MATTHIEU RICARD: DE DOCTOR EN BIOLOGÍA MOLECULAR A MONJE BUDISTA Y FILÁNTROPO

Mattieu Ricard
Matthieu Ricard

Deseo presentar en esta entrada una paráfrasis y comentarios a algunas frases de un artículo publicado en el blog: “Neurociencia, Neurocultura“, acerca del monje y científico Matthieu Ricard, quien después de años de investigación científica decidió ir a la India y aprender a entrenar su espíritu con los monjes tibetanos.

El autor del artículo no está muy convencido sobre algunas afirmaciones en torno al monje y científico. Sin embargo, he tratado de captar de dicha publicación aquello que más nos interesa para nuestro espacio web, y he dejado de lado las afirmaciones y opiniones del autor. Quien desee leerlo en su integridad puede hacerlo desde el link indicado anteriormente. He aquí la breve disertación al respecto:

“Este fin de semana se ha hablado mucho del monje budista de la tradición tibetana Matthieu Ricard (Nacido en Francia en 1946), “el hombre más feliz del mundo”, al decir de los expertos de la Universidad de Wisconsin, donde ha estado sometido a toda clase de pruebas de resonancia nuclear magnética con las cuales apoyar dicha afirmación”.

El autor menciona el famoso libro por el cual el monje Matthieu Ricard ya era famoso antes de dicha declaración de la Universidad de Wisconsin, pues Matthieu es hijo del filósofo Francois Revel, fallecido a la edad de 92 años. “Ambos se hicieron famosos hace más de 10 años a través de un libro llamado “El monje y el filósofo”, donde padre e hijo mantienen un diálogo teosófico muy interesante, Matthieu trata de convencer al padre de su elección religiosa, algo que el propio Revel no llegó a entender nunca, ya que su hijo era un valor emergente en biología célular, una carrera que abandonó abruptamente en favor de la vida monacal. De aquel libro se vendieron millones de copias y su interés venía de la confrontación de argumentos laicos defendidos por Revel con los argumentos budistas defendidos por Matthieu”.

Una de los cuestionamientos del autor es realmente acuciante para nosotros:

“¿Cómo es posible que los Occidentales no hayamos sido capaces de generar herramientas espirituales útiles para el consumo diario de nuestros ciudadanos? Si exceptuamos la oración y determinados rituales, que cada vez disponen de menos seguidores, es evidente que las técnicas espirituales cristianas han perdido la batalla, primeramente frente al materialismo consumista y ahora parece que van a volver a perder la siguiente batalla frente a tecnologías potentes y fuertemente arraigadas por la tradición como esa fusión chino-hindú que en su concepción del mundo arrastra a no pocos seguidores europeos atrapados en la falacia “pre-trans” y que buscan la felicidad en alguna parte, en alguna práctica, en algún culto, y que se topan al final con la verdad, que no es otra sino admitir que la mejor manera de ser feliz es renunciar por completo a serlo y limitarse a serlo cuando se es feliz, sin buscar la repetición, y mucho menos buscarla en algún lugar físico. No hacer nada es la opción, salvo disfrutar el momento”.

Las últimas líneas del anterior párrafo pudieron ser matizadas y planteadas de mejor forma, sin embargo el autor no deja de tener razón en ciertos aspectos. Lo que tal vez no menciona es que sí existe una tradición contemplativa eficaz y transformante en la espiritualidad occidental, (basta pensar en Juan Casiano, Evagrio Póntico, Meister Eckhart, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, entre otros), sólo que a partir del siglo XIII se dejó de lado y se dio paso en la religión predominante en Occidente a una expresión eminenemente institucional, jerarquizada y dogmatizante.

La finalidad de la búsqueda de la felicidad planteada por el autor me parece un poco reduccionista. La felicidad no es una sucesión interminable de placeres que terminan por agotamiento, sino una forma de ser. La felicidad entendida como un auténtico conocimiento de la realidad es la libertad y la posibilidad de “emancipación del ser humano”, sostienen los maestros espirituales.

Debemos reconocer la agudeza del autor del breve artículo, en el cual sin embargo deja de lado el sentido de incertidumbre que forma parte del ser humano mismo. No somos máquinas. Cada ser humano es una paradoja viviente, y no una simple suma de herencia, educación y cultura. El ser humano necesita del silencio y del estrenamiento de su espíritu para comprenderse. No necesariamente todos debemos hacernos monjes para profundizar en nosotros mismos y llegar a trascender nuestros condicionamientos más recónditos. Matthieu Ricard es testimonio no de una superación edípica, sino de la manifestación de la compasión y a la vez de la posibilidad de la dignidad de ser ser humano. Somos “homo sapiens” y “homo faber”, pero sobre todo somos “capax infiniti”, reducirnos a una sucesión de mecanismos físicos y/o mentales, sería condenarnos a un determinismo causal.

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