JUAN DE LA CRUZ: APRENDER A OBSERVARNOS Y A DESNUDARNOS «EN LA NOCHE DE LOS SENTIDOS»

Aprender a 'ver' en la 'noche de los sentidos'
Aprender a ‘ver’ en la ‘noche de los sentidos’

Llama Juan de la Cruz «noche» a la privación del gusto en el apetito de todas las cosas, y coloca el ejemplo de dicha privación en cada uno de los «seis» sentidos, los cuales privados de sus objetos de placer o deleite, «quedan a oscuras y sin nada» («Subida» Lib. I, 3,1). El autor considera que los espirituales deben lograr una especie de «vacío sensorial», pues de ese modo, descubrirán, que más allá de oler, oír, gustar, sentir, ver y pensar, el alma ya no está atada a los objetos de dichos sentidos, los cuales turban el espíritu humano y nublan su capacidad espiritual. Juan de la Cruz no trata aquí de la renuncia a los objetos exteriores, sino de la renuncia del gusto por ellos, es decir, de la capacidad de entrenar nuestra voluntad para que no esté sujeta y esclavizada a los deleites y consiguientes padecimientos que la «exterioridad» trae consigo. Utilizando otra formula, podríamos afirmar, que dicho «vacío o desnudez sensorial» no significa que no debamos poseer nada, sino que las cosas no nos posean a nosotros, ni siquiera nuestros propios estados de ánimo. Se trata pues, de la «desnudez del gusto». Esta primera manera de desnudez, la considera el autor como la renuncia de la parte «sensitiva», por la que debe pasar el espiritual para ir a la «unión con Dios».

Sin embargo, no es nada más la voluntad de controlarse o desengancharse de los gustos y deleites de los sentidos, porque si esa voluntad carece del compromiso a nivel emocional, si se desconocen las ideas y necesidades inconscientes por las cuales somos adictos a lo «temporal», no tendremos la capacidad para liberarnos de ellos verdaderamente.

En «Subida» Lib. I, Cap. 4, 1 y Cap. 11, 1. 4, Juan de la Cruz detalla el por qué de la apremiante necesidad de pasar por la mortificación del apetito para ir a dicha «unión»: «Todas las afecciones que existen en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales el alma vestida, no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la pura y sencilla luz de Dios, si primero no desecha de sí». En dicho capítulo Juan se refiere a las falsas apreciaciones que hace el ser humano sobre el mundo y lo compara con la inefable sabiduría de Dios, con el fin de dar a entender que seremos ciegos en nuestro camino espiritual, si seguimos atados a las convenciones y valoraciones del mundo («Subida» Lib. I, Cap. 4, 2-8).

Es importante indicar aquí que no se trata, simplemente, de comenzar a valorar, discursiva y superficialmente, las «cosas del mundo», y pretender que ya no nos «afectan», que ya no estamos sujetos a ellas, pues primeramente, la voluntad de dicho desprendimiento debe ser cultivada y educada a través de la «observación».

Lo que nos corresponde a nosotros en esta «noche del sentido» es estar siempre observando; aprender a ver en los dos niveles, el nivel emocional y el nivel intelectual: observar con ecuanimidad nuestras ideas acerca de las «cosas», pero también qué es lo que sentimos sobre esas «cosas». Juan de la Cruz, nos invita a estar «presentes conscientemente en nuestro presente» y percibir nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra mente y nuestros eventos mentales en el «momento en que están sucediendo». De esta manera es como descubrimos nuestros «apegos» y «cadenas» a lo «mundano», a lo impermanente e insatisfactorio. Pues si trabajamos exclusivamente a nivel intelectual, constantemente, nos engañaremos, pues dicho aprendizaje debe darse no sólo en el plano verbal, sino en el plano no verbal, es decir, sentir y experimentar dichas «comprensiones» en el nivel emocional. Llegar a darnos cuenta de si no las sentimos, y de si aún no nos percatamos a través de una presencia consciente y una comprensión clara de nuestros «apegos». San Juan de la Cruz nos lo expone a través de su particular lenguaje en «Subida» Lib. I, Cap. 8, 1-4.

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