«Yo no soy mi cerebro»

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‘He imaginado una historia en la que no soy «humano»’

Escrito por Leandro Posadas.

Hermanos humanos que aún seguís con vida,

no tengáis con nosotros el corazón muy duro,[…],

ved aquí nuestros cuerpos que tanto hemos mimado,

nuestra carne está ya devorada y podrida,

y nosotros los huesos nos hacemos ceniza […].

François Villon, Balada de los ahorcados.

     El filósofo contemporáneo Markus Gabriel ha escrito un libro sobre filosofía de la mente, con el fin de criticar la neuromanía actual, con un título realmente sugerente: Yo no soy mi cerebro[1]. Ese mismo título me sirve para encabezar este breve artículo que deseo presentar hoy, y el cual he subtitulado con la frase: He imaginado una historia en la cual no soy humano. Entendida esta «historia» como un relato en el que posiblemente descubro que no soy solamente un producto de las «convenciones» que hemos construido desde que aparecimos como homo sapiens hace alrededor de 200 mil años.

     Hace algunos días veía una entrevista hecha al futbolista Gerard Piqué, en la cual respondía cuánto dinero tenía y además hablaba del valor de su patrimonio. No me sorprendió la cantidad de millones que posee, sino ver cómo el público, el entrevistador, y el futbolista se metían tan de lleno en su papel. En ese momento vino a mi mente la película del Planeta de los Simios del director Franklin Schaffner, y a partir de allí la entrevista me pareció muy divertida. La estupidez, disfrazada por una especie de sobrada socarronería, que contemplé en esa audiencia me recordó que seguimos siendo unos frágiles mamíferos que intentamos construir el sentido del porqué somos lo que somos.

     Los futbolistas, cantantes, actores, youtubers, instagramers, son los ídolos de nuestra época. Millones de mentes dormidas han hecho posible que estos «cuadrumanos» existan y sean aplaudidos en entrevistas grotescas. La mente humana como la suma de un sin número de fenómenos biológicos, culturales, históricos, sociales y religiosos tiene una gran variedad de capacidades, incluida la capacidad de diseñar imágenes falsas del mundo y de sí mismo (ideologías). Paradójicamente, sostiene Markus Gabriel, es por esa misma capacidad que el ser humano puede ser libre, en la medida en que tiene que hacerse una imagen fidedigna y real de sí mismo para ser alguien, por medio de una incansable, fatigosa, pero a la vez divertida autointerpretación.

     Markus Gabriel en su libro Yo no soy mi cerebro nos recuerda, sin embargo, que «nuestra comprensión de los conceptos con los cuales nos describimos a nosotros mismos como seres humanos se ha ido configurando a lo largo de milenios de historia cultural, humanística, lingüística. Ha evolucionado de manera compleja, -y las religiones son una prueba de ello-, en campos de tensión entre nuestra comprensión de la naturaleza, nuestra literatura, la jurisprudencia, las artes, las religiones, las experiencias socio-históricas»[2].

     Para M. Gabriel ser un ser humano, independientemente de si escuchamos a Lady Gaga; de si somos creyentes o ateos, o de si usamos la camiseta del Barça, tiene que ver con algo aún más importante: la libertad, que para él consiste en el hecho de que somos seres que no podemos ser entendidos si se intenta basar nuestra imagen humana exclusivamente en el modelo de las «convenciones»[3]. Es decir que las formas que como humanos hemos creado a lo largo de nuestra historia con el fin de ver lo que nos hace únicos, especificarnos y conceptualizarnos: religión, ciencia, ética, arte, música, idioma, política, tecnología, neurociencia, sociedad, moral, no han alcanzado aún a comprender lo que ser ser humano es.

     Uno de los poemas más célebres del Buda Sakiamuni se encuentra en el capítulo XI dedicado a la vejez del libro del Dammapada. La noble estrofa dice así: «He pasado por muchos inicios repetidos, buscando sin encontrar al constructor de esta casa […] ¡Oh constructor de la casa! Ahora te he descubierto. Ya no podrás seguir manteniendo en pie la casa, porque todos sus pilares han sido demolidos y la viga maestra ha sido arrancada de su sitio. Mi mente, dedicada a desvincularse de las cosas falibles, ha alcanzado la extinción de los anhelos y apegos, y mi sed ha sido saciada»[4]. El escritor y filósofo Joseph Goldstein en su libro Seeking the Heart of Wisdom del año 1987, interpretando la estrofa citada, sostiene que el Buda «vio» que el mundo está empapado de insatisfacción (dukkha), -demasiadas camisetas y series de Netflix en los últimos años-, y al descubrir al constructor (el deseo), de la casa (la insatisfacción, el sufrimiento), y demoler sus pilares (las impurezas de la mente), y arrancar de su sitio la viga maestra (la ignorancia) alcanzó su verdadera naturaleza: ser un «despierto»[5], un ser que vive en y desde su verdadera naturaleza (completeness, completezza, vollständigkeit). Para Ajahn Munindo, un maestro del Budismo Theravada, el poema del Buda quiere advertirnos acerca de nuestra completa y ciega identificación con esto que creemos que somos[6]: «nuestras» opiniones, «nuestras» ideas, «nuestras» percepciones, «nuestras» religiones, «nuestras» emociones, «nuestros» deseos, «nuestros» rechazos, «nuestra» sociedad, «nuestros» países, etc. La mayoría de los seres humanos, como «algoritmos de supervivencia», hacen cualquier cosa con el fin de «preservar» esto que somos, y se identifican plenamente y sin perspectivas con este «mundo» y con esta «casa». Tal es nuestra identificación con esta convención construida hace miles de años sobre cómo ser ser humano entre humanos, que gastamos toda nuestra vida en conservarla, en divertirla, en acicalarla, en buscar quien la ame, en amar, en buscarle un propósito con el fin de construir un sentido de identidad. Los poderosos, acaudalados e influencers de este «planeta de los simios», se han dado cuenta de dicha constante en la gran masa humana, y han creado un «gran espectáculo» para mantenernos dormidos, porque sólo los que están dormidos crean ídolos, fetiches y amuletos, y confían ciegamente en las ideologías.

     Tenzin Gyatso, maestro espiritual budista y reconocido como el XIV  Dalai Lama del Tibet, alguna vez se refirió al «Budismo» no como una religión, o una doctrina en la que se debe creer sin pedir explicaciones, sino como una ciencia de la mente, y el poema del Dhammapada más que ofrecer una forma de pensar o sentir acerca de cómo ser ser humano, invita a invertir la energía de nuestra vida en encontrar un refugio realmente seguro en el cual hallar un sentido de identidad confiable: la comprensión pura, silenciosa y dilatada desde un «no-yo» desde la cual observar la realidad tal cual es.

     Hoy la frase más frecuente que se nos repite a través de las redes sociales, de las películas, de la series, de los libros, es: «Vive tu vida al máximo» y se ha creado un «gran negocio» para entretener y distraer esta mente y este cuerpo. ¿Es esta la finalidad de ser humanos? Nadie tiene la respuesta última sobre cómo ser seres humanos, pero vivir a merced de lo que este «gran negocio» nos propone no creo sea la solución. ¿Por qué no? Se preguntarán algunos que están esperando la última temporada de Juego de Tronos, o cuándo saldrá en el cine la última película de los Vengadores (Avengers Endgame). Porque sin darnos cuenta estamos entregando miles y miles de segundos de nuestra efímera vida en llenar nuestra mente de emociones, sensaciones, ideas, opiniones, en las cuales no podemos encontrar sabiduría ni certeza, y cuando llegue la vejez, -la gran maestra de todo mortal-, con sus dolencias, con sus limitaciones, no vendrá un superhéroe de Marvel a llevarnos al hospital, y no tendremos las herramientas necesarias para escuchar y contemplar lo que la desafiante enseñanza de la vejez viene a decirnos a cada uno de nosotros, quienes aún seguimos con vida en esta Balada del Planeta de los simios.

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[1] Gabriel M., Yo no soy mi cerebro. Filosofía de la mente para el siglo XXI, Pasado y Presente, Barcelona 2016.

[2] Ibid., p. 24.

[3] Cf. Ibid., p. 26-27.

[4] Con el fin de ofrecer con mayor fidelidad la profundidad de dicha estrofa he recopilado varias versiones y traducciones de la misma.

[5] Cf. Goldstein J., – Kornfield J., Vipassana. El camino para la meditación interior, Kairós, Barcelona 1995, p. 155.

[6] Cf. Ajahn Munindo, Riflessioni sul Dhammapada en: https://mailchi.mp/ff8aa2f1544c/lunapiena_20-03-2019?e=[UNIQID]

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Ser humano en esta época: el fin de los «grandes relatos»

escriba medieval

Escrito por Leandro Posadas.

¿Qué nos enseña la historia sobre nuestra especie? ¿Cuál es el significado de la existencia humana? ¿Por qué vivimos? ¿Quién soy? ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Qué puedo esperar? ¿Se me está permitido no esperar? ¿Qué has visto?

     Un elocuente pero a la vez riguroso profesor siempre nos decía en sus clases que para hacer buena filosofía no es fundamental tener buenas respuestas, sino hacer buenas preguntas. Tal vez para vivir sabiamente no se requieran tanto buenas respuestas, sino acertadas preguntas. Quisiera compartir en este artículo algunas buenas preguntas que pensadores, científicos, y filósofos modernos y contemporáneos se han hecho sobre el sentido de la existencia humana en nuestra época, en la que comenzamos a darnos cuenta -especialmente en Occidente-, que los relatos cosmológicos y originarios que nos han relatado desde la religión, la política, y a veces incluso desde la ciencia y que al mismo tiempo nos han configurado como especie, no definen, ni abarcan, ni explican de modo absoluto, como muchos de ellos han pretendido a lo largo de la historia, nuestra realidad, finalidad y sentido como seres conscientes de ser sentientes.

     Comenzaré con el biólogo y ganador dos veces del premio Pulitzer Edward Osborne Wilson. En su libro The Meaning of Human Existence (2014), él se pregunta: ¿Qué nos enseña la historia sobre nuestra especie? Él se refiere no a la historia de los relatos cosmológicos de las religiones, o de las ideologías políticas dogmáticas, sino a la historia que nos proporcionan las ciencias. A través del código de valores científico[1] por medio del cual la ciencia ha contribuido eficazmente a ampliar nuestra comprensión de la naturaleza, responde ante dicha pregunta: «Como especie hemos surgido por azar y por necesidad, somos una especie más entre las millones de otras especies presentes en la biósfera terrestre. No hay prueba alguna de una gracia que descienda luminosa sobre nosotros desde el exterior, ni tampoco un destino o un propósito demostrables que se nos hayan asignado, ni ninguna segunda vida esperándonos al final de la actual. Estamos al parecer completamente solos. Y eso en mi opinión es algo genial»[2], pues nos posibilita para crear nuestro propio significado. ¿Cuál es entonces el significado de la existencia humana? Para Edward O. Wilson dicha respuesta es la epopeya de nuestra especie: «Somos una obra en proceso de elaboración», la cual comenzó con la evolución y la prehistoria biológicas, continuó con la historia documentada, y ahora es también aquello en lo que elegiremos convertirnos, y que avanza más y más rápido, día tras día, hacia un futuro indefinido[3].

     Para Wilson esta epopeya que somos se ha manifestado a lo largo de la historia por medio de nuestra misma inestabilidad como especie emocional, la cual es a la vez la esencia de nuestro carácter como humanos y el recurso de nuestra creatividad, por medio de la cual podremos seguir entendiéndonos e interpretándonos a nosotros mismos tanto evolutiva como psicológicamente, sin querer pretender con ello, como en épocas anteriores, domesticarnos[4].

     «¿Por qué vivimos?» es el título de uno de los libros del reconocido antropólogo francés Marc Augé, en el que trata de responder al por qué de la necesidad de una antropología. Para él los seres humanos en la actualidad «somos un poco como esos personajes de dibujos animados que llevados por su arrebato, no se dan cuenta que desaparece el suelo bajo sus pies y continúan corriendo en el vacío, por el efecto de su propio impulso, hasta que bajan la cabeza, descubren el vacío y caen en picado»[5].

     Los filósofos son quienes han llamado nuestra atención sobre el auge del silencio, especialmente en Occidente, entendido ese silencio como el final de los mitos de origen, y el final de los grandes relatos[6]. Existe hambre de realidad (o de sentido), tal como se puede constatar sobre el terreno de la difusión de las teorías que han acompañado el último medio siglo: la hermenéutica de Gadamer en su relación con Heidegger; el postmodernismo de Lyotard; el deconstruccionismo de Derrida; el énfasis sobre el deseo disidente de Deleuze y Guattari; la ecuación entre saber y poder del primer Foucault; el neo-pragmatismo y la ironía de Rorty; y las últimas versiones de la idea de «modernidad líquida» de Bauman[7]: Cada una de ellas ha puesto en discusión las verdades religiosas y relatos cosmológicos que se consideran dogmáticamente absolutas y auto-evidentes, no sólo para criticarlas, sino para indicarlas como simples interpretaciones sobre algunos momentos de nuestra historia, que a la vez deben ser re-interpretadas, pues la grandeza humana reside justamente en su capacidad de interpretar una y otra vez la realidad.

     El historiador israelí Yuval Noah Harari en su último libro 21 Lecciones para el Siglo XXI, llama «época de desconcierto» a nuestra época actual en la que los relatos antiguos se han desplomado y no ha surgido uno nuevo capaz de dar certeza al sentido de la existencia humana. Sin embargo cada uno de nosotros cuándo nos preguntamos por el sentido de nuestra vida tenemos en nuestra mente la idea de un relato: «Los homo sapiens somos animales que contamos relatos, que pensamos en relatos y que creemos que nuestro propio universo funciona como un relato, lleno de héroes y villanos, conflictos y resoluciones, momentos culminantes y finales felices»[8]. Cuando buscamos el sentido de la vida queremos un relato que explique de qué va la realidad y cuál es mi papel concreto en el drama cósmico.

     Aunque un buen relato ha de otorgarme un papel y extenderse más allá de mis horizontes, no tiene por qué ser verdadero. Un relato puede ser pura ficción, y aun así darme una identidad y hacer que sienta que mi vida tiene sentido. «De hecho, hasta donde llega nuestro conocimiento científico, ninguno de los miles de relatos que las diferentes culturas, religiones y tribus han inventado a lo largo de la historia es cierto. Todos son sólo invenciones humanas. Si buscamos el sentido real de la vida y a cambio obtenemos un relato, debemos saber que es la respuesta equivocada. Los detalles exactos en realidad no importan. Cualquier relato es erróneo, simplemente por ser un relato. El universo no funciona como un relato»[9].

     La gente pregunta: «¿Quién soy?», y espera que se le cuente un relato. Lo primero que hemos de saber de nosotros es que no somos un relato[10]. El universo no tiene guion, de manera que nos corresponde a los humanos escribirlo, y esa es nuestra vocación y el sentido de nuestras vidas.

     El famoso físico teórico Lawrence Krauss, en el prefacio a su libro A Universe from Nothing (Un Universo de la Nada), del año 2012, explica que la finalidad de su libro es querer responder una pregunta: «¿Por qué hay algo en vez de nada?» Dicha pregunta durante más de dos mil años se ha presentado como un desafío a la afirmación de que nuestro universo -que contiene un vasto complejo de estrellas, galaxias, humanos y quién sabe qué más-, podría haber surgido sin responder a un diseño, intención o propósito deliberado[11]. «El tapiz que la ciencia teje al describir la evolución de nuestro universo es mucho más rico y fascinante que todas las imágenes, (relatos, mitos), o las historias imaginativas que los humanos han inventado. La naturaleza plantea sorpresas que superan con mucho las que puede generar la imaginación humana»[12].

     Harari considera que es muy difícil observar la verdad sobre nosotros mismos, incluso si llegásemos a atisbarla inmediatamente la distorsionaríamos para convertirla en algún relato con héroes, villanos y enemigos[13]. Los humanos hemos conquistado el mundo gracias a nuestra capacidad de crear relatos ficticios y de creérnoslos. Incluso hemos generado conflictos, miseria, caos, hambre, persecuciones por defenderlos e imponerlos a los otros. Por tanto, somos bastante torpes a la hora de conocer la diferencia entre la ficción y la realidad[14].

     Para el filósofo canadiense Jean Grondin la pregunta más íntima de la razón humana es la que se planteó Kant: «¿Qué me es lícito esperar?»[15] O dicho de manera inversa «¿Se nos está permitido no esperar?» Esta pregunta es tal vez la más íntima porque como especie somos los únicos seres conocidos conscientes de nuestra finitud: nacer, crecer, conocerse, confrontarse, soñar, ilusionarse, amar, competir, creer, dudar, envejecer, despedirse; y por último fenecer. Por ello para Grondin articular el sentido de la vida es siempre un riesgo, una aventura, y sería un contrasentido querer establecer certidumbres o seguridades. La incertidumbre pareciese ser el modo por medio del cual la vida humana se trasciende a sí misma. No obstante, por nuestra bendecida inestabilidad como especie podemos responder a esta paradoja que somos de ser más grandes y a la vez más pequeños que nuestros deseos y posibilidades.

     Es por ello que el monje benedictino Elmar Salmann afirma sobre el ser humano: «Cada uno puede y debe interpretarse como símbolo, representante de un pasado, de un trasfondo benéfico», de una tradición familiar, cultural, espiritual, histórica, por medio de la cual encontrará el valor para iniciar algo, para proyectar un futuro, para hacerse autoridad, y para favorecer el crecimiento de los otros. «Puedo y debo responder a esto que soy; puedo superar la indolencia; puedo encontrar el coraje de iniciar; de ser padre y madre de mis posibilidades; puedo abandonarme confiadamente al futuro»[16].

     Para E. Salmann el ser humano existe sólo en la medida en que se reconoce un ser interpelado: «Te has sido dado en préstamo; te has ofrecido e impuesto; eres libertad concedida, impuesta por ti mismo. Ahora sé tú mismo»[17]. Siguiendo a Yuval Noah Harari, para Salmann el yo no es un personaje cualquiera de un relato que otros han escrito para darme un origen, un proyecto y un fin, sino un ser que debe y puede responder a la ley de la libertad: tener respeto por sí mismo -como ser inteligente y capaz de interpretar e interpretarse-; realizarse, regenerarse siempre de nuevo.

     En lo más íntimo de nuestra libertad estamos obligados a ser nosotros mismos[18]. Somos el llamado a ser nosotros mismos[19]. Nuestro yo es cons-ciencia (posibilidad de sabiduría), entre libertad e interiorización de un llamado que no viene formulado desde fuera sino desde la realidad que soy, desde la libertad que soy, y que debo todavía ser y desplegar[20].

     A modo de ejemplo de esta capacidad que somos de interpretar e interpretarnos la lección número 21 del último libro de Harari se titula: «Meditación. Simplemente, observemos». Después de haber criticado tantos relatos, religiones e ideologías, Harari explica cómo alguien tan escéptico como él es capaz todavía de despertar alegre por las mañanas. Harari no desea indicar una vía salvadora como si de un relato más se tratara, sino simplemente mostrar «los matices que colorean las gafas por medio de los cuales él ve el mundo»[21]. Cuenta Harari, en dicho capítulo, cómo desde adolescente siempre fue un joven muy inquieto y lleno de problemas, el mundo no tenía sentido para él, y no hallaba respuestas a las grandes preguntas que se formulaba acerca de la vida. En particular no comprendía por qué había tanto sufrimiento en el mundo y en su propia existencia, y qué podía hacer al respecto. Todo lo que obtuvo de la gente que lo rodeaba y de los libros que leía y de sus años de universidad eran ficciones complicadas: mitos religiosos sobre dioses y cielos; mitos nacionalistas sobre la patria y su misión histórica; mitos románticos sobre el amor y la aventura, o mitos capitalistas sobre el crecimiento económico, y sobre cómo comprar y consumir cosas para ser feliz[22].

     En el año 2000 gracias a un buen amigo suyo fue a un curso de diez días de vipassana. A pesar de sus recelos fue a dicho curso. Comenta: «Lo primero que aprendí al observar mi respiración fue que a pesar de todos los libros que había leído y de todas las clases a las que había asistido en la universidad no sabía nada sobre mi mente y tenía muy poco control sobre ella»[23]. «Creo que aprendí más cosas sobre mí mismo y los humanos en general observando mis sensaciones durante aquellos diez días que lo que había aprendido en toda mi vida hasta ese momento. Y para ello no tuve que aceptar ningún cuento, teoría, o mitología. Sólo tuve que observar la realidad tal como es. Lo más importante de lo que me di cuenta es que el origen profundo de mi sufrimiento se halla en las pautas de mi propia mente: cuando quiero algo y no ocurre, mi mente reacciona generando sufrimiento»[24].

     El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha escrito un fascinante libro sobre cómo situarse inteligente e interpelantemente en esta época de desconcierto. Su libro se titula: Has de cambiar tu vida. Sobre Antropotecnia (2009). En dicho libro Sloterdijk cita un célebre pasaje de los ejercicios del filósofo estoico Epicteto:

«Mañana cuando salgas todo lo que veas, todo lo que sientas, interrógalo y responde como si se tratara de una pregunta: ¿Qué has visto? ¿Una mujer bella, un hombre bello? Aplica el canon: ¿Pertenece o no pertenece a mi voluntad? No pertenece. ¡Adelante entonces! ¿Qué cosa has visto? Alguien que llora la muerte de su hijo. Aplica el canon: La muerte no pertenece a mi voluntad. ¡Adelante entonces! Encuentras un embajador. Aplica el canon: ¿Pertenece o no pertenece a mi voluntad?». Déjalo ir, no te incumbe. ¡Adelante entonces! Si nos ejercitamos en tal modo, desde la mañana hasta la noche, algo sucederá, incluso entre los dioses. Pero, lamentablemente, no lo hacemos, y nos dejamos atrapar por toda idea, cosa o circunstancia que pasa»[25].

     «Adelante entonces», según Peter Sloterdijk, es la clave del trabajo antropotécnico sobre sí mismo del aspirante a la sabiduría, y tiene lugar en la evacuación del espacio interior mediante el desalojo de todo aquello que no nos concierne. Dicho método ha estado presente desde hace milenios en cada una de las grandes culturas que se han percatado de la grandeza o de la miseria que puede llegar a ser el ser humano cuando se interpreta o deja de interpretarse como una cosa consciente de ser sentiente.

El diseño de la imagen es de Daniel Ríos para Fenomenología de la Espiritualidad.

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[1] Dicho código está basado en tres principios clave: 1) sigue las pruebas hasta donde te lleven; 2) si uno tiene una teoría, hay que estar dispuesto a intentar demostrar que es falsa, tanto como a probar que es cierta; 3) el árbitro último de la verdad es el experimento, no la comodidad que nos generen nuestras creencias apriorísticas ni la belleza o elegancia que uno adscribe a los propios modelos teóricos: Krauss Lawrence M., Un Universo de la Nada, Pasado y Presente, Barcelona 2013, p. 9-10.

[2] Wilson O. Edward., The Meaning of Human Existence, Liveright, New York 2014, p. 63. (La traducción es mía).

[3] Cf. Ibid., p. 63.

[4] Cf. Ibid., p. 65.

[5] Augé Marc, ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines, Gedisa Editorial, Barcelona 2004, p. 157.

[6] Cf. Ibid., p. 157.

[7] Bodei Remo, Immaginare altre vite. Realtá, progetti, desideri, Feltrinelli 2013, p. 178. La traducción es mía.

[8] Cf. Harari Yuval Noah, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, Barcelona 2018, p., 303.

[9] Cf. p. 316.

[10] Cf. p. 338.

[11] Cf. Krauss Lawrence M., Un Universo de la Nada, Pasado y Presente, Barcelona 2013, p. 8.

[12] Ibid., p. 10.

[13] Harari Yuval Noah, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, Barcelona 2018, p., 343.

[14] Cf. Ibid., p., 343.

[15] Grondin Jean, Del sentido de la vida. Un ensayo filosófico, Herder 2005, p. 154.

[16] Cf. Salmann Elmar, Presenza di Spirito. Il Cristianesimo come gesto e pensiero, Edizione Messaggero, Padova 2000, p. 27-28. La traducción es mía.

[17] Ibid., p. 28-29.

[18] Ibid., 28.

[19] Idem.

[20] Idem.

[21] Cf. Harari Yuval Noah, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, Barcelona 2018, p. 347.

[22] Cf. Ibid., p. 347.

[23] Cf. Ibid., p. 349.

[24] Ibid., p. 351.

[25] Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita, Raffaello Cortina Editore, Milán 2010, p. 275. La traducción es mía.

Emigrar: «Somos nuestro verdadero hogar en tierra extranjera»

 

Home Teandrico

Escrito por Leandro Posadas.

Pulgas, piojos,

meando lo caballos…

¡Vaya almohada!

Matsuo Bashô[1].

     William Shakespeare en su obra El rey Lear narra cómo dicho rey despojado de su poder y de toda dignidad es arrojado a la intemperie en medio de una noche de fuerte tormenta. Al pasar por tal experiencia, y ver la tormenta cara a cara, el rey Lear se da cuenta de la verdad desnuda que todo ser humano debe afrontar cuando ha perdido todo, excepto la vida: «somos seres desguarnecidos». Su victoria ante la tormenta lo convirtió en algo que nunca soñó cuando era rey: «ser un ser humano»[2].

     600 años antes de la Era Cristiana en la Biblia Hebrea el Salmo 137 líricamente canta el destierro del pueblo hebreo en tierras de Babilonia (586 a.C., a 537 a.C.): «A orillas de los ríos de Babilonia nos sentamos a llorar acordándonos de Sión. En los sauces de sus orillas colgamos nuestras cítaras […] Allí mismo nuestros opresores para divertirlos nos invitaban a cantar un cántico de Sión […] Pero ¿Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extranjera?» Para Luis Alonso Schökel este Salmo es el canto de la resistencia espiritual de los desterrados con esperanza[3]. Sión es nuestro hogar, pero también simboliza la esencia más profunda de la naturaleza humana.

     En la estrofa 90 del Dhammapada, un texto budista atribuido a Siddharta Gautama (Buda Sakiamuni), se afirma: «No hay más temor para quien ha llevado a cumplimiento el propio viaje y es libre del tormento de la esclavitud». Y un Maestro actual de la misma tradición, comentando dicho breve texto, sostiene: «No olvidemos que el viaje más importante es aquel que conduce a la libertad de todo sufrimiento». El Dhammapada desea indicarnos que el viaje humano reside en el progresivo adiestramiento de nuestra atención con el fin de aprender a reconocer las verdaderas causas de la angustia, y a adquirir la capacidad de dejar ir.

     Un amigo, quien salió de su país hace un año con la convicción que si cambiaba sus circunstancias exteriores podría hallar la felicidad, se ha dado cuenta que en la mayoría de los casos cambiar de lugar y de circunstancias no da la felicidad plena. Luchar por encontrar un mejor lugar para nuestra vida y poder resguardar mejor este cuerpo-mente que somos, más allá de todos los aspectos políticos, económicos, sociales, psicológicos, que dicho cambio conlleva, es posibilidad desafiante para desarrollarnos más profundamente como seres humanos.

     Emigrar, dejar a tanta gente amada y querida; dejar tantos lugares importantes de nuestra vida; tantas cosas por las cuales hemos trabajado duro y sentíamos verdadero cariño es objetivamente doloroso. ¿Cómo mirar de frente la tormenta de no estar más en casa? ¿Cómo orientarse cuando todas las coordenadas son desconocidas? Cada uno desde las más variadas circunstancias emprende un camino. Incluso el hecho mismo de quedarse en un lugar es emprender un camino. Las enseñanzas sapienciales nos dicen que la necesidad no nos determina, pues somos algo más que nuestras necesidades. El ser humano es más que su capacidad de elegir entre el dolor y la alegría. El ser humano es libertad de ser, incluso en cualquier circunstancia: somos la libertad de ser lo que somos. Somos nuestro propio «Sión», incluso fuera de nuestro país; lejos de nuestra familia y de nuestros amigos; incluso si hemos debido dejar nuestras almohadas y sartenes: Somos y podemos ser nuestra verdadera casa estemos donde estemos.

     Y en «nuestra verdadera casa» no actúa la ley de causa y efecto, pues la causalidad pertenece a los fenómenos, a la realidad sometida al espacio y al tiempo. «Nuestra verdadera casa» es el reconocimiento del carácter intrínsecamente libre de nuestra condición como humanos, en el cual no hay porqués, ni razones, ni determinaciones, ni necesidades. Sin embargo, cuando estamos fuera de nuestra verdadera naturaleza no queremos contemplar, no queremos, -no podemos-, conocer las cosas tal cual son.

     ¿Cómo contemplar las cosas tal cual son cuando eres «inmigrante»? ¿Cómo ver sabiamente todo lo nuevo que encontramos cuando salimos de nuestro mundo conocido? Las tradiciones sapienciales nos hablan de un modo y de una forma de contemplarse sabiamente como inmigrante. Ser inmigrante es una posibilidad para encontrar una salida a la comprensión errónea de la realidad; una vía de salida del sufrimiento. El Buda hablaba de lo «no-nacido» de lo «no-creado», de lo «no-originado»[4] para abrirnos paso ante las condiciones, determinaciones, y necesidades que como humanos debemos afrontar: nacer, respirar, vivir, crecer, amar, sufrir, gozar, emigrar, envejecer, morir…

     Nuestra verdadera naturaleza es nuestro modo de contemplar sabiamente las cosas tal cual son. El deseo no es nuestra verdadera naturaleza, el ansía no es nuestra verdadera naturaleza, la satisfacción de las necesidades emocionales y físicas no es nuestra verdadera naturaleza, sostienen las tradiciones sapienciales. Nuestra verdadera casa es la demora de la «no-muerte» que es sin tiempo, y está presente aquí y ahora.

     El modo de ser un sabio inmigrante, -habitar en un país extraño-, consiste en el despertarse al presente y en tener confianza en nuestra capacidad de escuchar, y de estar en un estado de simple y sabia presencia ante todo lo que nos viene al encuentro: aceptación; rechazo; odio; afecto; dificultades; incomprensiones; intolerancias; gestos de amistad o de aversión.

     Relacionarse con la experiencia de ser consciente de ser sentiente en condiciones que nos sobrepasan puede ser una herramienta fundamental para profundizar en esto que somos: este continuo surgir y cesar de las condiciones físicas y mentales de ser ser humano. Si somos suficientemente pacientes y disciplinadamente dispuestos a sostener la atención sobre el modo cómo la realidad nos viene al encuentro podremos darnos cuenta que las condiciones, determinaciones, necesidades, circunstancias no son más que levadura y fermento para crecer en sabiduría ante la realidad misma. Las condiciones son tal cual son: surgen, se manifiestan y cesan. Podemos ser testigos sabios, inmigrantes sabios de cada surgir y cesar y no estaremos nunca en tierra extranjera, sino que siempre llevaremos con nosotros «nuestra verdadera casa».

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[1] Matsuo Bashô, Senda hacia tierras hondas, Hiperion, Madrid 1998, p. 128.

[2] Cf. Berman Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, Siglo Veintiuno Editores, México 2004, p. 103-104.

[3] Cf. Schökel Luis Alonso – Carniti Cecilia, Salmos II, Verbo Divino, Navarra 1993, p. 1568.

[4] Cf. Ajahn Sumedho, Una vida d’uscita: https://santacittarama.altervista.org/viaduscita.htm (La traducción es mía).

Divagaciones sobre las religiones

Fenomenología de la Espiritualidad

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Una aproximación desde el comentario de Sangharakshita al «Vimalakirti Nirdesha»

     Después de cubrir nuestras necesidades básicas lo que más necesitamos los seres humanos es la libertad. Necesitamos libertad de todo lo que nos restringe, tanto externa como internamente; ser libres de nuestros propios condicionamientos. La religión a lo largo de la historia de la humanidad ha sido considerada como una defensora de la libertad del ser humano. Los cristianos al respecto podrían citar el Nuevo Testamento: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,32). Del mismo modo para el Budismo la vida espiritual muchas veces se describe como libertad.

     Como sabemos somos seres paradójicos, y lo que entendemos por civilización humana, muchas veces está fundada sobre principios totalmente incongruentes en relación con nuestra propia naturaleza. Tal es el caso de la religión, que muchas veces en lugar de ayudarnos a ser libres espiritualmente…

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Seminario Filosófico: Pensar el «Límite», contemplar el «Sentido»

La extracción de la piedra de la locura

Itinerarios disentidos sobre una relación entre filosofía y mística desde Immanuel Kant, Quentin Meillassoux, Ludwig Wittgenstein, Markus Gabriel y Meister Eckhart.

Facilitado por: Leandro Posadas.

Una verosímil imposibilidad es preferible

a una no verosímil posibilidad.

Aristóteles.

PROGRAMA

Preludio

«Conocer» es siempre aproximarse.

Primera Parte

Immanuel Kant: «Pensar el Límite».

La «intrínseca ilusión humana».

«Observar-se», «Ensayar-se», «Conocer-se».

«El País de la Verdad».

El «Problemático «Noúmeno».

Primer interludio

Quentin Meillassoux: «El asombro ante el «Gran-Afuera».

El «Primer Wittgenstein» y los «límites del lenguaje».

Lo «místico».

«Un más allá del lenguaje».

La filosofía: «continuo esforzarse».

Segundo interludio

Quentin Meillassoux: «La facticidad absoluta de la realidad».

Segunda Parte

El «Segundo Wittgenstein» y el «gusto por el infinito» de Markus Gabriel.

El «propósito» de la filosofía.

El ser humano: «Capaz de interpretación».

La existencia: «Acaecer en un «Campo de sentido».

«Fetichismo» y religión.

El «Gusto por el Infinito».

Meister Eckhart: «Contemplar el Límite».

Un «filosofar» como «modo de vida».

«Maravillarse» ante la «presencia del mundo».

«Toma de consciencia» del «misterio de la existencia».

«Abandono» (Gelassenheit).

El «No-conocimiento» de la «Nada».

Epílogo

El límite como posibilidad constitutiva humana.

 

INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES: fenomenologia@yahoo.com / Teléfono: 0416-471.81.85.

 

La imagen es diseñada por Daniel Ríos para Fenomenología de la Espiritualidad y la pintura es de Jheronimus Bosch y se titula: “La Extracción de la piedra de la locura”.