sigue, simplemente observa el caso del ser humano en cuanto tal y pronuncia Cuatro Nobles Verdades: 1) Toda vida es dolorosa: anuncia que como especie tenemos mala salud espiritual y el síntoma de ello es que llevamos sobre las espaldas el fardo del dolor (dicho enunciado no tiene nada que ver con la culpa); 2) la causa del sufrimiento es el deseo ignorante (trsnȃ), es decir una especie de involuntario estado mental común a todos los humanos: ocurre simplemente que no sabemos que nos estamos moviendo en este mundo de meras convenciones y que nuestros sentimientos, pensamientos y actos están determinados por ellas. Nos figuramos que nuestras ideas acerca de las cosas representan su realidad última, y así nos encontramos atados por ellas como por la malla de una red, cuando en realidad son meras creaciones de la mente, esquemas convencionales y voluntarios de ver las cosas, juzgar y comportarse; nuestra ignorancia las acepta sin objeción, considerándolas como los hechos de la existencia. Este error acerca de la verdadera esencia de la realidad es la causa de todos los sufrimientos que constituyen nuestras vidas.

Reitai Lemort en un artículo sobre la práctica del Zen mediante un interpelante lenguaje actualiza la Segunda Noble Verdad del Buddha, e indica que el ser humano considera desde sus condicionamientos heredados y aprendidos que “vive bien” o “vive mal” cuando las circunstancias exteriores le son favorables; el hombre pone su satisfacción o insatisfacción en ellas, pero dichas circunstancias no son nuestra naturaleza original. Lemort insta a sus lectores a no dejarse llevar por los condicionamientos asimilados en la infancia por medio de los cuales consideramos -alienadamente- nuestra vida como un “éxito” o un “fracaso”. Pero tales afirmaciones son inseparables una de la otra e inherentes a la condición del “yo”. El “yo” aparece en la infancia, lo fabricamos por medio de nuestra cultura, de nuestro entorno familiar y social, de los pretéritos arquetipos de la humanidad. La incapacidad del “yo” es la de no poder dejar de tener intención: para Lemort dicha afirmación no se obtiene por medio de la racionalización, sino por medio de una práctica espiritual continua, seria y profunda, la cual engloba al cuerpo y a la mente. Todas las tradiciones espirituales tienen como finalidad el abandono del yo. En la mística cristiana, sabios como el Maestro Eckhart y San Juan de la Cruz plantean abandonar el “yo” con toda su identidad, todas sus características para realizar su naturaleza profunda, para abrirse a sus realidad última.

La mayoría de tragedias y comedias en las que estamos inmersos, que producimos y en las que actuamos, se desarrollan espontáneamente a partir del ímpetu de nuestra más íntima condición de ignorancia, en otras palabras, los males del individuo no pueden comprenderse sobre la base de sus errores; arraigan en nuestra forma humana de vivir, y todo el contenido de esta forma de vida es una combinación patológica de deseos incumplidos, anhelos irritantes, temores, arrepentimiento y dolores: ¡es razonable que uno quiera curarse de semejante estado de sufrimiento!

El Buddha habiendo diagnosticado la enfermedad y determinado su causa se pregunta si es posible una cura. El pronóstico budista afirma que en efecto es posible una cura y, por lo tanto, nos dice 3) Puede lograrse la supresión del dolor y el camino es 4) El Noble Óctuple Sendero: concepción correcta, aspiración correcta, lenguaje correcto, conducta correcta, medios de vida correctos, empeño correcto, atención correcta, contemplación correcta.

El tratamiento completo del Buddha garantiza la extirpación de la causa del mórbido hechizo y del sueño de la ignorancia, y de este modo permite alcanzar un estado de serena y despierta perfección. No hace falta ninguna explicación filosófica del hombre o del universo. Obviamente, dicho camino difícilmente puede resultar atractivo a la multitud, porque la mayoría no estamos convencidos de que nuestra vida es tan insalubre (espiritualmente malsana) como evidentemente lo es. QUIENES SIENTEN CON AGUDEZA UNA APREMIANTE NECESIDAD DE SEGUIR ALGÚN TRATAMIENTO COMPLETO: SÓLO ELLOS TIENEN LA VOLUNTAD Y LA RESISTENCIA NECESARIAS PARA LLEVAR A CABO UNA DISCIPLINA TAN ARDUA Y EXIGENTE COMO LA DE LA CURA BUDISTA.

El «sendero medio» como también viene llamado el camino de Gautama Sȃkyamuni no concede mucha importancia a los conocimientos que aprisionan a los seres humanos más estrechamente en la red de la vida, conocimientos que añaden a la existencia un fondo de comodidad material o de interés espiritual, pero que son inadecuados para aproximarnos a la paradójica verdad que reside más allá del reino de las concepciones cerebrales y de los caracteres de este mundo que no son más que proyecciones fenoménicas de su estado interior de ignorancia. Los sentidos mismos están condicionados por las fuerzas subjetivas que les dieron origen. El mundo exterior en cuanto tal no es una mera ilusión, pero sus caracteres de encanto o de repulsión provienen de la involuntaria actitud interna de quien lo ve: vivimos envueltos por los impulsos de los diversos estratos de nuestra propia naturaleza y el objetivo que se proponen alcanzar las técnicas de la terapéutica budista es poner fin a este proceso de auto-envolvimiento. En otras palabras, el mismo proceso vital es comparable a un fuego que arde, en el que se entrecruzan las corrientes del placer y de la desesperación que constituyen la trama de la existencia. El tratamiento búdico consiste en la extinción (nirvȃna) de dicho fuego. El Despierto (el expirado) es el que ya no arde ni se inflama. No es él quien se ha extinguido sino la ilusión de la vida: las pasiones, los deseos y los mecanismos normales de lo físico y lo psíquico.