«EL GOZO ESCONDIDO EN EL DOLOR»: UNA ESPIRITUALIDAD QUE NOS LIBERA DEL SUFRIMIENTO 3ª PARTE

Capullo de una Mariposa Monarca, preparada para salir y volar
Capullo de una Mariposa Monarca, preparada para salir y volar

Cuando Marpa, el gran maestro tibetano de meditación, y maestro de Milarepa, perdió a su hijo lloró amargamente. Uno de sus discípulos se le acercó y le dijo: «Maestro ¿Por qué lloras? Tu nos enseñas que la muerte es una ilusión». Y Marpa le respondió: «La muerte es una ilusión. Y la muerte de un niño es una ilusión aún más grande». Pero aquello que Marpa alcanzó a mostrar a su discípulo, fue que mientras él estaba en grado de entender la verdad sobre la naturaleza condicionada de todas las cosas y sobre la «vacuidad de la forma», podía ser todavía humano, podía pobrar aquello que estaba sintiendo, podía abrirse a su dolor. Podía estar totalmente presente en la sensación de aquella perdida. Y podía llorar abiertamente.

No hay incongruencia en absoluto si sentimos nuestras sensaciones, si tocamos nuestro dolor, y al mismo tiempo sentimos la verdad de las cosas tal como son. El dolor es dolor; la aflicción es aflicción; la pérdida es pérdida: podemos aceptar estas cosas. El sufrimiento es aquello que nosotros agregamos a estas cosas cuando las rechazamos, cuando decimos: «No, no puedo». Hoy, mientras leía el nombre de mis abuelos que fueron asesinados junto a mis tíos, tías, y sus respectivos hijos, durante la Segunda Guerra Mundial -sus cuerpos fueron tirados en enormes fosas comunes-, esta imagen me arrolló con un dolor cuya presencia no tenía consciencia. Sentí una presión sofocante. Era incapaz de respirar. Mientras las lagrimas me descendían sobre el rostro fui capaz de recordar, de ser consciente de las experiencias físicas y de acompañar este doloroso recuerdo con la respiración, dejando que se manifestase. No es un fracaso probar estas sensaciones. No es un castigo. Es parte de la vida. Es parte de este viaje humano.

Oruga de Mariposa
Oruga de Mariposa

Por lo tanto, la diferencia que hay entre dolor y sufrimiento, es la misma que hay entre la libertad y la esclavitud. Sólo si somos capaces de estar con nuestro dolor, podemos aceptarlo, conocerlo y curarlo. Mas si no está bien experimentar dolor, rabia, miedo, soledad, entonces no está bien mirar nuestras sensaciones, y no está bien tenerlas en nuestros corazones y encontrar paz a través de ellas. Cuando no estamos capacitados para sentir aquello de debemos sentir, cuando oponemos resistencia y buscamos huir a la vida entonces somos esclavos. Donde nos aferramos allí está el sufrimiento, pero si sentimos simplemente el puro dolor tal como es, nuestro sufrimiento muere… He aquí la muerte a la cual debemos morir.

Con la «ignorancia», con nuestra incapacidad para ver las cosas como realmente son («Dhamma»), creamos tantas prisiones. Somos incapaces de estar despiertos, de probar verdadera gentileza amorosa hacia nosotros, o de amar a la persona que está a nuestro lado. Si no podemos abrir nuestros corazones a las heridas más profundas, si no podemos traspasar el abismo creado por nuestra mente a través de la ignorancia, del egoísmo, de la avidez, del odio, entonces somos incapaces de amar y de realizar nuestro verdadero potencial. Nos hacemos incapaces de llevar a termino el trabajo de esta vida. Tomando la responsabilidad de todo aquello que probamos, la responsabilidad de nuestras acciones y de nuestras palabras, construimos las bases del sendero hacia la liberación. Conocemos el resultado que produce una acción correcta, para nosotros mismos y para los demás. Cuando hablamos y actuamos sin amabilidad, cuando somos deshonestos, falsos, críticos, y llenos de resentimiento, entonces somos nosotros los que sufrimos verdaderamente. En algún lugar dentro de nosotros hay un residuo de dichas conductas mentales. Para abandonarlas debemos rendirnos, debemos abrirnos a todas nuestras imperfecciones, reconocer y aceptar totalmente nuestra naturaleza humana, nuestros deseos, nuestros límites, y perdonarnos. Debemos cultivar la intención de no dañar a nadie (incluidos nosotros mismos) con el cuerpo, la palabra o el pensamiento. Y si nos encontramos haciendo nuevamente el mal, perdonémonos y comencemos desde el principio, con la justa intención. Nosotros comprendemos el «Kamma». Cuánto es importante vivir en modo vigilante, recorrer el sendero de la compasión y de la sabiduría instante tras instante no sólo cuando estamos en retiro.

Mariposa Monarca
Mariposa Monarca

La meditación continúa siempre. La meditación es el ser en contacto con nuestra verdadera naturaleza. En el trascender nuestra naturaleza condicionada nos movemos hacia la realización de lo Incondicionado. Obtenemos la sabiduría que nos permite aceptar todos los condiciones, de estar en total paz, completa unión y armonía con todas las cosas tal cual son. Mientras tengamos en nuestros corazones una cosa negativa -sobre nosotros o sobre los demás-, no estamos capacitados para realizar plenamente nuestra verdadera naturaleza. No podemos ser libres.

Reflexiones de Ajahn Medhanandi

Todos los derechos reservados: Ass Santacittarama 2007.

Traducido del Inglés por Gabriella De Franchis del libro «Freeing the heart»

Traducido del Italiano por Leandro Posadas

Fuente: www.amaravati.org

JUAN DE LA CRUZ: APRENDER A OBSERVARNOS Y A DESNUDARNOS «EN LA NOCHE DE LOS SENTIDOS»

Aprender a 'ver' en la 'noche de los sentidos'
Aprender a ‘ver’ en la ‘noche de los sentidos’

Llama Juan de la Cruz «noche» a la privación del gusto en el apetito de todas las cosas, y coloca el ejemplo de dicha privación en cada uno de los «seis» sentidos, los cuales privados de sus objetos de placer o deleite, «quedan a oscuras y sin nada» («Subida» Lib. I, 3,1). El autor considera que los espirituales deben lograr una especie de «vacío sensorial», pues de ese modo, descubrirán, que más allá de oler, oír, gustar, sentir, ver y pensar, el alma ya no está atada a los objetos de dichos sentidos, los cuales turban el espíritu humano y nublan su capacidad espiritual. Juan de la Cruz no trata aquí de la renuncia a los objetos exteriores, sino de la renuncia del gusto por ellos, es decir, de la capacidad de entrenar nuestra voluntad para que no esté sujeta y esclavizada a los deleites y consiguientes padecimientos que la «exterioridad» trae consigo. Utilizando otra formula, podríamos afirmar, que dicho «vacío o desnudez sensorial» no significa que no debamos poseer nada, sino que las cosas no nos posean a nosotros, ni siquiera nuestros propios estados de ánimo. Se trata pues, de la «desnudez del gusto». Esta primera manera de desnudez, la considera el autor como la renuncia de la parte «sensitiva», por la que debe pasar el espiritual para ir a la «unión con Dios».

Sin embargo, no es nada más la voluntad de controlarse o desengancharse de los gustos y deleites de los sentidos, porque si esa voluntad carece del compromiso a nivel emocional, si se desconocen las ideas y necesidades inconscientes por las cuales somos adictos a lo «temporal», no tendremos la capacidad para liberarnos de ellos verdaderamente.

En «Subida» Lib. I, Cap. 4, 1 y Cap. 11, 1. 4, Juan de la Cruz detalla el por qué de la apremiante necesidad de pasar por la mortificación del apetito para ir a dicha «unión»: «Todas las afecciones que existen en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales el alma vestida, no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la pura y sencilla luz de Dios, si primero no desecha de sí». En dicho capítulo Juan se refiere a las falsas apreciaciones que hace el ser humano sobre el mundo y lo compara con la inefable sabiduría de Dios, con el fin de dar a entender que seremos ciegos en nuestro camino espiritual, si seguimos atados a las convenciones y valoraciones del mundo («Subida» Lib. I, Cap. 4, 2-8).

Es importante indicar aquí que no se trata, simplemente, de comenzar a valorar, discursiva y superficialmente, las «cosas del mundo», y pretender que ya no nos «afectan», que ya no estamos sujetos a ellas, pues primeramente, la voluntad de dicho desprendimiento debe ser cultivada y educada a través de la «observación».

Lo que nos corresponde a nosotros en esta «noche del sentido» es estar siempre observando; aprender a ver en los dos niveles, el nivel emocional y el nivel intelectual: observar con ecuanimidad nuestras ideas acerca de las «cosas», pero también qué es lo que sentimos sobre esas «cosas». Juan de la Cruz, nos invita a estar «presentes conscientemente en nuestro presente» y percibir nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra mente y nuestros eventos mentales en el «momento en que están sucediendo». De esta manera es como descubrimos nuestros «apegos» y «cadenas» a lo «mundano», a lo impermanente e insatisfactorio. Pues si trabajamos exclusivamente a nivel intelectual, constantemente, nos engañaremos, pues dicho aprendizaje debe darse no sólo en el plano verbal, sino en el plano no verbal, es decir, sentir y experimentar dichas «comprensiones» en el nivel emocional. Llegar a darnos cuenta de si no las sentimos, y de si aún no nos percatamos a través de una presencia consciente y una comprensión clara de nuestros «apegos». San Juan de la Cruz nos lo expone a través de su particular lenguaje en «Subida» Lib. I, Cap. 8, 1-4.

JUAN DE LA CRUZ: LA NECESIDAD DE LA «NOCHE OSCURA» PARA EL SER HUMANO EN SU CAMINO DE TRANSFORMACIÓN INTERIOR

«En una noche oscura

con ansias en amores inflamada

¡oh dichosa ventura!

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada»

"Oh Noche amable más que la alborada"
“Oh Noche amable más que la alborada”

En este breve artículo deseo presentar uno de los temas más profundos de la mística y espiritualidad occidental, como es el tema de la «Noche Oscura», a través, tal vez, de su mayor exponente en Occidente, Juan de la Cruz. De tal profundidad es este tema para el espíritu humano que las diversas tradiciones religiosas del planeta han hecho mención, por medio de lenguajes, formas y métodos distintos de esta «Noche Oscura de los sentidos y del espíritu».

Los dos «poemas» en los que Juan de la Cruz trata y describe dicha «Noche», son el poema de la «Subida al Monte Carmelo» y el propiamente titulado «Noche Oscura», las cuales traducen una «experiencia unitaria» que engloba la «acción divina» y la «reacción» humana. Juan de la Cruz ha preferido estudiarlas por separado, dando lugar a dos partes dentro de una misma obra, pero por razón de contenido e intención son inseparables.

Es importante resaltar que para Juan de la Cruz, como teísta, lo fundamental de la vida espiritual del ser humano es el proceso de «unión» entre el «Dios personal cristiano» y el espíritu del ser humano mismo. Cabe acotar, sin embargo, que no necesariamente, debemos creer en un «Dios personal», como nos lo presentan las diversas tradiciones religiosas del mundo, para tener una profunda y sólida experiencia espiritual. Hacemos dicha acotación para ser ecuánimes con el fin de este espacio web, que está dedicado al diálogo interreligioso y ecuménico.

La «unión de voluntades», de la que habla Juan de la Cruz, debe pasar por varias etapas, que él ha denominado: 1) «principiantes»; 2) «aprovechados»; y 3) «perfectos». Entre una y otra hay momentos de particular oscuridad y riesgo: el paso del «sentido» al «espíritu», el paso del «espíritu» a «Dios».

Para Juan de la Cruz la base del camino espiritual son las «crisis» o «noches», que los espirituales llaman purgaciones o purificaciones del alma. El proceso como tal queda esquematizado en tres etapas decisivas: 1) «noche del sentido»; 2) «noche del espíritu»; 3) «unión de amor».

"Poeta que canta a la noche de la liberación"
“Poeta que canta a la noche de la liberación”

En el prólogo a la «Subida al Monte Carmelo» el autor nos menciona con detalle sus intenciones al escribir dichos comentarios al poema de la «Subida». El fin principal es la liberación de todo lo temporal y quedar, de ese modo, en la suma desnudez y libertad espiritual para la «unión divina». La «Subida al Monte Carmelo» implica, por consiguiente, actividad, esfuerzo y despojo; es una especie de proceso de purificación en el quehacer humano.

Alguien podría cuestionarse acerca de la importancia en la vida espiritual del abandono de lo «temporal» y lo «sensible». Por «sensible» en el lenguaje sanjuanista se entiende el sector más exterior y superficial de la persona humana y su actividad. Si hemos sido educados en lo «temporal», si nuestra vida gira en torno, casi exclusivamente alrededor de lo «temporal» ¿por qué entonces deberíamos liberarnos de ello? Nuestra respuesta es una aproximación dada a través de las enseñanzas de las distintas tradiciones espirituales. De acuerdo con ellas, podemos responder, sin usar un lenguaje confuso y elevado, que el valor que le damos a lo que experimentamos a través de los sentidos es más alto que el valor que en realidad tienen. Los grandes maestros espirituales sostienen a través de sus experiencias, escritos y disertaciones, que somos «adictos a los fenómenos mentales», es decir, somos adictos a las cosas exteriores, a las percepciones de dichas cosas, a las mismas emociones que tales percepciones producen, a los pensamientos, ideas y juicios que giran en torno a lo que nos rodea «dentro» y «fuera» de «nuestra mente». No tenemos una visión clara de la realidad tal cual es, y por ello vivimos «fabricando el sentido de nuestra vida» en los lugares equivocados, con las personas equivocadas, y con situaciones y cosas que no son absolutamente necesarias. Literalmente, nos «enganchamos» a lo que creemos nos dará la felicidad, pero como no tenemos el poder para controlarlo todo, en vez de ser felices, traemos más desdicha y sufrimiento a nuestras vidas, y a la vida de los que nos rodean.

Para Juan de la Cruz la experiencia espiritual cuando llega al nivel de los «perfectos» es incomunicable pues «sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir». Es por ello que el autor no se fía ni de la ciencia ni de la experiencia para describir dicho poema, sino de su fe en las Sagradas Escrituras Cristianas, que se refieren a dichas experiencias en varios de sus libros, especialmente los Proféticos, Sapienciales, y los mismos Evangelios.

Juan de la Cruz (retrato del s. XVI)
Juan de la Cruz (retrato del s. XVI)

La metáfora «noche» en Juan de la Cruz hace referencia a la relación, primeramente, del ser humano con lo transitorio, con lo perecedero, con lo «sensible». Es la noche de los «principiantes» («Subida» Lib. I, 3). El ser humano debe ir despojándose de todo lo «trivial» para entrar en dicha «noche». Pues, mientras sigamos atados a la consciencia ordinaria y a los impulsos y reacciones de los sentidos permaneceremos en una «noche». En segundo lugar porque, la vía que debe usar el ser humano para unirse a la «divinidad» es justamente la oscuridad de la noche de la fe. Fe en que a pesar de nuestra humanidad somos «capaz infiniti». Es noche de fe, porque el ser humano no podrá captar su profunda infinitud, mientras siga «viendo» todo a través de su enfermo y ciego entendimiento. Y por último, porque para Juan de la Cruz, la divinidad o «Dios» es «Noche Oscura» en esta vida. Esta tercera noche es la noche de los «aprovechados», de los que han entrado al estado de contemplación.

Los grandes maestros espirituales a través de su «experiencia» se han percatado que «el misterio» es insondable para el ser humano. Y sólo se puede ir hacia dicho «enigma saludable» negando y no afirmando, callando y no expresando. Pues, para la mística, sea occidental u oriental, el silencio es la clave de la transformación y emancipación de la consciencia.

La «Subida» es un canto alegre de aquella «persona que se sabe amada», y que se ha visto libre de la consciencia ordinaria, la cual es la causa de tanta desdicha y sufrimiento para el ser humano. Sólo podremos vislumbrar la profundidad de dicho poema, si nosotros mismos experimentamos en un primer momento, como «principiantes» el sosiego de «nuestra casa», pues «no se sale de las penas y angustias de los retretes de los apetitos hasta que estén amortiguados y dormidos» («Subida» Lib. I, 1).

«EL GOZO ESCONDIDO EN EL DOLOR»: UNA ESPIRITUALIDAD QUE NOS LIBERA DEL SUFRIMIENTO 2ª PARTE

Encinas
Encinas

Perseguir las sombras… ¿Qué buscamos realmente en nuestra vida? Buscamos felicidad, un puesto seguro, paz. Pero ¿dónde buscamos estas cosas? Buscamos desesperadamente protegernos a nosotros mismos acumulando siempre más cosas, teniendo cerrojos cada vez más grandes para nuestras puertas, colocando un sistema de alarma. Nos blindamos constantemente los unos a los otros acrecentando el sentido de separación -teniendo más propiedades, más control, sintiéndonos más importantes con nuestras carreras, nuestros doctorados-. Nos esperamos más respeto y pedimos soluciones inmediatas: es una cultura de la gratificación inmediata. De este modo, estamos constantemente al borde de la decepción, ocurre, por ejemplo, si nuestra computadora se bloquea, si no alcanzamos un acuerdo de trabajo, o no obtenemos un ascenso.

Esto no significar disminuir el mundo material. Tenemos necesidad del soporte material, del alimento, de la ropa, de las medicinas; tenemos necesidad de un refugio y de una protección, de un lugar en cual reposar; tenemos necesidad del calor humano y de la amistad. Tenemos necesidad de muchas cosas para este viaje, pero al mismo tiempo, como consecuencia de nuestro apego a las cosas, de nuestros esfuerzos orientados a llenarnos de cosas y a encontrar satisfacción a través de ellas, permanece en nosotros un sentido de avidez, de insatisfacción, porque estamos buscando en el lugar equivocado. Cuando alguien repentinamente se enferma, pierde una pierna, sufre un infarto, afronta la muerte, contrae el SIDA, y debe soportar indecibles sufrimientos ¿Qué hacemos nosotros? ¿Dónde nos refugiamos?

Antes de su iluminación, cuando el Buda era todavía un príncipe, tenía todo. Tenía aquello que en el mundo la mayor parte de las personas buscan mientras alejan la muerte a los márgenes de la vida, mientras relegan el conocimiento de la propia mortalidad en el punto más extremo de la consciencia. Era un príncipe. Tenía una amada esposa y un hijo. Su padre había buscado desesperadamente protegerlo de las brutalidades de la vida, prodigándole todos los placeres de los sentidos, incluso un palacio para cada estación. Pero no podía retener a su hijo y un día el príncipe salió y vio aquello que debía ver: «los cuatro Mensajeros Celestes».

EL SUFRIMIENTO ES NUESTRO MAESTRO

Debemos lograr una mente ecuánime para la vida espiritual
Debemos lograr una mente ecuánime para la vida espiritual

Alguien podría pensar que es contradictorio el hecho que un mensajero celeste pueda presentarse con el semblante de un anciano: «Qué tiene de celestial un viejo que se arrastra por las calles» No obstante, es un mensajero divino porque el sufrimiento es nuestro maestro; es a través de nuestra experiencia y de nuestra habilidad de contemplar el sufrimiento como nosotros aprendemos la Primera Noble Verdad.

El segundo mensajero era un enfermo, y tercer mensajero era un cadáver lleno de gusanos y moscas, en descomposición sobre la pira funeraria. Estas fueron las cosas que el Buda vio y que le abrieron los ojos a la verdad sobre la vida y sobre la muerte. No obstante, el cuarto mensajero celeste era un monje: símbolo de renuncia, alguien que había renunciado al mundo para descubrir la auténtica verdad. Muchas personas quieren escalar el Everest, la montaña más alta del mundo, pero en realidad hay un Himalaya aquí, en cada uno de nosotros.

Yo quiero escalar dicho Himalaya para descubrir la verdad que está dentro de mí, para alcanzar la cumbre de la comprensión humana y para realizar mi verdadera naturaleza. Todo, sobre el plano material, especialmente la búsqueda de cosas por las cuales malgastamos tanta energía, parece pequeño e insignificante frente a la potencial transformación de la consciencia.

He aquí donde estos cuatro signos celestes fueron indicados al joven Siddhartha. Estos son los mensajeros que nos pueden indicar la Vía de la Verdad, lejos de la vía de la ignorancia y del egoísmo, dentro de la cual luchamos vanamente, atrapados en visiones erradas, incapaces de afrontar nuestra oscuridad, nuestra confusión, nuestro dolor. Stephen Levine se refiere a la distancia que creamos ante nuestro dolor, ante nuestra herida, ante nuestro miedo, ante nuestra aflicción, como a la distancia que nos separa de la comprensión de nuestra verdadera naturaleza.

Nuestras mentes crean el abismo, el inmenso precipicio. ¿Qué cosa nos llevará más allá del vacío? ¿Cómo podemos afrontar la oscuridad que sentimos? ¿Cómo podemos desarrollar aquel tipo de discernimiento con el cual podemos realizar el verdadero amor en sí, aquella paz sublime que no se apega a nada, ni rechaza nada? ¿Podemos contener todas las turbaciones y los sufrimientos en un abrazo compasivo, que entra en lo profundo de nuestros corazones con pura consciencia, presencia mental y sabia reflexión, que toca el centro de nuestro ser? Apenas comenzamos a ver más claramente, con visión profunda y penetrante, aprendemos la diferencia entre dolor y sufrimiento.

¿CUÁL ES LA EXPERIENCIA DEL DOLOR?

Es simplemente natural que nosotros experimentemos dolor cuando alguno de nuestros seres queridos muere. Estamos apegados a dicha persona, apegados a su compañía; tenemos recuerdos de los períodos trascurridos juntos. Dependíamos el uno del otro para muchas cosas, consuelo, intimidad, apoyo, amistad, y por ello sentimos la pérdida.

Cuando mi madre estaba muriendo, tenía dificultad para respirar y los fluidos corporales estaban comenzando a pudrirse, e imprevistamente se despertó de un coma profundo y sus ojos plenos de reconocimiento se encontraron con los míos. De la profundidad del Alzheimer que le había impedido reconocerme por los últimos diez años, en aquel momento volvió a ser plenamente consciente y sonreía con una sobrenatural y esplendida alegría. Un rayo cayó sobre ambas, y después, al poco tiempo, se fue.

¿Dónde estaba la enfermedad que la había raptado por tantos años? En aquel momento se dio la realización de la vacuidad de la forma. Ella no era aquel cuerpo. No había ningún Alzheimer y ella no estaba muriendo. Había solamente el desconocimiento con el corazón de la impermanencia, y a través del dejarse ir, la disolución de los elementos que retornan a sus orígenes.
Conociendo lo trascendente, conociendo la realidad de las cosas tal como es, -conociendo el cuerpo como cuerpo-, nos damos cuesta de que estamos en perenne cambio. Aprendemos a estar en la consciencia pura y tocamos aquello que es inmortal.

En nuestras relaciones personales, con nuestra familia, podemos iniciar a usar la sabiduría como refugio. No quiero decir que no amemos, que no suframos por nuestros seres queridos. Significa que no somos dependientes de nuestras percepciones sobre nuestra madre y nuestro padre, sobre nuestros hijos, y sobre nuestras amistades íntimas. No dependemos de su existencia, como nosotros pensamos, no creemos más que nuestra felicidad dependa de su amor hacia nosotros, o del hecho de que ellos vivan o mueran. Estamos en grado de rendirnos al ritmo de la vida y de la muerte, al ritmo de la ley natural, al Dhamma del nacimiento, del envejecimiento, de la enfermedad y de la muerte.

Reflexiones de Ajahn Medhanandi

Todos los derechos reservados: Ass Santacittarama 2007.

Traducido del Inglés por Gabriella De Franchis del libro «Freeing the heart»

Traducido del Italiano por Leandro Posadas

Fuente: www.amaravati.org

«EL GOZO ESCONDIDO EN EL DOLOR»: UNA ESPIRITUALIDAD QUE NOS LIBERA DEL SUFRIMIENTO 1ª PARTE

Encinas
Encinas

En este artículo deseo presentar la traducción al español de una bella conferencia de la monja Budista Theravada Ajahn (maestra) Medhanandi, incluida en su libro «Freeing the heart». El título de nuestra entrada podría parecer una oferta más de las que nos ofrece el mercado del wellness materialista, con el fin, simplemente, de hacernos sentir bien y seguir con nuestra vida, sin complicarnos demasiado con lo que realmente hace «vivible» y «significativa» cada etapa de nuestra vida, incluso el «último crepúsculo».

Cada tradición religiosa y espiritual en la historia de nuestro planeta ha nacido con el fin de ofrecer una respuesta al por qué del ser humano y al por qué de la insatisfacción de la consciencia humana.

En Occidente, por lo avatares de la historia, la espiritualidad ha estado muy ligada a instituciones, a dogmas, a normas, a leyes, a códigos morales, a convenciones sociales, culturales, económicas e incluso psicológicas. Hoy la espiritualidad occidental busca una conexión sabia y prudente con Oriente, y al mismo tiempo trata de encontrar en sus mismas fuentes una espiritualidad eficaz y transformante. En nuestro sitio hemos hecho mención, varias veces, de la profunda tradición espiritual de lo primeros siglos del Cristianismo (Evagrio Póntico, Juan Casiano, Padres del Desierto, Mística cristiana, etc.), que han recibido el mensaje del Evangelio, y han tomado lo más profundo del mismo para poder vivir una existencia realmente feliz, plena y profunda.

Toda iniciativa que propicie el diálogo y el encuentro entre las diversas tradiciones espirituales entre Oriente y Occidente en la actualidad debe ser apoyada, pues el ser humano de hoy, como en cada época, pide una respuesta auténtica y eficaz a sus enigmas más profundos, y a la vez a los más evidentes, y sin embargo menos aceptados: el sufrimiento, el dolor, la enfermedad y la muerte. Una tradición espiritual, que se vuelve exclusivista en su visión de la vida, y que no toma en serio al ser humano en su totalidad y complejidad, que no logra ayudarlo, eficazmente, en su camino hacia la liberación y transformación debe ser desechada.

Con un lenguaje directo, eficaz, y a la vez ameno, Ajahn Medhanandi, nos describe el camino de la transformación a través del dolor humano mismo. Es, en líneas generales, lo que Jesucristo nos propuso como camino de liberación: «… Carga con tu cruz y sígueme», «… Niégate a ti mismo»; o el Apóstol Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí», etc. Este breve artículo debería ser leído con el corazón abierto al diálogo, y con una perspicaz apertura a lo que el Budismo, a través de la tradición Theravada, nos ofrece, ya seamos cristianos, protestantes, ateos, agnósticos, judíos, musulmanes, católicos, etc., pues todos, sin excepción, sufrimos, enfermamos, y tarde o temprano moriremos.

He aquí la traducción:

Hay tanto sufrimiento alrededor de nosotros ¿Cómo podemos aceptarlo? Hemos oído hablar del suicidio, del cáncer, de la vejez, de las enfermedades, del decaimiento y de la muerte, los cuales apagan la vida de las personas jóvenes y ancianas que tienen tantos deseos de vivir ¿Por qué ocurre esto? En la naturaleza la muerte está en todos lados alrededor nuestro. Es la ley natural, nada nuevo. Y sin embargo, muy a menudo, continuamos alejándola de nuestra vida, haciendo nuestros mejores esfuerzos para hacer parecer que nunca moriremos, que no envejeceremos, que seremos saludables, acomodados y lúcidos siempre.

Nos identificamos constantemente con nuestros cuerpos. Pensamos: «esto soy yo», o bien, «yo soy mi cuerpo, mis pensamientos, mis emociones, mis deseos, mi bienestar, mis maravillosas propiedades, mi personalidad». Es allí donde nos equivocamos.

Hojas secas de Encina
Hojas secas de Encina

A través de nuestra ignorancia recorremos las sombras, moramos en nuestras desilusiones, incapaces de afrontar las tempestades que la vida nos trae. No somos capaces de estar como las encinas que están alrededor de nuestro centro en Amaravati, que resisten el invierno y superan las tempestades que las sacuden. En octubre dejan caer con gracia sus hojas, y en verano nuevamente florecen. También para nosotros hay vaivénes, nacimientos y muertes, las estaciones de nuestra vida. Cuando estemos preparados, e incluso si no lo estamos, nosotros moriremos. Igualmente, si no hemos estado nunca enfermos, moriremos. Esto es lo que los cuerpos deben hacer.

Cuando hablamos ‘de morir antes que muramos’, no quiere decir que deberíamos suicidarnos para evitar los sufrimientos; significa que deberíamos usar nuestra práctica, nuestra manera de contemplar para comprender nuestra verdadera naturaleza. Durante la meditación podemos entrar profundamente en nuestra mente para investigar la verdadera naturaleza del cuerpo y de la mente, para comprender la impermanencia y para preguntarnos ¿qué es lo que muere? ¿quién muere?

La muerte puede ser pacífica. Una muerte pacífica es un don, una bendición para el mundo, simplemente un retorno de los elementos a los elementos. Pero si nosotros no nos hemos acercado a la realización de nuestra verdadera naturaleza, la muerte puede ser horrorosa, y podemos oponerle mucha resistencia.

Sin embargo, nosotros podemos estar preparados, preguntándonos quiénes somos realmente; podemos vivir conscientemente. Luego, llegado el momento, podemos morir conscientemente, completamente abiertos, al igual que la llamada de las hojas a caer sobre el suelo.

Reflexiones de Ajahn Medhanandi

Todos los derechos reservados: Ass Santacittarama 2007.

Traducido del Inglés por Gabriella De Franchis del libro «Freeing the heart»

Fuente: www.amaravati.org

Traducido del Italiano por Leandro Posadas