«¡El mundo no existe!»: hacia un «nuevo realismo»

the illusion of the world

Acerca de Markus Gabriel y su libro Why the World Does Not Exist.

Escrito por Leandro Posadas.

«Un ser humano es una estructura libre con capacidad de autoengaño: un animal ideológico que tiene una relación confusa con la verdad, pero que es capaz de criticar la misma ideología».

Markus Gabriel[1].

     Relata el profesor Markus Gabriel que una niña de 11 años, tratando de comprender su afirmación que sostiene que «el mundo no existe», le preguntó: «¿Quiere decir que no hay nada más grande que todas las cosas?». A lo que el profesor respondió: «¡Eso es! Si el universo está dentro de una «cosa» más grande que el universo, entonces el universo ya no es el todo. Y esa es la paradoja: el todo no puede ser parte de sí mismo»[2].

     Desde hace miles de años el homo sapiens para intentar comprender y aprehender el porqué de su entorno hizo uso de los mitos. En el simbolismo del mundo existían tres niveles: el «mundo de arriba» (celeste); el «mundo intermedio» (terreno) y el «mundo de abajo» (infernal): estos mundos situados en espacios imaginarios correspondían a tres modos de vida interior de la consciencia humana[3]. El «mundo intermedio» simbolizaba el lugar de la prueba y de la mutación interior con vistas a la nobleza y a la bondad, pero con el riesgo latente del envilecimiento y de la perversión. En dicho «mundo intermedio» el ser humano se alimenta y de nuevo tiene hambre, bebe y aún tiene sed, goza de los placeres y todavía los ansía[4]. Es un mundo de una saciedad insatisfecha. Sin embargo, Este «mundo intermedio» de repeticiones y ciclos, de flujos y reflujos puede convertirse en un precioso ayudante en la «metamorfosis» del ser humano. Por consiguiente, se puede entrever, por medio de este simbolismo del «mundo intermedio», que la «ley propia de la naturaleza humana» es este movimiento continuo y en ella se halla al parecer el propio bien del ser humano.

     El simbolismo sempiterno del mundo es una aproximación de la misma mente humana para intentar aprehender las coordenadas espacio temporales que le permiten ser lo que es. El simbolismo, por ejemplo de esos «tres niveles», arriba mencionados, nos indica además que el ser humano no tiene una visión total, exhaustiva y definitiva del «mundo», sólo tiene su cuerpo y su mente para intentar vislumbrar qué es esto donde habita, y que es esto que es.

     Markus Gabriel es un filósofo alemán nacido en 1980. Es doctor en filosofía y profesor de epistemología, filosofía moderna y contemporánea en la Universidad de Bonn. Habla perfectamente Inglés, Francés, Español, Italiano, Portugués, Chino, obviamente el Alemán, y domina el Latín y el Griego. Su libro Why the World does not Exist (Por qué el mundo no existe), del año 2013, fue un éxito en ventas en su país natal. Él afirma que: «Los filósofos ven el mundo, en cierta medida, de la misma manera que lo harían los seres extraterrestres o los niños. Todo es siempre completamente nuevo, y al mismo tiempo desconfían de los juicios fuertemente arraigados y, sí, desconfían incluso de las afirmaciones científicas de los expertos».

     Hemos visto más arriba cuán sabio es el mito, -el cual fue el origen de la filosofía-: «somos naturaleza cambiante». Y por ello, y desde la sabiduría del simbolismo sostengo que los filósofos dudan metódicamente, además, de todos aquellos movimientos culturales, científicos, políticos, religiosos, sectarios, institucionales, que se aferran y promueven una visión fija e inmóvil sobre esto que entendemos como «realidad-humana-en-el-mundo».

     Obviamente, el profesor Gabriel no se refiere a los “pseudo-filósofos”, a aquellos que escriben textos de autoayuda barata y vulgar, o a esas “metafísicas” de los contemporáneos “coaches”, quienes se creen «gurús» o «maestros» y están convencido(-$-), que pueden salvarle la vida a la gente… Se refiere, por el contrario, a aquellos seres humanos, -sólo por mencionar en el ámbito occidental a personajes como Sócrates, Severino Boecio, Anselmo de Canterbury, Pierre Abélard, Søren Kierkegaard, Blaise Pascal, René Descartes, Immanuel Kant, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Hans Blumenberg, Simone Weil, Luwig Wittgenstein, María Zambrano, Paul Ricoeur, Pierre Hadot, Alain Badiou, entre tantos otros-, que han hecho posible situar «esto que somos» desde perspectivas amplias y sabias en cada época de la historia de la existencia humana, por medio de una forma de pensamiento (φιλοσοφἱα), escrita, pensada; meditada con seriedad; disciplina, sacrificio, abnegación; y transmitida con lucidez desde hace miles de años. 

     Como apunte cultural e histórico para dulcificar el tema que voy a tratar más adelante, les comento que existen prestigiosos premios de filosofía: el Grand Prix de Philosophie de la Academia Francesa; el Premio Schock de Lógica y Filosofía de la Real Academia de Suecia; el Premio Lakatos sobre filosofía de la ciencia de la London School of Economics and Political Science; y el más reciente de ellos el Premio Berggruen de Filosofía cuya primera entrega fue en el año 2016. Otro premio importante, en el ámbito de la sabiduría académica, que comenzó a otorgarse en el año 1972 es el Premio Templeton, el cual está destinado a todos aquellos, hombres y mujeres, que hayan contribuido en los estudios de las «realidades espirituales» de modo significativo. Entre los galardonados por este premio se encuentra el Dalai Lama, quien lo recibió en el año 2012. 

     ¿Por qué les comparto dicho dato cultural, a modo de apunte histórico, antes de pasar al tema que nos concierne en este breve artículo? Los filósofos (los amantes de la sabiduría), a lo largo de la historia se han dado cuenta que la «realidad» es el gran meollo del asunto humano: ¿Cómo lidiar con ella? ¿Cómo relacionarse sabiamente con ella? ¿Cómo «existir» (dasein) en ella y desde ella? Todo avance, estudio, investigación que trate de modo serio de establecer coordenadas dignas y sabias en nuestra relación con la «realidad» deben ser honradas y gratificadas, a la vez que difundidas y estudiadas con entusiasmo y conciencia. De allí la razón de este escrito.

     El joven Dr. Markus Gabriel (38 años), tiene dos libros realmente brillantes: I Am Not a Brain. Philosophy of Mind for the Twenty-First Century (2017); y Why the World Does Not Exist (2013), de este último nos ocuparemos brevemente en este artículo. El libro comienza con varias interpelaciones: «¿La vida, el universo, y todo lo demás… qué significa? […] ¿Somos solamente un agregado de partículas elementales en el gigante receptáculo del mundo, o nuestros pensamientos, deseos y esperanzas tienen una realidad distinta. Y si es así, cuál es? ¿Cómo podemos comprender nuestras existencias o la existencia en general? ¿Cuán lejos puede llegar nuestro conocimiento?»[5]. Para responder dichas interrogantes él desarrolla en su libro los lineamientos de una nueva filosofía llamada «el Nuevo Realismo». En una entrevista[6] concedida con motivo de la presentación de su libro en Italia él planteaba su nueva filosofía, la cual sostiene que el mundo no existe!: Para él el mundo, es el ámbito de todos los ámbitos; es la totalidad de todos los campos posibles de aquello que es: una totalidad omnicomprensiva. «Existir» es algo que se da en el mundo, de modo que el mundo no puede «existir» porque no se da en el mundo. Claramente, para él la realidad es la que es independientemente de la mente humana, pero a la vez sostiene, por ejemplo, que la afirmación de la física contemporánea que alega que todo lo que existe es contemplado de modo natural es una ilusión; como también es una ilusión aquella afirmación universal que sostiene que el conjunto de todos los saberes científicos sobre la naturaleza describen la totalidad.

     Para él existe la verdad dentro de «campos de sentido» como ámbitos donde aparecen las cosas que podemos describir con proposiciones verdaderas. Los campos de sentido son «relevantes elementos ontológicos como lugares donde todo aparece»[7]. El campo de sentido de los números naturales, por ejemplo, es tan real y al mismo tiempo es el mismo campo de sentido de los nucleones, de los unicornios y de las brujas o hechiceras que aparecen en la literatura[8]. Su nueva filosofía como «nuevo realismo» niega la existencia del mundo y propone un realismo sin realidad: hay muchas cosas reales, pero no hay una realidad que vislumbre (comprenda) todas las cosas reales. Su filosofía parte de la razón humana como fuente de comprensión entre todos los seres humanos que deseen comprender el mundo como es en sí.

     Su afirmación de la no existencia del mundo representa en realidad el primer principio de la ontología negativa desde el cual surge el primer fundamento de la ontología positiva: la existencia de infinitos campos de sentido[9]. Ante la pregunta ¿Qué existe? Él responde: Todo existe, menos el mundo. Existen los átomos, existen los personajes de los cuentos de hadas, existen los unicornios, los seres humanos, pero la única cosa que no existe es el mundo, pues no existe un campo de sentido capaz de aprehenderlo en su totalidad.

     La ontología de los innumerables «campos de sentido» permite a los seres humanos liberarse de cualquier imagen determinada del mundo, pues no hay una ley general que lo explique todo[10]. Después de afirmar que el mundo no existe, el paso siguiente consistirá en el tentativo de renunciar a una supuesta estructura fundamental que lo explica todo, y en buscar comprender, sin prejuicios y en modo creativo, las muchas estructuras existentes, pudiendo con ello valorar mejor aquello que debería seguir «existiendo», de aquello que debe ser modificado en nuestra forma de ver y comprender la realidad[11].

     En su libro él se pregunta «¿Qué es la existencia? Y seguidamente responde: «La existencia es la circunstancia que permite que algo aparezca en un campo de sentido»[12]. Existir no es simplemente estar en el mundo, sino estar establecido en un campo de sentido que nos permita ser lo que somos[13]. Todos tenemos la idea que el sentido de la vida humana, que el sentido de nuestra vida en el «mundo», es algo muy profundo, sublime, glorioso, excelso, y que dicho sentido debe venir desde fuera de nosotros, pero para Markus Gabriel el sentido de la existencia es darse sentido a sí misma[14]. El sentido de la vida es el sentido que nosotros le damos, pues estamos inmersos en campos de sentido, es decir en posibilidades de interpretación: de «repensarnos» siempre nuevamente. Y justamente porque cada uno de nosotros es capacidad de interpretación (capax interpretatio), puede y debe darle sentido a su vida.

     Tal vez, una afirmación que resumiría, desde mi punto de vista, el «nuevo realismo» de Markus Gabriel sea aquella del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein: «los límites de nuestro lenguaje -entendidos estos como juegos lingüísticos-, son los límites de nuestro mundo», y tal vez, ese sea el bendecido, inquieto y siempre cambiante alcance de nuestro conocimiento sobre esto que llamamos mundo, es decir el hecho mismo que podemos crear miles de sentidos, e innumerables interpretaciones acerca del habitar en un mundo en el que no nos ponemos de acuerdo sobre lo que somos, sobre lo que hacemos aquí y sobre el porqué estamos aquí. Quizá es una bendición no saberlo, pues como diría Hakuin (1686-1769): «sin un destino jamás estoy perdido».

_________________________________

[1] Cf. https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20160320/markus-gabriel-pizza-margarita-verdad-4982949

[2] Tomado del diario El Mundo: El ‘listo’ alemán que dice que el mundo no existe.

[3] Cf. Chevalier Jean/Gheerbrant Alain, Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 1988, p. 733.

[4] Cf. Chevalier Jean/Gheerbrant Alain, Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 1988, p. 733.

[5] Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 1. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

[6] www.filosofia.rai.it/articoli/gabriel-perché-non-esiste-il-mondo/31401/default.aspx La traducción al español desde el italiano de esta entrevista es realizada por mí para el presente artículo.

[7] Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 50. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

[8] http://www.filosofia.rai.it/articoli/gabriel-perché-non-esiste-il-mondo/31401/default.aspx La traducción al español desde el italiano de esta entrevista es realizada por mí para el presente artículo.

[9] Cf http://www.recensionifilosofiche.info/2016/10/gabriel-markus-perche-non-esiste-il.html La traducción del italiano al español de esta publicación digital es realizada por mí para el presente artículo.

[10] Cf. Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 220. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

[11] Cf http://www.recensionifilosofiche.info/2016/10/gabriel-markus-perche-non-esiste-il.html La traducción del italiano al español de esta publicación digital es realizada por mí para el presente artículo.

[12] Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 50. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

[13] Cf. Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 50. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

[14] Cf. Markus Gabriel, Why the World Does Not exist, Polity Press, United Kingdom 2015, p. 220. La traducción del inglés al español es realizada por mí mismo para el presente artículo.

La imagen es diseñada por Daniel Ríos Mujica para Fenomenología de la Espiritualidad, y la fuente de la imagen es tomada de Estate un rato

Anuncios

Sócrates: «la vida humana como aporía de sí misma»

Academy of Athens (modern)

Escrito por Leandro Posadas.

A los seres humanos hay que llorarlos cuando nacen, no cuando mueren.

Montesquieu, Cartas Persas 40.

     El actor estadounidense Johnny Depp en su última entrevista afirmaba, divertida y cínicamente, que antes de su ruina personal y económica gastaba más de 30.000 dólares al mes en vino. El filósofo y novelista francés Albert Camus en El Mito de Sísifo decía «Vivir es dar vida al absurdo. Darle vida y, ante todo, saberlo mirar»[1]. Para Albert Camus el emblema del absurdo de la vida es Sísifo, quien fue condenado por los dioses a levantar en el infierno, una y otra vez, un gran peñasco sobre la ladera de un monte. Cuando ya la cima es cercana, el peñasco se le escapa de las manos cada vez que llega a la cima, y cae nuevamente en el valle. Y así sucede para siempre[2].

     Para el controvertido filósofo alemán Friedrich Nietzsche los seres humanos necesitamos la mentira para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir[3]. El filósofo e historiador italiano Giovanni Reale sostiene que la necesidad de emoción y de eros del ser humano de ayer, de hoy y de siempre no es más que la máscara del nihilismo, o el olvido progresivo de la búsqueda de sentido de la vida humana. Para G. Reale las exigencias, demandas, modelos, y concepciones de la civilización actual son como cantos de sirenas engañadoras.[4] En mi opinión, la necesidad de emoción, de ilusión, y de eros, que muchos de nosotros experimentamos segundo a segundo en este mundo de la técnica, podría ser el resultado de una desafortunada comprensión histórica del porqué somos humanos y del para qué somos humanos.

     El carácter de la existencia es desconocido y por ello es el fin recóndito, profundísimo y supremo de la filosofía, de la ciencia, de la religiosidad, y de las tendencias artísticas[5].

     En la Apología de Sócrates, Platón reconstruye el discurso que Sócrates pronunció ante sus jueces durante el proceso en el que fue condenado. En dicho Diálogo Platón narra cómo uno de los amigos de Sócrates, Querefón, preguntó al Oráculo de Delfos si había alguien más sabio (sophos), que Sócrates, y el Oráculo le respondió que nadie era más sabio que Sócrates[6]. Sócrates es el más sabio porque no cree saber lo que no sabe. El sabio no sabe nada y es consciente de su no saber. Pierre Hadot, especialista en filosofía antigua y en la figura de Sócrates, dirá: «Sócrates no es sophos (sabio), sino philosophos, alguien que desea la sabiduría porque carece de ella»[7].

     Hace algún tiempo me preguntaba acerca de mi pasión por la filosofía, y me daba cuenta que dicho amor nace de la necesidad. La necesidad de callar toda forma de ideología, de dogmatismo, de opinión absoluta acerca de esto que es ser ser humano. Las religiones tienen una opinión sobre el ser humano: «hijos de «Dios», «pecadores», «santos»; la política a lo largo de la historia ha concebido al ser humano desde cientos de formas: absolutismo, marxismo, capitalismo, populismo; la ciencia nos ha ubicado en la familia de los mamíferos; y el evolucionismo intenta comprender nuestra naturaleza como una adaptación más de supervivencia en este planeta. Cada uno de ellos cree tener la verdad absoluta sobre esto que es ser ser humano. Mientras que la filosofía es una forma de silencio, una forma de sabio silencio que calla, sitúa y pone en perspectiva cada grito, cada predicación que el homo sapiens, a lo largo de su historia ha tratado de retener y propagar como absoluta, necesaria, y única acerca de sí mismo.

     El discurso de un sabio es la incertidumbre, es decir la posibilidad de comprender esta naturaleza que somos, esta experiencia que somos desde la poliedricidad, y desde la mirada caleidoscópica que no se apega, ni se engancha a ninguna visión, a ninguna especulación, a ninguna opinión o posible verdad acerca de lo humano.

     Pierre Hadot considera que el saber para Sócrates no era un conjunto de proposiciones, mandatos, o fórmulas que se pueden escribir, transmitir y vender ya hechas. El saber no es un objeto fabricado, un contenido terminado, transmisible directamente por medio de la escritura o de cualquier discurso[8]. Sócrates sólo sabe una cosa sobre el ser humano: que no sabe nada. Su método filosófico, la mayéutica socrática, consistió no en transmitir un saber respondiendo preguntas, sino interrogando a sus interlocutores para llevarlos a tomar consciencia que su «saber» es realmente un no saber nada sobre sí mismos. Por consiguiente la verdad no puede recibirse acuñada, sino que debe ser engendrada por el mismo individuo[9]. Y Sócrates, como el mismo dice de sí mismo, más que un filósofo es un partero de espíritus (Teeteto 149ª)[10], pues su labor es ayudar a sus interlocutores a dar a luz «su» verdad. De modo que es en el «alma» (ψυχἠ – psyqué) misma del ser humano, según el método socrático, donde se encuentra el «saber», y es el propio humano el que debe descubrirlo, o dicho por Pierre Hadot es el mismo ser humano el que debe engendrarse a sí mismo[11], es decir, engendrar el sentido de su vida.

     Para los griegos lo que nosotros concebimos por «alma» era entendida por ellos como la sede de la inteligencia y de la voluntad: psyqué[12]. Homero habla de psyqué sólo haciendo referencia al ser humano en el momento en que está perdiendo la conciencia, ya sea por desfallecimiento o por la muerte. Ese hálito de vida era para ellos la psyqué. Es a partir del siglo VI a.C por medio del Orfismo que se imprimió un cambio radical en el pensamiento griego y occidental sobre la concepción del ser humano[13]. Los órficos pensaban que en el ser humano existía un «principio divino» (δαἱμων), y con tal concepción surge la contraposición entre la psyqué [alma] y la salma [cuerpo]. El alma ha sido arrojada en un cuerpo como en una prisión por una culpa originaria[14]. Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego, en la versión llamada de los LXX, ésta interpretó el alma como separada del cuerpo, lo cual sirvió de base para la doctrina cristiana del «más allá». En realidad, en la Biblia hebrea el alma (נפש – nephesh), es todo lo contrario a una sustancia inmaterial y sutil, pues designa concretamente una parte física del ser humano: la garganta, el cuello[15]. La nephesh es por lo tanto, en la antropología hebrea bíblica, el lugar privilegiado de las sensaciones, como el hambre, la sed, los deseos, como también de las impresiones psíquicas, y de las emociones. Es el conjunto del ser humano en cuanto ser de deseos.

     Shizuteru Ueda, filósofo de la Universidad de Kioto, considera el lenguaje como la red y la jaula del mundo[16], que por su mismo poder puede volverse peligroso. Es por ello que la filosofía como «docta ignorancia» nos aconseja a ser precavidos sobre las formas que usamos y que hemos usado para «definirnos», «concebirnos» e intentar «aprehendernos». Todo lenguaje, incluso el lenguaje científico, es una aproximación, un posible acercamiento a esto que somos como seres conscientes de ser sentientes. Y su propósito es el de servir de referencia, de medio, nunca de fin último o concepto definitivo sobre la existencia humana. Por ello Sócrates en el Teeteto, uno de los célebres Diálogos de Platón, dirá de sí mismo: «soy totalmente desconcertante» (atopos), y no creo más que aporía[17], pues su tarea como filósofo es la de ser partero de espíritus, no la de transmitir conocimientos, formulas, y directrices acerca de la vida humana, pues su «saber» es un «no-saber», de allí que sea un saber aporético, es decir un saber que por el mismo hecho de ser incomunicable crea contradicción: «En los Memorables de Jenofonte, Hipias le dice a Sócrates: «en lugar de estar siempre preguntando sobre la justicia, más valdría que nos dijeras de una vez lo que es». A lo cual Sócrates responde: «a falta de palabras, doy a entender lo que la justicia es mediante mis actos»[18]. Con dicha afirmación Sócrates quiere mostrar los límites del lenguaje: no se podrá comprender jamás lo que es la justicia si no se vive justamente[19]. La justicia no puede definirse, tan sólo vivirse[20].

     La mayoría de las instituciones humanas han creído y siguen creyendo que sus formas de «enseñar» cómo vivir, cómo ser ser humano son las más adecuadas, e incluso muchas de ellas se conciben a sí mismas como absolutas y únicas. El «no-saber» de Sócrates busca que cada individuo ocasione para sí mismo el sentido de su vida. Su máxima: «sólo sé que no sé nada» es un modo de vida que irónicamente hace ver al ser humano por sí mismo -no desde teorías abstractas, o metafísicas abstrusas-, que la mentira, la ilusión, la comprensión errónea de la realidad, la búsqueda adictiva de sensaciones no son el único medio para vencer esta «realidad», esta «verdad» llamada vivir.

     Johnny Depp, un ser humano en cuanto ser de deseos (nephesh), derrochó, como él mismo relata, 650 millones de dólares en una vida «disipada», para al final darse cuenta que había «caído lo más bajo que se podía» en lo que él concebía que era importante para darle sentido a «su porqué» y a «su para qué». Él mismo engendró esa «verdad», y ahora, como dijo Nietzsche, él mismo debe «aprender a saberla mirar» para darle sentido y continuar con esto que llamamos «vivir». Siempre tendremos «sócrates» en nuestras vidas (el mismo fracaso, y las mismas equivocaciones), que nos permitirán comprender -no sin sufrimiento y valentía-, que la existencia humana en sí misma es una aventura aporética que cada uno debe engendrar.

______________________________________

[1] Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 161.

[2] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 163.

[3] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[4] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 167.

[5] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 29.

[6] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 37.

[7] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

[8] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 39.

[9] Cf. Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 40.

[10] Platón, Teeteto, o de la Ciencia, (ed. José Antonio Miguez), Aguilar, Buenos Aires 1973, p. 46.

[11] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 88.

[12] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 171.

[13] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[14] Cf. Reale Giovanni, La sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo, Herder, Barcelona 1996, p. 173.

[15] Présvot, Jean-Pierre, Diccionario de los salmos, Editorial Verbo Divino, Navarra 1991, p. 10.

[16] Ueda, Shizuteru, Zen y filosofía, Herder, Barcelona 2004, p. 112.

[17] Hadot, Pierre, ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 42.

[18] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[19] Cf. Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 89.

[20] Hadot Pierre, Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid 2006, p. 92.

La imagen es diseñada por Daniel Ríos Mujica para Fenomenología de la Espiritualidad, y la fotografía es la moderna Academia de Atenas, fuente: El mundo del viajero.

Taller: «El libro de los Salmos»

esfera-nota-gregoriana

Divagaciones ordenadas sobre el «Libro de los Salmos» como herramientas para una fenomenología de la religión.

fenomenologia@yahoo.com

PROGRAMA

Introito

La poesía como lenguaje legítimo del espíritu humano.

Primera parte

Introducción al «Libro de los Salmos».

Segunda parte

Los salmos como «gramática de la oración»: géneros literarios.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Tercera parte

Hacia una fenomenología de la religión desde el lenguaje poético de los salmistas.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Cuarta Parte

Los Padres y las Madres del Desierto Cristiano y su práctica de la «oración sálmica».

Epílogo

«Los Salmos como re-lectura de un presente escondido».

_______________________________

Más información: fenomenologia@yahoo.com

Mi experiencia en Vipassana

photo_2018-05-02_12-27-04

     Escrito por Leandro Posadas

     Según el psicólogo cuantitativo Donald Hoffman la mente es algo parecido al escritorio virtual de nuestras computadoras, en el cual tenemos ordenados por medio de iconos cada tema, aplicación y materia. Según esta teoría, llamada «teoría de la interface», no vemos el mundo como es, sino como aparece en esa pantalla. «La realidad que percibidos no es la verdadera realidad, sino que lo que percibimos es una especie de escritorio virtual donde interactuamos con los objetos de una manera conveniente para nosotros. El sol, las montañas y los planetas son iconos en ese escritorio. Pero la verdadera realidad no la conocemos, está detrás y sería el equivalente al lenguaje de máquina y al hardware y a todos los componentes internos del computador […] En resumen, la mente cuando estamos despiertos es una interface que nos permite relacionarnos tanto con la realidad (de un modo que le conviene a nuestra especie), como con nuestro mundo interno»[1].

     El psiquiatra español Paco Traver en su blog Neurociencia Neurocultura en su artículo La mente es un escritorio recomienda, para mantener en buen funcionamiento este escritorio, hacer un mapa actualizado del mundo en el que vivimos lo más realista posible, es decir no del mundo que deseo, del cuerpo que deseo, de los amigos que deseo, de la vida que deseo, del país que deseo, sino de las cosas tal como son. Y recomienda hacerlo una vez al año…      

     Desde que comencé este blog, hace ya siete años, nunca he publicado crónicas autobiográficas, pero esta vez quisiera compartir con todos los que me leen la última «actualización de mi escritorio», o más precisamente mi última experiencia en un centro de práctica de silencio Vipassana, bajo las instrucciones de S. N. Goenka (1924-2013), el fundador de la Academia internacional Vipassana. Goenka fue un hombre lleno de humanidad que quiso difundir, sin sectarismo, de modo serio y bien establecido, la técnica que posiblemente practicó Siddharta Gautama para llegar a la extinción del sufrimiento en sí mismo. Es importante indicar, antes de proseguir con mi crónica, que la institución que S. N. Goenka fundó, sin fines de lucro, no es una secta religiosa en la que se debe creer ciegamente en lo que allí se enseña, tanto es así que al final del curso S. N. Goenka dice (por medio de grabaciones), que cada uno libremente tome lo bueno y deje lo que no le gusta, lo importante es comprender íntegramente la forma de practicar. En otras palabras, no se aprende Vipassana para hacerse budista, sino para comprenderse como humano.

     Vipassana (vipaśyanā), significa ver las cosas tal cual son; familiarizarse con una visión justa de las cosas y a la vez, cultivar cualidades que poseemos latentes en nuestro interior, esperando ser desarrolladas.

     Aprender y querer silenciar sabiamente este cuerpo-mente que somos, y querer explorarlo minuciosamente, no tiene nada que ver con las creencias que tengamos, o con la religión que profesemos, sino con algo más profundo: darse cuenta; comprender-se; hacerse humano; vivir sabiamente este ser consciente de ser sentiente que somos en este mundo que habitamos. Nunca olvidar que toda religión, por muy antigua que sea, no es más que una interpretación de la realidad y está sujeta siempre a un contenido histórico y cultural. Engancharse a una dogmática religiosa, en vez de hacernos libres, nos condiciona y puede llegar a obstaculizar este camino de comprensión que es la vida humana.

     Los centros Vipassana están extendidos por casi todo el mundo y ofrecen cursos de 10 días, de 20 días, de 30 días y hasta de 45 días de práctica de silencio. El horario comienza a las 4:00 a.m., y termina a las 9:30 p.m. Esta última ha sido mi cuarta experiencia en un curso de 10 días en el cual se práctica casi 11 horas diarias con algunos recesos entre práctica y práctica. Es un horario muy intenso, de mucho trabajo interior y físico, pues el cuerpo reacciona ante tantas horas en una misma postura.

     Llegué el día cero para inscribirme y acepté las condiciones que la institución me pedía: permanecer libremente en el centro desde el día cero hasta el día once cumpliendo cinco preceptos: abstenerme de matar cualquier ser vivo; abstenerme de robar; abstenerme de una conducta sexual inadecuada; abstenerme de mentir; abstenerme de todo tipo de intoxicantes. Los 10 días están dedicados a ejercitarse en tres adiestramientos: moralidad (sila); concentración y dominio de la mente (samadhi); y sabiduría, o visión cabal que purifica la mente (pañña).

     Por ser mi cuarta vez iba muy seguro de todo lo que debía y podía hacer, e iba lleno de expectativas… El primer día fue muy doloroso físicamente, y de poca concentración en la primera enseñanza sobre dicha concentración (anapana), es decir sosegar la mente a través de la observación de la respiración natural. Ese día una profunda tristeza invadió mi mente, pero el mismo ritmo de trabajo intenso disipó la ilusión lentamente. S. N. Goenka siempre repite la misma frase día tras día en sus enseñanzas: todo es Anicca: La naturaleza de todas las cosas es impermanente; surgen y cesan, nacen y mueren; y lo mismo ocurre con los objetos mentales, es decir las emociones, los pensamientos, y todo lo que la mente humana produce por ser consiente de ser sentiente. Experimentar esto no como teoría sino en el propio cuerpo-mente es una gran enseñanza. La noche de ese primer día fue de mucha alegría y de un sueño profundo y purificador.

     Un regalo que recibí fue poder dormir yo solo en una cabaña de piedra con un árbol dentro, literalmente con un árbol dentro, y con él una gran fauna de arañas, alacranes, y demás insectos, pero mi mente estaba tan tranquila que dormía plácidamente sin alarmarme por mis acompañantes. Para los que deseen ir, no preocuparse que esa cabaña sólo la usan los que ya han asistido a varios cursos, y es libre quedarse allí o no. Fue una decisión personal. El único inconveniente es que hacía mucho frío y la tercera noche pesqué un fuerte resfriado, tan fuerte que pensé en dejar el curso y romper el contrato que el día cero había hecho. Me concedieron una entrevista con los profesores asistentes y ellos me pidieron con una sonrisa que esperara un día más y si estaba convencido de irme podía hacerlo. Llevaba 3 días sin ver a nadie a la cara y sin hablar con nadie, pues una de las normas más estrictas es el noble silencio: no se puede tener contacto físico ni verbal con ningún otro estudiante. Ese cuarto día fue un día de esperanza a pesar del gran resfriado y del dolor en todo el cuerpo. Anicca, anicca, anicca. Todo es impermanente. Surge y cesa.

     Ningún estudiante puede enseñar Vipassana según la forma en la que lo estableció S. N. Goenka, pues para llegar a ser profesor asistente se requiere de una seria y comprometida formación y miles de horas de práctica, pero puede compartir la experiencia e invitar a otros a vivirla. Llevo varios años practicando Vipassana, pero sólo fue en este cuarto curso en el que comprendí la más grande verdad de dicha práctica, si bien la tenía en la teoría, mi mente y mi cuerpo se rehúsan y se rehusaban a admitirla. Y en secreto (entre ustedes y yo), es la clave de la transformación si se es fiel a dicha enseñanza: sentarse sin esperar nada, sin engancharse a nada, sin rechazar nada. Ser ecuánime, aprender a ser ecuánime (upekkha). Pero ¿Cómo ser ecuánime ante el dolor terrible en las rodillas, y en la espalda después de horas y horas de práctica? ¿Cómo ser ecuánime ante las sensaciones agradables y placenteras que surgen? Esta pregunta sólo se responde en la experiencia, no hay teoría que pueda comunicarla. Y prefiero no conceptualizar una respuesta.

     El séptimo, octavo y noveno día tomé la decisión de hacerme principiante, de volver a empezar de nuevo, de escuchar las instrucciones de S. N. Goenka, y no identificarme con lo que las sensaciones realmente placenteras (y hasta sublimes), y profundamente dolorosas me transmitían. Ha estado duro, realmente duro, pero he percibido remotamente el porqué los profesores asistentes, y las personas que llevan años practicando Vipassana, siempre tienen una sonrisa pacífica y un amor profundo y real en sus rostros.

     El día décimo, -el día de la liberación de tanto dolor-, que es el día en que ya se puede hablar en ciertas horas conversé con dos practicantes que llevan años en ello. A ambos los conozco desde que comencé a asistir al centro. Y ambos me transmitían y me transmiten paz real, no fingida, una paz que parece que se ha extinguido en la mayoría de los humanos. Una paz que no tiene que ver con las emociones; con simpatías o antipatías; con las circunstancias sean buenas o malas, o con la vulnerabilidad de esto que somos. Me acerqué al más anciano y le pregunté sobre su experiencia: de él no vino ninguna teoría sublime, ni conceptos, ni apologías, simplemente una mirada profunda y compasiva. Me dijo (entre otras cosas, -no todo puede decirse-…): «No juegue con esa vida humana que usted tiene; no se «caiga a mentiras»; practique, simplemente sea fiel, y practique; no tiene sentido venir, si se sigue jugando con las sensaciones; buscando, buscando, buscando sentir…».

     He aquí mi breve crónica sobre la última «actualización de mi escritorio», cuya finalidad ha sido simplemente transmitir mi experiencia de esos diez días de silencio arduo y trabajado, de explorar el cuerpo con mente serena «desde la punta de los dedos de los pies hasta la cima de la cabeza» una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez «con paciencia y persistencia», comprendiendo serena y alegremente nuestro surgir y cesar continuo, sin rechazar, ni apegarse tanto… En resumen, no debo olvidar nunca que siempre soy un principiante en este camino de la sabiduría.

La imagen del árbol es un diseño del Arquitecto Daniel Ríos  para Fenomenología de la Espiritualidad.

__________________________

[1] Cf. https://pacotraver.wordpress.com/2018/04/27/la-mente-es-un-escritorio/

Neurociencia y contemplación 2° Parte: ¿Por qué tenemos emociones?

photo_2018-04-10_16-03-51

Escrito por Leandro Posadas.

«Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe; una hoja cuya rama no existe;

un mundo cuyo cielo no existe».

Luis Cernuda. 

     El neurólogo John Cacioppo, quien murió hace pocas semanas, en su libro Discovering Psychology. The science of Mind (2013), se pregunta: ¿Es posible encontrar la consciencia en el cerebro? Y responde con una bella metáfora: La consciencia, la mente y el cerebro son como una muñeca rusa (Matrioshka). El cerebro, la muñeca exterior, (outside doll), alberga la mente, pero también tiene otras funciones, como el sostenimiento de la respiración y el control de la temperatura del cuerpo. La mente, la muñeca interna, (middle doll), alberga la consciencia, es decir a la más íntima muñeca (innermost doll), pero también, entre otras tareas, administra las funciones inconscientes, como la memoria a largo plazo[1].

     Muchos de nosotros tenemos como concepto de la mente el resultado de la actividad de las células del sistema nervioso, pero ¿Cómo podrían nuestros sentimientos, pensamientos, y recuerdos ser causados por un manojo de células? ¿Somos sólo el resultado de procesos biológicos? La psicobiología (Biological Psychology), esta amplia ciencia interdisciplinar que combina los métodos y teorías de la psicología, con los de la biología, la bioquímica, las neurociencias, y otros campos, trata de enfocarse en las conexiones entre el comportamiento observado, los factores genéticos, bioquímicos, y el nivel de la actividad y características estructurales del sistema nervioso. Al observar dichos enlaces se ha podido comprobar que ellos no viajan en una sola dirección, desde los factores biológicos al comportamiento, sino que se intercambian, combinan y se alternan[2].

     Dichos intercambios forman parte de nuestra historia evolutiva como especie, y como ejemplo de ello tenemos las emociones ¿Por qué tenemos emociones? Se pregunta John Cacioppo. En nuestra prehistoria como raza tenemos la respuesta a tal pregunta: las emociones desde hace más de 200.000 mil años nos han servido para producir atención (arousal), es decir a reaccionar y estar vigilantes ante el peligro, a movernos ante los riesgos de nuestra vulnerabilidad como seres conscientes de ser sentientes. Nuestra especie ha desarrollado distintos niveles de vigilancia (arousal), algunos más simples como el correr ante la amenaza de un depredador, o más complejos como sentarse a responder un examen o prueba académica[3]. Sea que experimentemos felicidad, tristeza, ira, disgusto, una emoción combina una sensación física semejante a un rápido latido del corazón, y un consiente y subjetivo sentimiento, como el miedo o la tristeza[4].

     Sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de sofocación y opresión cuando nuestra respuesta de vigilancia (arousal), es excesiva. A lo largo de la historia como especie las emociones han sido parte de nuestro gran desafío: saber vivir con ellas; creer demasiado en ellas, en lo que ellas nos proponen. Yo siempre me repito a mí mismo: «70 u 80 años no son suficientes para aprender la sabiduría de las emociones»: la rabia, la tristeza, la alegría, el odio, forman parte de nuestro gran repertorio para ser seres humanos ante el mundo y ante nosotros mismos. Son una gran aventura. Aprender el arte de las emociones requiere esfuerzo, requiere paciencia, comprensión y a la vez gallardía.

     En su ensayo Le emozioni ferite el psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna considera que las emociones se constituyen como dimensiones esenciales de la condición humana. Dicen todo lo que se desarrolla en nosotros, en nuestra interioridad. Son portadoras de un conocimiento que se experimenta en el corazón, y que la razón discursiva y categórica no logra aprehender. Son una especie de background sobre el que se funda nuestra vida.

     En su experiencia como psiquiatra fenomenólogo Eugenio Borgna ha podido darse cuenta de la necesidad de conocer las emociones, de aprender a interpretarlas para poder articular una forma que aclare el sentido de los disturbios psicopatológicos de la naturaleza humana herida de sus pacientes. Para él los horizontes de sentido de las emociones son ilimitados. Las emociones son formas de conocimiento, de obtener sabiduría sobre qué es esto de ser humanos, por ello, citando a Simone Weil, considera que nunca debemos intentar deshacernos de ellas, sino que debemos acogerlas en nuestro corazón y reencontrar en ellas el camino misterioso y a la vez revelador que nos lleva al interno de este ser mismo que somos[5].

     Por su parte, Ajahn Sumedho, un maestro de la Tradición Theravada del Bosque, en una conferencia titulada «È sempre possibile ricominciare»[6] sostiene que las emociones tienen el poder de ser muy convincentes, -cuando nos enganchamos y nos identificamos con ellas-, pues nos hacen sentir que son reales e imperiosas. Son como un melodrama, mientras se manifiestan aparecen reales y verdaderas. Ajahn Sumedho, sobre tal imperiosidad de las emociones, narra un duro momento de su vida y relata cómo se relacionó con ellas: «En aquella época ya existía en mí aquello que se daba cuenta de ellas, ya se había establecido en mi una sapiencia de las emociones como objetos mentales, y en dicha sapiencia ponía toda mi confianza. Ha estado muy duro, pero tenía mi refugio en el conocimiento (consapevolezza) que se da cuenta de la emoción tempestuosa que lloriquea patéticamente en nosotros. Me confiaba a dicho refugio en vez de al mensaje que las emociones me hacían creer, que francamente encontraba vacíos y sin consistencia».

     La sabiduría, ese conocimiento del que nos habla Ajahn Sumedho, descansa en el instante mismo en que experimentamos emociones, como objetos mentales, cuya naturaleza es su surgir y cesar: su impermanencia. Y ante tal naturaleza cambiante y transitoria nosotros simplemente somos observadores imparciales. Somos como cirujanos de la realidad de nuestro cuerpo/mente, pues intentamos contemplar la realidad de esto que somos desde una mirada «médica».

     A propósito, el filósofo francés Michel Henry en su obra Encarnación. Una filosofía de la carne, sostiene que dicha «mirada médica» es hoy en día uno de los últimos refugios de la cultura, pues desde su inicio la medicina intentó ver en el dolor humano, en las lesiones, en los tumores, no sólo una descripción impersonal, sino también lo que resulta de ello para una carne, para ese Sí viviente, gozoso, y a la vez sufriente que somos, es decir la vida trascendental como constitutiva de la realidad humana[7].

     Dicha «mirada», dicho examinar, es fundamental en medicina, pero también las «ciencias contemplativas» tienen este examinar como algo fundamental. Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, y uno de los más reconocidos científicos occidentales implicados en el estudio de las prácticas contemplativas, sostiene que «si queremos observar los mecanismos más sutiles del funcionamiento de nuestro espíritu, y actuar sobre ellos, es absolutamente necesario que afinemos nuestro poder de introspección. Tenemos que agudizar a la perfección nuestra atención de modo que se vuelva estable y clara. Sólo entonces podremos observar el funcionamiento de nuestra mente, el modo cómo percibe el mundo, y entender de ese modo, la concatenación de las emociones y de los pensamientos»[8], con el fin, en un principio, de familiarizarse con una visión clara y justa de las cosas, y lograr contemplar el aspecto fundamental de la consciencia humana, es decir, un estado, según la sabiduría contemplativa, perfectamente lúcido y despierto que siempre está ahí incluso en ausencia de los objetos mentales de las emociones y los pensamientos.

     En el camino de la sabiduría o del silencio contemplativo nos vamos acercando a comprender y a experimentar las emociones como objetos mentales -surgen y cesan sin engancharnos a ellas-. Desde una mente serena concentramos la paz y la claridad de la mente sobre la observación de las cosas visibles, de los sonidos, los olores, los sabores, las sensaciones físicas, los pensamientos y las emociones que experimentamos. Contemplamos las emociones sean positivas o negativas, agradables o desagradables, las acogemos, no las rechazamos o nos apegamos a ellas. Contemplamos todo. Ajahn Chah dice que dicho proceso es «como si alguien subiese a un árbol de mango, lo moviese para hacer caer los frutos, mientras nosotros debajo los recogemos. Aquellos podridos no los recogemos, recogemos sólo los sanos. No es un trabajo duro porque no somos nosotros quienes estamos subidos en el árbol. Nosotros nos limitamos a recoger los frutos estando debajo de la sombra del árbol»[9]. Riqueza, fama, elogios, felicidad, infelicidad, dolor, alegría, vienen por sí mismos, y nosotros estamos en paz, pues todo lo que experimenta una mente pacífica lleva a una comprensión más amplia. «Nosotros simplemente nos divertimos contemplándolos sin temor».

La imagen es del artista visual Chad Wys publicada en estateunrato.net y el diseño es hecho por el Arquitecto Daniel Ríos Mujica 

__________________________________

[1] Cf. Cacioppo John and Freberg Laura, Discovering Psychology. The Science of Mind, Wadsworth, Belmont USA, 2013, p. 240.

[2] Cf. Ibid., p. 127.

[3] Cf. Idem.

[4] Cf. Ibid., p. 320.

[5] Cf. Borgna Eugenio, Le emozioni ferite, Feltrinelli, Milano 2009.

[6] Cf. Ajahn Sumedho, È sempre possibile ricominciare, Santacittarama 2014. Traducción del Italiano por Leandro Posadas.

[7] Cf. Henry Michel, Encarnación. Una filosofía de la carne. Ediciones Sígueme, Salamanca 2001, p. 289.

[8] Ricard Matthieu, L’Art de la Méditation, Nil, París 2008.

[9] Ajahn Chah, Una pace incrollabile, Santacittarama 2004. (Traducción del italiano por Leandro Posadas para el presente artículo).