¿DEBEMOS DEJAR DE SER CRISTIANOS PARA LLEGAR A LA TRANSFORMACIÓN DE NUESTRA CONSCIENCIA?

Imagen de una visión de Santa Hildegard von Bingen sobre el ser humano como “microcosmos” en su obra “Liber Divinorum Operum”

Ante tal interpelación es necesario conocer fugazmente la historia de la vertiente más pura y espiritual de la Iglesia, es decir, la tradición contemplativa en el Cristianismo mismo, para luego dar una respuesta coherente a tal interrogante. En los seis primeros siglos de la cristiandad la contemplación tuvo una especial preeminencia. Los llamados Padres de la Iglesia, tales como Clemente de Alejandría, Gregorio de Nisa, Orígenes y Dinosio Arepagita, por medio de la unión de la sabiduría bíblica y el pensamiento griego, nos legaron una tradición muy profunda al respecto.

El Papa Gregorio Magno en el siglo VI describió la contemplación como el conocimiento de lo divino impregnado de amor. Para Gregorio la contemplación es una especie de descanso (vacare Deo), en el cual el ser humano se deleita en Dios más allá de reflexiones, emociones y pensamientos. Contemplar es consentir la presencia de Dios en las profundidades del propio ser.

Una etapa avanzada en la búsqueda espiritual cristiana es la contemplación apofática (o negativa), la cual consiste en estar presente y atento desde el silencio mismo, sin colocar barreras mentales. Se sirve de la respiración como anclaje y se trata de observar -sin identificarse- la producción continua de pensamientos y emociones que nublan y obstaculizan la transformación de nuestra consciencia original, de modo que nuestra experiencia religiosa sea cada vez más auténtica y sincera.

Visión de Hildegarda de Bingen en el Liber Divinorum Operum
Visión de Santa Hildegard von Bingen en el “Liber Divinorum Operum”, sobre la Creación como “macrocosmos divino”

La tradición contemplativa cristiana cuenta con una historia antigua y venerable. Los Padres del Desierto en Egipto, Palestina y Siria, entre ellos San Antonio Abad, Evagrio Póntico, Juan Casiano y Juan Clímaco, fueron los primeros que practicaron y enseñaron esta forma de oración. En la Patrística, figuras como Agustín de Hipona, Gregorio Magno, anteriormente citado, Dionisio el Areopagita, y los Hesicastas de Oriente. En el medioevo: Bernardo de Claraval, Guillermo de St. Thierry, Guido el Cartujo. Los Místicos alemanes: Eckhart, Tauler, Jan Van Ruusbroec, Las monjas Hildegarda de Bingen, Matilde la Grande, y la beguina Margarita Porete. Posteriormente: Angelus Silesius, Walter Milton, Richard Holle, Juliana de Norwich, y el anónimo autor de La Nube del No Saber. Después de la Reforma: Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y Francisco de Sales, entre otros.

La mayoría de los místicos orientales y occidentales han tratado de transmitir sus experiencias en el camino hacia la metanoia (conversión, iluminación, despertar, emancipación) por medio de procesos mistagógicos. La tradición contemplativa cristiana no es simplemente un instrumento para vivir de forma más consciente la experiencia religiosa. Sentarse en silencio e inmóvil y totalmente despierto es tocar la realidad de fondo que pasa por una purificación de la fe, y por el dejar de lado nuestras limitadas convenciones culturales, sociales, espirituales, nuestros continuos y arraigados ismos: egoísmo, clasismo, racismo, espiritualismo, etc., como ocurrió, por ejemplo, en el camino contemplativo del místico español Juan de la Cruz.

El mismo autor en su obra Subida al Monte Carmelo nos indica con profundas metáforas el camino que el ser humano podría seguir si desea pasar a la desnudez de su espíritu: En una noche oscura con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada: el iniciado debe pasar por la noche de los sentidos, debe sosegar su mente a través de un período arduo de purificación mental, emocional y sensual.

Óculo del Pantheon de Agripa, Roma
Óculo del Pantheon de Agripa, Roma

Algunas frases sueltas del Peregrino Querúbico de Angelus Silesius nos ayudan también a vislumbrar el camino contemplativo que debe atravesar el ser humano en su búsqueda interior: Hombre, tú mismo puedes tomar la beatitud si sólo a ello te dispones y decides. Tú mismo eres eternidad cuando practicas el abandono del tiempo y te recoges en el silencio transformante. Hombre si aún eres algo, si algo sabes, algo amas y posees, no estás, créeme, libre de carga, pues Dios es una pura nada, no lo toca ningún aquí ni ahora, cuanto más buscas aferrarlo más se te sustrae.

La misma historia de la mística cristiana es testimonio de la posibilidad de transformación de la consciencia humana. Hemos recibido a lo largo de 2000 años las experiencias de tantos hombres y mujeres que han alcanzado participar de la “Visión Beatífica” (Tomás de Aquino). Es el caso fehaciente de dos grandes maestros espirituales del Cristianismo: Margarita Porete, -quien murió en la hoguera por escribir su famosa obra El Espejo de las Almas Simples-, y San Juan de la Cruz, quien es uno de los autores más profundos de la mística cristiana. Para Margarita, el camino de los verdaderos y serios buscadores espirituales pasa por el desligarse de ciertas tradiciones dogmáticas no transformantes, que las mismas religiones por estar sometidas a la debilidad humana y a la historia, nos han ido presentando, las cuales, muchas veces, son verdaderos obstáculos en el proceso purificador de nuestro “ser” más profundo, el cual, como ella misma indica, debe liberarse del dominio de la “Razón”, y elevarse al estado del Amor (Cristo), cuyo régimen es propio de las almas simples, desnudas, libres y anonadadas, que han renunciado a simples conceptos de Dios por Dios mismo, y que se han convertido en nada, pues lo tienen todo y al mismo tiempo no tienen nada, lo saben todo y al mismo tiempo no quieren saber nada (Espejo de las Almas Simples). San Juan de la Cruz en la “Subida al Monte Carmelo (Lib. I, Cap. 13), exorta a todos los que quieran adentrarse en el misterio de su propia vida y en el “Misterio” liberador del anodadamiento cristiano, a entrar por medio del silencio y el olvido de sí mismo en la “noche oscura de los sentidos”, es decir en el sabio y prudente sosiego de la “consciencia ilusoria y ordinaria”, que nos mantiene atados y atadas a lo transitorio y perecedero, y que no permite que desarrollemos nuestra más profunda y auténtica dimensión espiritual. 

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