SER SABIOS EN LA «PRECARIEDAD»

1_5012537321912795151

Traducción y comentarios de Leandro Posadas

Ajahn Amaro, Every Thing is Uncertain, (http://www.amaravati.org/dhamma-article-ajahn-amaro-every-thing-uncertaining/).

     Han pasado varios meses desde mi última publicación en el blog. Y quisiera presentar una libre traducción hecha por mí mismo de una conferencia de Ajahn Amaro, Every Thing is Uncertain, (‘Todo en el mundo es incierto’). Nuestra vida humana se caracteriza por la vulnerabilidad e incerteza. Muchos de nosotros afrontamos situaciones llenas de desconcierto en las cuales no sabemos cómo actuar o actuamos sin darnos cuenta de lo que hacemos.

     Desde hace muchos meses trato de seguir las noticias que se publican sobre Venezuela y nuestra situación. Y algo en mi corazón me susurraba: «no hay sabiduría aquí», no me decía a mí mismo, ‘no hay justicia’, ‘no hay libertad’, ‘no hay paz’, ‘no hay comida’, sino la frase «no hay sabiduría aquí». Y sinceramente no me convencía la gran cantidad de lamentaciones y quejas parciales que me llegaban de todos lados. Cada vez que aquellos que buscamos la sabiduría nos dejamos llevar por nuestras mentes no adiestradas generamos violencia, generamos reacciones insensatas.

     Me encontré, alegremente, con esta profunda conferencia de Ajahn Amaro, un maestro británico, budista Theravada, y sentí la necesidad de traducirla y compartirla como un humilde aporte a esta ‘situación de no sabiduría’ en la que estamos inmersos. Vivamos en situaciones de conflicto o no, los seres humanos vivimos en una sociedad que promueve la vulnerabilidad, la incerteza, la insatisfacción.

     Mi traducción no es textual, he tratado de tomar pasajes completos y dejar aquellos que forman parte de su contexto práctico original. En algunas partes he hecho comentarios o he colocado entre paréntesis mis anotaciones. Para quienes deseen leer el texto completo pueden encontrarlo en el link que he dejado al inicio de la presente entrada. He aquí la traducción:

     «El cambio de clima es una buena enseñanza sobre adaptabilidad. Un día, calurosos rayos de sol, primavera, flores, pájaros que cantan, después, vientos y nieve ¿Qué será mañana? Si somos sabios el corazón siempre se adaptará para recibir las cambiantes cualidades del presente circunstancial. Calma y movimiento; viento; luminosidad; oscuridad; elogios, críticas; beneficios y pérdidas; lo conocido y lo imprevisible».

     «Siempre que nuestra práctica espiritual, nuestra paz mental, dependa de condiciones particulares o aparentemente previsibles; haciendo las cosas en la manera que nosotros esperamos y deseamos que sean, en el mismo momento, nosotros estamos creando las causas de la insatisfacción (dukkha). ¿Por qué? Porque todo es incierto (contingente): esa es la verdadera naturaleza de todas las cosas, mentales y físicas. Si nosotros buscamos certeza y seguridad en lo que es incierto e inestable ¿qué otra cosa puede resultar sino la insatisfacción (dukkha), el estrés, y el sentimiento de injusticia y equivocación? Nosotros andamos buscando seguridad donde no podemos encontrarla; buscando previsibilidad donde no puede hallarse ¿Cómo entonces no resultar decepcionados? Si estamos buscando satisfacción en lo que no satisface, estamos buscando en el lugar erróneo. Si buscamos solidez en lo que es inestable nosotros estamos buscando en el lugar equivocado».

     Y quien traduce y comenta, reflexiona: si buscamos juventud en un cuerpo cuya naturaleza es la caducidad y la senectud, nosotros estamos buscando en el lugar equivocado. Si andamos buscando el amor verdadero, la fidelidad, la justicia, la igualdad, la comprensión, en la naturaleza humana cuya particularidad es la contradicción, entonces nosotros no conocemos sabiamente lo que es ser ser humano. En cuya contradicción cabe también, insólitamente, el amor por la verdad y la paz.

     «Las enseñanzas de los sabios maestros cristianos y orientales a lo largo de los siglos nos preparan en la calidad de la adaptabilidad para no estar buscando en los cinco agregados de la mente (khandhas: form, feeling, perception, mental formations and discriminative consciousness), y enfrascarse en una particular manera de ser felices. Si tratamos de buscar seguridad, estabilidad, en las percepciones, en las sensaciones, en las emociones, en las formaciones mentales, nosotros acabaremos decepcionados. El cuerpo, las sensaciones, las percepciones, los estados mentales, los pensamientos, y el mundo a nuestro alrededor son inestables. La estabilidad no puede hallarse en ellos».

     «… En los refugios es donde pueden encontrarse la estabilidad y la seguridad. Una mente contemplativa, es el templo de la sabiduría (vijjâ), una atención plena y una consciencia clara son los refugios… Precisamente, sentados aquí en el Templo, nosotros oímos las ráfagas del viento, y la nieve que golpea en las ventanas, pero dentro está caliente, tranquilo, pacífico. Del mismo modo, cuando el corazón toma refugio en la consciencia sintoniza con la realidad de las cosas tal como son (dhamma), consecuentemente, hay calma, seguridad y firmeza. El clima puede ser el que sea fuera del templo, del mismo modo, cuando el corazón se cimienta en la sabiduría de la realidad de las cosas tal cual son, el mundo de los sentidos, los pensamientos, las emociones, el cuerpo, pueden ser lo que sean. Deja que la lluvia caiga, que el viento sople, porque el corazón es el más grande refugio. Es confiable».

     «Cuando establecemos los refugios de ese modo, comenzamos a confiar más y más. Un corazón que confía -desde la paz del silencio interior-, puede adaptarse a las cambiantes circunstancias: a los beneficios y a las pérdidas; a la enfermedad y a la salud; a los elogios y a las críticas; a la prosperidad y a la tribulación. Y esta conformación/disposición se construye alrededor de la actitud que se cimienta en la manera en que las cosas son. El corazón no crea la percepción de la injusticia (wrongness), incluso cuando lo que es percibido, el objeto sentido, pueda ser doloroso o feo, no deseado, deplorable; el corazón no se suma al sentimiento de la ‘erroneidad’. No crea la idea de que no debería de ser así: ‘No es justo ¿Por qué la vida me está haciendo esto?’».

     «Cuando el corazón toma refugio en las enseñanzas de los grandes maestros, en la conformación con la ‘realidad tal cual es’, y en el compartir generoso con aquellas personas que quieren seguir el camino de la sabiduría y de la atención plena, no hay sentimiento de ‘erroneidad’. Todo encaja; el sosiego y los días de primavera encajan; los días tempestuosos y oscuros encajan; la amabilidad y la generosidad encajan; la violencia y el egoísmo también encajan. Darnos cuenta que somos transformables -adaptables-, es ser sinceros para reconocer que esa es la manera en que el mundo es. Y a partir de ese reconocimiento, cuando una mente despierta/atenta conoce la manera en que las cosas son… (…), responde con sanas acciones, con acciones altruistas…».

     «Sin embargo, aceptar la manera en que las cosas son no significa ser pasivo. No significa quedarse inmovilizados o insensibles, -o ser violentos precisamente porque semejantes sentimientos afloran-. Todo lo contrario, es estar totalmente solícitos y dedicados, pero no en una dedicación basada en nuestros puntos de vista, en una dedicación neurótica o idealista. Es una dedicación, por el contrario, basada en la sintonía, en la conformidad…».

     «El corazón atento y dedicado se preocupa por todos los seres, cuida de todas las cosas, pero tal atención se manifiesta en conformidad con el tiempo, el lugar y la situación. Intuye qué puede hacerse y qué no puede hacerse».

     «De ese modo, cuando una mente despierta conoce la manera en que las cosas son -la realidad tal cual es-, se da cuenta sabiamente sobre cómo debe responder a la misma realidad. Nosotros tratamos de entrenar el corazón, lo que no significa que debemos soplar alrededor del viento, sino conocer el viento. Es acomodarse a la sintonía del viento… Es estar abierto a los cambios y a las posibilidades de cada momento… Si nosotros hemos entrenado el corazón (mente-cuerpo), para sintonizar con cada circunstancia, sea de responsabilidad o de tomar distancia, el corazón permanece gratamente equilibrado en todas las diferentes situaciones. Si las cosas están tranquilas o agitadas, si el viento está tranquilo o tempestuoso, el corazón sabe que sigue siendo el mismo corazón».

     «A medida que nosotros desarrollamos nuestro refugio en las enseñanzas de los sabios maestros, en la sabia concordancia con la realidad tal cual es, y con la libertad de la generosidad, más adaptable, menos vulnerable, y más receptiva se hará nuestra vida. Más sosegado con la quietud y la soledad, con la actividad y los compromisos, porque el corazón que conoce la quietud y el silencio es el mismo que conoce la actividad y el compromiso. Es el mismo corazón, el mismo refugio…».

     «Muchas veces nosotros usamos el tiempo de los retiros y los desiertos de silencio para desarrollar destrezas espirituales en una directa, sistemática y considerable forma; nosotros desarrollamos estas capacidades en óptimas condiciones. Pero si nos hacemos dependientes de dichas condiciones, si sentimos que sólo practicando el silencio o la paz mental cuando las condiciones son perfectamente sustentadas, nosotros estamos usando dichas condiciones en una forma insensata. Nos hacemos a nosotros mismos dependientes, y en vez de ayudar al corazón para hacerse más adaptable (menos vulnerable de las circunstancias), usamos dichas condiciones para hacerlo más frágil y necesitado, y creamos más causas para sufrir en nuestras vidas».

     «Por consiguiente, nosotros debemos usar las condiciones de nuestros retiros comprendiendo que es un específico tipo de ambiente del cual tomamos ventaja no para engancharnos a ellos, sino para aprender las destrezas necesarias para aplicarlas en cada situación de nuestra vida. Es por ello que ‘tomar refugio en el propio corazón’ significa encarnarse en la consciencia plena y atenta. Encarnar la realidad, siendo la realidad…».

     «En el aprendizaje -disciplinado, constante, perseverante y sabio-, de estas destrezas, podemos ver por nosotros mismos cuán apto es el corazón humano (mente-cuerpo), para vivir desde la paz en todas las circunstancias: en la ganancia y en la pérdida; en la enfermedad y en la salud; en los elogios y en las críticas; en la felicidad y en la tribulación. El corazón está sosegado, abierto, despierto, flexible, y dispuesto para aprender. Cualquier circunstancia que la vida nos presente -cualquier cosa que venga, momento a momento, día tras día-, el corazón está pronto para aprender de cada momento, desarrollando sabiduría, comprensión, y atención».

     «… Nosotros desarrollamos estas destrezas para hacernos transformables; para tener independencia; para ser vigorosos. De ese modo el corazón no dependerá de particulares condiciones: compartir sólo con la gente que nos gusta; comer sólo lo que nos gusta; o enfrascarse en una particular rutina de vida. Independencia significa ser libre de dependencias ¡Qué bendición! ¡Qué grandioso! ¡Que regocijo! Verdadera independencia, libertad. Dejar que el mundo sea como es; dejar que el clima haga lo que quiera. Dejar que llueva, dejar que el viento sople, dejar que la nieve caiga. El corazón permanece sereno y seguro».

Anuncios

«SOMOS EL REFUGIO DESDE DONDE SIEMPRE PODEMOS VOLVER A EMPEZAR»

neocortex

Por Leandro Posadas

«…Grandes y sublimes,

destructoras y dominantes,

la dicha y la desdicha

invitadas y no invitadas,

irrumpen solemnemente

por entre los hombres estremecidos,

y a aquellos a los que visitan

los adornan y revisten

de gravedad y dedicación…»[1].

Dietrich Bonhoeffer, Dicha y desdicha.

     Dietrich Bonhoeffer, el pastor y teólogo luterano que fue encarcelado y asesinado en un campo de concentración nazi en 1945 en su obra Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio[2], se pregunta, al inicio de su obra: «¿Ha habido alguna vez en la historia personas que tuviesen tan poco terreno bajo los pies como ahora, y para quienes todas las alternativas posibles del presente aparecieran igualmente insoportables, contrarias a la vida y carentes de sentido?… ¿Quién se mantiene firme?»[3], Ciertamente, las preguntas de Bonhoeffer están enmarcadas en un contexto preciso, el de la II Guerra Mundial y la experiencia de los campos de exterminio, pero a veces nuestras vidas pueden volverse campos de exterminio, cámaras de gas, prisiones llenas de zozobra cargadas de emociones y pensamientos oprimentes ¿Quién se mantiene firme? Glosando a Bonhoeffer, en líneas sucesivas, afirma que existe una fuerza de la esperanza (en nosotros), para soportar los reveses; una fuerza que nunca entrega el futuro al enemigo; una fuerza que nos ayuda a mantener erguida la cabeza cuando los demás abandonan[4]. Y para culminar su Balance al cabo de diez años, Bonhoeffer exclama: «¡Ojalá que en este tiempo la amargura o la envidia no hayan devorado nuestro corazón, de tal manera que podamos ver con nuevos ojos la grandeza y la pequeñez, la felicidad y la desdicha, la fortaleza y la debilidad; de tal manera que nuestra mirada para lo grande, para lo humano, para el derecho y la compasión se haya hecho más clara, más libre, más limpia; más aún, para que el sufrimiento personal sea una valiosa clave, un principio fecundo para desvelar contemplativamente el mundo y verlo activamente como felicidad personal!… Y podamos hacer justicia a la vida en todas sus dimensiones, y afirmemos de este modo la vida»[5].

     Matthieu Ricard, un autor y maestro muy querido para nosotros, afirmó: «cualquiera que sea nuestra situación actual, siempre podemos evolucionar y cambiar». Y quisiera comentar esta afirmación desde una breve y cotidiana historia. Un buen amigo, lleno de nobleza y pasión por la vida y por ser mejor persona cada día, ha visto cómo su vida se torna incierta, muchas veces sin un dónde estar, sin un dónde asirse, sin un cómo seguir, pero siempre con un sentido natural del por qué seguir. Cuando Ricard afirma que «cualquiera que sea nuestra situación actual siempre podemos cambiar», estaba hablando desde un tipo de conocimiento del cual quiero hablar en este breve artículo: Un conocimiento no teórico, no conceptual, no psicologizante, no moralizante, no institucional, sino un conocimiento que surge de ver con claridad lo que realmente somos: no aprendido por los libros, por las redes sociales, o por especialistas de las ciencias humanas, sino nacido de la experiencia que surge desde la observación disciplinada, perseverante, decidida y ecuánime de una mente serena y sabia que contempla (examina-inspecciona-explora), la realidad de su mente y su cuerpo sin enganchamientos y sin rechazos.

     Los maestros espirituales siempre nos recuerdan que las circunstancias exteriores no nos determinan, no nos condicionan, y al mismo tiempo nos indican que ser ser humano es ser muy vulnerable: cualquier situación negativa puede dañarnos, puede afectarnos. Poseer neocorteza y ser consciente de poseerla es ser vulnerables. Poseer un cuerpo, ser un cuerpo es ser vulnerables. Ajahn Sumedho, un maestro budista theravada, en una conferencia titulada: «È sempre possibile ricominciare» nos habla de un conocimiento desde el cual siempre es posible volver a comenzar cuando la vida se vuelve insalubre, y cuando creemos que las circunstancias no son las más favorables. Sumedho dice que tal conocimiento «lo debemos establecer desde el presente de nuestro cuerpo/mente, y con la percepción de las cosas, las personas, y las situaciones tal como son, sin permitir que las memorias del pasado o las ansias del futuro corrompan, disturben e influencien el momento presente». Es importante destacar que tal conocimiento no viene simplemente de discurrir, por medio de teorías, la manera más práctica para evitar sufrir lo menos posible, sino que viene de un lugar especifico, un lugar despejado y plenamente atento: del silencio que transforma nuestra visión de la realidad, que convierte (metanoia) en posibilidad de sabiduría nuestra percepción acerca de nosotros mismos, de las cosas, de las personas, y de las circunstancias exteriores. Este amigo, que mencioné al comienzo, en medio de la incertidumbre, trata de volver cada vez más al refugio del silencio y me comenta que experimenta alegremente ese conocimiento que nos mantiene serenos y claros ante todo lo que muda y cambia a nuestro alrededor.

_________________________

[1] Bonhoeffer D., Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Sígueme, Salamanca 2008, p. 186.

[2] Bonhoeffer D., op. cit.

[3] Ibid., p. 14-16.

[4] Ibid., Cf., p. 28.

[5] Ibid., p. 30.

SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016: EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR»

taller-esfera

EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR». LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA OBSERVACIÓN ECUÁNIME DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

DIRIGIDO POR: Leandro Posadas, monje benedictino.

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE.

FECHA: SÁBADO 15 DE OCTUBRE DE 2016.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m. (Se agradece puntualidad).

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88.

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

EL TALLER CONSTA DE TRES CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y TRES MOMENTOS DE PRAKTIKÉ DE 20 MINUTOS.

NOTA PARA LOS QUE YA ASISTIERON AL TALLER ANTERIOR DEL 17 DE SEPTIEMBRE: SI CONOCEN PERSONAS QUE ESTÉN INTERESADAS EN EL TEMA A TRATAR Y EN LA PRÁCTICA DEL SILENCIO NO DUDEN POR FAVOR EN COMPARTIR CON ELLAS ESTA INFORMACIÓN.

PROGRAMA:

programa-taller-octubre

TALLER SOBRE EL ‘SILENCIO TRANSFORMANTE’ DE LOS PADRES DEL DESIERTO Y LOS MAESTROS THERAVADAS

Imagen4

EL «SILENCIO TRANSFORMANTE» COMO CAMINO DE TRANSFORMACIÓN Y «SANACIÓN INTERIOR».

LA PRÁCTICA ESPIRITUAL DE LOS PADRES DEL DESIERTO CRISTIANO (PRAKTIKÉ) Y LAS ENSEÑANZAS DE LOS MAESTROS ORIENTALES SE UNEN PARA OFRECER UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL DESDE LA SABIDURÍA DE LA ‘OBSERVACIÓN ECUÁNIME’ DE LOS PENSAMIENTOS Y EMOCIONES.

 

LUGAR: ABADÍA BENEDICTINA SAN JOSÉ, GÜIGÜE, ESTADO CARABOBO.

FECHA: SÁBADO 17 DE SEPTIEMBRE.

HORA: 8:30 a.m., a 2:30 p.m.

DIRIGIDO POR: LEANDRO POSADAS, osb.

TRAER REFECCIÓN O ALMUERZO.

EL PROGRAMA CONSTA DE 3 CONFERENCIAS DE 45 MINUTOS Y 3 ‘MOMENTOS’ DE 20 MINUTOS DE ‘PRAKTIKÉ’, Y UNA ÚLTIMA SESIÓN PARA PREGUNTAS Y COMENTARIOS. EN EL ARCHIVO ADJUNTO PUEDEN ENCONTRAR EL CONTENIDO DEL TALLER.

PARA MAYOR INFORMACIÓN Y PARA CONFIRMAR SU PARTICIPACIÓN LLAMAR AL 0426-644.97.88

O ESCRÍBANOS A: silenciotransformante@gmail.com

«Y LA ‘MUJER’ DIO A LUZ UN ‘HIJO VARÓN’… Y HUYÓ AL ‘DESIERTO’»

a4Excursus divagante sobre la simbólica de la mujer como «madre divina» y su relación con el progreso espiritual del ser humano.

«Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas; está en cinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas… El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto diera a luz. La mujer dio a luz un hijo varón… Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios…» (Apocalipsis 12, 1-6).

La aparente visión fantástica anterior del autor del libro del Apocalipsis está cargada de un fuerte simbolismo. El pasaje gira en torno al «hijo varón»: quien podría simbolizar, siguiendo el lenguaje metafórico y/o fenoménico, la victoria sobre la complejidad y la ansiedad, así como la conquista de la paz interior y la confianza en sí mismo. El «dragón de siete cabezas» puede hacer referencia a los logismoi o «pensamientos malvados» con los cuales ‘combatían’ los Padres del Desierto (ss. II-V). Y el «desierto» al que huye la «mujer» es el lugar por excelencia donde debe ser buscada la Realidad. También es el lugar de los demonios, de las tentaciones, de las situaciones límite. En el medioevo el desierto llegó a simbolizar el corazón humano, el lugar de la vida eremítica interiorizada. Para el Maestro Eckhart el desierto es la indiferenciación reencontrada por la experiencia espiritual donde sólo reina el Espíritu.

El lenguaje religioso cargado de símbolos y metáforas es un meta-lenguaje. Eberhard Jüngel en su libro Dire Dio. Per un’ermeneutica del linguaggio religioso, ofrece algunas agudas puntualizaciones sobre la notabilidad de las metáforas como contribución a la hermenéutica de una narrativa de la realidad fenoménica religiosa. Para Jüngel el discurso metafórico no es un lenguaje desacertado o impropio, sino un lenguaje particular preocupado de precisar en un modo particular[1]. Las metáforas por el hecho mismo de expresar una idea a través de otra idea, podríamos decir jugando con el lenguaje, lo abren y expanden y no lo limitan simplemente a definir o dogmatizar, sino que amplían el horizonte de la comprensión en cuanto eliminan la rigidez sobre nuestra comprensión de la realidad[2]. El lenguaje religioso es enteramente metafórico pues trata de explicar la realidad de modo que se manifieste en el mundo y desde el mundo el «espíritu/Espíritu»: no dogmatizado, no institucionalizado, no jerarquizado, pues dicho «espíritu sopla donde quiere, pero no sabemos de dónde viene ni a dónde va» (Evangelio de Juan 3, 8). No sólo trata de exponerlo sino de profundizar el sentido de la realidad y desplegar al ser humano un más allá de lo que la realidad aparenta ser en el flujo de consciencia ordinario de nuestras mentes.

La forma en la que el lenguaje simbólico religioso se ha manifestado en las diferentes culturas nos ilumina sobre la función de los símbolos, los cuales tratan de guiarnos a un meta lenguaje que nos previene ante posibles fundamentalismos y dogmatismos religiosos. Para un occidental la representación de la madre divina Kãli de la teología hindú sería una representación abominable de lo que entendemos por madre en nuestra forma mentis occidental. Kãli es representada como una mujer de aspecto repulsivo, con la lengua colgando, ensangrentada, que baila sobre un cadáver ¿Cómo semejante imagen puede representar la madre divina? En ese símbolo de lo terrible explica un teólogo hindú no se venera la violencia, ni la destrucción, sino que se toma en una visión sinóptica, de modalidad única, los tres movimientos proyectados conjuntamente que forman la creación, la conservación y la destrucción. Son los diferentes aspectos de la experiencia única de la vida[3].

En la tradición popular católica el aspecto virginal de María ha tenido una mayor relevancia que el aspecto maternal, pero extrañamente los textos patrísticos y homiléticos antiguos oficiales dan la mayor importancia dogmática a la maternidad divina de María. La presencia de la «Madre de Dios» en la liturgia de la Iglesia Católica tiene su fuente en la utilización de los textos neotestamentarios antes citados. Uno de los primeros textos propiamente litúrgicos que hacen memoria de María se encuentra en la homilía Sobre la Pascua, de Melitón de Sardes que se remonta a la segunda mitad del siglo II[4]. Pero es ciertamente la ‘dogmatización’ de María como «Madre de Dios»[5] (Theotokos), en el Concilio de Éfeso (Symbolum Ephesinum), del año 431, el que impulsa notoriamente la devoción mariana en la iglesia primitiva y consiguientemente en las diversas comunidades primitivas cristianas. Como apunte histórico podemos indicar que dicho concilio tenía como finalidad contrarrestar la predicación de Nestorio, obispo de Constantinopla en el 428, quien negaba la posibilidad que Dios naciera, padeciera y muriera. Para Nestorio, María no era la madre de Dios (Theotokos), pues ella, según él era sólo madre de la naturaleza humana, y no madre del Logos, sino madre de Jesús, por eso para él el título apropiado sería Christotokos, ‘madre de Cristo’, y el mejor de los casos Theodokos, es decir la ‘receptora de Dios’, o la que acoge y recibe a Dios.

La filosofía y el arte del lenguaje han jugado un rol fundamental en la articulación de las verdades dogmáticas y religiosas de las grandes religiones, sin embargo, para Gérard de Champeaux y Sébastien Sterckx «toda simbólica, desde el momento en que se contamina de intelectualismo, tiende a multiplicar y a hacer más complejas sus construcciones, hasta llegar a los refinamientos insulsos. Por el contrario, afirman, una simbólica que permanece sensible al valor innato de los símbolos fundamentales, tiende a reducir todo a algunas imágenes-clave, cada vez más sencillas, pero jamás agotadas, como los misterios de vida que hacen perceptibles»[6]. Podríamos decir que un lenguaje simbólico que pierde su capacidad de llevarnos a un meta-lenguaje y a incitar nuestra habilidad de aprehender la realidad más allá de categorías y conceptos, ya no tiene nada que revelarnos sobre una sabia y directa experiencia del lenguaje de la vida.

Cabe preguntarse ¿De dónde surge esta inclinación natural de los seres humanos hacia la imagen simbólica de la «virgen». El lenguaje simbólico nos dice que la virginidad es la imagen viva de lo no manifestado en estado latente. El estado virginal significa lo no manifestado, lo no revelado, y de tal no manifestación nace lo manifestado. En el simbolismo cristiano medieval la virgen madre de Dios, como modelo y puente entre lo terrenal y lo celestial, simbolizaba la tierra orientada cara al cielo, que así se convierte en una tierra transfigurada, en una tierra de luz. Las vírgenes negras de las Iglesias Ortodoxas simbolizan la tierra virgen, aún no fecundada; ellas hacen valer el elemento pasivo del estado virginal. Es interesante señalar que el ennegrecimiento de las imágenes marianas en el occidente cristiano se generalizó al final de la Edad Media, siguiendo los modelos de los iconos orientales.

El símbolo por excelencia de la «madre» es el vientre que como fenómeno humano ha significado el lugar de las transformaciones[7], de allí que María sea designada en dos antífonas gregorianas como «sancta Dei Genitrix» y «virgo Dei Genitrix». El vientre también ha sido interpretado como refugio, prisión. Las diosas madres en todas las mitologías presentan el doble aspecto de ternura y protección, como también de tiranía y avidez. Es igualmente, la sede de los deseos insaciables, del hambre de los alimentos y de las sensaciones. El mendigo de Homero hablaba del vientre insaciable debajo del diafragma, y los metaforólogos lo llaman hidra con el fin de recordar las mil cabezas de la fábula, y los innumerables deseos que están como tendidos y plegados unos sobre otros en dicha sede de voracidad.

Para Gerhard Adler[8], especialista de la psicología de Carl G. Jung, el símbolo de la madre asume el valor de un arquetipo, la primera forma que toma para el individuo la experiencia del anima es la madre, es decir lo inconsciente. Es además la fuente de todos los instintos, la totalidad de todos los arquetipos, el residuo de todo lo que los seres humanos han vivido desde los más lejanos comienzos, el lugar de la experiencia supra-individual, que a la vez necesita de la correlación con la consciencia para realizarse.

Sobre el itinerario que el «alma» debe realizar hacia el «Espíritu», Pablo de Tarso, un escritor del Nuevo Testamento (1 Tes 5, 23; 1 Cor 15, 44), consideraba, siguiendo la filosofía griega clásica, que el ser humano está compuesto por el espíritu (pneuma); el alma (psykhe); y el cuerpo (soma): El alma anima el cuerpo, y el espíritu es la parte humana abierta a la vida más elevada. Guillermo de Saint Thierry (s. XII), en su carta dirigida a los monjes cartujos de Mont-Dieu designa el anima como la parte vivificadora del cuerpo, y el animus como la disposición espiritual del ser humano.

Para Carl G. Jung, el anima, nuestro arquetipo primordial, esta paradoja viviente que somos, mamíferos pensantes, recorre para su desarrollo integral cuatro estadios: el primero está simbolizado por Eva, y situado en el plano instintivo y biológico, un segundo un poco más elevado, comparado a la «noche de los sentidos» de Juan de la Cruz, conserva sus elementos sexuales, y un tercero está representado por la María, el personaje de los evangelios cristianos, en quien el amor alcanzó totalmente su dimensión espiritual. El cuarto es designado por la Sabiduría. Y añade Jung, si admitimos que todo lo terrenal posee en lo celestial su correspondencia, la virgen María debe ser mirada como la cara terrenal de la sophia que es celestial[9]. Eva, en nosotros, es llamada en un movimiento ascendente a purificarse, a fin de imitar a la virgen María, descubriendo «en al niño de luz» (el puer aeternus), su propio sol.

El primer estadio jungiano denominado Eva, ciertamente hace referencia al personaje del mito adámico de la caída, el cual para Paul Ricoeur es el mito antropológico por excelencia, para quien la serpiente simboliza una parte de nosotros mismos que no reconocemos; la seducción de nosotros mismos por parte de nosotros mismos, proyectada en un objeto de seducción[10]. La patrística cristiana ha designado repetidas veces a María como la «nueva Eva», aquella que no entró en diálogo con la serpiente, que no siguió la lógica del tentador, sino que se mantuvo dentro de la voluntad divina. Sin embargo, este paralelismo ha sido la base para muchas meditaciones acerca de la relación del ser humano consigo mismo. Eva significa la sensibilidad del ser humano y su elemento irracional, mas no por ello menos inteligente. El mito de la caída hace referencia a la ruptura entre el alma (anima) y el espíritu (animus), entre Adán y Eva. (Véase Orígenes, Homilía sobre el Génesis 4, 15). El hombre ha errado el blanco (pecado: hatà), en dicho mito, pues su alma y su espíritu han consentido las insinuaciones del tentador, del acusador, es decir de aquél que quiere llevarnos a una comprensión errónea de la realidad/Realidad. Situar este mito primigenio y sus efectos más allá de una connotación exclusivamente moral, ética, institucional, jurídica, dogmática, y llevarlo a un plano de interioridad es singularmente esclarecedor. Para Agustín de Hipona la obra de la sabiduría perfecta es la unión armoniosa entre el alma, el espíritu y el cuerpo (De genesi contra manichaeos 2,12,16). Para Ricardo de San Víctor, Adán y Eva no sólo representan el anima y el animus, sino la inteligencia, el conocimiento, y el amor.

Según el Maestro Eckhart, teólogo y místico del siglo XIII, el símbolo de la virgen Theotokos designa el alma en la que Espíritu se recibe a sí mismo, engendrándose a sí mismo. La virgen María representa el alma perfectamente unificada, en la que dicho Espíritu se hace fecundo. María es virgen porque está vacía, disponible a recibir la semilla divina, en el sentido que Angelus Silesius escribe en el Peregrino Querubínico: «El alma que nada sabe no quiere nada… debe ser hoy mismo esposa del Esposo eterno». Según el Maestro Eckhart, el alma virgen significa el alma libre de todas las imágenes extrañas, tan disponible como antes de su nacimiento. E indica además: «Si el ser humano permaneciese siempre virgen, ningún fruto vendría de él, para volverse fecundo es preciso que sea mujer ¿Mujer? Es la palabra más noble que pueda dirigirse al ánima, y es mucho más noble que virgen, porque el Espíritu se torna fecundo en él, y de ese modo el ser humano alcanza su plenitud, y el alma es elevada a su grado superior, que designa el estado de la madre de Dios (Theotokos[11]. Estamos llamados a ser «madres del Espíritu» y dar a luz al puer aeternus (niño eterno) que cada uno de nosotros lleva desde nuestro nacimiento, justamente por ser animus-anima.

El Maestro Eckhart haciendo referencia indirecta al pasaje del Evangelio de Lucas 1, 26-38 (28. Alégrate, llena de gracia… 31. Vas a dar a luz un hijo… 35. El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra… 38. He aquí la sierva del Señor. Hágase (fiat) en mí según tu palabra), nos señala a María que su fiat comenzó en ella una marcha al desierto, lugar en el que el espíritu no tiene ya un porqué, en una marcha hacia un «puro dejarse engendrar sin resistencia y un dejar que el Espíritu se realice en este dejarse»[12], es decir que «Dios» nazca en el hombre. La marcha al desierto del alma, es decir del hombre en su continuo formarse, trascendiéndose en el Espíritu Absoluto en continuo fluir, no es una huida del mundo, sino una forma de «aprehender la soledad interior» y de ese modo captar al Inefable en todas las cosas. El Espíritu, afirma Eckhart, es la realidad más próxima, y su voluntad es la manifestación de la realidad en cuanto tal. Y está en el Espíritu quien busca sólo su voluntad y la cumple (Mateo 12, 46-50; Marcos 3, 31-35: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?; Mateo 7, 21-23: No todo el que me diga Señor, Señor…, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.), es decir quien viva desde una sabia y amorosa indiferencia la realidad interior y exterior que continuamente lo interpela como ser cambiante y anhelante. «Indiferencia en la angustia y en el placer, en el llanto y en el gozo»[13].

La armonía entre el «animus» y el «anima» que nos señala María con su vida silenciosa y humilde, no es otra forma humana que la de aquel que vive desasido de sí mismo, libre de sí mismo, quien por su misma naturaleza espiritual se hace capax Dei: sosegado y desasido para dejar sitio en todo su ser al Inefable[14]. María por consiguiente se situó ante la suprema verdad libremente y con la actitud de la sierva. Apenas María renunció a su voluntad, es decir a su comprensión errónea de la realidad, se convirtió inmediatamente en verdadera madre del Verbo eterno y en el acto concibió al Espíritu, un «Hijo varon», símbolo de la victoria sobre la confusión coronada siempre por miles de cabezas en nuestra mente.

________________________________________

[1] Ricoeur P.-Jüngel E., Dire Dio. Per un’ermeneutica del linguaggio religioso, Queriniana, Brescia 2005, 175.

[2] Cf. Ibid., 176.

[3] Chevalier J / Gheerbrant A., Diccionario de los Símbolos, Herder, Barcelona 1988, 674.

[4] Cf. AA.VV. Nuevo Diccionario de Liturgia, ed. D. Sartore y Achille M. Triacca, Ediciones Paulinas, 1987, 2036.

[5] Dicha invocación de María como Madre de Dios aparece ya en la antífona Sub tuum preasidium en Egipto en el siglo III: Cardedal O., Cristología, B.A.C, Madrid 2005, 255.

[6] Champeaux G., y S., Sébastien, Introducción a los símbolos, Ediciones Encuentro, Madrid1992, 310.

[7] Cf. Ibid., 1072.

[8] Cf. Ibid, 675.

[9] Cf. Ibid., 81.

[10] Riguetti F., Il problema della confessione del male: l’antropologia di Paul Ricoeur e le sue fonti filosofico-religiose, en Dialegesthai. Rivista telematica di filosofia, anno 15 (2013).

[11] Chevalier J / Gheerbrant A., Op cit., 1075.

[12] Balthasar, H. U., Gloria (vol 5). Metafísica. Edad Moderna, Ediciones Encuentro, Madrid 1988, 44.

[13] Ibid., 41.

[14] Idem.