Taller: «El libro de los Salmos»

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Divagaciones ordenadas sobre el «Libro de los Salmos» como herramientas para una fenomenología de la religión.

fenomenologia@yahoo.com

PROGRAMA

Introito

La poesía como lenguaje legítimo del espíritu humano.

Primera parte

Introducción al «Libro de los Salmos».

Segunda parte

Los salmos como «gramática de la oración»: géneros literarios.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Tercera parte

Hacia una fenomenología de la religión desde el lenguaje poético de los salmistas.

Interludio

Momento de Praktiké de 20 minutos.

Cuarta Parte

Los Padres y las Madres del Desierto Cristiano y su práctica de la «oración sálmica».

Epílogo

«Los Salmos como re-lectura de un presente escondido».

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Más información: fenomenologia@yahoo.com

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Mi experiencia en Vipassana

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     Escrito por Leandro Posadas

     Según el psicólogo cuantitativo Donald Hoffman la mente es algo parecido al escritorio virtual de nuestras computadoras, en el cual tenemos ordenados por medio de iconos cada tema, aplicación y materia. Según esta teoría, llamada «teoría de la interface», no vemos el mundo como es, sino como aparece en esa pantalla. «La realidad que percibidos no es la verdadera realidad, sino que lo que percibimos es una especie de escritorio virtual donde interactuamos con los objetos de una manera conveniente para nosotros. El sol, las montañas y los planetas son iconos en ese escritorio. Pero la verdadera realidad no la conocemos, está detrás y sería el equivalente al lenguaje de máquina y al hardware y a todos los componentes internos del computador […] En resumen, la mente cuando estamos despiertos es una interface que nos permite relacionarnos tanto con la realidad (de un modo que le conviene a nuestra especie), como con nuestro mundo interno»[1].

     El psiquiatra español Paco Traver en su blog Neurociencia Neurocultura en su artículo La mente es un escritorio recomienda, para mantener en buen funcionamiento este escritorio, hacer un mapa actualizado del mundo en el que vivimos lo más realista posible, es decir no del mundo que deseo, del cuerpo que deseo, de los amigos que deseo, de la vida que deseo, del país que deseo, sino de las cosas tal como son. Y recomienda hacerlo una vez al año…      

     Desde que comencé este blog, hace ya siete años, nunca he publicado crónicas autobiográficas, pero esta vez quisiera compartir con todos los que me leen la última «actualización de mi escritorio», o más precisamente mi última experiencia en un centro de práctica de silencio Vipassana, bajo las instrucciones de S. N. Goenka (1924-2013), el fundador de la Academia internacional Vipassana. Goenka fue un hombre lleno de humanidad que quiso difundir, sin sectarismo, de modo serio y bien establecido, la técnica que posiblemente practicó Siddharta Gautama para llegar a la extinción del sufrimiento en sí mismo. Es importante indicar, antes de proseguir con mi crónica, que la institución que S. N. Goenka fundó, sin fines de lucro, no es una secta religiosa en la que se debe creer ciegamente en lo que allí se enseña, tanto es así que al final del curso S. N. Goenka dice (por medio de grabaciones), que cada uno libremente tome lo bueno y deje lo que no le gusta, lo importante es comprender íntegramente la forma de practicar. En otras palabras, no se aprende Vipassana para hacerse budista, sino para comprenderse como humano.

     Vipassana (vipaśyanā), significa ver las cosas tal cual son; familiarizarse con una visión justa de las cosas y a la vez, cultivar cualidades que poseemos latentes en nuestro interior, esperando ser desarrolladas.

     Aprender y querer silenciar sabiamente este cuerpo-mente que somos, y querer explorarlo minuciosamente, no tiene nada que ver con las creencias que tengamos, o con la religión que profesemos, sino con algo más profundo: darse cuenta; comprender-se; hacerse humano; vivir sabiamente este ser consciente de ser sentiente que somos en este mundo que habitamos. Nunca olvidar que toda religión, por muy antigua que sea, no es más que una interpretación de la realidad y está sujeta siempre a un contenido histórico y cultural. Engancharse a una dogmática religiosa, en vez de hacernos libres, nos condiciona y puede llegar a obstaculizar este camino de comprensión que es la vida humana.

     Los centros Vipassana están extendidos por casi todo el mundo y ofrecen cursos de 10 días, de 20 días, de 30 días y hasta de 45 días de práctica de silencio. El horario comienza a las 4:00 a.m., y termina a las 9:30 p.m. Esta última ha sido mi cuarta experiencia en un curso de 10 días en el cual se práctica casi 11 horas diarias con algunos recesos entre práctica y práctica. Es un horario muy intenso, de mucho trabajo interior y físico, pues el cuerpo reacciona ante tantas horas en una misma postura.

     Llegué el día cero para inscribirme y acepté las condiciones que la institución me pedía: permanecer libremente en el centro desde el día cero hasta el día once cumpliendo cinco preceptos: abstenerme de matar cualquier ser vivo; abstenerme de robar; abstenerme de una conducta sexual inadecuada; abstenerme de mentir; abstenerme de todo tipo de intoxicantes. Los 10 días están dedicados a ejercitarse en tres adiestramientos: moralidad (sila); concentración y dominio de la mente (samadhi); y sabiduría, o visión cabal que purifica la mente (pañña).

     Por ser mi cuarta vez iba muy seguro de todo lo que debía y podía hacer, e iba lleno de expectativas… El primer día fue muy doloroso físicamente, y de poca concentración en la primera enseñanza sobre dicha concentración (anapana), es decir sosegar la mente a través de la observación de la respiración natural. Ese día una profunda tristeza invadió mi mente, pero el mismo ritmo de trabajo intenso disipó la ilusión lentamente. S. N. Goenka siempre repite la misma frase día tras día en sus enseñanzas: todo es Anicca: La naturaleza de todas las cosas es impermanente; surgen y cesan, nacen y mueren; y lo mismo ocurre con los objetos mentales, es decir las emociones, los pensamientos, y todo lo que la mente humana produce por ser consiente de ser sentiente. Experimentar esto no como teoría sino en el propio cuerpo-mente es una gran enseñanza. La noche de ese primer día fue de mucha alegría y de un sueño profundo y purificador.

     Un regalo que recibí fue poder dormir yo solo en una cabaña de piedra con un árbol dentro, literalmente con un árbol dentro, y con él una gran fauna de arañas, alacranes, y demás insectos, pero mi mente estaba tan tranquila que dormía plácidamente sin alarmarme por mis acompañantes. Para los que deseen ir, no preocuparse que esa cabaña sólo la usan los que ya han asistido a varios cursos, y es libre quedarse allí o no. Fue una decisión personal. El único inconveniente es que hacía mucho frío y la tercera noche pesqué un fuerte resfriado, tan fuerte que pensé en dejar el curso y romper el contrato que el día cero había hecho. Me concedieron una entrevista con los profesores asistentes y ellos me pidieron con una sonrisa que esperara un día más y si estaba convencido de irme podía hacerlo. Llevaba 3 días sin ver a nadie a la cara y sin hablar con nadie, pues una de las normas más estrictas es el noble silencio: no se puede tener contacto físico ni verbal con ningún otro estudiante. Ese cuarto día fue un día de esperanza a pesar del gran resfriado y del dolor en todo el cuerpo. Anicca, anicca, anicca. Todo es impermanente. Surge y cesa.

     Ningún estudiante puede enseñar Vipassana según la forma en la que lo estableció S. N. Goenka, pues para llegar a ser profesor asistente se requiere de una seria y comprometida formación y miles de horas de práctica, pero puede compartir la experiencia e invitar a otros a vivirla. Llevo varios años practicando Vipassana, pero sólo fue en este cuarto curso en el que comprendí la más grande verdad de dicha práctica, si bien la tenía en la teoría, mi mente y mi cuerpo se rehúsan y se rehusaban a admitirla. Y en secreto (entre ustedes y yo), es la clave de la transformación si se es fiel a dicha enseñanza: sentarse sin esperar nada, sin engancharse a nada, sin rechazar nada. Ser ecuánime, aprender a ser ecuánime (upekkha). Pero ¿Cómo ser ecuánime ante el dolor terrible en las rodillas, y en la espalda después de horas y horas de práctica? ¿Cómo ser ecuánime ante las sensaciones agradables y placenteras que surgen? Esta pregunta sólo se responde en la experiencia, no hay teoría que pueda comunicarla. Y prefiero no conceptualizar una respuesta.

     El séptimo, octavo y noveno día tomé la decisión de hacerme principiante, de volver a empezar de nuevo, de escuchar las instrucciones de S. N. Goenka, y no identificarme con lo que las sensaciones realmente placenteras (y hasta sublimes), y profundamente dolorosas me transmitían. Ha estado duro, realmente duro, pero he percibido remotamente el porqué los profesores asistentes, y las personas que llevan años practicando Vipassana, siempre tienen una sonrisa pacífica y un amor profundo y real en sus rostros.

     El día décimo, -el día de la liberación de tanto dolor-, que es el día en que ya se puede hablar en ciertas horas conversé con dos practicantes que llevan años en ello. A ambos los conozco desde que comencé a asistir al centro. Y ambos me transmitían y me transmiten paz real, no fingida, una paz que parece que se ha extinguido en la mayoría de los humanos. Una paz que no tiene que ver con las emociones; con simpatías o antipatías; con las circunstancias sean buenas o malas, o con la vulnerabilidad de esto que somos. Me acerqué al más anciano y le pregunté sobre su experiencia: de él no vino ninguna teoría sublime, ni conceptos, ni apologías, simplemente una mirada profunda y compasiva. Me dijo (entre otras cosas, -no todo puede decirse-…): «No juegue con esa vida humana que usted tiene; no se «caiga a mentiras»; practique, simplemente sea fiel, y practique; no tiene sentido venir, si se sigue jugando con las sensaciones; buscando, buscando, buscando sentir…».

     He aquí mi breve crónica sobre la última «actualización de mi escritorio», cuya finalidad ha sido simplemente transmitir mi experiencia de esos diez días de silencio arduo y trabajado, de explorar el cuerpo con mente serena «desde la punta de los dedos de los pies hasta la cima de la cabeza» una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez «con paciencia y persistencia», comprendiendo serena y alegremente nuestro surgir y cesar continuo, sin rechazar, ni apegarse tanto… En resumen, no debo olvidar nunca que siempre soy un principiante en este camino de la sabiduría.

La imagen del árbol es un diseño del Arquitecto Daniel Ríos  para Fenomenología de la Espiritualidad.

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[1] Cf. https://pacotraver.wordpress.com/2018/04/27/la-mente-es-un-escritorio/

Neurociencia y contemplación 2° Parte: ¿Por qué tenemos emociones?

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Escrito por Leandro Posadas.

«Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe; una hoja cuya rama no existe;

un mundo cuyo cielo no existe».

Luis Cernuda. 

     El neurólogo John Cacioppo, quien murió hace pocas semanas, en su libro Discovering Psychology. The science of Mind (2013), se pregunta: ¿Es posible encontrar la consciencia en el cerebro? Y responde con una bella metáfora: La consciencia, la mente y el cerebro son como una muñeca rusa (Matrioshka). El cerebro, la muñeca exterior, (outside doll), alberga la mente, pero también tiene otras funciones, como el sostenimiento de la respiración y el control de la temperatura del cuerpo. La mente, la muñeca interna, (middle doll), alberga la consciencia, es decir a la más íntima muñeca (innermost doll), pero también, entre otras tareas, administra las funciones inconscientes, como la memoria a largo plazo[1].

     Muchos de nosotros tenemos como concepto de la mente el resultado de la actividad de las células del sistema nervioso, pero ¿Cómo podrían nuestros sentimientos, pensamientos, y recuerdos ser causados por un manojo de células? ¿Somos sólo el resultado de procesos biológicos? La psicobiología (Biological Psychology), esta amplia ciencia interdisciplinar que combina los métodos y teorías de la psicología, con los de la biología, la bioquímica, las neurociencias, y otros campos, trata de enfocarse en las conexiones entre el comportamiento observado, los factores genéticos, bioquímicos, y el nivel de la actividad y características estructurales del sistema nervioso. Al observar dichos enlaces se ha podido comprobar que ellos no viajan en una sola dirección, desde los factores biológicos al comportamiento, sino que se intercambian, combinan y se alternan[2].

     Dichos intercambios forman parte de nuestra historia evolutiva como especie, y como ejemplo de ello tenemos las emociones ¿Por qué tenemos emociones? Se pregunta John Cacioppo. En nuestra prehistoria como raza tenemos la respuesta a tal pregunta: las emociones desde hace más de 200.000 mil años nos han servido para producir atención (arousal), es decir a reaccionar y estar vigilantes ante el peligro, a movernos ante los riesgos de nuestra vulnerabilidad como seres conscientes de ser sentientes. Nuestra especie ha desarrollado distintos niveles de vigilancia (arousal), algunos más simples como el correr ante la amenaza de un depredador, o más complejos como sentarse a responder un examen o prueba académica[3]. Sea que experimentemos felicidad, tristeza, ira, disgusto, una emoción combina una sensación física semejante a un rápido latido del corazón, y un consiente y subjetivo sentimiento, como el miedo o la tristeza[4].

     Sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de sofocación y opresión cuando nuestra respuesta de vigilancia (arousal), es excesiva. A lo largo de la historia como especie las emociones han sido parte de nuestro gran desafío: saber vivir con ellas; creer demasiado en ellas, en lo que ellas nos proponen. Yo siempre me repito a mí mismo: «70 u 80 años no son suficientes para aprender la sabiduría de las emociones»: la rabia, la tristeza, la alegría, el odio, forman parte de nuestro gran repertorio para ser seres humanos ante el mundo y ante nosotros mismos. Son una gran aventura. Aprender el arte de las emociones requiere esfuerzo, requiere paciencia, comprensión y a la vez gallardía.

     En su ensayo Le emozioni ferite el psiquiatra y fenomenólogo italiano Eugenio Borgna considera que las emociones se constituyen como dimensiones esenciales de la condición humana. Dicen todo lo que se desarrolla en nosotros, en nuestra interioridad. Son portadoras de un conocimiento que se experimenta en el corazón, y que la razón discursiva y categórica no logra aprehender. Son una especie de background sobre el que se funda nuestra vida.

     En su experiencia como psiquiatra fenomenólogo Eugenio Borgna ha podido darse cuenta de la necesidad de conocer las emociones, de aprender a interpretarlas para poder articular una forma que aclare el sentido de los disturbios psicopatológicos de la naturaleza humana herida de sus pacientes. Para él los horizontes de sentido de las emociones son ilimitados. Las emociones son formas de conocimiento, de obtener sabiduría sobre qué es esto de ser humanos, por ello, citando a Simone Weil, considera que nunca debemos intentar deshacernos de ellas, sino que debemos acogerlas en nuestro corazón y reencontrar en ellas el camino misterioso y a la vez revelador que nos lleva al interno de este ser mismo que somos[5].

     Por su parte, Ajahn Sumedho, un maestro de la Tradición Theravada del Bosque, en una conferencia titulada «È sempre possibile ricominciare»[6] sostiene que las emociones tienen el poder de ser muy convincentes, -cuando nos enganchamos y nos identificamos con ellas-, pues nos hacen sentir que son reales e imperiosas. Son como un melodrama, mientras se manifiestan aparecen reales y verdaderas. Ajahn Sumedho, sobre tal imperiosidad de las emociones, narra un duro momento de su vida y relata cómo se relacionó con ellas: «En aquella época ya existía en mí aquello que se daba cuenta de ellas, ya se había establecido en mi una sapiencia de las emociones como objetos mentales, y en dicha sapiencia ponía toda mi confianza. Ha estado muy duro, pero tenía mi refugio en el conocimiento (consapevolezza) que se da cuenta de la emoción tempestuosa que lloriquea patéticamente en nosotros. Me confiaba a dicho refugio en vez de al mensaje que las emociones me hacían creer, que francamente encontraba vacíos y sin consistencia».

     La sabiduría, ese conocimiento del que nos habla Ajahn Sumedho, descansa en el instante mismo en que experimentamos emociones, como objetos mentales, cuya naturaleza es su surgir y cesar: su impermanencia. Y ante tal naturaleza cambiante y transitoria nosotros simplemente somos observadores imparciales. Somos como cirujanos de la realidad de nuestro cuerpo/mente, pues intentamos contemplar la realidad de esto que somos desde una mirada «médica».

     A propósito, el filósofo francés Michel Henry en su obra Encarnación. Una filosofía de la carne, sostiene que dicha «mirada médica» es hoy en día uno de los últimos refugios de la cultura, pues desde su inicio la medicina intentó ver en el dolor humano, en las lesiones, en los tumores, no sólo una descripción impersonal, sino también lo que resulta de ello para una carne, para ese Sí viviente, gozoso, y a la vez sufriente que somos, es decir la vida trascendental como constitutiva de la realidad humana[7].

     Dicha «mirada», dicho examinar, es fundamental en medicina, pero también las «ciencias contemplativas» tienen este examinar como algo fundamental. Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, y uno de los más reconocidos científicos occidentales implicados en el estudio de las prácticas contemplativas, sostiene que «si queremos observar los mecanismos más sutiles del funcionamiento de nuestro espíritu, y actuar sobre ellos, es absolutamente necesario que afinemos nuestro poder de introspección. Tenemos que agudizar a la perfección nuestra atención de modo que se vuelva estable y clara. Sólo entonces podremos observar el funcionamiento de nuestra mente, el modo cómo percibe el mundo, y entender de ese modo, la concatenación de las emociones y de los pensamientos»[8], con el fin, en un principio, de familiarizarse con una visión clara y justa de las cosas, y lograr contemplar el aspecto fundamental de la consciencia humana, es decir, un estado, según la sabiduría contemplativa, perfectamente lúcido y despierto que siempre está ahí incluso en ausencia de los objetos mentales de las emociones y los pensamientos.

     En el camino de la sabiduría o del silencio contemplativo nos vamos acercando a comprender y a experimentar las emociones como objetos mentales -surgen y cesan sin engancharnos a ellas-. Desde una mente serena concentramos la paz y la claridad de la mente sobre la observación de las cosas visibles, de los sonidos, los olores, los sabores, las sensaciones físicas, los pensamientos y las emociones que experimentamos. Contemplamos las emociones sean positivas o negativas, agradables o desagradables, las acogemos, no las rechazamos o nos apegamos a ellas. Contemplamos todo. Ajahn Chah dice que dicho proceso es «como si alguien subiese a un árbol de mango, lo moviese para hacer caer los frutos, mientras nosotros debajo los recogemos. Aquellos podridos no los recogemos, recogemos sólo los sanos. No es un trabajo duro porque no somos nosotros quienes estamos subidos en el árbol. Nosotros nos limitamos a recoger los frutos estando debajo de la sombra del árbol»[9]. Riqueza, fama, elogios, felicidad, infelicidad, dolor, alegría, vienen por sí mismos, y nosotros estamos en paz, pues todo lo que experimenta una mente pacífica lleva a una comprensión más amplia. «Nosotros simplemente nos divertimos contemplándolos sin temor».

La imagen es del artista visual Chad Wys publicada en estateunrato.net y el diseño es hecho por el Arquitecto Daniel Ríos Mujica 

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[1] Cf. Cacioppo John and Freberg Laura, Discovering Psychology. The Science of Mind, Wadsworth, Belmont USA, 2013, p. 240.

[2] Cf. Ibid., p. 127.

[3] Cf. Idem.

[4] Cf. Ibid., p. 320.

[5] Cf. Borgna Eugenio, Le emozioni ferite, Feltrinelli, Milano 2009.

[6] Cf. Ajahn Sumedho, È sempre possibile ricominciare, Santacittarama 2014. Traducción del Italiano por Leandro Posadas.

[7] Cf. Henry Michel, Encarnación. Una filosofía de la carne. Ediciones Sígueme, Salamanca 2001, p. 289.

[8] Ricard Matthieu, L’Art de la Méditation, Nil, París 2008.

[9] Ajahn Chah, Una pace incrollabile, Santacittarama 2004. (Traducción del italiano por Leandro Posadas para el presente artículo).

«Redención: ¿Mitología o posibilidad?»

Testa spezzata by Arquifex

Escrito por Leandro Posadas.

«¿Qué harás tú «Dios», si yo perezco?

Yo soy tu vaso (¿si me quiebro?)

Yo soy tu agua (¿si me enturbio?)

Soy tu ropaje, soy tu oficio,

conmigo pierdes tu sentido…

¿Qué harás tú, «Dios»? Temor me embarga».

Rainer María Rilke, Poesías.

     Keiji Nishitani (1900-1990), uno de los principales representantes de la Escuela Filosófica de Kioto, en su libro «La religión y la Nada», afirma que «cada religión, cuando adopta su forma concreta -como una realidad histórica efectiva-, siempre se basa en una visión del mundo, en una ontología»[1]. Es decir, cada religión está sujeta a un Sitz in Lebem (un ambiente vital), y siempre será una visión del mundo, una interpretación de cómo habitar, actuar y «esperar» como humanos. Y por ser justamente eso, una visión del mundo, nunca puede absolutizarse, ni concebirse como forma definitiva.

     Cada año los cristianos en el mundo recuerdan la muerte de Jesucristo, y a propósito de tal conmemoración anual quisiera presentar unas breves reflexiones, traducciones y paráfrasis de nuestro ya citado autor Elmar Salmann, en su libro «Passi e passaggi nel Cristianesimo. Piccola mistagogia verso il mondo della fede» del capítulo ocho titulado «Discesa: il paesaggio divino come spazio aperto», en el apartado «La redenzione: il dramma dell’uomo salva-guardato».

    Salmann comienza dicho apartado haciéndose meditativamente algunas interrogantes: «¿Cuál redención? ¿Cómo hablar sobre la redención sin caer en el fastidio de mitologemas insostenibles? ¿Cómo hablar de culpa, encarnación, pena, rescate? ¿Es decoroso, legítimo, humano, que el posible «Absoluto» permanezca aglutinado en las travesías de una historia no solamente limitada, sino además sucia, equívoca y apasionada? ¿Era necesaria una muerte, una muerte cruel para redimirnos? ¿No hubiese sido mejor un mensaje de solidaridad, un acto de misericordia, un decreto, una intervención menos cruel? ¿Cuál imagen del «Absoluto» y del ser humano se presupone y se crea en este tipo de religiosidad y teología dogmática? ¿Cuál posible «Absoluto» puede satisfacer la razón humana y cuál razón podrá regir y cimentarse sobre las experiencias, las miserias, las torpezas y las glorias de la existencia humana? ¿Cuál posible «Absoluto» podrá estar a la altura de las grandezas y de las bajezas del ser humano?» Es este el problema central del Cristianismo. Para Elmar Salmann sólo un «posible Dios» que pueda tomar sobre sí y transformar las fracturas, la lógica mortal de la vida y de la debilidad merece su nombre: «Dios». Sólo tal «posible Dios» no será inferior a las capacidades humanas de actuar y de sufrir, y podrá satisfacer no sólo la razón, sino también el corazón del hombre.

     La idea central de la visión del mundo del Cristianismo, la creencia en la encarnación del Verbo de «Dios», Jesucristo, no está basada en la idea de un dios eterno, olímpico y remoto que decidió hacerse cuerpo de carne y hacer una visita a la tierra en vestidos humanos. La idea central del Cristianismo, para Elmar Salmann, es por el contrario, que la segunda persona, o «prospectiva integral», es ya en dicho «posible Dios» el principio de expresividad (Logos), de alteridad y de re-duplicación de la misma naturaleza común (imagen), de la correspondencia, principio de respuesta y recensión de correlación (Hijo), y por esto puede asumir la alteridad del mundo, y «la relación creacionística en sí mismo». Todo, según la ontología cristiana, fue creado por vía del Verbo, y este Verbo asume una condición concreta, histórica, falible, para restablecer desde dentro la relación entre «Dios como posibilidad» y el ser humano.

     Para Salmann la capacidad de fallar del ser humano, o lo que el Cristianismo llama pecado, y otras tradiciones espirituales como el Camino del Despierto, el Buda, llaman ignorancia (moha), ha minado la circularidad de la bendición entre el «cielo» y la tierra. Y teniendo en cuenta la corrupción de la libertad humana que ha perdido su orientación y su opción portadora, y observando además, la ruptura de la comunicación y el torbellino mortífero de las venganzas y proyecciones en el que los seres humanos continuamente entramos acerca de nosotros mismos, de los demás, de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestras emociones; de nuestra manera de pensar y de vivir esta capacidad que somos de «ser conscientes de ser sentientes», Salmann considera que en la ontología cristiana era necesaria una «Persona» que pudiese restablecer dicha bendición, dicha libertad comunicativa, es decir la reciprocidad, la racionalidad, la misericordia y la justicia del ser humano.

     Muchos de nosotros leyendo estas líneas podemos preguntarnos ¿Y qué? ¿Para qué tanta palabrería ininteligible sobre un tópico que parece que no nos concierne? Si nos acercamos un poco más y vemos de cerca la historia real de la humanidad, ésta pareciera cimentarse en un culto de aversión continua hacia el sufrimiento y la muerte. (basta salir a las calles de nuestras ciudades y respirar el aire de terror que se inhala en las esquinas acerca de la vejez, la enfermedad, el hambre, la saciedad, el aburrimiento, la soledad, la insatisfacción, la desilusión, y algunas veces también la esperanza, la solidaridad, y el amor).

     En nuestros países la religión se ha convertido en un utensilio, y existe casi exclusivamente para suavizar la verdad más patente de nuestra vida: ¡El sufrimiento! ¡la muerte! ¡La poca capacidad que tenemos para contemplar la realidad con sabiduría! La sociedad actual, ajena a la sabiduría de la vida interior, vive la muerte no como pasaje (¿a «Dios»?), a un espacio de paz; de cambio; de posibilidad de regeneración; sino por el contrario, como final; como abismo; como interrupción violenta; como una suspensión exterminante de una existencia desesperada, pero que paradójicamente se engancha a sí misma. Para una tal visión del mundo, un «posible Dios» resulta irreal o un monstruo; apariencia evanescente o concurrente que se debe eliminar; instancia de usar o fetiche remoto, anónimo y pesante. La lógica de la visión del mundo cristiana habla de la venida y sufrimiento del Verbo, como la posibilidad de salvación para el ser humano a través de un «Dios-hombre» que reúne en sí las voluntades divina y humana, las dos libertades, las dos visiones del mundo. Su kénosis (despojarse), es la posibilidad de experimentarse «Dios» como humano, diría Gianni Vattimo.

     Sé que para muchos seguir hablando de dioses, encarnados o no, es un absurdo, una ideología, una forma de mito que trata de dar respuesta desde la metafísica a las gracias y des-gracias humanas. Y por ello preguntamos a nuestro autor: ¿Por qué dicha muerte violenta y remota nos ha ‘salvado’? La respuesta de Salmann no es del todo satisfactoria, pero podemos leerla, -siempre desde el presupuesto de una visión del mundo no absoluta-, como una lectura inteligente y refrescante sobre un tema difícil de encuadrar en nuestras mentes post-modernas. Salmann responde al respecto, que un acto de amor y de simple solidaridad ante la somnolienta indiferencia humana no era suficiente. Hacía falta además una mirada nueva y una acción inédita: «un humano» que haga más de lo debido, y que atraviese el reino del odio, de la aversión y del rechazo; «un humano» que tome sobre sí la muerte, la violencia y el abuso en nombre de un amor y de una ben-dición inalterable; «un humano» que sepa sufrir y atravesar el impacto trágico-dramático entre «santidad divina» y la odiosa y a la vez deliciosa libertad humana. Según Salmann, es Cristo, quien en la misma cosmología cristiana, asume todas las dimensiones del drama: su callar se hace mensaje, su humildad resulta grandeza, y su gallardo fracaso un querido y comprendido destino. En todo esto, añade nuestro autor, no existe rastro de victimismo, sino una libertad señorial que no se deja desesperar o amargar («Si he actuado mal, dime en qué he faltado, sino, por qué me golpeas… » Evangelio de Juan 18,23). En dicho evento se recrea el espacio de correspondencia entre un |«Dios posible» y el ser humano, entre «Padre» e «Hijo»; y la esencia de la libertad que es poder responder a un «posible Dios» y a los otros, y vivir la unidad entre la misericordia como restitución de la dignidad del otro, y la justicia como rectitud y restauración del sentido de las proporciones. P. Ricoeur, citado por Salmann, considera, que el gesto de Jesús es la conversión de la muerte como asesina en la muerte como oferta: tal sufrimiento liberador presupone y provoca conversión, pues sólo el sufrimiento, según E. Pareyson, sabe descalzar la inmensa fuerza del mal y toma sobre sí toda distancia.

     La ‘potencia’ de «un posible Dios», tan mal entendida en el Cristianismo, no creo sea una potencia absoluta, sino una instancia que sabe de respeto, de amor, de generosidad, de fidelidad; un «poder» que crea incluso una libertad que puede desconocerlo. En este evento se revela un «Dios posible» que es en sí mismo espacio y proceso de reconocimiento y de abandono recíproco y de complacencia en el bien, pues sostiene y eleva la libertad y la dignidad de los demás desde dentro, y sabe salvaguardar las relaciones y la rectitud de cada uno. Cristo como pedagogo y como revelador de la gracia y gentileza divinas rescata al ser humano creyente de los mecanismos del mal e instaura una práxis desprendida y benéfica entre los que creen en su mensaje.

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[1] Keiji Nishitani, La religión y la nada, Ediciones Siruela, Madrid 1999, p. 129.

Neurociencia y contemplación 1° Parte: ¿Cuál es la naturaleza de la mente humana?

By Arquifex - Mind

Escrito por Leandro Posadas.

«Uno de los hechos más poéticos de los que tengo constancia,

al respecto del universo, es que en lo esencial,

todos los átomos de nuestro cuerpo estuvieron antes en una estrella que explotó.

Más aún: los átomos de tu mano izquierda y y los de tu mano derecha,

probablemente, procedían de estrellas distintas».

Lawrence Krauss, Un universo de la nada.

 

     En el prefacio a su libro The Prehistory of the Mind, el arqueólogo Steven Mithen afirma que a lo que hoy entendemos como mente le tomó millones de años evolucionar por medio de un proceso gradual sin una meta o dirección predestinada[1]. Podemos ver dicho proceso en los trazos que nuestros ancestros nos dejaron en herramientas y pinturas en algunas cavernas hace ya más de 2500 millones de años, pero fue sólo hace unos 5000 años que ellos nos dejaron algunos escritos. Por consiguiente, sostiene el Profesor Mithen, para comprender la evolución de la mente y para saber qué es esto que somos debemos obligatoriamente conocer nuestra prehistoria.

     En 1914 el médico y neurólogo Sigmund Freud funda el Psicoanálisis, el cual iba a ejercer una enorme influencia en nuestra imagen como humanos, en nuestras actividades psíquicas y en nuestros productos culturales. En dicha teoría S. Freud postuló la teoría del inconsciente según la cual «el hombre no es, como cree ser, señor de su destino, sino que es gobernado por un conjunto de motivaciones y emociones desconocidas a la consciencia, y su vida consciente es sólo una elaborada racionalización post hoc, con el fin de esconder las verdaderas razones de su comportamiento»[2].

   Hemos «recibido» esta «mente que creemos ser», y con ella centurias de condicionamientos; convencionalismos; teorías acerca de nosotros mismos, de nuestros complejos; ideas; «arquetipos»; modos emocionales de reaccionar, los cuales nos hacen creer que estamos inmersos en un sistema establecido que nos debe llevar a algún destino o lugar preciso. ¿De dónde vienen nuestras ilusiones, ideas, creencias, sufrimientos, concepciones, anhelos, apegos, alegrías, tristezas, deseos? Todo lo que experimentamos surge de «esta mente que creemos ser». Si no existiese esta mente no existirían todas estas formas o fenómenos mentales a los cuales les damos tanto valor e importancia. Tal es la extremada ponderación que les damos que incluso llegamos a creer fehacientemente que nosotros somos nuestras emociones, pensamientos, sensaciones y opiniones.

     No encontraremos un libro que describa con exactitud los detalles de esta experiencia que es ser ser humano, y que cada uno de nosotros «siente», segundo a segundo, a través de cada circunstancia, de cada fracaso, de cada triunfo, de cada anhelo, de cada ruptura, de cada aventura, de cada pensamiento, emoción y sensación. La teoría, la sola erudición no puede estar de la mano con la realidad. La realidad es la que es, y ha existido incluso mucho tiempo antes de la aparición de la mente humana. Hemos «recibido» una mente no «adiestrada». Nos «educaron» para vivir con una mente que gira continua y desesperadamente sobre sí misma, y por eso está lejos de un estado de comprensión clara y de sabiduría real de la misma realidad que nos circunda. No sabemos lo que somos como especie y aún no nos ponemos de acuerdo.

     En Una Pace incrollabile, el humilde maestro del Bosque de Tailandia, Ajahn Chah, le comenta a un monje erudito: «No tengo grandes conocimientos. No he estudiado mucho. Lo que he estudiado es mi corazón y mi mente, y he aprendido de modo natural a través de la experiencia, los intentos y los errores […] Mi práctica era la de observarme a mí mismo: cuando me agradaba alguna cosa contemplaba lo que me estaba ocurriendo y hacia dónde me llevaba dicho deseo. Inevitablemente me empujaba hacia una insatisfacción futura (dukkha). Poco a poco, que la comprensión clara y la presencia consciente se profundizaban, alcancé a conocerme a mí mismo.

     Desde hace varios años existe una especie de «neuromanía», un excesivo y ansioso interés acerca del cerebro humano, de la mente humana, del origen de los pensamientos, de las conexiones neuronales y de su relación con el cuerpo y las emociones. Hoy muchos diletantes del camino interior quieren ser llamados maestros del sonado mindfulnes; un gran número de personas quieren ser llamados consejeros espirituales (coach), incluso coach ontológicos… Llevo estudiando filosofía occidental desde hace más de 20 años, y la misma tradición filosófica, su rigurosidad, seriedad y profundidad no se obtienen en unos breves meses o años. La sabiduría de la filosofía griega antigua no se vende por medio de una «certificación» para aliviar mentes distraídas y no adiestradas, ansiosas por calmar de vez en cuando su brama, pero sin firmes y dignos deseos de acabar con el sufrimiento humano. Mucho menos se podría mercadear con el sagrado silencio, el depósito común de todas las sabias y profundas tradiciones espirituales de este planeta, las cuales desde una observación paciente y meticulosa, nos han enseñado, sesudamente, desde hace siglos, a contemplar (-examinar, observar-), la naturaleza cambiante de esta «mente que creemos ser».

     Sobre el interés en la neurociencia predominan actualmente grandes estudios de reconocidos científicos, los cuales deben ser leídos y asimilados con seriedad, pues un camino interior debe ir de la mano de la ciencia. Por eso la filósofa francesa Simone Weil en su libro La sombra y la gracia sostiene y exige que no deben existir vacilaciones en las ciencias espirituales, ni ninguna vaga aproximación. Pues el Misterio, -y a la vez este misterio que somos-, exige una precisión aún mayor que la exactitud de las ciencias matemáticas[3].

     Al reconocido neurólogo de Cambridge Ramachandran Vilayanur, en su libro The Emerging Mind (2003), no deja de sorprenderle el hecho que toda la riqueza psíquica de nuestra mente, todas las sensaciones, las emociones, los pensamientos, las ambiciones, los sentimientos amorosos y religiosos, e incluso este sí mismo que creemos ser, pareciera ser el fruto únicamente de la actividad de aquellas células gelatinosas al interno del cráneo. Tal sorpresa se justifica teniendo en cuenta que se ha calculado que el número de posibles permutaciones y combinaciones de esa actividad cerebral supere el número de partículas elementales del universo conocido. Y hoy sabemos que nuestra galaxia es sólo una más del total de galaxias del universo observable, que quizá ascienda a 400.000 millones[4].

     La mente según el profesor y científico canadiense Steven Pinker «es un sistema de órganos de computación diseñado por selección natural para resolver los problemas con que se enfrentaban nuestros antepasados evolutivos en su estilo de vida cazador-recolector»[5]. Sin embargo, en su mismo libro How the mind works, Steven Pinker afirma que no comprendemos aún cómo funciona la mente, no tan certeramente, quizá, como entendemos nuestro cuerpo, y no tan suficientemente como para designar la cura de la infelicidad.

     Ajahn Chah, en otra conferencia titulada Leyendo la mente natural[6], si bien no responde con la precisión de la ciencia moderna a la pregunta sobre el funcionamiento de esta «mente que creemos ser», si nos expone, cómo él desde su tradición, se ha relacionado con el fenómeno de ser consciente de ser sentiente, es decir de ser mente. Para su tradición, hay un estudio de la mente que lleva a la sabiduría, o a la felicidad entendida como un «estado de sabiduría», a diferencia de los serios y agudos estudios científicos cuyo objetivo pareciera estar muy lejos de la naturaleza misma de la mente. Pues para la neurociencia contemplativa dicha naturaleza profunda es la sabiduría de estar y ser, aquí y ahora, desde la paz.

     El tipo de compresión que viene de observar la mente con sabiduría lleva a capitular, a rendirse, a dejar ir. Hasta que no hay una capitulación total, perseveramos, persistimos en nuestra reflexión, en nuestros psicologismos, en nuestros modos de ver y comprender erróneamente la realidad, y a la vez comprendernos erróneamente a nosotros mismos. En la práctica del silencio no somos indiferentes ante el surgimiento de deseos, ira o disgusto en nuestra mente. No los ignoramos, sino más bien los tomamos y los investigamos para ver cómo surgieron y de dónde vienen. Si este tipo de estados de ánimo están ya en nuestra mente, entonces los contemplamos y vemos cómo funcionan en nuestra contra. Los vemos con toda claridad, y entendemos las dificultades que nos causamos a nosotros mismos al creerles y subordinarnos a ellos. Este tipo de entendimiento se encuentra en la naturaleza misma de la mente. No lo van a encontrar en ninguna otra parte.

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La imagen dentro de la esfera es de Chad Knight, un artista estadounidense, pero el diseño del blog y de todas las imágenes es de Daniel Ríos Mujica.

[1] Mithen Steven, The prehistory of the Mind. A search for the origins of art, religion and science, Phoenix Paperbacks, London 1998, p. 1.

[2] Ramachandran, Vilayanur, Che cosa sappiamo della mente, Mondadori, Milano 2004, p. 9.

[3] Salmann, Elmar, Scienza e spiritualità. Afinità elletive, EDB, Bologna 2009, p. 15.

[4] Krauss Lawrence, Un universo de la nada, 2015, p. 19.

[5] Pinker S., How the mind works, Penguin Books, England 1997, Prefacio X.

[6] Cf. https://budismoteravada.wordpress.com/2014/10/04/platica-leyendo-la-mente-natural-ajahn-chah/