ALBERT EINSTEIN ¿UN PROFUNDO CONTEMPLATIVO O UN CIENTÍFICO GENIAL? 2ª PARTE

EINSTEIN'S WORDSLos genios religiosos de todas las épocas se han distinguido por esta especie de sentimiento religioso del que habla A. Einstein, que no conoce dogmas ni concibe a Dios a imagen y semejanza humana; y que carece por tanto de iglesia alguna que deba basar en ellos sus principales enseñanzas. Paradójicamente, dice Ken Wilber, es en los “disidentes o herejes” de todos los tiempos entre quienes encontramos a esos hombres y mujeres impregnados de esta forma suprema de sentimiento religioso, tales como: Marguerita Porrete, Meister Eckhart, Galileo, Teresa de Ávila, Giordano Bruno, Hildegard von Bingen, Angelus Silesius, entre tantos otros.

Parafraseando a Einstein, podemos apuntar que instituciones como la Iglesia Católica, sostenida sobre una fuerte base moral irán dejando de ser válidas en las civilizaciones mentalmente elevadas (ver al respecto Una Teoría del Todo de ken Wilber) en cuanto que su idea de un ser supremo que premie o castigue es hoy en día inconcebible. Alguien podría preguntarse: ¿Está basada la religión católica sólo en una doctrina de recompensa o condena? Obviamente, no podemos reducir una institución milenaria a un sólo aspecto en particular, pues la Iglesia Católica ha tenido un papel muy importante en la formación de la cultura europea y ha difundido el sentido de derecho y justicia alrededor del mundo ¡con sus aciertos y también con sus equivocaciones, claro está!

K. Wilber, siguiendo a Einstein, sostiene que cuando abordamos históricamente el tema de la religión -del miedo o de la religión moral- entramos en la continua lucha entre ciencia y religión. Ambas al parecer, -exceptuando el Budismo Zen y otros tipos de manifestaciones inteligentes en el ámbito religioso sea oriental u occidental-, son como antagonistas irreconciliables, y ello por una razón evidente: quien está plenamente convencido del alcance universal de la ley de la causalidad no puede admitir ni por un momento la idea de que algún ser pueda interferir en el curso de los acontecimientos. Y, si pensamos y tomamos en serio la hipótesis de la causalidad, nos percataremos, sin un cierto desconsuelo, que la religión del miedo no tiene sentido, ni tampoco lo tiene la religión moral o social. Las acciones humanas están sencillamente determinadas por la necesidad, externa e interna, de modo que el ser humano no puede ser a los ojos de un dios más responsable de lo que puede serlo un objeto inanimado de los movimientos a que está sujeto. Importante subrayar que el comportamiento ético del ser humano debería estar efectivamente basado en criterios de compasión, educación, lazos y necesidades sociales, no se precisa para nada una base religiosa, entendida está exclusivamente desde el plano ético. Y concluye Einstein: mal andaría la humanidad si su único freno ante el mal fuese el miedo al castigo o la esperanza de recompensa en la otra vida.

Mientras sigamos ciegamente atados a ritos, cultos, creencias, tradiciones religioso-culturales, supersticiones, convenciones culturales, sociales e incluso espirituales que no ayudan eficazmente a la transformación profunda de nuestra consciencia y de nuestro ser real, seguiremos atados a la falsedad del yo; mientras no nos percatemos de que nuestras acciones y reacciones ante los acontecimientos internos y externos que nos afectan tienen su origen, no en la justicia, bondad o misericordia de un ser que está más allá de nuestras pequeñas inteligencias, sino en las creaciones de nuestra mente misma; mientras no comprendamos que la raíz de todas nuestras fantasías, quimeras, sueños y pasiones provienen del innato mecanismo del deseo humano, y que si no logramos serenar tal deseo vital ávido de más yo, de más egoísmo, de más falsedad, nos estaremos alejando cada vez más de nuestra vocación esencial, de la posibilidad de ver la realidad sin mascaras, de vernos a nosotros mismos tal como somos ante el misterio del cosmos y “comprendernos” más allá del continuo ruido de la mente hambrienta de más deseo, de más sentimientos, de más emociones y de más pensamientos cegadores.

El Sentimiento cósmico religioso de Albert Einstein

Para Einstein la más noble y fuerte motivación de la investigación científica tiene su origen en el sentimiento cósmico religioso. Solamente quienes pueden percatarse del inmenso esfuerzo, y sobre todo de la devoción que requiere trabajar como pionero en el campo científico teórico son capaces de comprender que semejante trabajo, por alejado que pueda parecer de las realidades de la vida, sólo puede surgir de la fuerza emocional vinculada a tal sentimiento. ¡Qué profunda convicción de la racionalidad del universo y qué ansia de comprender, aunque fuera sólo una brizna de la mente creadora que revela este mundo, debieron tener Kepler y Newton, para hacerlos capaces de gastar años y años de solitario trabajo en el empeño de desenmarañar los principios de la mecánica celeste! Sólo quien ha dedicado su vida a empeños semejantes puede hacerse una idea vívida y adecuada de lo que inspiró a tales hombres y les proporcionó la fuerza necesaria para permanecer fieles a su propósito a pesar de incontables fracasos. Y citando a un contemporáneo suyo Einstein declara que en esta era materialista en que vivimos, los únicos seres profundamente religiosos son quienes trabajan con la máxima seriedad.

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