«EL AMABLE DESARME DEL YO»

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De la posibilidad de una vida espiritual postmoderna

Escrito por Leandro Posadas.

     El escritor coreano-alemán Byung-Chul Han[1], afirma al inicio de su breve, pero brillante obra La sociedad del cansancio, que toda época a lo largo de la historia humana ha tenido sus enfermedades emblemáticas, y al igual que los tiempos pasados, nuestra sociedad también tiene una pandemia que ha infectado a cada uno de los humanos del siglo XXI. El autor la llama la violencia neuronal, -que da lugar a infartos psíquicos-, la cual a diferencia de la época bacterial que descubrió los antibióticos, aún no ha descubierto su «antídoto». La bipolaridad, la depresión, el trastorno por déficit de atención (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP), el síndrome de desgaste ocupacional (SDO); y la angustia, según Han, definen el panorama patológico de comienzos de este siglo[2]. Tales perturbaciones son provocadas por el exceso de positividad, de una especie de violencia de positividad que resulta de la super-producción, del super-rendimiento, y la super-comunicación sistemáticas como aspectos inmanentes de la violencia sistémica que ha creado una sociedad en función del rendimiento, cuyo lema es: «Yes, we can!», como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardo-moderna. Para el sistema de rendimiento la positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del imperativo del deber[3]. Ante una sociedad donde nada es imposible el sujeto de rendimiento se encuentra en una guerra consigo mismo, y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada, desprotegido frente al exceso de positividad, de estímulos, de información e impulsos, lo cual modifica, según nuestro autor, la estructura y economía de la atención, dando lugar a una percepción de la realidad fragmentada y dispersa[4].

     En vez de una atención profunda y contemplativa ante la realidad que surge a cada momento a nuestro entorno y en nosotros mismos, -y que origina el recogimiento para lograr el pacífico desprendimiento-, nos vemos obligados a una desenfrenada y neurótica hiperatención frente al exceso de información y agitación.

     Llama la atención que este autor en su obra recurra a nociones como contemplación, espiritualidad, para hacer ver la aceleración neurótica en la que vive el hombre contemporáneo. Para él, aprender a mirar constituye la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad[5]. Y a diferencia de esta primera enseñanza, reaccionar sin observar -sin discernir-, reaccionar inmediatamente a cada impulso, es siguiendo a Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento. La espiritualidad en lugar de exponer la mirada a merced de los impulsos externos, la guía con soberanía.

     La hiperactividad lleva al ser humano a una hiperpasividad: estado en el cual uno sigue sin oponer resistencia cualquier impulso e instinto. Los hiperactivos ruedan como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica, incapaz de detenerse. Paradójicamente, afirma Han, es por la misma capacidad de no percibir (-no estamos totalmente expuestos a todos los impulsos e instintos atosigantes-), que existe la posibilidad de una «espiritualidad»[6]. Refiriéndose a una espiritualidad como la propuesta por el Budismo Zen, en la cual se propone la «negatividad del no» como rasgo característico de la contemplación, y fundamento para alcanzar un punto de soberanía en sí mismo, frente a la positividad del mundo actual. Y para nosotros referida esta «negatividad del no», a todas aquellas tradiciones, orientales y occidentales, que logran intuir sabia y pedagógicamente la naturaleza de lo que nosotros llamamos yo e identidad.

     En la última parte de su obra titulada propiamente La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han afirma con Maurice Blanchot que el cansancio tiene un gran corazón. Para Byung-Chul Han la sociedad del rendimiento como sociedad hiperatenta e hiperactiva está convirtiéndose en una sociedad de dopaje que permite mayor rendimiento y mayor funcionamiento sin alteraciones, y a diferencia de un cansancio curativo y revitalizante, la sociedad de rendimiento produce un cansancio a solas que aísla y divide, y que genera la incapacidad de mirar contemplativamente, pues todo es visto desde la supremacía del yo. El «cansancio fundamental» es para Byung-Chul Han una facultad especial que inspira y deja que el espíritu surja, pues se deja ir todo aquello que es siempre considerado producto, ganancia, eficiencia, mercadeo, utilidad. Es un cansancio despierto que permite el acceso a una atención totalmente diferente, de formas lentas y duraderas que se sustraen de la rápida y breve hiperatención, y que al final afloja la atadura de la identidad[7].

_____________

[1] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, 2012, p. 6.

[2] Cf. Ibid., p. 8.

[3] Cf. Ibid., p. 17.

[4] Cf. Ibid., 21.

[5] Cf. Ibid., 33.

[6] Cf., Ibid., 37.

[7] Cf. Ibid., 47.

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Un comentario en “«EL AMABLE DESARME DEL YO»

  1. Reblogueó esto en Ramón Morales Castely comentado:
    Vaya, esto pone perfectamente en palabras lo que he vivido durante años, desde mi adolescencia, como persona que sufre depresión endógena:

    “Ante una sociedad donde nada es imposible el sujeto de rendimiento se encuentra en una guerra consigo mismo, y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada, desprotegido frente al exceso de positividad, de estímulos, de información e impulsos, lo cual modifica, según nuestro autor, la estructura y economía de la atención, dando lugar a una percepción de la realidad fragmentada y dispersa.”

    ¿Y no será nuestro cansancio, nuestro abatimiento, nuestro ensimismamiento (el de la depresión endógena) una respuesta a esa guerra interior generalizada, a esa carrera ciega y sorda, a esa competencia interminable donde sólo las personas neurotípicas y las más “positivas” tienen chance de triunfar? ¿No será la depresión una forma en que la sanidad de la vida le indica a ciertos individuos que todo esto está mal, que la humanidad es un caballo desbocado, un tren sin frenos, que algunos –por lo menos algunos– deben detenerse? El problema es que la necesidad de detenerse se convierte a veces en suicidio, y éste es nuestro peligro, nuestra peor tentación.

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