UNA ESPIRITUALIDAD DEL “AQUÍ Y AHORA” DESDE LA NEUROCIENCIA Y LA FENOMENOLOGÍA

Senecio, Paul Klee
Senecio by Paul Klee

En esta entrada quisiera presentar una lectura sobre las emociones a propósito de un artículo de Filomena Talento (Sulle emozioni) sobre la relación entre fenomenología y neurociencia, en el que enfatiza las divergencias y coincidencias entre el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty y el famoso médico neurólogo portugués Antonio Damasio, director del Brain and Creativity Institute de la Southern California University. Ambos, siguiendo varios casos clínicos, cada uno desde su campo de investigación, logran llegar a conclusiones muy similares sobre la conexión intrínseca entre el cuerpo y la consciencia, entre la correlación entre el ser humano y el mundo. Para nosotros dichas conclusiones son fundamentales a la hora de plantear una espiritualidad del aquí y ahora basada en la transformación del cuerpo-mente.

El Dalai Lama en uno de sus discursos afirmó que si en la vía del Buda existiese una sola proposición que estuviese en contra de la ciencia dicha tesis debería ser desechada, pues la “vía del Despierto” es una ciencia de la mente, es una ciencia de la realidad. No es una religión donde hay dogmas de fe, o donde debes creer en algo que no entiendes. Se trata básicamente, afirma el Dalai Lama, de transformarse a uno mismo con el objetivo de lograr el despertar de la consciencia a formas nuevas, sabias, amorosas, y amplias de comprensión de la vida, del mundo y de los otros. Es por ello que hoy deseo presentar esta breve fundamentación acerca de lo que está detrás de una búsqueda espiritual eficaz, sincera y realmente comprometida, no ligada a dogmáticas, ni creencias que escapan a nuestro aquí y ahora.

Afirmamos previamente que nuestra transformación es la posibilidad de “conversión a la realidad contingente”, es decir a este aquí y ahora que se manifiesta en nuestro cuerpo, desde nuestro cuerpo y para nuestro cuerpo segundo a segundo, y que nosotros continuamente soslayamos por el ansia de un futuro que no es y de un pasado que ha dejado de ser.

Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) fue profesor de filosofía en la Universidad de Lyon, de la Sorbona, más tarde de la École Normale, y a partir de 1952 titular de filosofía en el College de France. Sus principales obras fueron La estructura del comportamiento (1942); La Fenomenología de la percepción -la cual citamos en la entrada anterior-; Lo visible y lo invisible; Sentido y sin sentido; además de notables ensayos como Humanismo y terror, Las aventuras de la dialéctica y Signos. Fue un filósofo existencialista influenciado profundamente por la fenomenología de Husserl, por la psicología científica y por la biología.

Para Ponty la existencia es “estar en el mundo”, “una cierta manera de afrontar el mundo” y esta cierta manera es anterior a la contraposición entre mente y cuerpo, entre lo psíquico y lo físico. Para Merleau-Ponty el dualismo cartesiano entre alma y cuerpo no tiene cabida en su interpretación sobre el ser humano. Para él un ser humano normal no es un cuerpo portador de ciertos instintos autónomos, y unido a una vida psicológica definida por determinados procesos característicos -placer y dolor, emoción, asociación de ideas-. Y sólo podemos hablar del ser humano como cuerpo humano y como vida humana, pues el espíritu no utiliza al cuerpo, sino que es a través y sólo a través suyo. Dichas afirmaciones son fundamentales a la hora de plantear una espiritualidad basada en el aquí y ahora: pues sólo podemos transformarnos a través de nuestro cuerpo y nuestra mente. No hay una “carne que actúe en contra del espíritu”, como lo ha pensado y adoquinado la tradición judeo-cristiana, y que tantos horrores ha causado en nuestra forma de comprendernos como hombres y mujeres religiosos. No podemos reducirnos al modelo materialista que la sonámbula sociedad actual plantea, como tampoco al incauto modelo espiritualista que nos ha insertado la tradición cristiana. Merleau-Ponty plantea un “nuevo orden humano” en el cual el cuerpo es la actuación del espíritu, es decir nuestra forma de ser espíritu aquí y ahora, y el espíritu es en la medida en que se actúa en lo corporal. No estamos sujetos a dogmáticas históricas que no comprendemos para reconocernos seres intrínsecamente dotados (neo corteza), por el mismo hecho de ser cuerpo-mente, de una capacidad de contemplación inigualable en el orden de la vida de nuestro planeta: somos seres conscientes de ser sintientes y por consiguiente es nuestro desafío contemplar esta capacidad sagrada de interpretarnos continuamente más allá de lo aparente e ilusorio de esta forma contractual, convencional, social, cultural, económica y psicológica que nos aleja de ser realmente lo que somos en esencia.  

Es importante resaltar que para Ponty -más allá de un espiritualismo o un materialismo-, no existe un ser humano interior, sino que el ser humano está en el mundo y se conoce en el mundo. Somos seres consagrados al mundo, presencias activas en el mundo y ante los otros. El ser humano y el mundo no se podrán comprender si no es con base en su facticidad, es decir en su taleidad, en su dejarse “afectar”, o como diría otro fenomenólogo Michel Henry, la afectividad -nuestra capacidad de ser afectados por el mismo hecho de ser fenómenos correlacionados con la exterioridad-, o el modo de aparecer de todo lo que aparece, nos permite experimentarnos como seres vivientes desde el pathos de la vida, desde la exterioridad como paradigma filosófico del sentir-se. Por consiguiente mi cuerpo, afirma Ponty, es mi punto de vista sobre el mundo, y la percepción es la inserción del cuerpo en el mundo, o más sagazmente, el cuerpo es nuestro medio general de tener un mundo. Y es por ello que el “nuevo orden humano” que plantea Merleau-Ponty está basado en una de nuestras características principales: la capacidad de percibir. Para Él la percepción es el surgir de una experiencia originaria no mediada por el pensamiento o el juicio, pues la percepción es la inserción del cuerpo en el mundo “nuestro cuerpo está en el mundo como el corazón está en el organismo… forma con él una especie de sistema inextricable”. La percepción nos promete otros ángulos de enfoque sobre el mundo, sobre los otros, sobre las cosas, sobre las situaciones, y permanece siempre abierta y nos remite siempre a un “más allá” de nuestra simple manifestación individual, de modo que el significado mismo de la “exterioridad-interioridad” permanece abierto, o como dice Ponty, permanece “ambiguo”, y esta ambivalencia, esta poliedricidad, es algo constitutivo de la existencia.

Para Antonio Damasio las emociones son parte de nuestro sistema automatizado que nos permite ser y actuar en el mundo, de una forma inmediata y sin necesidad de pensar, pues son parte del proceso de regulación de un cuerpo vivo consciente de ser sintiente, es decir nuestra capacidad de ser afectados y de afectar. Añade que las emociones, como nuestro equipo básico con el que nacemos, no es aprendido como un hecho, sino que lo vamos descifrando a través de la asociación de las emociones y sus respectivos sentimientos, es decir no aprendemos las emociones, sino que nacemos con ellas y aprendemos a conectar emociones a través del sistema de hechos con una emoción que ya está ahí: ambos van unidos, tal como nos afirmaba Merleau-Ponty sobre la correlación interdependiente entre nuestro cuerpo y el mundo.

Las emociones, continua Damasio, logran su objetivo al generar acciones y éstas a su vez provocan los sentimientos. Nuestro cuerpo está diseñado para ser emociones y a la vez receptáculo de ellas. Nuestras amígdalas sostienen el miedo ante las posibles amenazas externas; nuestro corazón contiene la tristeza o el amor, dependiendo del impacto que viene de la exterioridad. Las emociones son por consiguiente programas de acción, y los sentimientos de esas emociones son las percepciones compuestas que provienen del estado del cuerpo. Para un neurocientífico la mente está hecha por el cerebro y las emociones son unos cambios muy reales y perceptibles en nuestro sistema nervioso, no son algo ambiguo que flota en el cosmos. Los sentimientos tienen una realidad, y son tan reales como el hecho de estar leyendo estas líneas en este preciso momento. Forman parte de los mapas internos y externos con que el cuerpo-mente trata de percibir y percibirse continuamente. Nuestro cerebro en la parte denominada “ínsula” está continuamente “mapeando” el proceso que va desde las emociones hasta los sentimientos, o nuestra manera de estar, reaccionar, sentir y ser en el mundo y ante el mundo, en un período de tiempo de aproximadamente 500 milisegundos. Al hablar de emociones nuestra mente traza inmediatamente la forma en que reaccionamos ante nuestra misma capacidad de vivir las emociones, para muchos como enemigas, para otros como un desafío entre victorias y derrotas en el que hay que ejercitarse continuamente.

Las milenarias prácticas religiosas de nuestro planeta a través de siglos de observación sabia y paciente han ideado formas eficaces para poder observar ecuánimemente ese fluir de 500 milisegundos entre pensamientos, emociones, sentimientos, reacciones y estados de bienestar o malestar. El ser humano es intrínsecamente libre, sin embargo nuestra libertad es una libertad condicionada, desafiantemente condicionada: se halla determinada por el mundo en el que vive y por el pasado que ha vivido. Y sin embargo, una espiritualidad del “aquí y ahora” debe adiestrarnos en esta libertad que nos desafía desde el teatro mismo de la intersignificación recíproca de nuestra estructura cuerpo-mente y su implicación con los acontecimientos que produce la exterioridad en nuestra interioridad fenomenológica (pensamientos, emociones, sentimientos) la cual encarna la manifestación de la “vida invisible”.

Anuncios

AMOR Y/O AMBIGÜEDAD: APUNTES EMBRIONARIOS PARA UNA POSIBLE LECTURA FENOMENOLÓGICA DEL AMOR Y LA SEXUALIDAD

Leda y el cisne

¿Se puede hablar de ciertas cosas? Nadie habla. No se habla jamás de lo que realmente cuenta, por pudor y por sospecha ¿Y la fe, no ha exasperado, quizás, la situación, turbando la paz de las relaciones, agravando ulteriormente nuestra suerte?

Elmar Salmann

Las grandes obras literarias, teatrales, poéticas, de todos los tiempos, Romeo y Julieta, el Faust, Doña Bárbara, Crimen y Castigo, La Ilíada, la Odisea, las Tragedias Griegas, Otelo, etc., nos hablan del sufrimiento y de las ignominias sufridas y perpetradas en nombre del amor. Al parecer es una realidad llena de ternura, sí, pero es también salvaje, tormentosa, oscilante entre atracción y fuga, proximidad pegostosa y repulsión, capricho y ethos, frialdad, recato e impudicia, tálamo nupcial y a la vez cámara de tortura. Nos preguntamos, ¿Por qué el amor, la sexualidad, las pasiones sensuales, tan deseables, nos hacen experimentar tanta fogosidad y goce, y a la vez nos hacen infelices, desilusionados, amargados? ¿Dónde esta contigüidad entre sexo y muerte, dedición y crueldad, promesa y desilusión se forma?

Ante tales interrogantes quisiera responder a través de la obra de Maurice Merleau-Ponty, “La fenomenología de la Percepción”, en el capítulo titulado “El cuerpo como ser sexuado”, a mi diletante y embrionaria posible lectura fenomenológica de la sexualidad. En dicha obra Ponty trata de evidenciar la función primordial a través de la cual existimos para nosotros mismos; la forma en que asumimos el espacio, y aprehendemos los objetos. Trata además de describir el cuerpo humano como el lugar de esta apropiación: si queremos poner en evidencia, dice M. Ponty, la génesis del “ser para nosotros”, debemos considerar “el sector de nuestra experiencia que manifiestamente tiene sentido sólo para nosotros mismos”, es decir nuestro ambiente corporal-afectivo interno.

Ponty dice que la afectividad se ha concebido como una especie de mosaico de estados afectivos, placeres y dolores cerrados en sí mismos, que huyen a la comprensión del sujeto, y sólo pueden ser explicados desde nuestra organización corpórea. El cuerpo no debe ser percibido como un objeto cualquiera: el cuerpo está sujeto por un esquema sexual, estrictamente individual, que evidencia las zonas erógenas (partes del cuerpo sensibles a estimulación) y delinea una fisonomía sexual que se complementa por los gestos del cuerpo, los cuales están integrados en dicha totalidad afectiva.

La percepción erótica que se da a través del cuerpo y se lanza hacia otro cuerpo, se efectúa en el mundo y no en una consciencia. Descubrimos la vida sexual como una intencionalidad original y al mismo tiempo como parte de la raíz vital de la percepción. La sexualidad no es un ciclo autónomo separado de la moral, de la ética, de la cultura, como la ha pretendido presentar la moral judeo-cristiana. Por el contrario, está internamente ligada a todo el ser consciente y agente. Para Freud, al respecto, lo sexual no es lo genital, la vida sexual no es un simple efecto de los procesos derivados de los órganos genitales. La libido no es un instinto, es decir, una actividad naturalmente orientada hacia fines determinados, sino la capacidad general propia del sujeto psicofísico de adherirse a ambientes diversos, de establecerse a través de diferentes experiencias, de adquirir estructuras de conducta. Lo sexual hace que un hombre tenga una historia. Si la historia sexual de un ser humano facilita la clave de su vida, es porque en la sexualidad del hombre se proyecta su modo de ser en sus relaciones con el mundo, es decir, en su relación con el tiempo y con los demás seres humanos. Aquí no se trata de saber si la vida reposa o no sobre la sexualidad, sino de saber qué entendemos por sexualidad. Pero el psicoanálisis, según M-Ponty, muchas veces hincha la noción de sexualidad hasta integrar en ella toda la existencia. ¿Cuando se generaliza la noción de sexualidad y se hace de ella una manera de ser en el mundo físico e interhumano, se quiere decir que en definitiva toda la existencia tiene un significado sexual, o bien que cada fenómeno sexual tiene un significado existencial? En la primera hipótesis la existencia sería una abstracción, otro nombre para designar a la sexualidad. Pero, como la vida sexual no puede ser circunscrita y no es simplemente una función separada y definible en base a la causalidad propia de un aparato orgánico, no tiene sentido decir que a través de la vida sexual se comprende la entera existencia: o bien dicha proposición se hace una tautología.

Ponty se pregunta ¿Cómo es posible hablar de un desarrollo o progreso de la sexualidad? Responde que en realidad no podemos hacerlo. La sexualidad se esconde a sí misma debajo de una máscara de generalidades, tiende incesantemente a huir de la tensión y del drama que ella misma instituye. La sexualidad está constantemente presente como una atmosfera ambigua. En otras palabras, el equivoco (ambigüedad) es esencial a la existencia humana, y todo lo que vivimos o pensamos tiene siempre más de un sentido. Hay osmosis entre la sexualidad y la existencia, es decir que la existencia se difunde en la sexualidad y recíprocamente, la sexualidad se difunde en la existencia, por lo tanto es imposible establecer cuánta parte tenemos en una decisión o en una acción, imposible caracterizar una decisión como sexual o no sexual. En la existencia humana hay un principio de indeterminación, y este hecho no deriva de una imperfección de nuestro conocimiento, simplemente la existencia es indeterminada en sí misma a causa de su estructura fundamental, en cuanto es la operación misma por la cual aquello que no tenía sentido asume un sentido, o como diría J.P Sartre “fuimos arrojados a la existencia y debemos interpretarnos continuamente para darnos un sentido”. La existencia no supera nada de modo definitivo, ya que si así fuese desaparecería la tensión que la define. No es suficiente con creer en un dios arquitecto que puede escrutar los corazones y los riñones y determinar cuánto proviene de la naturaleza y cuánto de la libertad.

La tradición y cultura judeo-cristiana, de la cual formamos parte en el bien y en el mal, y heredera de la filosofía griega, nos ha adiestrado, consciente e inconscientemente, a pensar al ser humano abstractamente, pues nos ha enseñado a disociamos de nuestro órgano sexual como si fuera un fragmento de materia que debe ser disimulado. Un ser humano pensado sin órgano sexual es inconcebible, al igual que un hombre sin pensamiento. En el hombre todo es contingencia, en el sentido que este “modo humano de existir” no está garantizado a cada niño y niña desde una esencia cualquiera recibida durante el nacimiento, sino que debe continuamente rehacerse en él, a través de los caprichos del cuerpo objetivo. Todo lo que nosotros somos, lo somos sobre la base de una situación de hecho que hacemos nuestra, y que transformamos incesantemente con una especie de escape que no es jamás una libertad incondicionada. Ninguna explicación sobre la sexualidad puede reducirla a cualquier cosa diversa de lo que ella es en sí misma. La sexualidad, diríamos con Ponty, es dramática porque nosotros empleamos en ella toda nuestra vida personal. ¿Por qué lo hacemos? Nuestro cuerpo es para nosotros el espejo de nuestro ser sólo en cuanto es un yo natural, un dato corriente de existencia, de modo que no sabemos nunca si las fuerzas que nos sostienen son las suyas o las nuestras, o mejor dicho, esas no son jamás del todo suyas o nuestras. En el juego de la sexualidad ninguno está a salvo y ninguno está perdido completamente.

Salir vencidos y nunca victoriosos es una lectura dramática de la dimensión sexual del ser humano. Y sin embargo a lo largo de la historia el humano mismo ha tratado de releer dicha dimensión en cientos de formas tratando de interpretarla. En la Grecia clásica el mito de la belleza era representado por el grupo indivisible de las tres Gracias: Eufrosine: alegría; Talía: abundancia, y Aglaia: entre las otras dos ella es la más joven y encarna la belleza resplandeciente, pero no separada de la forma sensible: es decir es la divinidad que fundía simbióticamente belleza terrena (el deseo), y la belleza como divinidad. En el Simposio de Platón la visión de la belleza terrena y la atracción sexual son el origen del deseo, que eleva el alma de este mundo sensible al mundo suprasensible inmortal y eterno. La belleza es el objetivo del camino filosófico que lleva a una aporética relación con el Bien. Platón presenta en el Simposio a Sócrates como aquél que ama: el erotikós. Eros es el deseo por la Belleza. Sócrates es el filósofo por excelencia. Y Diótima dice que en la Belleza se concibe y se da a luz. Para alcanzar el bello en sí mismo eros es el colaborador: se va del bello en minúscula al Bello en mayúscula.

El cuerpo, como hemos visto es el lugar de la apropiación del hombre, es el receptáculo de la existencia de lo humano. Las manifestaciones de la sexualidad en las diferentes culturas y épocas nos muestran que la realidad de la sexualidad ha sido percibida de forma variadísima y amplia por los seres humanos. Merleau-Ponty al hablar de la ambigüedad de la sexualidad nos recalca que es justamente en dicha ambigüedad donde se encuentra la esencia vital del hombre, por consiguiente, no puede ser siempre aprehendida desde el mismo punto de vista.