THOMAS MERTON Y EL ZEN

Thomas Merton, monje trapense

El monje trapense, Thomas Merton (1915-1968), en su libro “Reflexiones sobre Oriente. La filosofía oriental a la luz del misticismo occidental”, nos facilita algunas ideas sobre el Zen desde la perspectiva de un monje cristiano. Según Thomas Merton el objetivo del Zen es la captación intuitiva de la verdad de la iluminación como visión directa de nuestra “mente original” (Budeidad). Es por ello que el Zen concede mayor valor espiritual a la meditación, que al conocimiento erudito, la doctrina, las escrituras de cualquier tipo o la realización de buenas acciones.

El Zen no se presta al análisis lógico, tampoco es un método o tipo de meditación, ni un tipo de espiritualidad, es una “senda”, y una “experiencia”, una vida, pero la “senda” paradójicamente “no es una senda”. Consecuentemente, el Zen no es una religión, ni una filosofía, ni un sistema de ideas, ni una doctrina, ni una forma de ascetismo.

El Zen no niega la existencia de un ser supremo, no lo afirma ni lo niega, simplemente el Zen es. Thomas Merton dice que del Zen se podría decir, a modo de “definición”, que es la ontológica consciencia -no reflexiva, no auto-consciente, ni filosófica, ni teológica, sino puramente espiritual- del puro ser más allá del sujeto y del objeto; una comprensión inmediata del ser en su “semejanza” y “modalidad”.

El Zen tampoco es un sistema de monismo panteísta, y se niega absolutamente, por su misma esencia, a hacer cualquier declaración sobre la estructura metafísica del ser y de la existencia.

La visión interna del Zen consiste, según Thomas Merton citando a Bodhidharma, en la directa comprensión de la “mente” o del “rostro original” de cada uno, y se llega a la mente “no teniendo mente”. Es un acto de ser/estar totalmente alerta y superconsciente que trasciende el tiempo y el espacio. Es el conocimiento de la “mente del Buda” o “comunión budista”.

Monjes en la postura del Loto

La intuición del Zen, añade Thomas Merton, es al mismo tiempo una liberación de las limitaciones del ego individual y un descubrimiento, repite, de la “naturaleza original” y del “verdadero rostro” de cada uno en una mente que ya no está restringida al yo empírico, sino que está en todo y por encima de todo. En un reconocimiento de que el mundo en su totalidad es consciente de sí mismo en mí, y que yo no soy mi yo individual y limitado, y menos aún un alma incorpórea.

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