GREGORIO DE NISA: «SOMOS ESENCIALMENTE PAZ Y POSIBILIDAD DE COMPRENDERNOS DESDE NUESTRA IMAGEN DIVINA»

Gregorio de Nisa
San Gregorio de Nisa (Icono)

En este fugaz artículo deseamos presentar algunos aspectos de la espiritualidad cristiana en San Gregorio de Nisa (el Niceno), quien fue uno de los maestros espirituales más profundos del Cristianismo primitivo, por lo cual fue denominado «fundador de la teología mística cristiana» (H. Grouzel).

Gregorio de Nisa nació en el año 335. Fue hermano de Basilio Magno y amigo de Gregorio Nacianceno, quienes fueron llamados posteriormente «Padres Capadocios», por el alto nivel espiritual y teológico de sus escritos en los primeros siglos del Cristianismo. Fue profesor de retórica y un gran conocedor de la filosofía platónica y de los clásicos griegos. Optó posteriormente por la vida monástica y se retiró al monasterio de Iris en el Ponto, un oasis de reposo, meditación y estudio. Durante su período monástico se dedicó a la oración, al estudio de las Sagradas Escrituras y a los escritos de los maestros, en especial de Orígenes, de quien recibió una marcada influencia. En el 372 es elegido obispo de Nisa, pero debió abandonar la sede debido a sus pocas aptitudes para el ejercicio de la política eclesiástica. Fue testigo de la ortodoxia oriental en el Concilio de Constantinopla en el 381. Entre sus obras destacan los escritos exegéticos, los comentarios a la Sagrada Escritura y sus obras espirituales y ascéticas. Murió probablemente en el año 385.

En su «Homilía sobre las Bienaventuranzas», Gregorio de Nisa nos introduce en la práctica cristiana de la transformación interior. Para el Niceno aprender intelectualmente acerca de Dios no tiene ningún valor, es como si aprendiésemos todo acerca de la salud física, y seguidamente comiésemos alimentos que producen «humores malignos y enfermedades». Del mismo modo en las Bienaventuranzas Jesús llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo «poseen en sí mismos».

Para Gregorio «Dios» puede ser hallado en el corazón mismo del ser humano, pues de acuerdo a lo que Jesús dijo en el Evangelio: «el Reino de Dios está dentro de nosotros», se puede afirmar que aquel que tiene el corazón limpio («puritas cordis») de todo afecto desordenado; de todo condicionamiento mental; de todo punto de vista erróneo acerca de la realidad en general; de todo enganchamiento a los estados de ánimo y a las emociones, contempla en su misma belleza interna la imagen de la naturaleza divina. ¿Pero cómo puede el ser humano purificar su corazón de todo afecto desordenado; de todo «logismoi» (de los que hemos hablado en entradas anteriores); de todo enganchamiento que nubla la posibilidad de ver con perspectivas amplias el sentido de su vida? En la misma homilía, Gregorio responde exhortándonos: «¡Oh ustedes, seres humanos, en quienes se halla algún deseo de contemplar la felicidad verdadera! cuando escuchen que el misterio de Dios es insondable e inexplicable para el ser humano, no caigan en desesperación, pues si se esmeran con una ‘actividad diligente’ en limpiar sus corazones de la basura con la que los han ensuciado y ennegrecido, volverá a resplandecer en ustedes la hermosura divina».

Cuando el ser humano a través de una ‘práctica diligente sobre su mente y su cuerpo’ ‘vuelva a «darse cuenta» de su misma profundidad podrá contemplarse a sí mismo desde la ecuanimidad, desde la paz, desde la bondad, desde el amor, y al mismo tiempo podrá observar, sabia y amorosamente indiferente, la realidad y a cuantos lo rodean. Seguidamente, continua el Niceno: «el ser humano que ha purificado su corazón podrá verse a sí mismo tal cual es en verdad, y en sí mismo podrá ver su deseo más eficaz, pues al contemplar su propia naturaleza como intrínsecamente armónica y pacífica será dichoso por la agudeza y claridad de su mirada y será poseedor de Dios («Capax Dei»)».

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