NUESTRO «SER PARA LA MUERTE» Y LA POSIBILIDAD DE LA EXISTENCIA AUTÉNTICA

Hojas que menguanContemplando la pira funeraria de su culta y sabia madre, un niño recordó una de sus últimas conversaciones con ella: «Querido Hijo, no me queda mucho tiempo en este mundo, le dice la madre. Y él le responde: Madre por favor no hables de algo tan triste. Ella le comenta: mucha gente cree que si pones tu fe en algún dios irás al paraíso después de morir. Me pregunto si es posible llegar al paraíso. Y el niño le responde: no sé la respuesta, pero creo que no tiene sentido llegar al paraíso después de la muerte. La madre le dijo: ¡el único paraíso es mi tiempo aquí contigo. Aquí y ahora es el paraíso! Tienes razón Madre, debemos crear el paraíso aquí en la tierra. Y ella reflexiona: ¿si es éste el paraíso porqué la gente lucha y sufre y no puede escapar de la muerte? Hijo mío quiero que encuentres una forma de escapar de todo sufrimiento. Tu madre esperara para siempre que la encuentres». Ese niño era Dogen, el fundador del Budismo Soto Zen.

En este escueto artículo deseo hablar de dos aspectos que poco nos entusiasman: el tema de la muerte, y la razón por la cual estamos aquí en esta vida. Años antes de su muerte otro gran maestro, más cercano a nosotros en el tiempo, Ajahn Chah, un hombre profundamente compasivo y alegre, nos dejó una bella reflexión sobre el porqué estamos aquí. Claramente que estas reflexiones no abarcan enteramente ni consuman un tema tan delicado y tan cercano a cada uno de nosotros como es el tema de la muerte, pero nos incitan y advierten sobre las condiciones que estamos creando, sobre las decisiones que estamos tomando, sobre los deseos que estamos satisfaciendo, sobre las relaciones que estamos teniendo y cultivando, sobre las cosas que estamos adquiriendo en función de este aquí y ahora que se nos ha dado como don, y que para muchos ha llegado a ser un gran tormento.

Cuando nacemos dice Ajahn Chah traemos al mundo algunas inherencias propias de nuestra naturaleza, traemos la vejez, la enfermedad y la muerte. Venimos con un paquete completo para trabajar y obtener sabiduría. Y ante una gran sala de practicantes afirmó: cada uno de nosotros somos sin excepción «trozos en deterioro». Somos la confluencia de los cuatro elementos: tierra, agua, aire, fuego, y a dicha confluencia compuesta la llamamos «persona». Nos cegamos con ello diciendo es masculino, es femenino, es rico, es pobre, es bello, es feo, es heterosexual, es homosexual… Si realmente miramos dentro de cada uno de nosotros no hay nadie allí: somos huesos, fluidos, carne, gases, células, pensamientos y emociones fugaces, y muchas meses triviales y frívolos. Llevamos a cada momento la posibilidad de la sabiduría al poder contemplar con sabia atención nuestro cuerpo/mente, y sin embargo rechazamos «ipso facto» el hecho de la muerte: esto muestra en la mayoría de los casos un desconocimiento profundo sobre nosotros mismos. Estamos siempre mirando hacia fuera. Y este gran maestro tajantemente afirmó: la gente, para ser honesto, da lastima, pues están muy ocupados mirando hacia afuera ¡NO TIENEN REFUGIO!

En la misma reflexión hace mención a los cinco temas básicos durante la ordenación de los monjes budistas: cabello, uñas, dientes, vello y piel. Aprender realmente a ver tal cual es cada una de estas partes del cuerpo: partes que no son bonitas e imaginamos que lo son, que no son substanciales, pero imaginamos que lo son. Estamos enganchados con estas cosas imperfectas y transitorias, basta mirar en los perfiles de las redes sociales de millones de personas para darse cuenta de tal enganche. Tendemos a pensar que estos cuerpos nuestros, hoy fuertes, bonitos, encantadores no enfermarán jamás, no envejecerán jamás, y no morirán jamás. Estamos encantados y engañados por el cuerpo, y somos ignorantes de nuestro verdadero refugio. Ajahn Chah nos exhorta a buscar nuestro refugio, a encontrar nuestro verdadero corazón, pues nuestra condición como seres humanos es muy inestable e impermanente (inevitablemente somos separados de todo lo que valoramos, de todo lo que amamos, incluso de nuestro cuerpo). Y si no hemos transformado nuestra mente, no hemos creado condiciones de sabiduría y claridad, nos quedamos enganchados. Y creamos una personalidad a partir del «enganchamiento». Somos nosotros los que estamos haciendo las elecciones a cada momento.

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