JUAN CASIANO: ¿CÓMO CONOCER EL ORIGEN Y LA NATURALEZA DE NUESTROS «DEMONIOS» INTERIORES?

Los condicionamientos mentales o "demonios"
Los condicionamientos mentales o “demonios”

La vida espiritual comienza realmente, según Casiano, cuando el ser humano se dispone plenamente a cultivar lo que nuestro autor llama, siguiendo a Evagrio Póntico, la «scientia actualis» o «praktiké». Dicha «ciencia práctica» consiste en reformar las costumbres y purificarse de la «ignorancia» y de los ocho grandes pensamientos. Casiano siguiendo las huellas de Evagrio Póntico enseña la división de la vida espiritual heredada de la «escuela alejandrina»: «vida práctica» («scientia praktiké» o «scientia actualis»), y «vida contemplativa» («scientia theoretiké»); ambas están tan ampliamente relacionadas, que es imposible llegar a la segunda sin pasar por la primera. La «praktiké» es la lucha continua del buscador espiritual para lograr el dominio de los pensamientos, condicionamientos mentales y/o pasiones («logismoi»), para llegar a la «apatheia» o impasibilidad y ecuanimidad del espíritu para lograr la «contemplación» de las cosas creadas desde la realidad en cuanto tal («teoría»)», es decir lograr una visión pura de todo lo que nos rodea y poder así recibir el don de la contemplación divina y la beatitud final («makariotes»).

¿Cuál es la clave para entender la práctica espiritual de Juan Casiano, y poder de ese modo lograr un verdadero progreso en nuestro camino espiritual? La palabra clave o quicio de su método espiritual es «logismoi», es decir los pensamientos o condicionamientos más arraigados en nuestra mente. La mente humana en su «continuo flujo de consciencia» se adhiere a lo largo de la vida a mecanismos (pensamientos y emociones pasajeras e insubstanciales), que privan a la mente misma de su pureza original. Lo cual tiene como consecuencia la desdicha y sufrimiento inútiles en los que viven la mayoría de los seres humanos que no logran vislumbrar que somos primeramente seres dotados de espíritu y libertad. Desdicha y sufrimiento inútiles que, por no estar bien enfocados, en vez de purificar la mente humana, la tornan reactiva, condicionada y prisionera de su mismo mecanismo adherente.

Podríamos llamar el camino espiritual, siguiendo la tradición cristiana antigua, como una «guerra invisible», pues la lucha no es un combate contra otros en el exterior, sino la conquista de nuestras propias mentes, a fin de lograr la «apatheia» o impasibilidad y ecuanimidad del espíritu; y la armonía cuerpo/mente que nos transforme en “vasija” pura para «recibir los dones divinos».

Las tentaciones de San Antonio por El Bosco
Las tentaciones de San Antonio por El Bosco

El filósofo del desierto, Evagrio Póntico, en sus «Gnostica» fue quien sistematizó su propia experiencia y la experiencia de los demás Padres del desierto sobre la naturaleza de los «logismoi», «demonios», o condicionamientos mentales. Juan Casiano, discípulo de Evagrio, desarrolló y precisó el pensamiento de su maestro, en sus Colaciones VII y VIII. A través de los «Apotegmas o Sentencias de Los Padres del Desierto», hemos recibido una gran variedad de descripciones sobre la lucha que los ascetas cristianos de los primeros siglos sostuvieron en su interior. Descripciones que a primera vista podrían parecer fantásticas o quiméricas, pero que en realidad son la clave de comprensión de un método eficaz para el progreso de nuestro propio camino espiritual.

Un aspecto clave en la práctica espiritual de Juan Casiano es la paradójica necesidad que tiene el ser humano de esos mismos condicionamientos para lograr una verdadera purificación del corazón «puritas cordis». El primer anacoreta o monje del desierto, el abad Antonio, afirma: «sin tentaciones es imposible que el ser humano penetre en su propio interior». Y el abad Ammonas, siguiendo a Antonio, indica: «sin tentaciones no hay progreso en la vida espiritual».

Otro aspecto importante que se origina de las anteriores reflexiones es la cuestión, discutible o no, acerca de la necesidad que tiene el ser humano de desarrollar su dimensión espiritual. En Occidente las tradiciones religiosas han estado signadas por un sistema de creencias o dogmática que no articula conjuntamente «salvación» y «liberación». Nos hablan de un «pecado original» que, sin un estudio preliminar, no comprendemos, y del cual no tenemos experiencia directa; somos deudores de un «redentor», sin saber con certeza cuál es nuestra deuda. En realidad, las dogmáticas religiosas occidentales, más allá de las nociones de fe, gracia, salvación, redención, culto, santidad, etc., adolecen de una práctica espiritual eficaz y de un lenguaje transformante. La tradición religiosa occidental institucionalizada ha relegado sus orígenes, los cuales tenían como principal finalidad la liberación del ser humano. El problema del ser humano es el sufrimiento. Y el origen de dicho sufrimiento no está en las condiciones exteriores, sino en la comprensión errónea de la realidad. Los Padres del Desierto, por medio de la experiencia de la soledad y del silencio, se percataron de la necesidad intrínseca de desarrollar la dimensión espiritual del ser humano, para liberarse del sufrimiento, pues el sufrimiento es inherente a él, y sólo aceptándolo tal cual es, desde el mismo interior, puede darse una liberación del mismo. Una liberación que no tiene como finalidad la felicidad entendida como una sucesión interminable de placeres que terminan por agotamiento, sino la felicidad como una forma de ser y estar en el mundo. Casiano, Evagrio y todos los Padres del Desierto coinciden con las tradiciones religiosas orientales en que la religión debe tener como finalidad la emancipación del sufrimiento, la purificación del corazón y la contemplación del mismo don espiritual que todos llevamos «escondido» o «dormido» en nuestra «misteriosa e inefable verdad». Somos seres espirituales, capaces de lograr un auténtico conocimiento de la realidad en cuanto tal, y llamados a desarrollar nuestra propia transformación. Seamos creyentes o no creyentes, cristianos, budistas, ortodoxos, musulmanes, judíos, hinduistas, etc.; hombres o mujeres, ricos o pobres, del «primer» o del «tercer mundo», sufrimos y sufriremos mientras nuestra vida gire en torno al torbellino de deseos y apegos, de odios y aversiones ensamblados en nuestra mente no educada ni ordenada a través de un serio camino pedagógico del silencio.

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