«SOMOS EL REFUGIO DESDE DONDE SIEMPRE PODEMOS VOLVER A EMPEZAR»

neocortex

Por Leandro Posadas

«…Grandes y sublimes,

destructoras y dominantes,

la dicha y la desdicha

invitadas y no invitadas,

irrumpen solemnemente

por entre los hombres estremecidos,

y a aquellos a los que visitan

los adornan y revisten

de gravedad y dedicación…»[1].

Dietrich Bonhoeffer, Dicha y desdicha.

     Dietrich Bonhoeffer, el pastor y teólogo luterano que fue encarcelado y asesinado en un campo de concentración nazi en 1945 en su obra Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio[2], se pregunta, al inicio de su obra: «¿Ha habido alguna vez en la historia personas que tuviesen tan poco terreno bajo los pies como ahora, y para quienes todas las alternativas posibles del presente aparecieran igualmente insoportables, contrarias a la vida y carentes de sentido?… ¿Quién se mantiene firme?»[3], Ciertamente, las preguntas de Bonhoeffer están enmarcadas en un contexto preciso, el de la II Guerra Mundial y la experiencia de los campos de exterminio, pero a veces nuestras vidas pueden volverse campos de exterminio, cámaras de gas, prisiones llenas de zozobra cargadas de emociones y pensamientos oprimentes ¿Quién se mantiene firme? Glosando a Bonhoeffer, en líneas sucesivas, afirma que existe una fuerza de la esperanza (en nosotros), para soportar los reveses; una fuerza que nunca entrega el futuro al enemigo; una fuerza que nos ayuda a mantener erguida la cabeza cuando los demás abandonan[4]. Y para culminar su Balance al cabo de diez años, Bonhoeffer exclama: «¡Ojalá que en este tiempo la amargura o la envidia no hayan devorado nuestro corazón, de tal manera que podamos ver con nuevos ojos la grandeza y la pequeñez, la felicidad y la desdicha, la fortaleza y la debilidad; de tal manera que nuestra mirada para lo grande, para lo humano, para el derecho y la compasión se haya hecho más clara, más libre, más limpia; más aún, para que el sufrimiento personal sea una valiosa clave, un principio fecundo para desvelar contemplativamente el mundo y verlo activamente como felicidad personal!… Y podamos hacer justicia a la vida en todas sus dimensiones, y afirmemos de este modo la vida»[5].

     Matthieu Ricard, un autor y maestro muy querido para nosotros, afirmó: «cualquiera que sea nuestra situación actual, siempre podemos evolucionar y cambiar». Y quisiera comentar esta afirmación desde una breve y cotidiana historia. Un buen amigo, lleno de nobleza y pasión por la vida y por ser mejor persona cada día, ha visto cómo su vida se torna incierta, muchas veces sin un dónde estar, sin un dónde asirse, sin un cómo seguir, pero siempre con un sentido natural del por qué seguir. Cuando Ricard afirma que «cualquiera que sea nuestra situación actual siempre podemos cambiar», estaba hablando desde un tipo de conocimiento del cual quiero hablar en este breve artículo: Un conocimiento no teórico, no conceptual, no psicologizante, no moralizante, no institucional, sino un conocimiento que surge de ver con claridad lo que realmente somos: no aprendido por los libros, por las redes sociales, o por especialistas de las ciencias humanas, sino nacido de la experiencia que surge desde la observación disciplinada, perseverante, decidida y ecuánime de una mente serena y sabia que contempla (examina-inspecciona-explora), la realidad de su mente y su cuerpo sin enganchamientos y sin rechazos.

     Los maestros espirituales siempre nos recuerdan que las circunstancias exteriores no nos determinan, no nos condicionan, y al mismo tiempo nos indican que ser ser humano es ser muy vulnerable: cualquier situación negativa puede dañarnos, puede afectarnos. Poseer neocorteza y ser consciente de poseerla es ser vulnerables. Poseer un cuerpo, ser un cuerpo es ser vulnerables. Ajahn Sumedho, un maestro budista theravada, en una conferencia titulada: «È sempre possibile ricominciare» nos habla de un conocimiento desde el cual siempre es posible volver a comenzar cuando la vida se vuelve insalubre, y cuando creemos que las circunstancias no son las más favorables. Sumedho dice que tal conocimiento «lo debemos establecer desde el presente de nuestro cuerpo/mente, y con la percepción de las cosas, las personas, y las situaciones tal como son, sin permitir que las memorias del pasado o las ansias del futuro corrompan, disturben e influencien el momento presente». Es importante destacar que tal conocimiento no viene simplemente de discurrir, por medio de teorías, la manera más práctica para evitar sufrir lo menos posible, sino que viene de un lugar especifico, un lugar despejado y plenamente atento: del silencio que transforma nuestra visión de la realidad, que convierte (metanoia) en posibilidad de sabiduría nuestra percepción acerca de nosotros mismos, de las cosas, de las personas, y de las circunstancias exteriores. Este amigo, que mencioné al comienzo, en medio de la incertidumbre, trata de volver cada vez más al refugio del silencio y me comenta que experimenta alegremente ese conocimiento que nos mantiene serenos y claros ante todo lo que muda y cambia a nuestro alrededor.

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[1] Bonhoeffer D., Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Sígueme, Salamanca 2008, p. 186.

[2] Bonhoeffer D., op. cit.

[3] Ibid., p. 14-16.

[4] Ibid., Cf., p. 28.

[5] Ibid., p. 30.

SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016: EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR»

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EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR». LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA OBSERVACIÓN ECUÁNIME DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

DIRIGIDO POR: Leandro Posadas, monje benedictino.

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE.

FECHA: SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y TRES MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON AL TALLER ANTERIOR DEL 17 DE SEPTIEMBRE: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

PROGRAMA:

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El MAL: «UN ENIGMA DESCUBIERTO EN EL FLUIR DE LA CONSCIENCIA»

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UNA FENOMENOLOGÍA DE LA CONSCIENCIA EN EL MAL

 

…Un condenado descendiendo sin lámpara

al borde de un abismo cuyo olor

traiciona la húmeda profundidad

de eternas escaleras sin peldaños…

Charles Baudelaire, Lo irremediable[1].

     Desde la antigüedad el mal ha sido representado a través de monstruos informes, reptiles gigantes, animales ponzoñosos, grandes señores. Tal multiformidad nos revela que «él» nunca anda escaso de apariencias, pues en esencia tales representaciones simbolizan, en parte, todas las fuerzas que turban, obscurecen, y debilitan la consciencia humana y determinan su regreso a lo indeterminado, a las sombras, a lo ambivalente, a la confusión: nuestras esperanzas y temores, caprichos y apegos del ego que alimentan continuamente nuestros conflictos interiores. No es de extrañar que para los Padres del Desierto cristiano (ss. II al V), los demonios no tuvieran una diferencia explicita con los «pensamientos malvados» (logismoi), y que estos se sucedieran unos a otros en la mente del asceta. Su reducción a la forma de una bestia manifiesta, simbólicamente, la caída del espíritu, como aquellos ángeles caídos que traicionaron su naturaleza primigenia[2].

     El lenguaje simbólico ofrece, según Paul Ricoeur, la génesis al pensamiento humano, y representa según él la contingencia de la civilización introducida en el discurso. La simbología tiene siempre una intención doble, poética, que lleva a un meta-lenguaje y que va más allá del lenguaje categórico. El sujeto que piensa sobre el mal encuentra en los símbolos, según Filippo Riguetti, objetos arcaicos como si fuesen ideas innatas[3]. Para Mandred Lurker los símbolos y mitos hunden sus raíces en la verdad radical de la realidad, la cual, según la visión simbólica del mundo, afirma que ninguna cosa es ella misma, sino que detrás de los fenómenos sensibles se esconde un significado superior y a la vez más profundo, ya que «los símbolos forman parte del estrato primero de la evolución histórica y psíquica del hombre»[4].

     En el Fausto, Goethe nos presenta la figura de Mefistófeles «aquél que odia la luz». El análisis simbólico ve en dicho personaje medieval la tendencia perversa de la mente que despierta las fuerzas de lo inconsciente, las tendencias opuestas del «abismo», para confundir y esclavizar a través del instinto y la satisfacción, y al mismo tiempo representa el desafío de la vida, con todos los equívocos que entraña, si se desea entrar en la verdadera paz interior y en el equilibrio mismo del ser humano, quien se debate entre la «bestia» y el «ángel» que mediamos, por el hecho mismo de ser conscientes de ser «sintientes».

     El filósofo francés Paul Ricoeur nos habla en su obra la Simbólica del Mal de este debatirse paradójico al interno del hombre: «existe en el ser humano una cierta no coincidencia consigo mismo, una cierta desproporción del hombre consigo mismo»[5]. Su obra sobre la Simbólica del Mal se centra en el tema de la falibilidad, nuestra finitud original, es decir en la debilidad constitutiva humana que hace que el mal sea posible. Ricoeur a través de un análisis fenomenológico hermenéutico, aborda el problema del mal desde la libertad misma del ser humano, pues considera que si bien no somos el origen radical del mal, el modo en el que éste afecta a la existencia/consciencia humana lo hace manifiesto y posible objeto de estudio, pues «el estado de tentación del hombre, de extravío, de ceguera, su humanidad misma, es el espacio de manifestación del mal»[6].

     El autor de la Metáfora Viva, no duda en señalar que no sería de extrañarse que el mal haya entrado en el mundo con el hombre, pues esta cierta «no coincidencia» en el ser humano forma parte de su «constitución ontológica inestable, de ser más grande y a la vez más pequeño que él mismo. Es en sí mismo, exigencia de totalidad, como carácter obcecado, tanto amor como deseo. Tan destinado a la racionalidad ilimitada, a la totalidad y a la beatitud, como obcecado por una perspectiva; arrojado a la muerte y encadenado al deseo»[7].

     El ser humano para Ricoeur no está posicionado entre el ángel y la bestia, sino que es intermediario, y es intermediario porque es mixto y es mixto porque opera mediaciones[8]. Ser ser humano es mediar; ser ser humano es a la vez, tener la contradictoria capacidad de «dualizar», de estar sujetos continuamente a pensamientos, y emociones, que se contradicen en sí mismos. El camino del Buda diría ser ser humano, cuando no se ha alcanzado la «emancipación», es vivir sujeto al flujo ordinario de la consciencia.

     La característica ontológica del ser humano de ser intermediario consiste precisamente en el hecho que su acto de existir es el acto mismo de operar mediaciones entre todas las modalidades y todos los niveles de la realidad fuera de sí y en sí mismo[9]. Es en realidad la esencia «tensa» del hombre su problema fundamental: no saber vivir con el hecho de ser consciente. No conocemos, y no hemos creado una disciplina que nos eduque en la escuela de ser conscientes de esto que somos. Somos, análogamente, el umbral tenso de una puerta desde el cual operamos mediaciones. Mantenernos en dicho umbral nos hace humanos. Mediar entre la bestia y el ángel que «habitamos» nos hace humanos. El quicio del asunto es ¿cómo mediamos? El mismo Ricoeur intuye que «pareciese como si el ser humano sólo pudiese acceder a su propia profundidad por el camino real de la analogía, y como si la consciencia de sí mismo sólo pudiese expresarse a modo de enigma y requiriese no accidental, sino esencialmente de una hermenéutica»[10]. Pues la unidad viviente del hombre, alma y cuerpo, viene lacerada porque es pensada, «es justamente pensando que separamos la unidad viviente del hombre; pensar en el sentido más amplio es el acto fundamental de la existencia humana y este acto es la ruptura de una ciega armonía, el final de un sueño»[11].

     Para Filippo Riguetti los tentativos culturales e históricos que han tratado de resolver el enigma del mal mediante vías metafísicas reduccionistas, entendidas como teodicea, y que han «substancializado» y han hecho del mal una realidad autónoma en sí misma y dotada de espesor ontológico, han fallado, porque lo han colocado fuera de la falibilidad esencial del ser humano. Ante tales tentativos Ricoeur concluye que es necesario que el mal permanezca siendo un misterio: si no se nos ha concedido definir aquello que el mal es, se puede establecer sin embargo el ámbito al cual pertenece, es decir a la esencia tensa y falible del ser humano, a la esencia dinámica del actuar, y desde dicho lugar establecer aquello que el mal no es[12].

     Mattieu Ricard en su libro El monje y el filósofo[13], a propósito del «origen del mal», relata un breve pasaje del Buda cuando un día tomó en sus manos un puñado de hojas y preguntó a sus discípulos: «¿Hay más hojas en mis manos o en el bosque?». Los discípulos le respondieron que, sin duda, había más hojas en el bosque. El Buda continuó diciendo: « …pues hay un caudal de conocimientos que son inútiles para poner fin al sufrimiento y acceder a la emancipación».

     Y Filippo Riguetti, siguiendo a Paul Ricoeur, concluye su artículo Il problema della confessione del male, indicando que soportar el mal significa padecerse a sí mismo actuando, padecer la misma falibilidad de nuestra naturaleza humana.

     Parafraseando a Paul Ricoeur en su alocución Poder, fragilidad y responsabilidad con motivo de su doctorado honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, quien se pregunta al contemplar a un niño que nace ¿Qué haremos con este ser frágil, qué haremos por él? Y responde revelando que la llamada que nos llega precisamente de lo frágil es justamente que lo dejemos crecer, que permitamos su realización y desarrollo[14]. Lo frágil nos hace responsables, cargamos con él. Se nos ha confiado esta fragilidad que somos, y al mismo tiempo somos designados como autores de nuestros propios actos. Ser frágil es tener el poder de actuar, de habitar y de responder a esta paradoja viva que somos.

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[1] Baudelaire, Ch., Las flores del mal. Editorial Planeta, Barcelona 2011, 120: Una Idea, una Forma, un Ser surgido del azur y caído en una Estigia cenagosa y plomiza donde ninguna mirada del Cielo penetra. Un Ángel, imprudente viajero que ha tentado el amor de lo informe, en el fondo de una pesadilla enorme debatiéndose como un nadador. Y luchando, ¡angustias fúnebres! Contra un gigantesco remolino que va cantando como los locos y pirueteando en las tinieblas. Un desdichado hechizado en sus tanteos fútiles para huir de un lugar lleno de reptiles, buscando la luz y la clave. Un condenado descendiendo sin lámpara al borde de un abismo cuyo olor traiciona la húmeda profundidad de eternas escaleras sin peldaños. Donde velan monstruos viscosos cuyos enormes ojos fosforescentes hacen una noche más negra todavía, dejándoles visibles sólo a ellos; un navío apresado en el polo, como en una trampa de cristal, buscando por qué estrecho fatal ha caído en aquel calabozo; Emblemas nítidos, cuadro perfecto de una fortuna irremediable ¡Qué hace pensar que el Diablo realiza siempre bien cuanto él hace! ¡Coloquio sombrío y límpido de un corazón convertido en su espejo! Pozo de la Verdad, claro y negro, donde tiembla una estrella lívida, Un faro irónico, infernal, antorcha de gracias satánicas, consuelo y gloria únicos ¡La conciencia en el Mal!

[2] Cf. ChevalierJ./Gheerbrant A., Diccionario de los Símbolos, Herder, Barcelona 1988, 415.

[3] Cf. Filippo Righetti. «Il problema della confessione del male: l’antropologia di Paul Ricœur e le sue fonti filosofico-religiose». Dialegesthai. Rivista telematica di filosofia [in linea], anno 15 (2013) [inserito il 28 dicembre 2013], disponibile su World Wide Web: <http://mondodomani.org/dialegesthai/>,[138 KB], ISSN 1128-5478, 25.

[4] Lurker M., El mensaje de los símbolos. Mitos, culturas y religiones, Herder, Barcelona 1992, 11.

[5] Ricoeur P., Finitud y culpabilidad, Trotta, Madrid 2004, 21.

[6] Ibid., 14.

[7] Ibid., 21.

[8] Filippo Righetti. «Il problema della confessione del male: l’antropologia di Paul Ricœur e le sue fonti filosofico-religiose». Dialegesthai. Rivista telematica di filosofia [in linea], anno 15 (2013), 25.

[9] Idem.

[10] Ricoeur P., Finitud y culpabilidad, op. cit., 11.

[11] Filippo Righetti. «Il problema della confessione del male: l’antropologia di Paul Ricœur e le sue fonti filosofico-religiose». Dialegesthai. Rivista telematica di filosofia [in linea], anno 15 (2013), 26.

[12] Cf. Ibid., 17.

[13] Cf. Revel J-F.,-Ricard M., El monje y el filósofo, Ediciones Urano, Barcelona 1998,

[14] Ricoeur P., Poder, fragilidad y responsabilidad: alocución del filósofo francés con motivo de la investidura de su doctorado honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid el 27 de enero de 1993.

LA FELICIDAD: “UN ESTADO DE SABIDURÍA REFLEJADO EN UN ESPEJO DE DOS CARAS”

sukkhaDespués de exponer en dos divagantes artículos el tema de la fenomenología de la percepción como atención constante a la epifanía de la realidad, deseo presentar el tema de la felicidad como un estado de sabiduría, con el fin de poner en concreción las elucubraciones fenomenológicas que hemos venido haciendo, y descubrir cómo la percepción es la clave de lectura de nuestra verdadera naturaleza más allá de lo que hemos aprehendido sobre lo que significa ser y vivir como humanos.

Matthieu Ricard en su libro Plaidoyer pour le bonheur, entiende por ésta una manera de ser, “un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la podrían afectar”. Dicho estado de bienestar nace principalmente de una mente excepcionalmente sana y serena. “Es una manera de ser que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, y que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla. Un estado de sabiduría, liberado de los venenos mentales, libre de ceguera sobre la verdadera naturaleza de las cosas”. Esta última afirmación de Ricard nos señala un aspecto que para nosotros es casi desconocido sobre la felicidad. Primero, que ésta no es una meta a alcanzar, sino una manera de ser; y segundo, que está subyacente como base y soporte de la vida misma, y es la que nos sostiene tanto en las alegrías como en las tristezas. Nuestras lógicas de la vida no comprenden estos aspectos, y no los comprenderemos si no adquirimos una mente sana y serena. Esta afirmación no es una teoría, no forma parte de abstracciones y pensamientos de un buen libro de autoayuda, forma parte de una manera diferente de vivir, de observar, y de ser y estar en el mundo y ante el mundo.

Para el Camino del Buda todo lo que existe como resultado de condiciones -internas o externas-, es sufrimiento, o mejor dicho, todo lo que existe como resultado de condiciones está incompleto y es insatisfactorio. El Buda nos está diciendo que una “felicidad” como resultado de condiciones externas, e incluso internas: dinero, confort, amor, viajes, un país próspero, buena salud, placeres y deleites, es incompleta. El camino del Buda va más allá y afirma: la naturaleza misma de la existencia es estar incompleta.

Simplemente, indican los maestros, NO QUEREMOS VER. Sólo queremos ver un lado de la realidad misma de la existencia, la “felicidad” entendida como resultado de las condiciones que consideramos favorables: para un asesino una condición favorable es saber el lugar y el momento preciso para asesinar a su víctima…

La “felicidad”, como la entiende el Camino del Buda, es decir “sukha”, está estrechamente vinculada al acto mismo de comprender la manera en que funciona nuestra mente y el modo como interpretamos el mundo. Sabemos bien, que no podemos cambiarlo, pero sí podemos transformar la manera de percibirlo. Matthieu Ricard nos comparte una sencilla anécdota al respecto: “estando sentado en las escaleras de su monasterio en Nepal en una tarde muy lluviosa y fangosa, vio como dos de sus amigas se relacionaron con el hecho de tener que cruzar sobre unos ladrillos puestos sobre el fango: la primera, vio con cara de repugnancia el barro y atravesó el mismo gruñendo hasta llegar donde estaba su amigo: “¡te imaginas si llego a caer en este lodazal; en este país está todo tan sucio! le comentó a Ricard; la segunda, canturreando saltaba de ladrillo en ladrillo y decía entre risas: ¡Qué divertido! Al llegar le dijo a Matthieu: “lo bueno del monzón es que no hay polvo”… “Dos personas, dos visiones del mundo. Seis mil millones de seres humanos, seis mil millones de mundos”… culminó diciendo Ricard.

La experiencia de sukha, o de “bienestar”, como estado de sabiduría, proveniente de una mente sana y serena, logra con el tiempo y la práctica, un alto grado de disminución de la vulnerabilidad ante las circunstancias, sean estas buenas o malas. Obviamente, en nosotros existen toda clase de resistencias para caminar en el adiestramiento de la “felicidad como estado de sabiduría”, pues nos cuesta VER LAS COSAS TAL CUAL SON. Buscamos distraernos para no sufrir, para no sentir ningún malestar, cuando deberíamos buscar la causa del sufrimiento. Ajahn Thiradammo, un maestro budista Theravada del Bosque, sostiene que mientras más desarrollo y progreso haya en el mundo, habrá más maneras y modos más refinados para distraernos del sufrimiento.

¿Bajo qué condiciones va a socavar la mente nuestra alegría de vivir? ¿Bajo qué condiciones va a sustentarla? Cambiar la visión del mundo que nos rodea, de las personas que viven y trabajan cerca de nosotros, de la visión que tenemos sobre nosotros mismos, de la visión que tenemos incluso de cómo vemos el mundo, no implica tener una visión ingenua e incauta sobre la realidad. La búsqueda de la felicidad, se dice popularmente, no consiste en ver siempre la vida de color de rosa. Pero si percibimos la felicidad como una manera de ser que surge del “adiestramiento” para poder así eliminar toxinas mentales como el odio, la codicia, el miedo, la obsesión y la tristeza, las cuales envenenan literalmente nuestra mente, entonces hay una posibilidad, hay un camino para ser felices desde un estado sabio interior. Nuestra confusión e insatisfacción surgen de nuestra comprensión errónea de la realidad. Realidad, entendida desde el Camino del Buda, como la naturaleza verdadera de las cosas, y no la modificación ilusoria producida por nuestras elaboraciones mentales. Es preciso, por lo tanto, en nuestro “adiestramiento” conocer mejor cómo funciona nuestra mente, cómo percibe la realidad, cómo se relaciona con la experiencia misma de pensar y sentir. No es cuestión de analizarnos psicológica o racionalmente, sino de sosegar con disciplina, comprensión y paciencia nuestra parlanchina mente, para que se observe a sí misma desde la quietud del silencio.

Para Etty Hillesum, víctima del holocausto nazi, “el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad”. Habitualmente percibimos la realidad desde pre-comprensiones que hemos ido adquiriendo a lo largo de la experiencia de pensar y sentir el mundo y los otros. Hemos aprehendido las cosas desde el dualismo de lo agradable y lo desagradable, dicho dualismo, afirma Ricard “engendra poderosos reflejos de apego y aversión que por lo general conducen al sufrimiento, el cual no es una condición fundamental de la existencia, sino un universo mental basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

La felicidad es la sabiduría de percibir la realidad tal cual es, sin velos ni deformaciones, desde las circunstancias más duras y difíciles, e incluso, desde las más deleitables comodidades. Es una manera de ser y estar en el mundo desde la cual todos podemos vivir.

«SEAMOS NUESTRO PROPIO REFUGIO» 2ª PARTE

doente_leon00Nuestro refugio radica en el hecho de reconocer la naturaleza del cambio continuo en nosotros. Seremos «nuestro propio refugio» cuando logremos ver las cosas, las personas, las circunstancias; nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos tal cual son: cuya naturaleza es la impermanencia. Contemplar esta verdad desde la presencia consciente y la comprensión clara es nuestro refugio. Para Ajahn Chah «ver certeza en lo incierto es estar en la vía directa hacia el sufrimiento y la confusión». E indica «que contemplándonos en conjunto observamos que la felicidad y el sufrimiento y cualquier circunstancia exterior son iguales, del mismo modo que el calor y el frío. El calor puede quemarnos hasta morir, así como el frío del hielo puede congelarnos hasta la muerte. Ninguno de los dos es más importante que el otro. Así ocurre con la felicidad y el sufrimiento. En el mundo todos desean felicidad y nadie desea sufrimiento». Y sin embargo ambos son parte taxativa de esta realidad, de este «ser-aquí-y-ahora» que somos.

En nuestro ser más profundo y verdadero no hay deseo. En nuestra «estructura real» sólo hay tranquilidad y una visión amorosa y sabia de cada acontecimiento interno y externo que se manifiesta. Para nutrir y alimentar dicha «estructura contemplante» debemos tener la experiencia directa con la realidad tal cual es, con las cosas tal cual son. Seremos el espejo que refleja la realidad, pero que no se engancha con ella, cuando dejemos ir, cuando dejemos de seguir creando identidad, cuando nos reconozcamos simplemente reflejo que contempla.

La naturaleza de nuestro cuerpo es envejecer, y no puede ser de otra manera. Nacer es venir con la certeza de la ancianidad, de la enfermedad y de la muerte. Ser ser humano es experimentar emociones agradables y desagradables; ser ser humano es relacionarse con lo que nos gusta y con lo que no nos gusta. Es una gran verdad ver la realidad tal cual es, y ella se está revelando continuamente, pero nuestra mente no educada se engancha continuamente a que las cosas sean como nosotros queremos que sean. No queremos que nuestros cuerpos envejezcan, no queremos sufrir, no queremos enfermarnos, no queremos morir: dicho no querer es la autopista mejor iluminada para ir directo al sufrimiento. Los sabios maestros nos enseñan que ningún ser en este mundo, pobre y rico, famoso o anónimo, joven o viejo, humano o animal puede conservar su estado por mucho tiempo. Cambios y pérdidas son experiencias universales. El cambio es una realidad de la vida respecto a la cual no podemos hacer nada. Lo que sí podemos hacer es contemplar el cuerpo y la mente para aprehender su «naturaleza impersonal», y ver que ninguno de los dos es «mí» o «mío», sino que su naturaleza es una realidad relativa. Nuestro cuerpo y nuestra mente pertenecen a la naturaleza, han venido de allí y a ella volverán. En el Tíbet existe la tradición, o existía la tradición de los «entierros celestiales», o una especie de disección ritual en la cual los cadáveres humanos, después de ser fraccionados en partes, eran colocados en la cima de una montaña para exponerlos a los elementos de la naturaleza y a los animales, especialmente a las aves de presa. Dicho rito milenario nos indica, a pesar de lo extravagante que pueda sonar a nuestros oídos convencionales, que nuestra verdadera naturaleza radica en ser cambio continuo: la naturaleza cambia continuamente, y se alimenta de sí misma para seguir su ritmo, pero el ser humano se engancha ilusoriamente a su cuerpo, a su «yo», a sus opiniones, a sus emociones, a sus sensaciones, a sus seres queridos, a sus amantes, a sus amigos, a sus ideas acerca de sí mismo. La vida nos ha hechizado, diría Shankara, el fundador del «Advaita Vedanta».

¿Cómo relacionarnos entonces con esta verdad? El mismo Ajahn Chah en algunas de sus reflexiones nos dice que hay dos formas de relacionarse con la verdad natural de la vida misma: una forma que lleva a más sufrimiento, y otra que conduce al final del sufrimiento. La primera es el dolor inconsciente de aferrarse con vehemencia a los placeres efímeros y a la aversión y odio por lo desagradable, la cual es la forma constante de relacionarse con la vida de la mayoría de la gente, día tras día. La segunda forma de relacionarse surge de permitirse apreciar y darse cuenta, en su totalidad, del cambio permanente de la experiencia, -dolor, placer, alegría, enojo, nacimiento, muerte, amor, desilusión, éxito, fracaso, enfermedad y salud-, sin temor ni represión, simplemente observando, sin reaccionar, la verdad sabia, cotidiana, pacífica y mística e intrínseca del cambio.