Neurociencia y contemplación 2° Parte: ¿Por qué tenemos emociones?

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Escrito por Leandro Posadas.

«Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe; una hoja cuya rama no existe;

un mundo cuyo cielo no existe».

Luis Cernuda. 

     El neurólogo John Cacioppo, quien murió hace pocas semanas, en su libro Discovering Psychology. The science of Mind (2013), se pregunta: ¿Es posible encontrar la consciencia en el cerebro? Y responde con una bella metáfora: La consciencia, la mente y el cerebro son como una muñeca rusa (Matrioshka). El cerebro, la muñeca exterior, (outside doll), alberga la mente, pero también tiene otras funciones, como el sostenimiento de la respiración y el control de la temperatura del cuerpo. La mente, la muñeca interna, (middle doll), alberga la consciencia, es decir a la más íntima muñeca (innermost doll), pero también, entre otras tareas, administra las funciones inconscientes, como la memoria a largo plazo[1].

     Muchos de nosotros tenemos como concepto de la mente el resultado de la actividad de las células del sistema nervioso, pero ¿Cómo podrían nuestros sentimientos, pensamientos, y recuerdos ser causados por un manojo de células? ¿Somos sólo el resultado de procesos biológicos? La psicobiología (Biological Psychology), esta amplia ciencia interdisciplinar que combina los métodos y teorías de la psicología, con los de la biología, la bioquímica, las neurociencias, y otros campos, trata de enfocarse en las conexiones entre el comportamiento observado, los factores genéticos, bioquímicos, y el nivel de la actividad y características estructurales del sistema nervioso. Al observar dichos enlaces se ha podido comprobar que ellos no viajan en una sola dirección, desde los factores biológicos al comportamiento, sino que se intercambian, combinan y se alternan[2].

     Dichos intercambios forman parte de nuestra historia evolutiva como especie, y como ejemplo de ello tenemos las emociones ¿Por qué tenemos emociones? Se pregunta John Cacioppo. En nuestra prehistoria como raza tenemos la respuesta a tal pregunta: las emociones desde hace más de 200.000 mil años nos han servido para producir atención (arousal), es decir a reaccionar y estar vigilantes ante el peligro, a movernos ante los riesgos de nuestra vulnerabilidad como seres conscientes de ser sentientes. Nuestra especie ha desarrollado distintos niveles de vigilancia (arousal), algunos más simples como el correr ante la amenaza de un depredador, o más complejos como sentarse a responder un examen o prueba académica[3]. Sea que experimentemos felicidad, tristeza, ira, disgusto, una emoción combina una sensación física semejante a un rápido latido del corazón, y un consiente y subjetivo sentimiento, como el miedo o la tristeza[4].

     Sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de sofocación y opresión cuando nuestra respuesta de vigilancia (arousal), es excesiva. A lo largo de la historia como especie las emociones han sido parte de nuestro gran desafío: saber vivir con ellas; creer demasiado en ellas, en lo que ellas nos proponen. Yo siempre me repito a mí mismo: «70 u 80 años no son suficientes para aprender la sabiduría de las emociones»: la rabia, la tristeza, la alegría, el odio, forman parte de nuestro gran repertorio para ser seres humanos ante el mundo y ante nosotros mismos. Son una gran aventura. Aprender el arte de las emociones requiere esfuerzo, requiere paciencia, comprensión y a la vez gallardía.

     En su ensayo Le emozioni ferite el psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna considera que las emociones se constituyen como dimensiones esenciales de la condición humana. Dicen todo lo que se desarrolla en nosotros, en nuestra interioridad. Son portadoras de un conocimiento que se experimenta en el corazón, y que la razón discursiva y categórica no logra aprehender. Son una especie de background sobre el que se funda nuestra vida.

     En su experiencia como psiquiatra fenomenólogo Eugenio Borgna ha podido darse cuenta de la necesidad de conocer las emociones, de aprender a interpretarlas para poder articular una forma que aclare el sentido de los disturbios psicopatológicos de la naturaleza humana herida de sus pacientes. Para él los horizontes de sentido de las emociones son ilimitados. Las emociones son formas de conocimiento, de obtener sabiduría sobre qué es esto de ser humanos, por ello, citando a Simone Weil, considera que nunca debemos intentar deshacernos de ellas, sino que debemos acogerlas en nuestro corazón y reencontrar en ellas el camino misterioso y a la vez revelador que nos lleva al interno de este ser mismo que somos[5].

     Por su parte, Ajahn Sumedho, un maestro de la Tradición Theravada del Bosque, en una conferencia titulada «È sempre possibile ricominciare»[6] sostiene que las emociones tienen el poder de ser muy convincentes, -cuando nos enganchamos y nos identificamos con ellas-, pues nos hacen sentir que son reales e imperiosas. Son como un melodrama, mientras se manifiestan aparecen reales y verdaderas. Ajahn Sumedho, sobre tal imperiosidad de las emociones, narra un duro momento de su vida y relata cómo se relacionó con ellas: «En aquella época ya existía en mí aquello que se daba cuenta de ellas, ya se había establecido en mi una sapiencia de las emociones como objetos mentales, y en dicha sapiencia ponía toda mi confianza. Ha estado muy duro, pero tenía mi refugio en el conocimiento (consapevolezza) que se da cuenta de la emoción tempestuosa que lloriquea patéticamente en nosotros. Me confiaba a dicho refugio en vez de al mensaje que las emociones me hacían creer, que francamente encontraba vacíos y sin consistencia».

     La sabiduría, ese conocimiento del que nos habla Ajahn Sumedho, descansa en el instante mismo en que experimentamos emociones, como objetos mentales, cuya naturaleza es su surgir y cesar: su impermanencia. Y ante tal naturaleza cambiante y transitoria nosotros simplemente somos observadores imparciales. Somos como cirujanos de la realidad de nuestro cuerpo/mente, pues intentamos contemplar la realidad de esto que somos desde una mirada «médica».

     A propósito, el filósofo francés Michel Henry en su obra Encarnación. Una filosofía de la carne, sostiene que dicha «mirada médica» es hoy en día uno de los últimos refugios de la cultura, pues desde su inicio la medicina intentó ver en el dolor humano, en las lesiones, en los tumores, no sólo una descripción impersonal, sino también lo que resulta de ello para una carne, para ese Sí viviente, gozoso, y a la vez sufriente que somos, es decir la vida trascendental como constitutiva de la realidad humana[7].

     Dicha «mirada», dicho examinar, es fundamental en medicina, pero también las «ciencias contemplativas» tienen este examinar como algo fundamental. Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, y uno de los más reconocidos científicos occidentales implicados en el estudio de las prácticas contemplativas, sostiene que «si queremos observar los mecanismos más sutiles del funcionamiento de nuestro espíritu, y actuar sobre ellos, es absolutamente necesario que afinemos nuestro poder de introspección. Tenemos que agudizar a la perfección nuestra atención de modo que se vuelva estable y clara. Sólo entonces podremos observar el funcionamiento de nuestra mente, el modo cómo percibe el mundo, y entender de ese modo, la concatenación de las emociones y de los pensamientos»[8], con el fin, en un principio, de familiarizarse con una visión clara y justa de las cosas, y lograr contemplar el aspecto fundamental de la consciencia humana, es decir, un estado, según la sabiduría contemplativa, perfectamente lúcido y despierto que siempre está ahí incluso en ausencia de los objetos mentales de las emociones y los pensamientos.

     En el camino de la sabiduría o del silencio contemplativo nos vamos acercando a comprender y a experimentar las emociones como objetos mentales -surgen y cesan sin engancharnos a ellas-. Desde una mente serena concentramos la paz y la claridad de la mente sobre la observación de las cosas visibles, de los sonidos, los olores, los sabores, las sensaciones físicas, los pensamientos y las emociones que experimentamos. Contemplamos las emociones sean positivas o negativas, agradables o desagradables, las acogemos, no las rechazamos o nos apegamos a ellas. Contemplamos todo. Ajahn Chah dice que dicho proceso es «como si alguien subiese a un árbol de mango, lo moviese para hacer caer los frutos, mientras nosotros debajo los recogemos. Aquellos podridos no los recogemos, recogemos sólo los sanos. No es un trabajo duro porque no somos nosotros quienes estamos subidos en el árbol. Nosotros nos limitamos a recoger los frutos estando debajo de la sombra del árbol»[9]. Riqueza, fama, elogios, felicidad, infelicidad, dolor, alegría, vienen por sí mismos, y nosotros estamos en paz, pues todo lo que experimenta una mente pacífica lleva a una comprensión más amplia. «Nosotros simplemente nos divertimos contemplándolos sin temor».

La imagen es del artista visual Chad Wys publicada en estateunrato.net y el diseño es hecho por el Arquitecto Daniel Ríos Mujica 

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[1] Cf. Cacioppo John and Freberg Laura, Discovering Psychology. The Science of Mind, Wadsworth, Belmont USA, 2013, p. 240.

[2] Cf. Ibid., p. 127.

[3] Cf. Idem.

[4] Cf. Ibid., p. 320.

[5] Cf. Borgna Eugenio, Le emozioni ferite, Feltrinelli, Milano 2009.

[6] Cf. Ajahn Sumedho, È sempre possibile ricominciare, Santacittarama 2014. Traducción del Italiano por Leandro Posadas.

[7] Cf. Henry Michel, Encarnación. Una filosofía de la carne. Ediciones Sígueme, Salamanca 2001, p. 289.

[8] Ricard Matthieu, L’Art de la Méditation, Nil, París 2008.

[9] Ajahn Chah, Una pace incrollabile, Santacittarama 2004. (Traducción del italiano por Leandro Posadas para el presente artículo).

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Conversión: «Darse-forma desde la sabiduría» 1ra Parte.

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Anotaciones para una fenomenología de la transformación humana.

Escrito por Leandro Posadas.

Deja caer el pasado;

deja caer el futuro;

deja caer el presente.

Con el corazón libre

alcanza la otra orilla,

más allá de la insatisfacción

y el sufrimiento[1].

     Toda tradición religiosa y espiritual ha querido indicar desde su compresión histórica, geográfica, simbólica, mítica esa «otra orilla» a la cual el ser humano puede llegar para emanciparse del sufrimiento. Los cristianos desde hace más de dos mil años usan la metáfora del «reino de Dios», o «reino de los cielos», para indicar esa «otra orilla». El Evangelio de Mateo dice que dicho reino «está cerca», y para llegar a él, el humano creyente debe convertirse («metanoeite» Mt 3,2; Mt 4,17). Jean Chevalier en su estudio sobre el cielo, desde la investigación simbólica, ha inquirido que el cielo desde las primeras civilizaciones es símbolo de la apertura de la consciencia; es el absoluto de las aspiraciones humanas; plenitud de la búsqueda, y «lugar» posible de la perfección del espíritu[2]. Sin embargo, Ajahn Munindo en su comentario al antiguo texto budista del Dhammapada sostiene que esa «orilla», ese lugar más allá del sufrimiento existe ya[3]: se encuentra dentro de nosotros mismos, por poseer esa capacidad contemplante, por ser neo-corteza, por ser emociones, por ser impulsos, por ser seres conscientes de ser sentientes. Y Jesús cuando le preguntaron sobre cuándo vendría el «Reino de Dios», responde: «El reino de Dios está dentro de ustedes» (Regnum Dei intra vos est, Lc, 17,21), pues somos posibilidad de transformación; de apatheia como decían los antiguos monjes del desierto; de saber y estar desde la paz.

     Carl G. Jung consideraba que los arquetipos crean mitos, religiones, filosofías, que influyen y caracterizan naciones y culturas enteras y marcan y trazan los destinos de épocas históricas. Los mitos de naturaleza religiosa para C. Jung pueden interpretarse como una especie de terapia mental de los sufrimientos y angustias de la humanidad en general[4]

     El filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein (1889-1951), en el prefacio que escribió para su Tractatus Logico-Philosophicus afirma: «Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar». Pero para Peter Sloterdijk la afirmación más característica de Wittgenstein sobre cuestiones religiosas, se encuentra en unos apuntes del año 1948: «El pensador religioso honesto es como un sonámbulo que camina, se diría, casi sobre el aire. Su terreno es el más estrecho que se pueda imaginar, y sin embargo permanece la posibilidad de caminar sobre él realmente»[5].

     Wittgenstein nos está alertando de las formas lingüísticas que usamos para hablar sobre temas metafísicos, («Dios», muerte, resurrección, el más allá, el alma, iluminación, etc.), sobre temas de los cuales podemos saber acertadamente muy poco, y ante los cuales debemos dirigirnos con «docta ignorancia». Sin embargo, el gran filósofo analítico de Viena deja una puerta abierta: el camino del espíritu, entendido como un modo profundo de ser ser humano desde la sabiduría, es «el terreno más estrecho que se pueda imaginar», y no obstante, «permanece la posibilidad de caminar sobre él realmente».

     «Explorando el uso del lenguaje descubrimos cómo nos relacionamos con tales palabras: como algo demasiado alto, demasiado remoto, demasiado lejos de nosotros. Es el modo de pensar del «mundo» (-el mundo en el que vivimos: nuestros pensamientos, sentimientos, percepciones, de los cuales estamos enganchados-), pensar en términos de «yo que puedo llegar a ser tal cosa», «yo que debo liberarme de tantas debilidades», de mis problemas emocionales, de mis deseos…»[6].

     En una carta a Paul Engelmann, Wittgenstein escribe: «He debido dirigir mi vida al bien y convertirme en una estrella. Por el contrario, me he quedado en la tierra y de ese modo estoy poco a poco comenzando a dejar de existir»[7]. El filósofo de Viena, radicado en Cambridge, no era un filósofo que se había instalado en la precaria serenidad que da el haber desterrado de su consciencia los problemas que podrían inquietarlo, como si se considerara alguien que tenía todas las respuestas para resolver grandes cuestiones[8]. Por el contrario, su filosofía responde a la naturaleza humana: a esta tensión continua que somos y habitamos.

     Antes que ser «algo» que debemos obtener o alcanzar, es mejor usar términos como abandonar, dejar ir, porque representan mejor nuestra vida[9]. Wittgenstein cuando afirma en su carta a Paul Engelmann que se ha quedado en la tierra y ha comenzado a dejar de existir, no lo hace desde la tristeza, la resignación, o la impotencia, sino desde la libertad, y es por ello que en vísperas de su muerte le dijo a uno de sus amigos para que lo transmitiera a los demás: «diles que he tenido una vida maravillosa».

     Ajahn Sumedho en su conferencia Come essere niente (Como ser nada), recuerda que cuando comenzó en el camino espiritual quería obtener, quería lograr, quería liberarse, y en vez de lograrlo, y a pesar de sus grandes esfuerzos y confianza, más triste estaba. Después de un largo viaje encontró el sentido de la gratuidad de la vida misma, del regalo de vivir, de la aventura de ser ser humano, independientemente de lo que ocurra a nuestra alrededor, e incluso dentro de nosotros mismos: «Comencé a darle la bienvenida al sufrimiento como «algo» desde el cual aprender, como una oportunidad; a sentirme agradecido por el sufrimiento de la vida porque me daba la ocasión para comprenderla»[10].

     Cada tradición religiosa, y cada forma de pensamiento sobre el ser humano, sabia y antigua, a lo largo de la historia humana ha tratado de acercarse a la posibilidad de ir más allá del sufrimiento, entendido éste como la comprensión errónea de la realidad en cuanto tal. Cada forma dogmática, cada doctrina, cada forma cultual e introspectiva, en cada una de las sabias tradiciones religiosas de Oriente y Occidente han intentado, unas con más acierto que otras, acallar la brama humana, acercándose al misterio mismo del sentido de la vida.

     En alguna fase de nuestra evolución como especie, tal vez hace más de 200.000 mil años adquirimos un excedente abrumador de consciencia, es decir surgimos como homo sapiens. Y desde ese nacimiento la misma especie tratando de perpetuarse logró crear formas narrativas que la ayudasen a orientarse y protegerse, incluso de sí misma, en el mundo. Y es por ello que cada forma narrativa religiosa desde la más remota antigüedad de la especie humana tiene como común denominador a la consciencia, percibida, de una u otra forma, como posibilidad de comprensión clara de la realidad en cuanto tal; del sentido de la vida misma; y como espacio sagrado donde el humano puede transformarse y elevarse por encima de sí mismo.

     Ninguna otra forma de vida sabe que está viva, ni sabe que morirá, ni sabe que enfermará, ni sabe que deberá decir adiós a la juventud, a la familia, al amor. Y es por ello que cada vida, marcada por las coordenadas del espacio y del tiempo debe aprehender sabiamente el fenómeno de esta temporalidad que somos: seres finitos, seres contingentes, seres limitados. En sus estudios e investigaciones clínicas la Terror Management Theory (TMT), indica que el resorte principal del comportamiento humano es la tanatofobia (miedo a la muerte), y que ese miedo determina el paisaje de nuestras vidas[11]. No hace falta que dicho centro de investigaciones lo afirme para darnos cuenta que cada uno de nosotros anda continuamente buscando salvaguardar este cuerpo que somos, este yo que creemos ser, esta idea de nosotros mismos, esta percepción que somos en relación con los demás. Pareciese como si cada acción, cada relación, cada intención de nuestra vida estuviese marcada por la tentación de huir, a veces torpemente, de esto que somos. Y a la vez, paradójicamente, es en dicha torpeza donde se encuentra la aventura y la enseñanza del porqué somos humanos.

     El misterio humano de la transformación, -el saber-ser-completos-, invita a una semejanza con el mundo, desde la cual el humano sufriente, y consciente de ser sentiente puede interpretarse a sí mismo como espejo del todo y oráculo cósmico. Somos potencialidad hambrienta de realidad, de comprensión sabia de la naturaleza, sostiene Peter Sloterdijk. Ser ser humano quiere decir habitar en sí mismo continuamente como laboratorio de auto-realización[12], y a la vez descubrirse a sí mismo como tarea infinita[13].

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La imagen es diseñada por Daniel Mujica para teandrico.wordpress.com, pero la pintura es de Eduardo Paolozzi: Man holds the key.

[1] Dhammapada 348.

[2] Chevalier J. / Gheerbrant A., Dictionnaire des symboles, París 1988, p. 285.

[3] Ajahn Munindo, Riflessioni sul Dhammapada, santacittarama, enero 2018.

[4] Jung C. G., El hombre y sus símbolos, Paidós, Barcelona 1964, p. 104.

[5] Ibid., p. 166.

[6] Ajahn Sumedho, Come essere niente, Santacittarama 2010. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[7] Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, 165.

[8] Cf. Leñano A., Ludwig Wittgenstein, una vida atormentada. Su filosofía en el escenario de una magnífica tensión, El País, Mayo 1976: https://elpais.com/diario/1976/05/16/cultura/201045607_850215.html

[9] Cf. Ajahn Sumedho, Come essere niente, Santacittarama 2010. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[10] Ajahn Sumedho, Come essere niente, Santacittarama 2010. Traducción del italiano por Leandro Posadas.

[11] Cf. http://unpocodesabiduria21.blogspot.com/2018/02/la-conspiracion-contra-la-especie.html

[12] Cf. Sloterdijk, Peter, Devi cambiare la tua vita 2010, p. 399.

[13] Ibid., p. 277.

LA SABIDURÍA DEL SILENCIO ANTE LA «VULNERABILIDAD DE LA NATURALEZA HUMANA»

Esfera - Camino

Aproximación a una «posibilidad sabia de la existencia humana» frente a la «cultura de la barbarie», desde la «práctica del silencio», la fenomenología y la neurociencia contemplativa.

silenciotransformante@gmail.com

Fenomenología de la Espiritualidad

 teandrico.worpress.com

 

PROGRAMA

PRELUDIO

HOMO SAPIENS SAPIENS: ¿UNA ESPECIE MALOGRADA?

PRIMERA PARTE

EL ACERTIJO DE LA ESPECIE HUMANA

«¿Qué es la vida?»

«Humanidad versus feromonas».

«El acoso de las fantasías».

Los humanos en tiempos de oscuridad.

La «cultura de la barbarie»: la «negación del pathos de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

SEGUNDA PARTE

EL SENDERO DE LA PAZ: «LA PRESENCIA DE LA MENTE»

Neurología de la consciencia: «un misterio silencioso».

«El self viene a la mente».

«Desde que hubo sentimientos».

Los «ídolos de la mente»: instinto, religión y libertad.

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

TERCERA PARTE

EL SILENCIO: «LA SABIDURÍA DE UN FUTURO SIN ILUSIONES»

El «frágil absoluto» ante la «cultura de la barbarie».

Aprender a ver: «el conocimiento contemplativo de sí mismo».

«El saber originario de la vida».

-momento de Praktiké de 20 minutos-.

EPÍLOGO

«EL TIEMPO QUE QUEDA»: La fiesta de la insignificancia.

NUESTRO CUERPO: «REFUGIO DEL DEJAR IR DESDE EL SILENCIO»

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Por Leandro Posadas

«Guárdame,

dentro de la palma de tus manos.

Afuera, camina el miedo».

Memoria por Beatriz G. Cardona.

     En una reciente entrevista el biogerontólogo británico Aubrey de Grey[1], afirmó que es posible no morir por causa del envejecimiento a través de la restauración de la estructura del cuerpo: «el cuerpo humano es una maquina, pero muy compleja; arreglarlo es un proceso complejo pero no imposible». Para él, como científico, el envejecimiento «es un problema degenerativo causado por varios tipos de daños moleculares y celulares que se acumulan: las mutaciones nucleares causantes del cáncer, las mutaciones mitocondriales, la acumulación de desechos intercelulares y extracelulares, la pérdida irreversible de células, el envejecimiento celular y la proliferación de interconexiones entre células de algunos tejidos». Para Aubrey de Grey, abordar tal proceso degenerativo desde el punto de vista de la ingeniería, y utilizando la biología marcará una gran diferencia en la forma en que la ciencia trata de acercarse al fenómeno de la vejez.

     El Dr. Aubrey de Grey, académico de Cambridge, investiga la posibilidad de la recuperación de los tejidos, por medio de estrategias de bioingeniería para reparar los daños causados por el envejecimiento, y es director de la Fundación para la Investigación de la Senescencia Negligible Ingenierizada (SENS), la cual, según la presentación en su web page, se especializa en la investigación de medicina regenerativa y en la aplicación de la misma en las enfermedades producidas por el declive temporal del cuerpo. Dicha fundación afirma: «We believe that a world free of age-related disease is possible… Our goal is to help build the industry that will cure the diseases of aging». («Nosotros creemos que un mundo libre de las enfermedades relacionadas con la edad es posible… Nuestra meta es ayudar a construir una industria que curará las enfermedades del envejecimiento»).

     Ante la pregunta del por qué la gente muchas veces en el aspecto psicológico-emocional está cansada de vivir, el Dr. Aubrey responde: «Una de las razones es que no invertimos lo suficiente en educación, no le damos a la gente las suficientes habilidades para sacar lo máximo de estar vivos…»

     Las tradiciones espirituales han dedicado siglos al estudio minucioso y delicado de crear «habilidades» para sacar lo máximo de la profundidad de ser seres humanos. Dichas tradiciones siempre han considerado que ser un cuerpo y desde un cuerpo es una enseñanza muy profunda. Ser plenamente conscientes, aquí y ahora, de que dependemos de tantas condiciones para estar vivos desde un cuerpo es tener la posibilidad de crear un espacio sabio, sereno, y atento en nosotros mismos. Tal vez desde dicho espacio no ganaremos más tiempo para respirar unos años más, pero sí crearemos condiciones de sabiduría y claridad para contemplar esta experiencia de ser y estar en el mundo desde un cuerpo y una mente humana. Tal espacio nos permitirá apreciar en su totalidad el cambio permanente de la experiencia, juventud, amor, tristeza, placer, dolor, enfermedad, alegría, muerte, sin temor ni represión.

     En una profunda y a la vez hermosa conferencia titulada «La Nostra vera casa»[2] el venerable Ajahn Chah se dirigía a una mujer moribunda para hablarle sobre su cuerpo. Trataba de acompañarla en su práctica espiritual desde verdades muy profundas acerca de la naturaleza misma de ser/tener un cuerpo. Otro maestro theravada, Ajahn Sumedho, discípulo de Ajahn Chah, en una conferencia que cité en la entrada anterior «È sempre possibile ricominciare»[3] relata un fragmento de su infancia cuando en los años 50 veía un film sobre una mujer que iba a morir en la silla eléctrica. El título del film era I want to live! y su protagonista era Susan Hayward. La actriz en una escena de dicho film grita con desesperación ¡No quiero morir! y dicho grito para él permaneció como una impresión indeleble en su mente. Diez años después en su estadía en Tailandia, Ajahn Sumedho, experimentó una experiencia terrible en su cuerpo que casi lo lleva a la muerte. En dicha situación recordaba el grito de Susan Hayward ¡No quiero morir! Pero ya en aquella época, como él narra, se había establecido en él una visión correcta del presente acerca de su cuerpo y de sus emociones. Era plenamente consciente que la tendencia de las emociones es aquella de impedirnos ver las cosas tal cual son, pues las mismas tienen el poder de ser muy convincentes y nos hacen sentir que son reales y muy importantes. Las emociones como objetos mentales (que surgen y desaparecen, pues su naturaleza es el cambio y la impermanencia), repite Ajahn Sumedho, son potentes como una película melodramática, desde que surgen en el cuerpo/mente se manifiestan con apariencia de ser avasalladoramente reales y verdaderas. «Fue difícil», comenta, pero él confió en el refugio que había cultivado en sí mismo y desde el que se conoce la naturaleza cambiante de las emociones que se manifiestan muchas veces en nosotros de modo patético, sollozante y confuso. Desde allí las encontró vacías y sin consistencia, incluso «si tenían toda la fuerza de la voz de Susan Hayward. Sólo una actriz, nada más».

     En nuestra vida humana, sujeta a ser emociones y desde las emociones, por el hecho mismo de poseer un cuerpo que percibe con cada centímetro de la existencia, adquirir un conocimiento sabio y atento sobre las emociones (atención plena; mindfulness; presencia consciente; metanoia; emancipación), es realmente muy importante, sostiene Ajahn Sumedho, pues desde tal forma de contemplación de la realidad dejaremos de ser tan vulnerables; «dejaremos de ser inconscientemente seducidos por nuestras emociones y las de los demás seres humanos que habitan con nosotros; dejaremos de ser pasivamente sacudidos por las bofetadas cotidianas, los mensajes urgentes, los frenesíes y la agresividad de cada cosa y situación». Para estos maestros, el mundo desde la mente de los que no observan sabiamente, se presenta como una masa de intimidaciones, ‘urgencias’, ‘situaciones muy importantes’, profecías terribles, destructivas, desconcertantes, toda una serie de mensajes del pasado y de cosas apocalípticas, las cuales como creaciones de nuestra propia mente, fácilmente, nos pueden aprisionar, a través de la ansiedad, del miedo, y de la inseguridad, haciéndonos sentir amenazados.

     Ajahn Chah, en su conferencia a aquella mujer moribunda, nos indica: «esta masa de carne que yace aquí consumiéndose es la realidad». Esta masa de nervios, huesos, carne, articulaciones, emociones, pensamientos, reacciones, es la realidad. Y el modo justo y sabio de relacionarnos con ella es contemplándola en su naturaleza cambiante. ¿Cómo relacionarnos con la vicisitudes y aventuras del cuerpo, entendidas como sensaciones, percepciones, emociones, pensamientos, reacciones? Observándolas con sabiduría desde la experiencia directa de la verdad, de las cosas tal cual son.

     Hemos vivido muchos años con este cuerpo y desde este cuerpo; hemos sido, y somos este cuerpo. Los maestros nos invitan a observar cómo desde el momento de nuestro nacimiento estamos sujetos a cambios continuos: mostramos en nosotros los signos del uso, como la ropa nueva que una vez compramos y que hoy ha cambiado de forma y color. Muchos de nuestros dientes han sido ‘reparados’, algunos de nuestros huesos no son tan fuertes como cuando éramos jóvenes. Nuestra piel no tiene la apariencia de aquellos años… ¡Esta es nuestra naturaleza! Contemplemos, desde el silencio, esta verdad con claridad, sin engancharnos a lo que una vez fue, y sin odiar lo que hoy es. Contemplemos, exploremos, inspeccionemos cada emoción, cada pensamiento, cada sensación con sabiduría, dejando que sean tal cual son: dejando que surjan, se manifiesten y cesen.

     Ajahn Chah le dice a la mujer moribunda «no hay nada malo en tu cuerpo doliente… El sufrimiento no deriva del cuerpo, sino de un modo erróneo de pensar sobre él». Si nos enganchamos a esto que llamamos «mi» cuerpo, «mis» emociones, «mis» pensamientos, «mis» concepciones, sufriremos. Contemplar nuestros enganchamientos desde el silencio es tomar refugio en el dejar ir.

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[1] Entrevista publicada en El País titulada «Hay que ver por qué la gente se cansa de vivir»: http://elpais.com/elpais/2016/10/13/ciencia/1476353983_661713.html.

[2] Del venerabile Ajahn Chah. Ass. Santacittarama, 2007. Tutti i diritti sono riservati. Dal libro “Il Dhamma vivo”. Traduzione di Letizia Baglioni. Estratto del libro Il Dhamma vivo, su gentile concessione dell’Editore Ubaldini. Traducción del italiano de algunos pasajes al español por Leandro Posadas: http://santacittarama.altervista.org/vera_casa.htm.

[3] Del venerabile Ajahn Sumedho. Ass. Santacittarama, 20014. Tutti i diritti sono riservati. Traduzione di Carlo Duncan. Pubblicato per la prima volta in inglese Novembre 1995 nel Buddhism Now. Traducción del italiano de algunos pasajes al español por Leandro Posadas: http://santacittarama.altervista.org/sempre_ricominciare.htm.