EN EL CAMINO ESPIRITUAL «EL PECADO ES SÓLO UN CONCEPTO, UNA SIMPLE PALABRA»

La crítica trascendental de la religión en el Vimalakirti Nirdesha

El pecado no es una atadura en nuestra vida interior
El pecado no es una atadura en nuestra vida interior

Para tratar el tema del “pecado” en nuestro camino espiritual narraremos, fugazmente, el episodio entre Vimalakirti y otro discípulo del Buda, Upali, quien es considerado por la tradición budista como el gran experto en el código monástico (Vinaya). Narra el Vimalakirti Nirdesha, este escrito del Budismo Mahayana, que un día acudieron a Upali dos monjes que habían cometido una falta contra las normas monásticas, para que éste los liberara de la inquietud aceptando su confesión y sus deseos de enmendarse. Upali aprovechó la ocasión para reprender a los monjes, y justo en ese momento pasaba por allí Vimalakirti, quien dándose cuenta que Upali estaba haciendo más grande el problema, le dijo: «Venerable Upali, no agraves más las fallas de estos dos monjes. Sin confundirlos más, libéralos de su remordimiento. Venerable Upali, la naturaleza de su falta no habita ni dentro ni fuera de ellos, ni entre los dos ¿Por qué? El Buda dijo: a los seres sensibles les afligen las pasiones de la mente y se purifican por la purificación de la mente». Sangharakshita comenta dicho episodio puntualizando algunos elementos del relato: los dos monjes cometieron una falta, es decir quebrantaron una regla. Pero, primeramente la regla se estableció para que el individuo, en este caso cada monje, se desarrollara en el ámbito espiritual. Al infligir la regla, ambos monjes, señala Sangharakshita, colocaron un obstáculo en su camino al desarrollo espiritual, quizá incluso sufrieran un retroceso. De modo que a Upali no debería preocuparse tan sólo del hecho de que una norma se hubiera infringido. Esto sería tomar el reglamento como un fin en sí mismo. Lo que Vimalakirti está dando a entender es que lo que debería importarle realmente a Upali sería reencausar a los dos monjes.

Vimalakirti considera, prosigue Sangharakshita, que no hay semejante cosa como lo que llamamos “pecado”, pues declara: «La naturaleza de su falta no habita ni dentro, ni fuera de ellos, ni entre los dos». La creencia en el “pecado”, predicamento esencialmente cristiano, no es más que una piedra suelta con la que uno tropieza cuando toma las reglas como fines en sí mismos. Cuando rompemos una regla damos vida al “pecado” y perdemos el tiempo preocupándonos por la manera en que podremos liberarnos de él en lugar de continuar con nuestra labor, concerniente al desarrollo espiritual. Si uno cree en Dios, y en los mandamientos que creemos estableció ¿qué ocurre cuando uno infringe uno de esos mandamientos? El “pecado” adquiere existencia, la persona se siente culpable y temerosa del “castigo”. Cuando esto sucede busca que alguien lo salve de las consecuencias de su pecado: “un salvador”. Todo esto, afirma Sangharakshita, es lo que se conoce en Occidente como “religión”. El asunto es aún más amargo, pues para el Cristianismo, el pecado es nuestro legado, incluso antes de nacer ya somos herederos, por medio de Adam y Eva, del “pecado original”. Si queremos evitar dicho predicamento debemos ser conscientes del peligro que hay en considerar las reglas como fines en sí mismos. Los mandamientos que nos fueron legados como Torá (enseñanza de amor) a través de Moisés fueron instaurados para nuestro progreso espiritual, no para confundirnos y paralizarnos en nuestro camino de fe.

El pecadoVimalakirti sencillamente está haciendo notar que nuestro interés debería estar puesto más allá de nuestros errores. El pecado es sólo un concepto, una simple palabra. Lo fundamental es darnos cuenta de la razón de nuestros actos, el debido arrepentimiento práctico, y la revitalización inmediata de nuestra inspiración para seguir creciendo espiritualmente. Si procedemos de tal modo el “pecado” con todas sus consecuencias psicológicas nefastas no llega a existir en absoluto.

Para contextualizar aún más, citemos un párrafo de nuestra entrada anterior: «Pongamos como ejemplo (en la Iglesia Católica) el sacramento de la reconciliación, o la comúnmente llamada confesión: nos acercamos al sacerdote, le planteamos nuestros problemas, y él permanece apegado a conceptos como pecado, absolución, penitencia, gracia, moral, etc. Nos “pone una penitencia” (tres Padre Nuestro y una Ave María…) que para nada funciona, objetivamente hablando, con el problema planteado. En el Cristianismo oficial no existe actualmente una pedagogía seria y bien fundamentada que pueda ser eficaz y didáctica en nuestro camino de fe. El Cristianismo organizado debe plantearse seriamente que algunos de sus conceptos, doctrinas, ritos, dogmas, y filosofías, posiblemente, no están al alcance de las posibilidades infinitas de la mente humana. Y que, a lo mejor, dichas concepciones formaron parte de una época y fueron útiles para una cultura y tiempo determinado». (Cf. Ken Wilber, Una Teoría del Todo).

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