SIMONE WEIL: «EL DIOS CRISTIANO HA RENUNCIADO A SU PODER PARA ESTAR PRESENTE DESDE LA AUSENCIA»

Simone Weil (1909-1943)
Simone Weil (1909-1943)

Quisiera presentar en este breve artículo algunas ideas sobre la concepción de «Dios» desde una de las obras póstumas de «la culta joven hebrea que enseñaba filosofía», o como la ha llamado Georges Hourdin, «la profeta y testigo del Absoluto», Simone Weil, titulada «La Pesanteur et la Gràce» (1948), la cual ha sido traducida al español como «La sombra y la gracia». Dicha obra es una colección de meditaciones, pensamientos, aforismos y sentencias que la autora definió como “investigaciones espirituales”. Yo haré referencia a dos cortos capítulos de la obra: 1º) «Aquél que debemos amar está ausente»; y 2º) «el ateismo purificador».

 La profesora Emilia Bea Pérez, quien es una investigadora de la obra de S. Weil, y ha escrito varios libros y artículos relacionados con el pensamiento weiliano, en una de sus obras «Simone Weil: La memoria de los oprimidos» (Encuentro, Madrid 1992), nos indica que la «metafísica filosófica» de Simone Weil dista mucho de las concepciones metafísicas, teológicas y antropológicas dominantes en nuestro ámbito cultural. Como lo veremos más adelante.

Simone Weil (1909) fue una filósofa francesa, quien trabajó como obrera, y fue una pacifista radical y a la vez una revolucionaria, y tuvo relación directa con grandes personajes de la época de la II Guerra Mundial. Murió de tuberculosis en Inglaterra el 24 de agosto de 1943.

Para Simone Weil, «Dios» puede estar presente en la creación sólo en la forma de la ausencia. Un «Dios» ausente es el único «Dios» verdaderamente presente, pues la ausencia aparente de «Dios» es su realidad. Un «Dios necesario» para el ser humano, un «Dios consolador» para el ser humano, es un ídolo según el pensamiento weiliano. La religión ha reducido a «Dios» a mera utilidad y consuelo para el ser humano. Pensar en un «Dios utensilio», es pensarlo desde nuestras medidas y destinarlo sólo a nuestro consuelo. Para Weil, paradójicamente, el ateo está más cerca de «Dios» que el creyente, pues no creer en «Dios» es el primer grado de verdad como condición para no creer en ningún tipo de «dioses». La necesidad, según Weil, como norma para creer en «Dios» no es un lazo legítimo entre el ser humano y «Dios», sino mera idolatría, pues «Dios» no puede ser para el corazón humano una razón de vivir como el tesoro lo es para el avaro. Podríamos afirmar con Simone Weil que el espíritu de verdad está actualmente casi ausente de la vida religiosa cristiana.

Simone Weil
Simone Weil

Pareciera que para los occidentales la religión es sólo una especie de seguro de vida eterna, construido desde el miedo, pero también desde no saber vivir la vida misma tal cual es. La religión cristiana en su puesta cultual nos ha enseñado a ser intrínsecamente dualistas, es decir, vivir desde el mecanismo dramático del «desear» y «rechazar». Invocamos a Dios para que nos solucione los problemas, a veces efímeros, sin darnos cuenta que el Dios de los cristianos no es un Dios manipulable, no es un Dios hecho a nuestras medidas y pretensiones. La solución de Weil ante tal mecanismo es proponer un «Dios ausente» un «Dios apofático», un «Dios» que está más allá de nuestras reducidas perspectivas de la realidad de nuestra vida. Vida que ha estado domesticada por un sistema de valores que tratan de mantener un orden determinado para el beneficio material de unos pocos y el sufrimiento de muchos. Al final de cuentas, favorecidos y oprimidos estamos sumergidos en un patético cuadro banal e insustancial disfrazado de colores de firmeza, estabilidad y permanencia. Cuesta mucho «darse cuenta», y ser fiel y constante en ese «darse cuenta».

En Cristo, según Weil, «Dios» ha renunciado a su poder y a su total arbitrio sobre la humanidad para que el ser humano creyente, desde una «sabia ignorancia», se percate de que en la «Encarnación» y en la «Pasión» como acto de amor infinito, «Dios», nunca más el Zeus de los griegos o el Júpiter de los romanos, se ha anonadado y se ha transformado en el mendigante que espera a la puerta del corazón. El ser humano a imitación de esta abdicación divina debe renunciar a sí mismo a través del proceso de recreación, debe hacer desaparecer la propia individualidad y no ser más que pura transparencia de lo «impersonal».

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