LA HISTORIA COMO «PARADOJA TEÁNDRICA»: PEDRO ABELARDO Y BERNARDO DE CLARAVAL 3ª PARTE

Detalle de la Tumba de Abelardo y Eloísa en el Cementerio de Père-LaChaise en París
Detalle de la Tumba de Abelardo y Eloísa en el Cementerio de Père-LaChaise en París

Tanto Bernardo de Claraval como Pedro Abelardo representan, realmente, dos tendencias que son características, cada una, de su propio ambiente: aquel del «claustro» y aquel de la «escuela urbana». En las «escuelas urbanas» se interrogaba sobre los problemas de la naturaleza abstracta y secundaria, mientras los autores monásticos no intentaban crear problemas, sino que trataban de contemplar «el misterio».

El método de Abelardo encuentra su aplicación en el estudio de las principales cuestiones dogmáticas. En sus investigaciones sobre el dogma trinitario, por ejemplo, Abelardo declara de buscar las «semejanzas de las razones humanas con los problemas de la fe», pero el método, para Bernardo de Claraval y Guillermo de Saint-Thierry, otro monje intelectual de la época, se revela arriesgado. Abelardo, en su defensa, sostiene que su finalidad es hacer comprensible el dogma mediante la comparación con verdades observables y comprobables de la naturaleza. Su procedimiento no es el de tratar de dar demostración del dogma, sino tratar de presentarlo de modo inteligible a los filósofos y que pueda, luego, ser justificado frente a los posibles ataques. Se trata, simplemente, según Abelardo, de mostrar como se puede entender justamente la naturaleza de sus distinciones como naturaleza divina. Para Bernardo las fórmulas de Abelardo son ambiguas y fundadas sobre un conocimiento elaborado con poca claridad. De allí la diferencia más profunda entre Bernardo y Abelardo. Ambos tienen una misma orientación hacia la identidad de la Trinidad, hacia el Verbo Encarnado, hacia el don reciproco de ambos, que es Su Espíritu. Pero a Bernardo no le basta el empeño de promover un progreso objetivo de conocimiento. Él busca un conocimiento amoroso. Indica y pone en tela de juicio una interpretación del conocimiento de la fe limitado sólo al aspecto intelectual. Bernardo en cada uno de sus escritos y sermones ora, y enseña las verdades de fe, orando.

En este drama humano, intelectual, no entraron en juego, como nos lo indica Jean Leclercq, solamente datos doctrinales, sino muchos otros elementos de política eclesiástica, debidos a influencias ejercidas en la Curia Papal, a favor o en contra de Bernardo, a favor o en contra de Abelardo. Sobre tal drama, incluso hoy, resulta prematuro querer dar un juicio definitivo. El mismo autor nos invita a estar atentos y no idealizar, y no subvalorar las actitudes de Bernardo y Abelardo frente a la verdad de la fe que ellos creyeron, desde su mismo contexto, como la fuente y el origen de sus seres. Ambos poseían su grandeza y su limitación. La «paradoja teándrica» de dicho drama es que ellos representan y se completan como síntesis vital. De un lado y de otro los límites derivan de sus condiciones culturales, y del estadio de evolución del pensamiento de su época.

Bibliografía: JEDIN, H. (ed.), Storia della Chiesa. Civitas medievale. V/2., Milano 1993; M.D. KNOWLES (ed.) Nuova Storia della Chiesa. II. Il medioevo, Milano 1973; G. SERVUS (ed.) Storia della Chiesa vol. XIII, Il movimento dottrinale nei secoli IX-XIV, Torino 1965; E. GILSON, La filosofia del medioevo, Milano 2000; G. BALLANTI, Pietro Abelardo. La rinascita del XII secolo, Firenze 1995; M. COSTANTE, Medievali e Medievisti, Milano 2000; J. LECLERCQ, Esperienza spirituale e teologia, Alla scuola dei monaci medievali, Milano 1981.

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