«JESUCRISTO, SABIO MAESTRO ESPIRITUAL» A TRAVÉS DEL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA BUDISTA 1ª PARTE

«Jesús visto a los ojos budistas», Ajahn Candasiri, monja y maestra budista de la Tradición Theravada del Bosque del linaje de Ajahn Chah

Traducción del italiano por Leandro Posadas

Amaravati Publications 2011.

Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia
Ajahn Candasiri en el centro de la fotografia

Antes de presentar la traducción de este bello artículo quisiera resaltar que nuestro blog tiene como finalidad el estudio, la investigación, y la difusión de obras, temas, autores, maestros, escritores y escritoras de las diversas tradiciones místicas y espirituales tanto de Oriente como de Occidente. Por lo cual, invitamos a nuestros cordiales lectores y lectoras a adentrarse en este espacio web con espíritu abierto, solícito y atento para poder de ese modo aprovechar lo que cada sabia, respetable y profunda tradición espiritual nos ofrece para la «transformación» de nuestro corazón y nuestra consiguiente «liberación», «salvación» o «emancipación». Nuestro espacio web es eminentemente ecuménico e interreligioso y trata de indicar desde una forma fresca, no dogmática y no exclusiva una senda para aproximarnos a «nuestro propio misterio» y profundidad, como también al «misterio» que nos circunda, nos sobrepasa y nos alienta.

El siguiente artículo fue escrito por una maestra budista, Ajahn Candasiri, nacida en Inglaterra, de la «Tradición Theravada del Bosque», quien antes de ser «budista», fue una creyente cristiana. Las siguientes líneas son un hermoso testimonio de una espiritualidad profunda, abierta, sensata, sincera y eficaz. He aquí el artículo:

En 1984, su Santidad el Dalai Lama, hablando a un numeroso público en el Albert Hall de Londres, hizo coincidir rápidamente a los presentes a través de una simple afirmación: «Todos los seres quieren ser felices, quieren evitar el dolor y el sufrimiento». Quedé impresionada sobre cómo fue en grado de mostrar aquello que todos, en cuanto seres humanos, tenemos en común. Afirmó nuestra común humanidad, sin negar las obvias diferencias.

La Crucifixión, icono bizantino
La Crucifixión, icono bizantino

Si me invitasen a mirar a «Jesús a través de ojos budistas», usaría un enfoque, más o menos escolástico, que pone en evidencia las semejanzas y diferencias. Fui educada en la religión cristiana y me dirigí al Budismo hacia los 30 años, por lo cual puedo espontáneamente tener opiniones sobre ambas tradiciones, aquella en la cual crecí y de la cual me alejé, y aquella que he adoptado y continúo a practicar. Después de haber releído algunos episodios del Evangelio me gustaría descubrir a Jesús nuevamente desde una mirada renovada, y examinar hasta llegar al punto de vista en el cual veo que Jesús y el Buda ofrecen la misma guía, a pesar de que superficialmente las tradiciones del Cristianismo y el Budismo pueden aparecer muy diferentes.

Para comenzar, permítanme narrar un poco cómo llegué a ser monja budista. Después de haber buscado, sinceramente, acercarme al camino cristiano en un modo que fuese realmente significativo en mi vida cotidiana, había llegado a un punto de profundo cansancio y desesperación. Estaba cansada de la aparente complejidad de todo. Había surgido en mí un sentimiento de impotencia porque no sabía cómo lidiar con los estados negativos que se insinuaban espontáneamente en la mente: preocupaciones, celos, mal humor, entre otros. Y también estados positivos que podían cambiar y transformarse en soberbia, vanidad, y otros naturalmente indeseados.

Al final, encontré a Ajahn Sumedho, un monje budista estadounidense, que recientemente había llegado a Inglaterra después de 10 años de práctica en Tailandia. Su maestro era Ajahn Chah, un monje tailandés de la Tradición del Bosque, que a pesar de su poca instrucción formal, conquistó los corazones de miles de personas, entre ellos un buen número de occidentales. Participé a un retiro de 10 días en el Centro Budista de Oakenholt, cerca de Oxford. Me senté agonizante sobre una estera en el suelo de una sala de meditación llena de corrientes de aire, junto a 40 practicantes de todo tipo. Delante de nosotros, junto a otros tres monjes, estaba Ajahn Sumedho, quien nos impartía las enseñanzas y nos guiaba en la meditación.

Niño budista meditando
Niño budista meditando

Dicha experiencia fue un espacio de transformación para mí. Si bien la entera experiencia estuvo extremadamente dura, tanto física como espiritualmente, me sentía enormemente entusiasmada. Las enseñanzas fueron presentadas en un estilo maravillosamente accesible, de hecho parecía todo muy equilibrado. No pasó por mi mente que se tratara de Budismo. Además eran inmensamente concretos, y como prueba, habían frente a nosotros “profesionales”, personas que habían tomado la decisión de vivir 24 horas al día de acuerdo a tales enseñanzas. Estaba completamente fascinada con aquellos monjes: de sus hábitos y de sus cabezas rapadas, y de aquello que sentía acerca de sus vidas de renuncia con sus 227 reglas de formación. Percibí además que estaban relajados y felices, y esto fue quizás la cosa más importante, y además un poco sorprendente.

Me sentía profundamente atraída por las enseñanzas y por la Verdad que indicaban: el reconocimiento de que está vida es intrínsecamente insatisfactoria, y que nosotros experimentamos sufrimiento y malestar, pero que también hay una Vía que nos puede llevar al final de dicho sufrimiento. A pesar que la idea pareciese muy asombrosa para mí, observé que en mi interior se despertaba un interés de querer ser parte de una comunidad monástica.

De ese modo, después de veinte años trascurridos como monja budista, ¿qué descubro cuando encuentro a Jesús en los pasajes evangélicos?

Bien, debo decir, que se presenta más humano de como lo recordaba. Si bien, se nos decía repetidamente que era el Hijo de Dios, en cualquier modo esto no me parece demasiado significativo, sino más bien el hecho de que es una persona: un hombre de gran presencia, enorme energía y compasión, y notables capacidades mentales. Tiene incluso el don de saber transmitir las verdades espirituales en forma de imágenes, utilizando los objetos cotidianos (pan, campos, grano, sal, niños, árboles), para ilustrar los puntos que quiere aclarar. Las gentes no siempre entendían inmediatamente, pero Jesús les deja una imagen sobre la cual reflexionar. Además, tiene una misión: reabrir la Vía a la vida eterna; y está completamente decidido en su empeño -como el mismo dice, «Hacer la voluntad del su Padre»-.

Su ministerio es breve, pero rico en acontecimientos. Leyendo la narración del Evangelio de Marcos, yo misma me siento fatigada mientras imagino las demandas incesantes de tiempo y de energía que le vienen requeridas. Es un alivio ver que de vez en cuando tiene el tiempo para estar solo o con sus discípulos más cercanos; leer que al igual que nosotros, a veces tiene necesidad de descanso. Una historia que me gusta mucho es aquella en la que después de una jornada extenuante trascurrida en ofrecer enseñanzas a una multitud inmensa, dormía profundamente sobre una barca que lo transportaba a través del mar. Cuando en mi vida hay una agitación de eventos, encuentro muy útil recordar su calma en respuesta a la violenta tempestad que arreciaba mientras dormía.

Me siento muy vinculada con la intensidad de las situaciones que se desarrollan una después de otra. Las gentes lo escuchan, aprecian lo que dice, y en algunos casos está irritada o colérica, en otros casos viene curada. No tienen jamás suficiente de aquello que él puede darles. Me conmueve su respuesta a las 4.000 personas, que después de transcurrir tres días con él en el desierto y escuchar sus enseñanzas están cansadas y hambrientas. Dándose cuenta usa sus dones para propinarles pan y peces con los cuales todos puedan comer.

Versión Italiana traducida del Inglés por Roberto Luongo

El original en Inglés en: http://www.amaravati.org

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