MATTHIEU RICARD: DE DOCTOR EN BIOLOGÍA MOLECULAR A MONJE BUDISTA Y FILÁNTROPO

Mattieu Ricard
Matthieu Ricard

Deseo presentar en esta entrada una paráfrasis y comentarios a algunas frases de un artículo publicado en el blog: “Neurociencia, Neurocultura“, acerca del monje y científico Matthieu Ricard, quien después de años de investigación científica decidió ir a la India y aprender a entrenar su espíritu con los monjes tibetanos.

El autor del artículo no está muy convencido sobre algunas afirmaciones en torno al monje y científico. Sin embargo, he tratado de captar de dicha publicación aquello que más nos interesa para nuestro espacio web, y he dejado de lado las afirmaciones y opiniones del autor. Quien desee leerlo en su integridad puede hacerlo desde el link indicado anteriormente. He aquí la breve disertación al respecto:

“Este fin de semana se ha hablado mucho del monje budista de la tradición tibetana Matthieu Ricard (Nacido en Francia en 1946), “el hombre más feliz del mundo”, al decir de los expertos de la Universidad de Wisconsin, donde ha estado sometido a toda clase de pruebas de resonancia nuclear magnética con las cuales apoyar dicha afirmación”.

El autor menciona el famoso libro por el cual el monje Matthieu Ricard ya era famoso antes de dicha declaración de la Universidad de Wisconsin, pues Matthieu es hijo del filósofo Francois Revel, fallecido a la edad de 92 años. “Ambos se hicieron famosos hace más de 10 años a través de un libro llamado “El monje y el filósofo”, donde padre e hijo mantienen un diálogo teosófico muy interesante, Matthieu trata de convencer al padre de su elección religiosa, algo que el propio Revel no llegó a entender nunca, ya que su hijo era un valor emergente en biología célular, una carrera que abandonó abruptamente en favor de la vida monacal. De aquel libro se vendieron millones de copias y su interés venía de la confrontación de argumentos laicos defendidos por Revel con los argumentos budistas defendidos por Matthieu”.

Una de los cuestionamientos del autor es realmente acuciante para nosotros:

“¿Cómo es posible que los Occidentales no hayamos sido capaces de generar herramientas espirituales útiles para el consumo diario de nuestros ciudadanos? Si exceptuamos la oración y determinados rituales, que cada vez disponen de menos seguidores, es evidente que las técnicas espirituales cristianas han perdido la batalla, primeramente frente al materialismo consumista y ahora parece que van a volver a perder la siguiente batalla frente a tecnologías potentes y fuertemente arraigadas por la tradición como esa fusión chino-hindú que en su concepción del mundo arrastra a no pocos seguidores europeos atrapados en la falacia “pre-trans” y que buscan la felicidad en alguna parte, en alguna práctica, en algún culto, y que se topan al final con la verdad, que no es otra sino admitir que la mejor manera de ser feliz es renunciar por completo a serlo y limitarse a serlo cuando se es feliz, sin buscar la repetición, y mucho menos buscarla en algún lugar físico. No hacer nada es la opción, salvo disfrutar el momento”.

Las últimas líneas del anterior párrafo pudieron ser matizadas y planteadas de mejor forma, sin embargo el autor no deja de tener razón en ciertos aspectos. Lo que tal vez no menciona es que sí existe una tradición contemplativa eficaz y transformante en la espiritualidad occidental, (basta pensar en Juan Casiano, Evagrio Póntico, Meister Eckhart, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, entre otros), sólo que a partir del siglo XIII se dejó de lado y se dio paso en la religión predominante en Occidente a una expresión eminenemente institucional, jerarquizada y dogmatizante.

La finalidad de la búsqueda de la felicidad planteada por el autor me parece un poco reduccionista. La felicidad no es una sucesión interminable de placeres que terminan por agotamiento, sino una forma de ser. La felicidad entendida como un auténtico conocimiento de la realidad es la libertad y la posibilidad de “emancipación del ser humano”, sostienen los maestros espirituales.

Debemos reconocer la agudeza del autor del breve artículo, en el cual sin embargo deja de lado el sentido de incertidumbre que forma parte del ser humano mismo. No somos máquinas. Cada ser humano es una paradoja viviente, y no una simple suma de herencia, educación y cultura. El ser humano necesita del silencio y del estrenamiento de su espíritu para comprenderse. No necesariamente todos debemos hacernos monjes para profundizar en nosotros mismos y llegar a trascender nuestros condicionamientos más recónditos. Matthieu Ricard es testimonio no de una superación edípica, sino de la manifestación de la compasión y a la vez de la posibilidad de la dignidad de ser ser humano. Somos “homo sapiens” y “homo faber”, pero sobre todo somos “capax infiniti”, reducirnos a una sucesión de mecanismos físicos y/o mentales, sería condenarnos a un determinismo causal.

«JESUCRISTO, SABIO MAESTRO ESPIRITUAL» A TRAVÉS DEL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA BUDISTA 2ª PARTE

«Jesús visto a los ojos budistas», Ajahn Candasiri, monja y maestra budista de la Tradición Theravada del Bosque del linaje de Ajahn Chah

Traducción del italiano por Leandro Posadas

Amaravati Publications 2011

Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia
Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia

Jesús murió joven. Su ministerio comienza a los 30 años (estoy muy interesada en conocer más sobre su formación espiritual, que sin lugar a dudas debió recibir antes de su ministerio), y termina bruscamente cuando tiene apenas 33 años. Afortunadamente, antes de la crucifixión logra enseñar a sus discípulos más cercanos un simple ritual con el cual ellos puedan reafirmar su vínculo con él. Me refiero, obviamente, a la Última Cena. Constituyendo con tal ritual un punto central de devoción y de renovación para sus discípulos, que continúa en la actualidad.

Tengo la impresión que no estaba particularmente interesado en convertir a las personas a su manera de pensar, sino a enseñarlas a estar preparadas. Es curioso notar que a menudo las personas que lo buscan provienen de ambientes desintegrados y humildes. Para Jesús es claro que la pureza es una cualidad del corazón, y no cualquier cosa que viene por la ciega adhesión a un sistema de reglas. Su respuesta a los fariseos cuando critican a sus discípulos por no cumplir el mandato respecto a las normas de pureza durante las comidas, lo demuestra perfectamente: «No hay nada de fuera que pueda contaminar al ser humano». Y hacia sus discípulos es decididamente explicito sobre lo que ocurre cuando el alimento es consumido… «más bien, es del corazón que nacen las contaminaciones». Lamentablemente, en este punto no sigue adelante para explicar qué hacer con ellas (las contaminaciones).

Lo que se nos describe sobre sus últimas horas -el proceso, el escarnio, la agonía, y la humillación de ser desnudado y al final clavado a muerte sobre una cruz- es una extraordinaria narración de paciente tolerancia, y de voluntad de soportar lo insoportable, sin sentimientos de reprobación o de hostilidad. Me recuerda una semejanza usada por el Buda para mostrar la cualidad de «mettâ», o gentileza, que se esperaba de sus discípulos: «Asimismo, si los ladrones los agrediesen o les cercenaran sus propios miembros uno a uno, y cedieran el paso a la rabia, no estarán siguiendo mi enseñanza». Una tarea ardua, pero que Jesús cumple claramente a la perfección: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Entonces ¿por qué tuve necesidad de buscar en otro lugar un guía? ¿quizás, Jesús era incompleto como modelo espiritual? ¿era insatisfacción en relación con la iglesia -aquello que la cristiandad ha hecho con la figura de Jesús-? ¿o simplemente, se había asomado otra posibilidad que respondía más adecuadamente a mi necesidad de entonces?

Relieve del Buda en meditación
Relieve del Buda en meditación

En el Budismo he encontrado aquello que faltaba en mi experiencia cristiana. Podría ser resumido, simplemente, en fe mí misma. No creo que había comprendido plenamente cuánto todo me parecía desesperado, hasta que no tuve los medios y el estimulo necesarios para entenderlo. Hay una historia, al respecto, de un estudiante ‘brahmín’, llamado Dhotaka, que implora al Buda: «Por favor, Maestro, líbrame de la confusión». La respuesta, en un cierto modo, sorprendente del Buda fue: «No es mi tarea liberar a alguien de la confusión. Cuando hayas comprendido el Dhamma, la Verdad, entonces encontrarás la libertad». ¡Qué responsabilidad!

En los Evangelios leemos que Jesús habla con autoridad; habla además de la necesidad de tener la actitud de un niño. Ahora, si bien esto puede ser interpretado como un estimulo a una dependencia infantil en relación con el maestro, las enseñanzas budistas me han ayudado a ver esto desde otra luz y visión. La palabra «Buda» significa «despierto» -despierto al Dhamma, o a la Verdad, que el Buda ha comparado con un antiguo sendero cubierto de vegetación y que él ha simplemente descubierto. Su enseñanza indica el sendero: es aquí, ahora, justamente sobre nuestros pies- pero, a veces, ¡nuestras mentes están tan llenas de ideas sobre la vida que están imposibilitadas a gustarla verdaderamente!

Hay un episodio en el cual una joven madre, Kisagotami, aturdida por la muerte de su hijito, va al Buda. La respuesta del Buda a su dolor, cuando ella le pide que cure a su hijo, es la de pedirle que le traiga una semilla de mostaza de una casa donde ninguno jamás haya muerto. Al final, después de días de búsqueda, la angustia de Kisagotami se aquieta; comprende que no está sola en su sufrimiento, pues muerte y luto son hechos inevitables de la existencia humana. También Jesús enseña, a veces, de este modo. Cuando se reúne una multitud dispuesta a lapidar a muerte a una mujer acusada de adulterio, invita a cualquiera que esté sin pecado a lanzarle a ella la primera piedra. Uno a uno se van retirando, pues habiendo mirado en sus propios corazones sienten vergüenza frente a dicha frase.

 En la práctica he encontrado el modo de poder estar en sintonía, y poder participar atentamente a lo que ocurre dentro de mí, sintiendo cuándo se está al propio aire, en armonía, y sabiendo también cuándo el propio punto de vista está en contraste con «aquello que es». Encuentro que la imagen que Jesús usa para describir el Reino de los Cielos lo explica bien. Dice que es como una semilla que, cuando las condiciones son favorables, germina y crece como un árbol. Nosotros mismos creamos las condiciones que promueven el bienestar y el crecimiento de la comprensión, o las condiciones que nos causan daño a nosotros mismos y a los demás. No hay necesidad de un dios que nos entregue en lo recóndito de cualquier infierno, ya que si somos necios y egoístas eso ocurre por sí mismo. Del mismo modo, cuando colmamos nuestra vida de bondad nos sentimos felices, el cual es un estado paradisíaco.

350px-Coptic_Crucifixion_IconEn aquel primer retiro budista me fue mostrado que hay un Camino Medio: ni identificarse, ni esforzarse para reprimir los pensamientos dañinos que se presentan. He aprendido que a través de la meditación, puedo simplemente ser espectadora y permitir a dichos pensamientos pasar, en base a su misma naturaleza. No tengo necesidad, en efecto, de identificarme con ningún aspecto de ellos. La enseñanza de Jesús, de que incluso tener un pensamiento lujurioso es como cometer adulterio, me parecía demasiado duro, mientras, se tiene un sentido lógico, la idea de cortar una mano o un pie, o sacarse un ojo en caso de que fueran motivo de ofensa. En concreto ¿cómo es posible practicar de ese modo? ¡Me parece que requería de una fe muy grande de cuanta en aquel período tuviese a mi disposición por aquel entonces! De ese modo, fui muy feliz de aprender una respuesta alternativa en relación con los estados de avidez, odio o ilusión, que surgen en la consciencia, y que oscurecen nuestra visión y nos llevan a todo tipo de problemas.

Como dice el Dalai Lama: «Cada uno quiere ser feliz, nadie quiere sufrir». Jesús y el Buda son amigos y maestros extraordinarios. Pueden mostrarnos la Vía, pero no podemos contar con ellos para que nos hagan felices y nos liberen del sufrimiento. Corresponde a nosotros.

 

Versión en Italiano traducido del Inglés por Roberto Luongo

El original en Inglés en: http://www.amaravati.org

«JESUCRISTO, SABIO MAESTRO ESPIRITUAL» A TRAVÉS DEL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA BUDISTA 1ª PARTE

«Jesús visto a los ojos budistas», Ajahn Candasiri, monja y maestra budista de la Tradición Theravada del Bosque del linaje de Ajahn Chah

Traducción del italiano por Leandro Posadas

Amaravati Publications 2011.

Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia
Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia

Antes de presentar la traducción de este bello artículo quisiera resaltar que nuestro blog tiene como finalidad el estudio, la investigación, y la difusión de obras, temas, autores, maestros, escritores y escritoras de las diversas tradiciones místicas y espirituales tanto de Oriente como de Occidente. Por lo cual, invitamos a nuestros cordiales lectores y lectoras a adentrarse en este espacio web con espíritu abierto, solícito y atento para poder de ese modo aprovechar lo que cada sabia, respetable y profunda tradición espiritual nos ofrece para la «transformación» de nuestro corazón y nuestra consiguiente «liberación», «salvación» o «emancipación». Nuestro espacio web es eminentemente ecuménico e interreligioso y trata de indicar desde una forma fresca, no dogmática y no exclusiva una senda para aproximarnos a «nuestro propio misterio» y profundidad, como también al «misterio» que nos circunda, nos sobrepasa y nos alienta.

El siguiente artículo fue escrito por una maestra budista, Ajahn Candasiri, nacida en Inglaterra, de la «Tradición Theravada del Bosque», quien antes de ser «budista», fue una creyente cristiana. Las siguientes líneas son un hermoso testimonio de una espiritualidad profunda, abierta, sensata, sincera y eficaz. He aquí el artículo:

En 1984, su Santidad el Dalai Lama, hablando a un numeroso público en el Albert Hall de Londres, hizo coincidir rápidamente a los presentes a través de una simple afirmación: «Todos los seres quieren ser felices, quieren evitar el dolor y el sufrimiento». Quedé impresionada sobre cómo fue en grado de mostrar aquello que todos, en cuanto seres humanos, tenemos en común. Afirmó nuestra común humanidad, sin negar las obvias diferencias.

La Crucifixión, icono bizantino
La Crucifixión, icono bizantino

Si me invitasen a mirar a «Jesús a través de ojos budistas», usaría un enfoque, más o menos escolástico, que pone en evidencia las semejanzas y diferencias. Fui educada en la religión cristiana y me dirigí al Budismo hacia los 30 años, por lo cual puedo espontáneamente tener opiniones sobre ambas tradiciones, aquella en la cual crecí y de la cual me alejé, y aquella que he adoptado y continúo a practicar. Después de haber releído algunos episodios del Evangelio me gustaría descubrir a Jesús nuevamente desde una mirada renovada, y examinar hasta llegar al punto de vista en el cual veo que Jesús y el Buda ofrecen la misma guía, a pesar de que superficialmente las tradiciones del Cristianismo y el Budismo pueden aparecer muy diferentes.

Para comenzar, permítanme narrar un poco cómo llegué a ser monja budista. Después de haber buscado, sinceramente, acercarme al camino cristiano en un modo que fuese realmente significativo en mi vida cotidiana, había llegado a un punto de profundo cansancio y desesperación. Estaba cansada de la aparente complejidad de todo. Había surgido en mí un sentimiento de impotencia porque no sabía cómo lidiar con los estados negativos que se insinuaban espontáneamente en la mente: preocupaciones, celos, mal humor, entre otros. Y también estados positivos que podían cambiar y transformarse en soberbia, vanidad, y otros naturalmente indeseados.

Al final, encontré a Ajahn Sumedho, un monje budista estadounidense, que recientemente había llegado a Inglaterra después de 10 años de práctica en Tailandia. Su maestro era Ajahn Chah, un monje tailandés de la Tradición del Bosque, que a pesar de su poca instrucción formal, conquistó los corazones de miles de personas, entre ellos un buen número de occidentales. Participé a un retiro de 10 días en el Centro Budista de Oakenholt, cerca de Oxford. Me senté agonizante sobre una estera en el suelo de una sala de meditación llena de corrientes de aire, junto a 40 practicantes de todo tipo. Delante de nosotros, junto a otros tres monjes, estaba Ajahn Sumedho, quien nos impartía las enseñanzas y nos guiaba en la meditación.

Niño budista meditando
Niño budista meditando

Dicha experiencia fue un espacio de transformación para mí. Si bien la entera experiencia estuvo extremadamente dura, tanto física como espiritualmente, me sentía enormemente entusiasmada. Las enseñanzas fueron presentadas en un estilo maravillosamente accesible, de hecho parecía todo muy equilibrado. No pasó por mi mente que se tratara de Budismo. Además eran inmensamente concretos, y como prueba, habían frente a nosotros “profesionales”, personas que habían tomado la decisión de vivir 24 horas al día de acuerdo a tales enseñanzas. Estaba completamente fascinada con aquellos monjes: de sus hábitos y de sus cabezas rapadas, y de aquello que sentía acerca de sus vidas de renuncia con sus 227 reglas de formación. Percibí además que estaban relajados y felices, y esto fue quizás la cosa más importante, y además un poco sorprendente.

Me sentía profundamente atraída por las enseñanzas y por la Verdad que indicaban: el reconocimiento de que está vida es intrínsecamente insatisfactoria, y que nosotros experimentamos sufrimiento y malestar, pero que también hay una Vía que nos puede llevar al final de dicho sufrimiento. A pesar que la idea pareciese muy asombrosa para mí, observé que en mi interior se despertaba un interés de querer ser parte de una comunidad monástica.

De ese modo, después de veinte años trascurridos como monja budista, ¿qué descubro cuando encuentro a Jesús en los pasajes evangélicos?

Bien, debo decir, que se presenta más humano de como lo recordaba. Si bien, se nos decía repetidamente que era el Hijo de Dios, en cualquier modo esto no me parece demasiado significativo, sino más bien el hecho de que es una persona: un hombre de gran presencia, enorme energía y compasión, y notables capacidades mentales. Tiene incluso el don de saber transmitir las verdades espirituales en forma de imágenes, utilizando los objetos cotidianos (pan, campos, grano, sal, niños, árboles), para ilustrar los puntos que quiere aclarar. Las gentes no siempre entendían inmediatamente, pero Jesús les deja una imagen sobre la cual reflexionar. Además, tiene una misión: reabrir la Vía a la vida eterna; y está completamente decidido en su empeño -como el mismo dice, «Hacer la voluntad del su Padre»-.

Su ministerio es breve, pero rico en acontecimientos. Leyendo la narración del Evangelio de Marcos, yo misma me siento fatigada mientras imagino las demandas incesantes de tiempo y de energía que le vienen requeridas. Es un alivio ver que de vez en cuando tiene el tiempo para estar solo o con sus discípulos más cercanos; leer que al igual que nosotros, a veces tiene necesidad de descanso. Una historia que me gusta mucho es aquella en la que después de una jornada extenuante trascurrida en ofrecer enseñanzas a una multitud inmensa, dormía profundamente sobre una barca que lo transportaba a través del mar. Cuando en mi vida hay una agitación de eventos, encuentro muy útil recordar su calma en respuesta a la violenta tempestad que arreciaba mientras dormía.

Me siento muy vinculada con la intensidad de las situaciones que se desarrollan una después de otra. Las gentes lo escuchan, aprecian lo que dice, y en algunos casos está irritada o colérica, en otros casos viene curada. No tienen jamás suficiente de aquello que él puede darles. Me conmueve su respuesta a las 4.000 personas, que después de transcurrir tres días con él en el desierto y escuchar sus enseñanzas están cansadas y hambrientas. Dándose cuenta usa sus dones para propinarles pan y peces con los cuales todos puedan comer.

Versión Italiana traducida del Inglés por Roberto Luongo

El original en Inglés en: http://www.amaravati.org

ELMAR SALMANN: «LA ESPIRITUALIDAD COMO POSIBILIDAD DE ESTAR A LA ALTURA DE SÍ MISMO, DEL MUNDO Y DE ‘DIOS’»

Citaciones tomadas de Salmann E., «Sciencia e spiritualità. Affinità elettive», EDB, Bologna 2009. Traducción del Italiano por Leandro Posadas

P. Elmar Salmann o.s.b
P. Elmar Salmann o.s.b

El monje benedictino y brillante teólogo alemán, Elmar Salmann, nos presenta en una breve obra: «Sciencia e spiritualità. Affinità elettive», Bologna 2009, algunos esbozos sugestivos acerca del espíritu del ser humano cuando logra entrar en relación consigo mismo, con el mundo, y con ‘Dios’, por medio de la practica espiritual e intelectual.

Según E. Salmann, nuestro tiempo está gobernado por un insólito «pathos» por el infinito: «queremos todo, y ese todo en modo infinito». Deseamos ser totalmente comprendidos, aceptados, valorados, y a la vez ser plenamente libres. Hemos dejado de lado la sabiduría y humildad de reconocer nuestros propios límites. Paradójicamente, la mayoría de las personas, afirma Salmann, no se aceptan a sí mismas, justamente porque no sé conocen en lo absoluto. Podríamos afirmar que el gran problema del ser humano de hoy es el total desconocimiento de sí mismo, el cual tiene como consecuencia la falta de madurez y de adultez; la incapacidad de «estar en nosotros mismos», dignamente, ante el mundo que nos rodea. Para nuestro autor, la civilización occidental actual es una sociedad «infantilizada», fluctuante y vacilante, que no sabe decidir qué debe ser y hacer, y que como consecuencia «no testimonia la ‘vivivilidad’ y amabilidad de la vida».

La invitación del profesor Salmann, ante tal paisaje actual no es pesimista, por el contrario es una visión realista, pero a la vez esperanzadora sobre el ser humano. Pues al reconocer nuestros límites, nuestro poder ser y estar en el mundo, y especialmente nuestra impenetrable profundidad, podremos percatarnos -conscientemente- de nuestras posibilidades y capacidades, de modo ecuánime y acertado.

El Maestro budista No Ajahn Chah, en alguna de sus reflexiones afirmó: «Todo discurso que ignora la incertidumbre no es el discurso de un sabio», y nuestro autor en su pequeña obra «Sciencia e spiritualità. Affinità elettive», declara: «el ser humano no será jamás señor total de sí mismo, no se alcanzará jamás a sí mismo del todo», justamente, por el hecho de ser «impenetrable profundidad». El ser humano permanece «herida abierta» y al mismo tiempo, «cáliz abierto que se ofrece a un futuro que no está en sus manos poseer». Para E. Salmann, los seres humanos jamás alcanzaremos la comprensión de nosotros mismos. Dicha no comprensión es, paradójicamente, «una gracia grande, aunque difícil y fatigosa». Y añade, que aunque llegásemos a comprender todo «sabríamos muy poco acerca de qué cosa deberíamos hacer y realizar con tal conocimiento».

El ser humano y el mundo
El ser humano y el mundo

Por lo cual, «cada uno debe infinitamente ejercitarse para estar en proporción con su propia profundidad y con su propia ‘altura’». ¿Cómo se realiza esa ejercitación según nuestro autor? En páginas anteriores de su citado libro, él hace referencia a la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943), quien en su obra «L’ombra e la grazia» expresa la exigencia de que «en las ciencias teológicas -y del «espíritu»-, no pueden existir imprecisiones o vagas aproximaciones, pues «el misterio» exige una precisión mucho mayor que la requerida por las matemáticas». La espiritualidad, para Simone Weil, es «escuela de atención, cuya ascesis se forja y se realiza en la ‘oración’».

Para el Padre Salmann, espiritualidad significa «Ser en el espíritu: fuerza y sentido exquisito del hacerse concreto de una vida, como también fuerza y sentido exquisito de saber tomar distancia; del poder ver con sentido crítico y discernimiento; fuerza del orden y del carisma libre, de la tradición y de la profecía; fuerza de la comunicación, del intercambio y de la soledad». «Espíritu» significa también el coraje para estar a la altura de la propia profundidad, de las propias intuiciones, de la propia ‘apuesta de vida’: de la propia vocación». ¡Dichosos los que puedan tener junto todo lo anterior! pues estarán soberanamente preparados para iniciar «alguna cosa» consigo mismos y con el mundo, ya que se han desprendido, y han conquistado y encontrado su libertad. Podemos, afirma E., Salmann, y estamos autorizados y debemos corresponder en modo creativo con el mundo y con el «Otro/otro».

Hemos iniciado este breve artículo afirmando, junto al Padre Salmann, que el ser humano de nuestro tiempo está hambriento de «infinito». Nuestro autor nos ha delineado en modo espontáneo algunos matices que pueden ser de ayuda para ver con perspectivas amplias nuestro ser y estar en el mundo, y los aspectos, situaciones, personas, lugares, decisiones, intuiciones, que nos hacen seres «espirituales» inacabadamente en búsqueda.

Para el profesor Salmann la vida debe ser puesta, digna y modestamente «coram Deo», delante de una instancia que trasciende nuestros límites, una instancia «como lugar de articulación donde se puedan conservar las proporciones y las medidas de aquello que es eternamente infinito, con aquello que es contingentemente temporal». Instancia donde se contenga nuestro «yo occidental», atiborrado hoy en día de derechos, y al mismo tiempo contenga también la realidad que nos sobrepasa y nos afecta, pues queremos que ésta sea exclusivamente como deseamos que sea: fácil, segura, cómoda, sin dolor y sin sufrimiento. Instancia en la cual la verdad de la alabanza y de la pena se contengan; instancia en la cual el ‘hambre de infinito’ y la ‘realidad enjauladora’ sean posibilidad de un umbral abierto y amplio para una vida que es demasiado pequeña y corta, y al mismo tiempo demasiado grande y larga. La infinita y sempiterna sabiduría del cosmos nos ha donado dicha instancia. Para algunas culturas, pueblos y tradiciones es un ‘Dios personal’, para otros es una consciencia clara de que somos posibilidad de ‘divinización’ y liberación en y desde nosotros mismos. Oriente y Occidente se saludan en dicha instancia justamente cuando callan y permiten que el silencio nos transforme y nos purifique de tantos anhelos e ilusiones.