MÁS ALLÁ DEL DESEO Y DEL MIEDO EXISTE LA POSIBILIDAD DE AMAR 3ª PARTE

UniónPara los maestros del Budismo Theravada del Bosque ese «anhelo profundo de intimidad» existe en nuestra mente dividida, en nuestro corazón dividido. Se nos ha enseñado que esta «cosa del amor» es tremendamente importante. No nos damos cuenta que tenemos una consciencia dividida: creemos profundamente en correcto e incorrecto, en bueno y malo, en felicidad e infelicidad. Tenemos la capacidad de juzgar cómo deberían ser las cosas y cómo no deberían ser. Una voz en nuestro interior nos dice: «necesitamos intimidad con otro ser humano; no puedo vivir sin dicha intimidad…» Somos nosotros los que establecemos las condiciones para que el miedo y el deseo surjan en nuestras relaciones con los demás. Es indispensable ser conscientes de ello.

Es posible que si hay ausencia de amor en nuestras vidas tratemos con nuestras mentes divididas de amar más. Cuando observamos LO QUE ES sin ninguna idea de lo que debería ser distinto, podemos detectar esta tendencia nuestra a dividirnos de lo que es. Seremos capaces de amar si abordamos nuestras vidas desde LO QUE ES COMO ES, cultivando continuamente la atención individida en el momento presente, de la que hablamos en el primer artículo sobre este tema. Lo importante, lo realmente importante no es nada más la voluntad de controlarse o desengancharse de la división, porque si la voluntad carece del compromiso en el nivel emocional, si se desconocen las ideas y necesidades inconscientes, no tendremos la capacidad para liberarnos de ella verdaderamente. Lo que a nosotros nos toca es ESTAR OBSERVANDO SIEMPRE, y cultivarse en el adiestramiento de «aprender a ver» en los dos niveles: el intelectual y el emocional: nuestras ideas acerca de las cosas, de las personas, de las circunstancias, pero también qué es lo que sentimos acerca de las cosas, acerca de las personas, acerca de las situaciones interiores (y exteriores) que ocurren en nuestro cuerpo-mente.

Alguien claramente podría objetarme afirmando que el amor es legítimo, que la intimidad es fundamental en nuestras vidas. Que nuestro sistema cerebral está estructurado para ser «afectado» por otros, que el tálamo nos posibilita para amar. Pero de lo que estoy tratando en este artículo es acerca de la relación del «amor» humano y la inercia del «a mi manera», es decir del hábito egoísta de aferrarnos, de poseer, de solidificar cada una de nuestras experiencias, de tomar partido, solidificando, rechazando o deseando, por nuestros condicionamientos, cada una de las personas y circunstancias que pasan por nuestras vidas.

Si estamos «enamorados» y cultivamos la atención individida en el momento presente, entonces tal vez no dividamos nuestro corazón y nuestra mente tratando de aferrarnos a esa experiencia. Tal vez no la echaremos a perder y podamos amar, deleitarnos y fortalecernos, e inclusive es posible que nos transformemos con la intensidad de dicha experiencia. De lo que estoy tratando en esta entrada es sobre nuestra misma capacidad de contemplarnos, desde un saber desde dentro, desde una percepción directa de la realidad interna, no mediada por procedimientos racionales, precomprensiones culturales, hábitos, condicionamientos y mecanismos aprendidos, sino desde una atención individida sobre nosotros mismos: «contemplar nuestra propia pureza es poder observarlo todo: paz, agitación, apego, dolor, deseo, alegría, rechazo, amor, odio, gozo, celos, envidia, placer, desde la sabiduría y comprensión clara de que todo surge, y después de un tiempo, desaparece». Incluso el enamoramiento como ese estado transitorio de imbecilidad, como lo llamó Ortega y Gasset, surge y desaparece, pues bioquímicamente no se puede mantener por mucho tiempo: ES LO QUE ES, TAL CUAL ES, por mucho que deseemos que dure eternamente se irá, y depende de nosotros construir nuestras relaciones humanas y emocionales desde la sabiduría, la ecuanimidad, la observación y la comprensión clara.

La inercia de «a mi manera», de querer que las cosas sean como nosotros queremos que sean, que las personas sean como nosotros queremos que sean, es un mecanismo automático que hace que nuestra atención en lugar de ensancharse, se haga más estrecha, más limitada y en lugar de abrirnos a la maravilla de la experiencia y simplemente ser la experiencia, nos dejamos arrastrar por la fuerza de la inercia y concluimos que dicha experiencia debe ser nuestra, debemos poseerla.

Tomando nota de tal mecanismo, no para juzgarlo, sino para estudiarlo y observarlo, lo reconocemos como un hábito, pues no es una necesidad, sino un hábito muy arraigado en los seres humanos el querer aferrarse al placer, y terminamos reducidos alrededor de un deseo. Y al aferrarnos surge el miedo de no poder lograr quedarnos «para siempre» con dicho placer. Lo triste de todo esto es que al engancharnos con el deseo de que dure y el miedo de que no dure, perdemos la capacidad de amar en su forma natural, perdemos su pureza.

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