EXPERIENCIA MÍSTICA EN EL CRISTIANISMO

Visión de Hildegarda de Bingen, mística del siglo XII

Lingüísticamente la palabra mística deriva del griego mys, verbo que designa el proceso de ‘cerrar los ojos y mirar hacia adentro’ y del adjetivo griego mystikós que sustantivado tiene dos significados, mystika: lo que se refiere a los misterios; oi mystikoi: los iniciados en esos misterios. Dicho termino comportaba siempre el significado de un secreto reservado a algunos, como a una iniciación cultual.

La palabra mística no se halla en la Biblia; se introduce en la literatura cristiana por el Platonismo de la Escuela de Alejandría. Según los espcialistas, el conocimiento místico, específicamente cristiano, es efecto de una acción libre, gratuita y especial de ‘Dios’, que hace ‘sentir’ su presencia.

En un principio teología y mística estaban íntimamente vinculadas, gracias a la pequeña obra Teología Mística de Dionisio Areopagita en el siglo IV. Es con Tomás de Aquino que se da la separación entre la mística y la teología, pues él la ubica en el tratado De prophetia (STh II-II, 171-178), y la ‘sistematiza’, separándola del conocimiento teológico, lo cual tuvo como consecuencia que la experiencia espiritual cristiana estuviera, y sigue estando, en un mero y exclusivo conocimiento discursivo, dogmático y parcial, dejando de lado muchas de las dimensiones que forman parte del ser humano. A partir del siglo XVII la expresión teología mística paso a ser específicamente un tratado o reflexión doctrinal con un lenguaje técnico determinado y perdió el sentido original carismático al que todos los cristianos estamos llamados.

En el Nuevo Testamento Cristo es el “místico” por excelencia: Jn 1,1; 1,4ss; 7,29; 8,55; 10,30; 10,15; 5,20; 14,21.23; Todos han recibido el Espíritu: Rom 8,9-11; 1Cor 13-16; 3,1-3; Ef 1,16-20; 3,16; 3,17-19; penetrar en el misterio de Dios Col 2,2-3; …es Xto quien vive en mí: Gal 2,20.

Ver los artículos al respecto en: Ancilli, E., Diccionario de espiritualidad, vol. II, Barcelona, España 1987, pp. 619-630.

La experiencia mística, en el Cristianismo,  es una experiencia de ‘Dios’ a través del misterio que nos lo revela o de los signos que nos lo manifiestan. El objetivo primordial de la mística cristiana es la unión mística con ‘Dios’ (deificatio): Dios se hace hombre, para que el hombre participe de Dios (capax Dei) Ver: Jn 1,14; Fi 2,6-11.

Según el profesor y teólogo Elmar Salmann, la mística no es una mera experiencia o una teoría abstracta, sino un modo específico de experimentar en primera persona la realidad del sí mismo, del mundo y del Absoluto.

En el Cristianismo la mística tiene su punto de partida en la misma experiencia pascual como evento tocante que transforma personas desesperadas en testimonios de una vida transfigurada y salvada. Ver al respecto: Lc 24,36-53; 24,13-35; Jn 20,11-18; 21; Hch 9,1-18. El sujeto se encuentra alcanzado por un ‘evento tocante’ que interrumpe las lógicas de su ver y de su vivir, dicho evento no llega a su plenitud en un momento, sino que requiere una respuesta reflexiva, una interpretación y un abandonarse a Aquel extraño que lo ha “tumbado”. Las cosas se comienzan a ver entre comillas, se valoran las cosas con una luz distinta, inédita. La experiencia mística resulta para E. Salmann un deber y poder definir y comprenderse a sí mismo como intimidad tocada e iluminada por parte del fondo y horizonte del propio pensar, amar y ser.

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