EL DESEO DE DIOS: EXTRAÑA EXIGENCIA Y POSIBILIDAD DE INFINITUD

blondelEn esta entrada trataré brevemente de considerar en la principal obra del filósofo francés Maurice Blondel, L’Action. Essai d’un critique de la vie et d’une science de la pratique, su estudio sobre el deseo del ser humano por Dios o El único necesario, y su interpretación de La inevitable trascendencia de la acción humana.
Esta entrada viene a ser una especie de diálogo entre el vasto universo de la sabiduría de la consciencia en la mística oriental y la lejana intuición de la razón occidental de ese único necesario que llamamos Dios.

La desarmonía entre el pensar, el querer y el ser del hombre en Maurice Blondel

Para Blondel existe un único problema que interesa al ser humano, una especie de «ultimate concern» inherente a la condición humana. Dicha cuestión apremiante es descrita sugerentemente por Blondel en su obra L’Action: «¿La vida humana tiene o no un sentido? ¿Y el ser humano tiene un destino?». Blondel a la vez retrata al hombre y su situación con las siguientes expresiones: «esta apariencia de ser que se agita en mí […] para mí la nada ya no existe […] fantasma que soy para mí mismo […] sufro el ser y al mismo tiempo me adhiero a él». Frases sueltas que describen el quid del problema humano, en quien la realidad del pensar, del querer y del ser no se dan de modo armónico, sino que muestran un desequilibrio interior que aparece entrañado en lo más profundo de la realidad humana.

Para Blondel lo fundamental es la acción humana, entendida como posibilidad intrínseca del ser humano ya sea de libertad o condenación: el hombre debe saber qué hacer pues detrás del ser de lo humano mismo existe una insoportable desproporción, pues sus decisiones van más allá de sus pensamientos; sus actos más allá de sus intenciones; sus deseos subyugan sus deberes y sus deberes muchas veces constriñen sus deseos. Dicha desproporción muestra la más íntima aspiración del hombre, que paradójicamente, al parecer, se encuentra en su misma necesidad: el ser humano desea liberarse y en ese deseo se reconoce prisionero. Blondel indica que en medio de esta tensión continua existe una necesidad de la acción, a la que ha llamado la «vía práctica», o la «ciencia de la práctica» y la considera el método para la solución científica del problema del hombre. Los seres humanos son para Blondel un continuo laboratorio viviente: «El hombre que llevo en mí, este organismo de carne, de apetitos, de deseos, de pensamientos, cuyo continuo y oscuro trabajo experimento»

Sin sacrificio, disciplina y método ni siquiera un dios nos puede salvar según Maurice Blondel

Dentro de dicha ciencia de la práctica el hombre debe dedicarse a la consciencia y desde ella saber sacrificar y optar entre los muchos partidos que se le presentarán en su camino. Si el hombre se niega a sacrificarse libremente caerá en la esclavitud, pues, según Blondel, sin sacrificio nadie puede vivir sin ídolos, ni los devotos, ni los más libertinos: Un prejuicio de escuela o de partido, una consigna, una conveniencia mundana, una voluptuosidad, cualquier cosa de éstas es suficiente para sacrificar y perder el descanso y la libertad «¡Y éstas son las cosas por las que tan a menudo neciamente vivimos y por las que tan a menudo trivialmente morimos!».
Se trata, según Blondel, también llamado el filósofo de Aix de investigar aquello que la consciencia exige del hombre, de saber si a pesar de los evidentes condicionamientos que lo oprimen, de las oscuridades con las que debe caminar y de las desviaciones del espíritu, puede el ser humano emerger de las profundidades de la vida inconsciente En la raíz de las más impertinentes negaciones o de las locuras más extravagantes de la voluntad, se debe investigar si no hay un movimiento inicial que persiste siempre, que se ama y se quiere incluso cuando se lo olvida o cuando se abusa de él.

El hombre vive en una tensión entre lo que quiere o debe y lo que hace, de forma que le resulta imposible, en la mayoría de las veces, mantenerse en unidad consigo mismo, y debe, por consiguiente trascenderse continuamente. Blondel considera en un primer momento a la necesidad que pesa sobre el hombre, ese deseo inconmensurable de profundidad y trascendencia como algo despótico, pero después nos dice que es justamente en dicha necesidad donde se encuentra el motivo para que el ser humano cumpla su sentido de posibilidad del aquí y el ahora, a pesar de la aparente desproporción que encuentra entre lo que sabe, entre lo que quiere y entre lo que hace.

Dentro de la tensión que caracteriza la consciencia del hombre entre el querer, el pensar y el hacer se esconde, según Blondel, «un único necesario», pues la exigencia de la acción, es infinita y no se contenta con nada provisional o parcial, es decir, con nada natural: ha de ser sobre-natural. Dicha exigencia no es una deducción lógica sino que ella manifiesta simplemente la expresión real de la voluntad. Se trata, según el filósofo de Aix, de captar precisamente lo que ya se encuentra allí, y en saber que dicho único necesario es la verdad viva dentro del desarrollo de la acción querida.

El inconmensurable “deseo de Dios” nace de la incongruencia del hombre consigo mismo

La razón de ser del «único necesario» y la que lo hace casi innegable es la inadecuación o incongruencia casi infinita del hombre consigo mismo. En el actuar el hombre encuentra en sí mismo una infinita desproporción, de allí que el hombre, según Blondel, busque y se exija a sí mismo y en sí mismo la ecuación de su propia acción en el infinito, pues es imposible que el ser finito se cierre sobre sí mismo. Ante dicha exigencia, -que surge del dinamismo del mundo interior- el hombre tiene necesidad de ir siempre más allá en un perpetuo movimiento de su acción: y es sólo en el desarrollo total y concreto de la misma acción, es decir en la plenitud de la vida operante, que el único necesario se revela al hombre. Se le manifiesta, dice Blondel, «aquél a quien ningún razonamiento puede encontrar […] aquél a quien, en todas las lenguas y en todas las consciencias, se le reconoce con una sola palabra y un sólo sentimiento: Dios».

Blondel después de forjar al «único necesario» nacido de la misma necesidad ilimitada de la acción del hombre y darle el nombre reconocible en todas las lenguas, se propone determinar la acción necesaria de la idea necesaria de Dios y descubrir cómo el acto voluntario reviste inevitablemente un carácter trascendente: procediendo de ese modo es posible entender, según Blondel, que el conflicto o tensión interior de la consciencia se resuelve en una alternativa que propone a la voluntad humana una opción suprema. Pensar en Dios, afirma el filósofo de Aix, es una acción, pero nosotros no actuamos sin cooperar con él y sin hacerlo colaborador con nosotros por medio de una especie de teergía necesaria, que reintegra dentro de la operación humana la parte del actuar divino a fin de lograr en la consciencia la ecuación de la acción voluntaria.

Estamos obligados a desear desde nuestra misma desproporción

Nuestra infinita desproporción es la base para que el único necesario coopere con nosotros. La acción viene a ser la síntesis del hombre con Dios, de allí el perpetuo devenir del ser humano movido e inspirado por un deseo de crecimiento infinito. El hombre impulsado desde su mismo determinismo comprueba la necesidad del «único necesario» y a la vez la necesidad de adecuar su vida y su pensamiento a la exigencia de dicho objeto último de su acción. Dios, para Blondel, es el exceso de vida interior a la que el hombre aspira y brama, pues en ella se encuentra su más alto deseo de perfección: «No podemos conocer a Dios sin querer, en cierto modo, llegar a serlo»; la idea que el hombre tiene de Dios sólo puede mantenerse viva precisamente en este deseo infinito de querer ser, la cual debe ser transformada en una praxis continua; praxis necesaria que muestra que Dios, como deseo último, es la razón de que nosotros mismos seamos, y al mismo tiempo, la razón de nuestra acción que tiene su fundamento y sentido en Él: Lo propiamente nuestro es ser sin ser. Y, sin embargo, estamos obligados a querer llegar a ser lo que nosotros mismos no podemos ni alcanzar ni poseer. ¡Qué extraña exigencia! Precisamente porque tengo la intrínseca ambición de ser infinitamente, es por lo que experimento mi impotencia […] me siento forzado a trascenderme a mí mismo.

El hombre, frecuentemente, se precipita deseoso sobre bienes superfluos que considera pueden satisfacer su apetito genésico, su apetito vital, su apetito de poder, de gloria, y hasta de autodestrucción. El hombre está continuamente escrutando sobre el sentido último de su vida. La acción viene a ser, para Blondel, la posibilidad de trascendencia del actuar mismo del hombre. Blondel define al hombre, en su acción, como «capax infiniti» (capaz del infinito): ¡Oh extraña exigencia! El hombre, según nuestro autor, está obligado a desear desde su misma necesidad, desde su misma inaceptación, desde su misma libertad finita; y mucho más dignamente desde su misma consciencia de ser don recibido y consignatario de un Dios que se auto-dona totalmente y que a la vez excede, satisface y armoniza, infinitamente el deseo eficaz, absoluto, finito, contingente y trascendente del hombre.

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