APROXIMACIÓN A LA «CONCEPCIÓN MÍSTICO-CIENTÍFICA DE LA MENTE» DEL PREMIO NOBEL DE FÍSICA, ERWIN SCHRÖDINGER (1887-1961) 2ª PARTE

Consideraciones desde la obra de Ken Wilber, «Cuestiones Cuánticas». Escritos místicos de los físicos más famosos

Erwin Schrödinger
Erwin Schrödinger

La visión de la ciencia no encuentra una relación objetiva entre el sujeto «percipiente, sintiente, contemplante» y el mundo tal como aparece a los ojos de la ciencia misma. Es como si la mente fuese simplemente un «añadido insignificante que igual podría estar ausente sin que quedara por ello dañado el efecto total». Para el premio Nobel de física de 1933, el absoluto silencio de la gran parte de investigaciones científicas sobre las cuestiones relativas al significado y finalidad globales de todo cuanto sucede, resulta muy doloroso. El mundo tal como lo concebimos, nuestras ideas y concepciones acerca de lo «humano» sólo adquiere un sentido en relación «con una mente capaz de contemplarlo», pero todo lo que la ciencia nos pueda decir es paradójico. Es como si la mente hubiera sido solo «un producto de ese mismo espectáculo que estamos contemplando, y estuviera condenada a desaparecer con él cuando el sol acabe finalmente por enfriarse y la tierra se haya convertido en un desierto de nieve y hielo…».

¿Cómo tratar de resolver tal antinomia? Un universo que tiene miles de millones de años, y que, al parecer, sólo tiene sentido en la medida en que es contemplado por un «sujeto consciente, percipiente, sintiente, contemplante», y que, al parecer, sólo lleva algunos «segundos» en la historia de tal universo.

Schrödinger, después de exponer algunas ideas y máximas científicas sobre tal antinomia, desea presentar un punto de vista más personal, y añade algunas consideraciones realmente brillantes que para algunos, occidentales o «sub-productos» de Occidente, podrían resultar desconcertantes.

Para nuestro autor, «la mente humana se encuentra a sí misma en íntima conexión y dependencia con el estado físico de una porción concreta de materia: el propio cuerpo». La arcaica hipótesis occidental de que a cada cuerpo corresponde un alma individual, resulta muy sugestiva para todos. La mayoría de personas, e incluso de filósofos occidentales, lo aceptan así sin más. Tal hipótesis admitida como «déspotamente notoria» ha llevado a instaurar toda una «forma mentis» cultural, y a trazar el esquema de pensamiento religioso occidental, e inventar tantas almas como cuerpos existen; su posible inmortalidad, y por consiguiente un etéreo y dogmático sistema moral y ético, que resulta casi insostenible para el ser humano de hoy, y que sin embargo forma parte de todos los credos oficiales occidentales. Para Schrödinger, nuestra mente está llena de historias fantásticas al respecto, pues todos tenemos la «indiscutible impresión» de que la suma total de las propias experiencias y recuerdos forman una unidad, absolutamente distinta de la de cualquier otra persona, a cuya unidad le hemos dado el nombre de «yo», como materia prima que sirve de soporte a todos aquellos datos».

¿Cómo pudo entonces surgir la idea de pluralidad? se pregunta E. Schrödinger. Para la filosofía Vedanta, (Del sánscrito, ‘veda’ «conocimiento» y ‘anta’ «fin». Una de las seis filosofías ortodoxas del Hinduismo, preocupada ante todo por el conocimiento del ‘Brahman’, de «lo Absoluto»), tal pluralidad de mentes y consciencias es solamente «una apariencia, no es real». «Hace unos 2500 años o más, los Upanishads consideraban que el reconocimiento del Atman como idéntico al Brahman (el yo personal igual al yo eterno omnipresente y omniabarcativo) representaba la quintaesencia de la más profunda intuición acerca del mundo. El anhelo de todos los discípulos del Vedanta consistía, después de haber aprendido a pronunciarlo con sus labios, en llegar a asimilar realmente en sus mentes este pensamiento, el más grandioso que cabe concebir».

Para la «forma mentis» occidental dicha concepción continua siendo extraña, a pesar de que grandes místicos cristianos a lo largo de la historia del Cristianismo han experimentado la «unificación con la divinidad». Tal experiencia puede condensarse en la siguente frase: «deus factus sum» (me he convertido en Dios). El Advaita-vedanta, (O «No dualismo», escuela filosófica hindú fundada por el filósofo y pensador Shankara (788-820), trata de explicar dicha experiencia a través de analogías. «Una de las más atractivas es la de un cristal tallado con multitud de caras, que reflejando alrededor cientos de pequeñas imágenes de un único objeto existente situado frente a él, no lo multiplica sin embargo en modo alguno».

Para Erwin Schrödinger, siguiendo la convicción básica del Vedanta, no hay algo que justifique, fehacientemente, la «obstinación moderna» de descubrir la diferencia entre mi propio yo y los demás, cuando objetivamente lo que hay en todos es la «misma cosa». Para la filosofía Vedanta «no es posible que esa unidad de conocimiento, de sentimiento y de decisiones a la que llamamos el «propio yo» haya saltado de la nada al ser en un momento dado hace apenas un poco de tiempo; más bien, ese conocimiento, sentimiento y decisión son en lo esencial eternos, inmutables y numéricamente «unos y los mismos» en todos los seres humanos, más aún, en todos los seres dotados de sensibilidad». No en el sentido panteísta, como si cada uno de nosotros sea un aparte o una porción de un ser infinito y eterno, o un aspecto o modificación del mismo. Por inconcebible que resulte a la razón ordinaria, añade nuestro autor, todos nosotros y todos los demás seres en cuanto tales, estamos «todos en todos», sólo que «ese todo» no se deja abarcar con una sola mirada o con un concepto o definición de nuestras mentes e intelectos finitos. Los antiquísimos, firmes e inconmovibles cimientos de nuestro planeta tierra, son tan antiguos, firmes e inconmovibles como los nuestros. Tal como lo re-vela la formula mística sagrada de los brahmines: ‘Tat twan asi’: «Eso eres tú».

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