LA «CEGUERA DEL ‘AMOR’» DESDE LA VISIÓN DEL CAMINO ESPIRITUAL 1ª PARTE

Siempre había pensado que el mayor negocio del planeta era el consumismo, o la maquiavélica idea de generar «falsas necesidades» en los seres humanos para comprar y malgastar desesperadamente. Después de observar con más atención me percato que es el «amor» el «objeto» de mayor negocio del planeta. La mayoría de los seres humanos andamos huyendo de la soledad, ansiando compañía, es decir huyendo de la desdicha y ansiando desesperadamente la tan ansiada felicidad. Somos adictos a las sensaciones que los demás pueden producir en nosotros. Podemos, si no logramos tener un visión clara de la realidad interna y externa, convertir a los demás en objetos de nuestras adicciones emocionales y psicológicas.

En la antigüedad, en sentido simbólico, Amor, «el más bello entre los dioses inmortales», nació de Poros, el dios de la oportunidad y de Penía, la diosa pobreza, por ello está siempre insatisfecho en búsqueda de su objeto y lleno de artimañas para alcanzar sus fines.

Desde la visión científica sabemos que «nuestras pasiones y nuestros deseos son una creación del cerebro: ambos nacen en un pequeño anfiteatro de tejido, conocido como sistema límbico. A través de dicho sistema el frío mundo de la realidad es transformado en un calderón burbujeante de sentimientos humanos»[1]. Gracias a esa parte del cerebro llamada tálamo, como centro retransmisor del cerebro límbico, tenemos la capacidad de ser afectados por la realidad, por los demás, por las circunstancias, y hacer de la «taleidad» un «espacio-tiempo» creativo, dinámico y fresco, o por el contrario un «aquí-ahora» infernal, asfixiante y muchas veces torturante.

11248302._SX540_Para los maestros espirituales orientales[2] el amor verdadero ocurre en nuestro corazón cuando todo miedo se ha desvanecido. Se da en la ausencia de un corazón empequeñecido, encogido y reducido. Sólo desde una «atención individida» de sí mismo puede darse el amor responsable. La atención individida significa que debemos tratarnos a nosotros mismos con corazón ecuánime, es decir no estar fraccionado a favor de algunas de nuestras experiencias y en contra de otras; habernos desasido de la compulsión de estar condicionados por el deseo o el rechazo en nuestra comprensión de la realidad.

Alguien podría preguntarse si es posible amarse con y desde un corazón individido, si existe el corazón individido. Y probablemente aquellos que han iniciado el camino de la transformación interior han tenido la oportunidad de encontrarse con personas que han unificado su ser, que no viven sujetos al vaivén de las circunstancias exteriores y de los estados de ánimo, y que pueden ver a los demás desde el amor verdadero: viendo la realidad tal cual es, desde una sabia y amorosa indiferencia. A nosotros nos toca trabajar e ir haciendo posible en nuestro ser la atención no dividida. En un primer momento nos damos cuenta de lo difícil que es no estar divididos. Pero gracias a ello podemos investigar nuestro estado de división: ¿dónde y cuándo es que la atención se divide? Estar conscientes de él, enfocarlo y hasta familiarizarnos con su dinámica. Al hacer esta investigación comenzamos a darnos cuenta que podemos deshacer la compulsión de estar divididos. Divididos en nuestra visión y concepción sobre nosotros mismos, sobre nuestra comprensión acerca de quiénes somos, cómo somos; acerca del ideal que queremos presentar ante los demás. Nuestra adicción acerca de la comprensión sobre los demás y de nuestra arraigada fantasía de querer que los demás sean como nosotros queremos que sean. Divididos ante la adicción de que las cosas y las circunstancias exteriores sean como nosotros queremos que sean; no dejar que surjan tal cual son, sin identificarse con ellas, sin tomar partido.

Esta atención dividida trae mucho miedo a nuestras vidas, porque si no logramos que nosotros mismos, los demás, las circunstancias sean tal cual como nosotros deseamos que sean surge el temor de perder el control, de perder autoridad ¿De dónde surge esta arraigada tendencia de solidificarnos, de paralizar nuestra comprensión de la realidad, de hacernos adictos de nuestros fenómenos mentales? Los maestros hablan de la herida de la separación.

[1] Cf. Beauport, E., Las tres caras de la mente, Alfa, Caracas 2008, p. 109.

[2] When we fall in love de Ajahn Munindo: Fuente  https://budismoteravada.wordpress.com/

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