«HACIA UNA ESPIRITUALIDAD QUE TRANSFORMA»

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«HACIA UNA ESPIRITUALIDAD QUE TRANSFORMA»

Aproximación desde la práctica del silencio al cuerpo humano como ‘anclaje’ de una espiritualidad contemplativa.

silenciotransformante@gmail.com

 

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

«Lo que la ciencia no sabe».

Más allá de nuestros «automatismos egoicos»

-Momento de Praktiké de 20 minutos-.

¿El por qué de una espiritualidad contemplativa transformante?

El silencio como respuesta neurocientífica al fenómeno humano.

-Momento de Praktiké de 20 minutos-.

SEGUNDA PARTE

 ¿Cuál es nuestra verdadera casa?

Consciencia plena.

Comprensión clara.

-Momento de Praktiké de 20 minutos-.

El cuerpo como refugio del «dejar ir desde el silencio».

Las emociones y la verdadera naturaleza de la realidad.

-Momento de Praktiké de 20 minutos-.

 TERCERA PARTE

 «Sentarse sin esperar nada a cambio».

El progreso en la ‘ecuanimidad interior’ y la ‘consciencia plena’

La actitud justa de la consciencia.

Praktiké y vida cotidiana

-Momento de Praktiké de 20 minutos-.

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EVAGRIO PÓNTICO: LA GULA O LA AVIDEZ, «UNA ‘ENFERMEDAD’ DE NUESTRA ÉPOCA»

La comida y la bebida como posibilidad de liberación o de destrucción del ser humano mismo
La comida y la bebida como posibilidades de liberación o de destrucción del ser humano mismo

     Ocho son según el monje del desierto cristiano, Evagrio Póntico (345-399), los pensamientos «logismoi», que engendran todo vicio y consiguientemente todo sufrimiento e infelicidad («Tratado Práctico» cap. 6) Y en ellos, afirma, se contiene cualquier otro pensamiento, o «demonio» o vicio, o pasión desordenada, o condicionamiento mental. El primero de ellos es la gula o desenfreno, tras éste se engendra la fornicación o lujuria; el tercero es el de la avaricia o avidez; el cuarto el de la tristeza o depresión; el quinto el de la ira, aversión o cólera; el sexto el de la acedia o somnolencia existencial; el séptimo el de la vanagloria o egolatría; el octavo el del orgullo o la arrogancia. En el mismo capítulo nos advierte: «Que todos estos pensamientos «logismoi» turben nuestra mente, no depende de nosotros, pero que se detengan o no se detengan, o que exciten las pasiones o no las exciten, sí depende de nosotros».

     El impulso de comer y beber es natural e instintivo. Tal impulso o deseo es -en un principio-, legítimo y necesario para nuestra supervivencia. Hasta aquí todo bien… La dificultad surge cuando dicho impulso se escapa de nuestra capacidad de distinguir lo necesario de lo superfluo.

    En su Tratado «Antirrhetikós», o el tratado sobre la «refutación» y discernimiento de los pensamientos o pasiones «logismoi», Evagrio, por medio de un lenguaje metafórico, nos describe los aspectos positivos y negativos de tal impulso, que en un primer momento aparece en la mente del ser humano como totalmente «legítimo» e indiscutible: «El origen del fruto es la flor, y el origen de la vida práctica o espiritual es la templanza sobre el propio estomago, la cual disminuye las pasiones «logismoi», por el contrario, quien está apegado a los alimentos y bebidas superfluas acrecienta los vicios y la infelicidad» («Antirrhetikós, cap. 1)». Y en otras metáforas del mismo capítulo alude sobre el peligro de la gula, y sobre la posibilidad de «contemplación» del que aprende a discernir los pensamientos sobre la comida: 1) «Como la leña es el alimento del fuego, así los alimentos son el sustento del estomago. Mucha leña levanta una grande llama y una abundancia de alimentos nutre la codicia. La llama se extingue cuando mengua la leña, y el fin de los excesos apaga la codicia»: 2) «De aquel que tiene poder sobre la mandíbula brota una fuente de agua que genera la práctica de la contemplación»; además: 3) «Una mente serena y tranquila se alcanza con una dieta sobria, mientras una vida plena de vanas dulzuras hunde la mente en el abismo».

     Evagrio, en el Tratado Práctico (TP), considera que el «pensamiento» de la gula o desenfreno en el comer, sugiere al ser humano el abandono de la vida espiritual y la consiguiente pérdida de la comprensión profunda de sí mismo (TP, cap. 7).

Los pensamientos se convierten en deseos y estos en pasiones y las pasiones en sufrimiento
Los pensamientos se convierten en deseos, los deseos en pasiones y las pasiones en sufrimiento y desdicha

     Uno de los remedios contra la codicia es la templanza en el comer y el beber. El ayuno, una palabra que produce tanta antipatía en la sociedad actual, era uno de los remedios eficaces para volver a centrar la vida en lo que realmente era necesario e importante. El ayuno, según los Padres del Desierto, es simplemente poner la comida y los pensamientos sobre la comida en un balance correcto, comiendo solamente a horas determinadas. Si comemos de esta forma podemos estar en contacto con nuestros pensamientos, pues cuando nos damos cuenta de nuestras necesidades corporales de comer y beber, empezamos a notar nuestros pensamientos sobre la comida. (Cf. Funk, M., «Thoughts Mater: The practice of the Spiritual Life», 1998). Si todo lo que pensamos, nos dice Margaret Funk, se centra exclusivamente en nuestras necesidades corporales, entonces el progreso en nuestro camino interior será una meta muy lejana. Si tenemos la sabia esperanza de progresar en la paz de nuestra mente, debemos sosegar nuestros pensamientos, incluso aquellos que parecieran incuestionablemente necesarios. Si no podemos observar con ecuanimidad el pensamiento sobre lo que deseamos para nuestro cuerpo, no lograremos sosegar y pacificar los pensamientos «logismoi» más difíciles como el de la lujuria y la ira.

     En los Dichos o Apotegmas de los Padres del Desierto, uno de ellos nos comenta: «Hemos hallado un anciano que no bebe vino (bebida muy apreciada en la cultura mundial desde la antigüedad), y que justifica su modo de obrar con estas palabras: ‘Nosotros nos abstenemos de ciertas cosas, no porque estas cosas sean malas en sí mismas, sino porque fomentan las pasiones, que si se alimentan, nos matan espiritualmente’». En otro escrito Evagrio Póntico nos señala: «pesa tu pan en la balanza, y bebe agua con medida, y el espíritu de la fornicación y el desenfreno huirá de ti» («Espejo de monjes», cap. 102).

     Cuando no conocemos el funcionamiento de nuestra mente, o cuando nuestra mente no está debidamente educada a través de una práctica o disciplina espiritual, los pensamientos que van y vienen pueden hacernos sus esclavos. El pensamiento sobre la comida, y la consiguiente voracidad, surge como consecuencia de una falta profunda de observación ecuánime de la mente misma. La sucesión de pensamientos: sensación de hambre (no siempre legítima), deseo de comer (no siempre necesario), pasión intensa por poseer dicho alimento o bebida trae como consecuencia una especie de ofuscación que nubla nuestra capacidad de discernir. Esta sucesión de pensamientos «logismoi», va de un deseo a otro, y el ciclo se repite una y otra vez, sin que nosotros seamos mínimamente conscientes. Este curso irreflexivo puede llegar a convertirse en una obsesión que nos alejará de nosotros mismos, de nuestro ser más profundo, de nuestra capacidad de solidaridad hacia los demás y al final de nuestra búsqueda espiritual.

     Para Margaret Funk, especialista en los Padres del Desierto, la templanza en el comer y el beber, nos ayuda a conocer nuestros pensamientos, y nos mantiene lo suficientemente dóciles para escuchar la gracia que se esconde en nuestro ser más profundo. El deseo de comer y beber inmoderadamente no debe dominar nuestra mente; la comida y la bebida son instrumentos para relacionarnos mejor con nosotros mismos, con los demás y con «Dios». Tampoco deben ser una barrera que nos aparte de la quietud profunda y de nuestra disposición hacia el silencio y la oración. El resultado de una vida contemplativa es el regocijo de comer y beber inteligentemente y con gratitud (Cf. Funk, M., «Thoughts Mater: The practice of the Spiritual Life», 1998).

EVAGRIO PÓNTICO Y EL «ANTIRRHETIKÓS» O DISCERNIMIENTO DE LOS PENSAMIENTOS Y PASIONES EN LA VIDA ESPIRITUAL

Los Ocho
Los Ocho “Logismoi” u ocho pensamientos inváidos traen desdicha y sufrimiento al ser humano

Los maestros espirituales de los primeros siglos del Desierto Cristiano, los llamados «Padres del Desierto», después de años de observación y de práctica espiritual, nos legaron varios «métodos» para purificar nuestra mente y llegar a un estado de paz y tranquilidad, con el fin de prepararnos para el camino espiritual.

Uno de dichos «métodos», del que quisiera presentar brevemente algunas anotaciones, es el método «ANTIRRHETIKÓS», del que Evagrio Póntico fue uno de los mayores exponentes, pues escribió un tratado entero sobre dicha práctica espiritual. Llamado también «método refutatorio», tiene como idea fundamental aprender a discernir y refutar las insinuaciones del «demonio» en la mente del buscador o buscadora espiritual. En artículos anteriores hemos hecho referencia, frecuentemente, a lo que Evagrio y los demás Padres del desierto entendían por «demonio». Cuando hablamos del «demonio» en este contexto, substancialmente, hacemos referencia a todo lo que puede llegar a ser un obstáculo en el progreso interior, en especial, los «condicionamientos mentales», o lo que los mismos «filósofos del Desierto», sistematizaron como los «ocho espíritus malvados». Los cuales son mencionados por Evagrio Póntico y Juan Casiano en sus obras principales. Para el Oriente cristiano los ocho «logismoi», pensamientos, vicios, o tentaciones que turban la mente del buscardor o buscadora espiritual son: avidez o gula, fornicación o lujuria, codicia o avaricia, tristeza o angustia, ira o aversión, acedia, vanidad y orgullo. Juan Casiano (360 d. C.), invitaba a sus monjes y discípulos a buscar a Dios por medio del conocimiento y la estabilización de sus pensamientos.

La renuncia a nuestros pensamientos «logismoi», o condicionamientos mentales, según la monja benedictina, Margaret Funk, especialista en los escritos de Juan Casiano, y autora del libro «Thoughts Matter: The Practice of the Spiritual Life», es la base para iniciar un camino interior de transformación, humanización y liberación de nuestras ataduras «mundanas», con el fin de acercarnos cada vez más a nuestra propia profundidad y descubrirnos seres esencialmente espirituales.

Los pensamientos pueden llegar a convertirse en deseos y finalmente en pasiones. Para el Buda del «deseo surge el sufrimiento, del deseo surge el miedo. Para aquel que está libre de deseo, ni hay sufrimiento, ni mucho menos miedo» («Dhammapada»). Margaret Funk, trabaja actualmente en el Consejo Monástico de Diálogo Interreligioso, y fue allí donde por medio del acercamiento hacia las demás tradiciones espirituales, especialmente al Budismo y al Hinduismo, se percató de la importancia del conocimiento y observación del funcionamiento de la mente en nuestro progreso espiritual. Al escuchar a los maestros orientales, reflexionó acerca de las correspondencias que existen en las auténticas tradiciones religiosas alrededor del mundo sobre la vida espiritual. El Cristianismo también posee una rica tradición en la observación de la mente humana, encabezada principalmente por los Padres del Desierto, y posteriormente por los místicos y místicas que nos han precedido en la búsqueda interior. Nombres como Dionisio Areopagita, Meister Eckhart, Taulero, Suso, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, entre muchos otros.

En el capítulo primero del mencionado libro de Margaret Funk, «Thoughts Matter: The Practice of the Spiritual Life», ella profundiza por medio de un lenguaje actual, fresco, ameno y eficiente sobre la importancia de los pensamientos en la vida espiritual. Afirma que todos aquellos que buscamos seriamente, ya sea a «Dios», ya sea mayor profundidad e interioridad en nuestra vida espiritual, «debemos entrenar nuestras mentes para mantener nuestras metas siempre al frente de nuestra mente consciente». Después de años en el monasterio ella se dio cuenta que el objetivo principal de la vida monástica es «la preparación de la persona para la vida interior», y percibió con asombró el poder positivo o negativo, que tienen los pensamientos cuando se entra en contacto consigo mismo. No es necesario entrar en un convento o monasterio y hacerse monja o monje para iniciar un serio camino interior, nos dice, sino que la práctica espiritual puede llevarse acabo desde cualquier lugar o situación en la que nos encontremos en nuestra vida.

LA HISTORIA COMO «PARADOJA TEÁNDRICA»: PEDRO ABELARDO Y BERNARDO DE CLARAVAL 2ª PARTE

Bernardo, Abad de Claraval (s. XII)
Bernardo, Abad de Claraval (s. XII)

Pedro Abelardo se encuentra entre las grandes figuras que tratan de resolver el problema intelectual más perentorio de su época, el problema de los «Universales». Fue el fundador, al respecto, del «realismo moderado», pues Abelardo distinguía «vox» de «sermo», y no decía que el «universal» es «vox», sino que el «universal» es «sermo». Para Pedro Abelardo «vox», quiere decir palabra, en cuanto entidad física («flatus», «vocis»), es decir una cosa. Ninguna cosa puede ser predicada de otra. Mientras «sermo», significa palabra en su relación con el contenido lógico, y es eso lo que viene predicado. Abelardo continua alegando que los conceptos universales se forman por abstracción, y que por medio de estos conceptos nosotros concebimos aquello que está en el objeto.

En el campo teológico Pedro Abelardo formula la «duda metódica» como vía para alcanzar la verdad, es decir, la exigencia de un precedente examen crítico del «objeto de fe». Su primera obra teológica, recientemente descubierta, es la «Theologia Summi Boni», del cual, el capítulo «De unitate et trinitate divina» (un intento arriesgadamente científico para rendir racionalmente aceptable, mediante la lógica demostración, el dogma cristiano fundamental), fue condenado por «Sabelianismo» en el Sínodo de Soissons en 1121. -El Sabelianismo toma su nombre de Sabelio, originario del Libia, quien admitía tres revelaciones de Dios: como Padre en la creación y en la legislación; como Hijo en la redención; como Espíritu Santo en la obra de santificación. Desde finales del siglo III, la postura de Sabelio fue usada en Oriente para indicar el «monarquianismo modalista»-. Las otras obras de Abelardo fueron «Theologia Christiana» (incompleta); «Theologia Scholarium»; «Sit et Non»; y «Scito te ipsum».

Tumba fúnebre de Abelardo y Eloísa
Tumba fúnebre de Abelardo y Eloísa

Al respecto de sus incursiones en el ámbito teológico, sus contemporáneos, en especial aquellos que nutrían poca simpatía por la dialéctica y la sutileza intelectual, lo consideraban un pensador peligroso. Abelardo fue perseguido por la hostilidad persistente de Bernardo de Claraval, abad y monje de la floreciente Orden Cisterciense, quien acusó a Abelardo de proponer una doctrina herética sobre la «Santísima Trinidad», pero Pedro Abelardo negó tenazmente tales acusaciones, pues él no entendía negar la revelación o explicar completamente el «misterio» de dicho dogma, sino utilizar la dialéctica en la ciencia teológica. Sin embargo, fue propiamente la aplicación de la dialéctica a la teología lo que hizo posible el progreso teológico, y facilitó la sistematización escolástica de la teología en los siglos posteriores.

De sus obras «Sit et Non» y «Scito te ipsum» fueron extraídas, por interés de Bernardo, 19 proposiciones que luego serían condenadas como heréticas en el Sínodo de Sens en 1141. El Papa de turno, Inocencio II, convalidó el veredicto e impuso a Abelardo perpetuo silencio, fue exiliado y acogido en Cluny por Pedro el Venerable, el personaje más magnánimo de la época. La doctrina de Abelardo está siendo en la actualidad muy apreciada en los campos filosóficos, teológicos y culturales.

LA HISTORIA COMO «PARADOJA TEÁNDRICA»: PEDRO ABELARDO Y BERNARDO DE CLARAVAL 1ª PARTE

Abelardo y su amada Eloísa (s. XII)
Abelardo y su amada Eloísa (s. XII)

El serio buscador en el «Reino del Espíritu/espíritu» al tratar de acercarse al evento espacio-temporal, al hecho histórico en sí mismo, podría no percatarse de los vestigios del «misterio», si no alcanza a servirse de la ciencia histórica como un método aprehensivo de la «presencia del Espíritu/espíritu». Este breve escrito pretende ver en algunos acontecimientos históricos el paso -casi imperceptible- del «misterio». En este apartado trataremos escuetamente del drama que se desarrolló en el siglo XII, entre el «Peripateticus Palatino» o Abelardo, El «Doctor Melifluo» o Bernardo de Claraval, y Eloísa. Nos detendremos en aquellos aspectos que parecen revelar la presencia no del continuo de los avatares de la historia en dicho drama, sino los signos de una posible «manifestación» que en el «eterno retorno de lo humano» pareciera hacer surgir fenómenos que nos sorprenden y aleccionan.

El contexto de dicho «drama teándrico» es el llamado «Renacimiento cultural del siglo XII». En los primeros años de dicho siglo se manifiesta una transformación bastante profunda en el campo de la cultura. El pensamiento se orienta por nuevas vías que le vienen trazadas sobretodo por el conocimiento más completo de las grandes obras de la Antigüedad Clásica. Los primeros años del siglo XII son manifestación de una transformación social de la cual dependen, en gran parte, las innovaciones llevadas acabo en la instituciones escolásticas y en las mismos sistemas de pensamiento.

La enseñanza sigue siendo impartida en las «escuelas monásticas» y en las «escuelas «urbanas», pero las primeras pierden su importancia preponderante sobre las segundas, pues las «escuelas urbanas» comenzaban a responder mejor al carácter de la civilización que tendía a desarrollarse. En estas «escuelas urbanas» encontramos al principal filósofo del siglo XII, y al mismo tiempo teólogo muy influyente, Pedro Abelardo (1079-1142), quien nació en Le Pallet (Palais), cercano a Nantes, de allí su nombre «Peripateticus Palatino». Estudió dialéctica bajo la guía de Roscelino y Guillermo de Champeaux. Abrió una escuela por su cuenta, primeramente en Melun, después en Corbeil, y seguidamente en París, donde tuvo lugar la disputa con su primer maestro Guillermo de Champeaux. Fundó la escuela del Paráclito, cerca de Nogent-sur-Seine y la abandonó en 1125 para convertirse en abad de Saint Gildas en Bretaña. Fue un gran maestro en París, pero el infeliz episodio amoroso con su alumna Eloísa, a quien amó y desposó, lo llevó después de haber sido castrado por el tío de su amada, el canónico Fulberto, a enclaustrarse en el monasterio de Saint-Denis.